No lo hubiesen imaginado.
Los turistas, pobrecitos de nosotros, andamos boquiabiertos, absortos, ojiabiertos, transpirados. No nos imaginamos que otras tantas personas nacidas en vaya uno a saber qué lugar oscuro del planeta andan por detrás nuestro, ocupadas en vigilarnos. Los turistas estamos a la merced de esa gente que mira. Los turistas pensamos che, qué calor, vamos a comprar una coca helada, ponete la gorra, no vaya a hacerte mal el sol. Los turistas andamos apurados, que nos rinda el día… El turista de clase media es como un amante compulsivo y veloz. Somos un manojo histérico de lugares para conocer en tres minutos. Incansables taxonomistas, no podemos escapar a la gloria de creer haber llegado al fondo profundo del ser de esa ciudad.
Naturalmente, ellos no sabían que estaban siendo fotografiados. Los grupos de turistas son como tribus nómades. Andan con mapas, gorras, cámaras de foto, botellas, pañuelos, viandas: una verdadera expedición. Los turistas solitarios juegan, les da por jugar al simulador. El turista solitario habla solo, se dice mirá, mirá qué lindo! El turista solitario está asombrado de las cosas que ve, y no tiene nadie a quien contarle, con quien compartir su asombro, simula que todo le es tan natural, que todo le es tan corriente, camina como quien anda por su casa. En cambio, los grupos de turistas, esas tribus tan coloridas, andan con los índices cansados de tanto señalar, mirá esto, mirá aquello, y sus gestos son las hipérboles del asombro.
Se está tomando una foto a sí misma en el momento exacto en que la lente de mi cámara de turista clasemedioso la congela. Frente a cada turista cámara en mano, la mía es implacable. Adquiero el método que me lleva al hábito, a la costumbre, es un reflejo una necesidad una actividad vital, que sin embargo se hace cada vez más peligrosa cuanto más se pierde la esperanza de disimulo. Entonces es clara la evidencia: esta persona a treinta centímetros está recibiendo un disparo de mi cámara y lo sabe y sabe que sé que lo hago como si no me importara como si tuviera su permiso como si fuese cosa de todos los días que a uno vengan y lo fotografíen así gratis nomás, entonces me suelta una camionada de puteadas que no comprendo – yo no sé de insultos, cuando era un chico me retaban si puteaba –. Lo único que percibo es la velocidad de modulación y los gestos que me dicen a las claras que está enceguecida.
De pronto un Mc Donald’s es una fuente inacabable de esos seres que comen rápido para poder visitar los cincuenta y tres lugares de ese día. Me los llevo conmigo y bajando al metro siento una tensión que me produce una poderosa excitación que me obliga a seguir descargando disparos sobre los más desprevenidos viandantes. En los vagones nos amontonamos personas de los dos extremos de la escala que separa a aquellos seres humanos que están desesperados por llegar a un determinado lugar para poder cumplir con su rutina, de esos otros seres que andamos ahí, gastándonos los ahorros de años para poder ver por algunos días la ciudad en la que esos primeros se van muriendo un poco más cada día que se acaba. Y siempre tengo la ilusión de que se va a armar una buena, de que los pasajeros que viven en esa ciudad estallan de furia contra nosotros, que andamos impunes, gorra en cabeza y cámara en mano y nos dan una tremenda biaba. Nos masacran. Nos despedazan, nos patean, nos dan golpes de puño, y hasta nos escupen desdeñosa y burlonamente, están enfurecidos, quieren su venganza. El tufo del vagón se enrarece y está claro que de ésta no pasamos. Cuando quisimos percatarnos ya era tarde, su furia se desató sobre nosotros y nos masacran llegando a la estación République, donde logro escapar: híbrido turista que niega a su especie, huyo de la matanza. Insisten en mi memoria los gestos de asombrados pasajeros que miran desconfiados, que no saben dónde va a terminar esa foto con su cara ojerosa. Mi lente se lleva la muerte de un grupo de jubilados canadienses y algunas familias asiáticas a manos de tiernos estudiantes de filosofía, los estudiantes portan tijeras, pinzas, limas, lijas, martillos, cuchillos, tridentes, encendedores; los lijan, los cortan, los liman, los levantan como vacas a la cruz, los prenden fuego, se oyen los alaridos de los viejos desconsolados y calcinados y los gritos de los chinos que son como los gritos de un chancho, agudo, muy agudo; se los oye desde la salida del metro y sus gritos de agonía inundan todo el parque. Yo camino hacia mi hostel como quien no quiere la cosa, como quien nada ha visto, quien de nada se ha enterado.
