domingo 18 de enero de 2009

Historias sobre ruedas · 2


Feliz ante la noticia de que un ejemplar de OYOM acompaña las visitas escatológicas de un gran amigo y literato de la misma vida, emprendo una nueva reflexión sobre ruedas, ahora desde la hermana nación de Bolivia, donde derrapa el 75% del equipo de redacción de la revista.


La ausencia. El apoyabrazos

Las mismas reflexiones de la vida cotidiana, así como los diferentes viajes posteriores al primer post han traído vívidos recuerdos de aquella épica batalla por el rígido separador de espacios personales. Debo reconocer que le he tomado cierto cariño. Un cariño simpático que nunca mezclé con conciencia de su clave utilidad. Al menos nunca hasta antenoche en el viaje que une Potosí con Sucre.

Compré un pasaje desde Uyuni a Sucre… Me dijeron: "hay una espera de media hora en la terminal de Potosí y parte directo a Sucre". Parece que mis estadías en Bolivia no lograron alertarme de ese tipo de acuerdos, je. A la 130 am de la mañana llegamos a Potosí, donde la terminal estaba cerrada. Le dije al chofer que tenía pasaje hasta sucre y me dijo "Ah, bueno, le devuelvo la diferencia y con eso paga un remis". Ja! Así que tuve que pagar un remis en la madrugada potosina. (Ajap, muy barato no me habían cobrado el supuesto directo).

El remis iba coleccionando gente que iba para Sucre (lo cual a la 130 am no es algo demasiado común). La colecta de gente la hacía al mejor estilo taxi comunitaria de Carlín en amigos son los amigos (para los neófitos en la serie, Carlín juntaba cliente en su taxi y los repartía y los pasajeros compartían los gastos. El negocio iba bien hasta que los demás taxistas le partieron el parabrisas por acaparamiento de clientes). La cuestión es que cuando entré al remis ya éramos tres y me sentía bastante cómodo. Mi compañero en el asiento de atrás pesaba unos 130 kilos pero entrábamos bien. El viaje se empezó a complicar cuando el colector de pasajeros encontró una mujer… Cuando se acercó, confirmé la complicación al escucharle decir que no podía ir al medio. Resultado: viaje de dos horas y media con un señor de 130 kilos encamperado al mejor estilo muñeco Michelin pegado al lado mío.

A los 7 minutos (posta) el muchachote comenzó a dormir. Tenía un estilo de dormir que podría ser catalogado como tirabuzón somalí. Giraba sobre su propio eje unas 7 veces por minuto, sin aparentar recuperar la conciencia en ningún momento. En un momento lanzó un ronquido estilo oso del champaquí (?) que gracias a la Divina Providencia (la de las rifas de Aureliano II) (Gabo es mi compañía para el viaje así que aunque no tenga un pomo que ver, le rindo este humilde homenaje) sólo quedó en una amenaza. Pensé en la inexistencia del espacio de batalla que significaba el apoyabrazos y su ausencia caló hondo en mi ánimo. Las estrategias confrontativas para hacer respetar mi espacio eran demasiado agresivas. La idea de mantener el codo en paralelo para aguijonear el riñón de mi compañero de mi viaje me parecía un poco mucho, más teniendo en cuenta el tamaño del susodicho. De todos modos, después de una hora de viaje y de una infructuosa búsqueda de conciliar el sueño tuve que hacerlo. Por supuesto que lo hice simulando un pesado sueño, que matizaba con sonidos guturales que aprentemente confirmaban mi estado de transitoria inconciencia. Mi compañero no amedrentó ante esta estrategia. Hizo adelantar el asiento del acompañante y se puso en diagonal con las rodillas por delante del asiento contrario, dejando caer su peso sobre mi hombro. Nada pude hacer. Mi intento de hacer palanca con mi cabeza contra la ventanilla para empujarlo hacia el centro apenas logro perturbarlo… Además, ante semejante movimiento, las apariencias de actuar en medio del sueño eran ciertamente menos verosímiles. Mis repetidos intentos y esfuerzos mentales por corporizar un apoyabrazos divisor en el asiento trasero fueron igualmente infructíferos.

Rendido ante la gran actitud (y tamaño) de mi compañero me limité a observar el camino en medio de la oscuridad, la lluvia y la ausencia de anteojos (es decir, no pude pegar un ojo e igualmente no vi un carajo durante el viaje). La llegada de madrugada a Sucre me reconfortó un poco porque la ciudad se me mostró realmente hermosa…

La travesía terminó golpeando puertas, armarios y ventanas de un alojamiento en medio de un mercado campesino totalmente desolado a las 5 am. Después de 30 minutos de golpes y ruidos de todo tipo apareció un niño que me llevó a mi habitación. La habitación en cuestión era una pieza con una cama a la que se le salían los hierros de la cabecera que terminaban en puntas móviles que giraban azarosamente (lo cual interpreté como un ingenioso mecanismo anti estilo tirabuzón somalí). El fuerte olor a coca parecía venir de la bolsita de plástico con resto de hojas masticadas que adornaba el piso, debajo de mi cama. Lindo gesto, pensé.

Recién después de taparme bajo las colchas de esa cama logré comenzar a compensar el viaje en remis en el que tanto extrañé el apoyabrazos.

3 comentarios:

ain dijo...

yo creo que deberia venir un apoyabrazos plegable, apto para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, optimo para ser desplegado en los momentos en que uno se siente demasiado cercana al resto de la humanidad. Se me ocurre por ejemplo, la fila para entrar a algun boliche concurrido de la city, no lo se.

ja.

besos oyomes viajeros, me gusto mucho el article! :)

Mai dijo...

jajajaja.
pobre Juan!
ni daba recostarse para el lado de la mujer, no? aunque ahora que lo pienso quedabas jugado ante un posible ataque del Sr. Enorme...

por otro lado, Gabo? mis felicitaciones! es Cien años de soledad, no? ya lo terminaste?

Besos!!

Anónimo dijo...

Pendex, jajaja muy bueno!
Coincido con la Ain un apoyabrazos plegable!

Abrazo

Jero