Naturalmente, ellos no hubiesen podido siquiera pensar que cuando apretaban el gatillo de sus cámaras, mi lente los convertía, a ellos, fotógrafos de momento, en parte de esa ciudad, que es tan ella misma en sus habitantes y edificios como en sus turistas masacrados.
La flaca que atiende la recepción del hostel me pregunta en un decoroso inglés que qué me ha sucedido, que por qué traigo toda la ropa cortada, que qué son esos cortes en los brazos. Le respondo que está todo bien, que no pasa nada y escondo mi cámara ensangrentada, pero ella insiste y me dice que va a llamar a un médico, que me quede ahí sentado pero la muerte se me ha metido por la nariz y se ha instalado en mi cerebro con ese olor de cuerpo en llamas y ya no logro ver más nada y entonces ella corre y grita pero es en vano ya estás lista flaca, gritá todo lo que quieras.
Los turistas, pobrecitos de nosotros, andamos boquiabiertos, absortos, ojiabiertos, transpirados. No nos imaginamos que otras tantas personas nacidas en vaya uno a saber qué lugar oscuro del planeta andan por detrás nuestro, ocupadas en vigilarnos. Los turistas estamos a la merced de esa gente que mira. Los turistas pensamos che, qué calor, vamos a comprar una coca helada, ponete la gorra, no vaya a hacerte mal el sol. Los turistas andamos apurados, que nos rinda el día… El turista de clase media es como un amante compulsivo y veloz. Somos un manojo histérico de lugares para conocer en tres minutos. Incansables taxonomistas, no podemos escapar a la gloria de creer haber llegado al fondo profundo del ser de esa ciudad.
Naturalmente, ellos no sabían que estaban siendo fotografiados. Los grupos de turistas son como tribus nómades. Andan con mapas, gorras, cámaras de foto, botellas, pañuelos, viandas: una verdadera expedición. Los turistas solitarios juegan, les da por jugar al simulador. El turista solitario habla solo, se dice mirá, mirá qué lindo! El turista solitario está asombrado de las cosas que ve, y no tiene nadie a quien contarle, con quien compartir su asombro, simula que todo le es tan natural, que todo le es tan corriente, camina como quien anda por su casa. En cambio, los grupos de turistas, esas tribus tan coloridas, andan con los índices cansados de tanto señalar, mirá esto, mirá aquello, y sus gestos son las hipérboles del asombro.
Se está tomando una foto a sí misma en el momento exacto en que la lente de mi cámara de turista clasemedioso la congela. Frente a cada turista cámara en mano, la mía es implacable. Adquiero el método que me lleva al hábito, a la costumbre, es un reflejo una necesidad una actividad vital, que sin embargo se hace cada vez más peligrosa cuanto más se pierde la esperanza de disimulo. Entonces es clara la evidencia: esta persona a treinta centímetros está recibiendo un disparo de mi cámara y lo sabe y sabe que sé que lo hago como si no me importara como si tuviera su permiso como si fuese cosa de todos los días que a uno vengan y lo fotografíen así gratis nomás, entonces me suelta una camionada de puteadas que no comprendo – yo no sé de insultos, cuando era un chico me retaban si puteaba –. Lo único que percibo es la velocidad de modulación y los gestos que me dicen a las claras que está enceguecida.
De pronto un Mc Donald’s es una fuente inacabable de esos seres que comen rápido para poder visitar los cincuenta y tres lugares de ese día. Me los llevo conmigo y bajando al metro siento una tensión que me produce una poderosa excitación que me obliga a seguir descargando disparos sobre los más desprevenidos viandantes. En los vagones nos amontonamos personas de los dos extremos de la escala que separa a aquellos seres humanos que están desesperados por llegar a un determinado lugar para poder cumplir con su rutina, de esos otros seres que andamos ahí, gastándonos los ahorros de años para poder ver por algunos días la ciudad en la que esos primeros se van muriendo un poco más cada día que se acaba. Y siempre tengo la ilusión de que se va a armar una buena, de que los pasajeros que viven en esa ciudad estallan de furia contra nosotros, que andamos impunes, gorra en cabeza y cámara en mano y nos dan una tremenda biaba. Nos masacran. Nos despedazan, nos patean, nos dan golpes de puño, y hasta nos escupen desdeñosa y burlonamente, están enfurecidos, quieren su venganza. El tufo del vagón se enrarece y está claro que de ésta no pasamos. Cuando quisimos percatarnos ya era tarde, su furia se desató sobre nosotros y nos masacran llegando a la estación République, donde logro escapar: híbrido turista que niega a su especie, huyo de la matanza. Insisten en mi memoria los gestos de asombrados pasajeros que miran desconfiados, que no saben dónde va a terminar esa foto con su cara ojerosa. Mi lente se lleva la muerte de un grupo de jubilados canadienses y algunas familias asiáticas a manos de tiernos estudiantes de filosofía, los estudiantes portan tijeras, pinzas, limas, lijas, martillos, cuchillos, tridentes, encendedores; los lijan, los cortan, los liman, los levantan como vacas a la cruz, los prenden fuego, se oyen los alaridos de los viejos desconsolados y calcinados y los gritos de los chinos que son como los gritos de un chancho, agudo, muy agudo; se los oye desde la salida del metro y sus gritos de agonía inundan todo el parque. Yo camino hacia mi hostel como quien no quiere la cosa, como quien nada ha visto, quien de nada se ha enterado.
Naturalmente, ellos no hubiesen podido siquiera pensar que cuando apretaban el gatillo de sus cámaras, mi lente los convertía, a ellos, fotógrafos de momento, en parte de esa ciudad, que es tan ella misma en sus habitantes y edificios como en sus turistas masacrados.
La flaca que atiende la recepción del hostel me pregunta en un decoroso inglés que qué me ha sucedido, que por qué traigo toda la ropa cortada, que qué son esos cortes en los brazos. Le respondo que está todo bien, que no pasa nada y escondo mi cámara ensangrentada, pero ella insiste y me dice que va a llamar a un médico, que me quede ahí sentado pero la muerte se me ha metido por la nariz y se ha instalado en mi cerebro con ese olor de cuerpo en llamas y ya no logro ver más nada y entonces ella corre y grita pero es en vano ya estás lista flaca, gritá todo lo que quieras.
5 comentarios:
me quedé esperando q apareciera la foto de la pelirroja, ja, lindo final aunque prevalece para mi la añeja versión :)
beso!
L
Por eso los mejores viajes son aquellos en los uno no lleva ni siquiera la cámara.
_ No sé qué hacer.
_ Sacales fotos a los turistas. A los turistas gordos.
(el momento kodak de nuestros diálogos)
Una vez, un no-turista que era yo, le sacó una tierna foto a un señor en la calle Corrientes mientras hablaba por teléfono público (hace años la gente hablaba en los teléfonos públicos de la calle, hoy los locutorios son más numerosos que las cucarachas en Buenos Aires). Este atrevimiento hízome ganar todo tipo de improperios del señor en cuestión. Aquella noche fui un "obturador fácil". La mayor ventaja del turismo: poder decir a cada rato "ye ne parlé francé pá" con total desparpajo y a cualquier hora.
y hoy soy completa turista.
me gusto panzudo, me acompanara maniana por el central park, dale?
beso.
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