jueves 3 de septiembre de 2009

La honestidad de la violencia · 1


peña



- Me podés decir en qué idioma hablabas?

La tarde que te conocí le hablabas a un tipo en una lengua que sé que nunca podré descifrar. Diez minutos después de cruzar esas dos, tres palabras casuales con que empezamos aquella conversación, me convencí de que eras la amalgama perfecta de todas esas cosas que deseaba. Vos me decías que no conocías esa peña, que no habías ido nunca, que nadie te la había mencionado, y yo encontraba un refugio de seguridad, no en mi conocimiento baqueano del lugar, sino en esa amalgama que me cegaba, que me hacía creer todas esas mentiras que me invento haciéndome la película. Hace un año, esa tarde estabas perdida tras de un tipo que aseguré que no existía, mientras urdía una estrategia que demandaba un quilombo de sinapsis que me hacían sudar en frío.

Yo ya no tenía corazón – lo había perdido tiempo atrás en una cruzada desesperada – pero luego supe que para esa clase de felicidad no lo iba a necesitar. Miramos durante una hora a un flaco que tocaba la guitarra y cantaba con esa voz suave que enamoraba a las chicas, y cada tanto me mirabas y me decías con la mirada que no bastaba, que para enamorarte hacía falta más, que no alcanzaba un escenario, una voz suave, una guitarra, que para enamorarte no bastaban las tácticas a las que acudimos los varones.

F de pronto camina a donde estoy parado haciéndome el cool, me agarra la mano y me sonríe con la boca más hermosa de todo su pueblo, me invita con esa sonrisa a que me vaya detrás suyo. Me sonríe entonces y me dice –Soy F.

Y vuelve a su lugar.

Yo no entiendo qué acaba de suceder. Repasemos los hechos: estoy escuchando tocar la guitarra a un flaco que la descose; de repente cruzo miradas con una flaca que también lo escucha, absoluta casualidad; luego otra vez, y otra, en esta tercera vez que cruzamos miradas me sonríe y comienza a decirme cosas con sus ojos (esto bien podría contarse como: yo comienzo a imaginar pelotudeces, producto de mi fascinación, pero dejémoslo por ahora en la opción más digna de un cuento); luego viene, me mete la cara a centímetros de la mía, me mira fijo, me sonríe otra vez, se presenta y se va. Sólo eso, no me deja teléfono, e-mail, no me dice el apellido así salgo corriendo a un cyber y la busco en Facebook, nada, su nombre y de vuelta a su lugar, y de nuevo nos miramos a dos metros de distancia, separados por sus amigas, por mis amigos, por esa marea que salta y grita, mientras a F se le acerca un tipo.

Un gringo alto, monumental, que le habla al oído. F no opone demasiada resistencia y el gringo inmediatamente aprovecha ese lugar. En el instante exacto no lo supe, pero ése sería el inicio de mi odio por los viajeros, un inicio que me llevaría de regreso a otros odios que alimenté años atrás, en mis primeras salidas de noche, cuando había aprendido a detestar a esos tipos de veintipico de años que conquistaban a las chicas de quince, aquellas mismas chicas inaccesibles para mi inexperiencia. Pensaba que cuando yo fuese más grande dejaría de luchar contra esa pared etaria, por fin en terreno seguro. Más de quince años después supe que los extranjeros vendrían a suplir a aquellos pedófilos a quienes odié con tanto empeño. F ríe ante las ocurrencias del gringo y yo creo que ya está, que ya fue, que el flaco de la guitarra la está estirando demasiado, que ya no disfruto de la noche ni de su música; viene una flaca a comenzar una historia fatal y estos gringos hijos de puta cagan todo intento vernáculo, de repente me quiero ir a la mierda pero voy a la barra y compro más vino (esos razonamientos extraños que uno hace cuando está emperrado), a mitad de camino hacia una noche más en donde voy a salir de esta peña hecho un trapo. Mis amigos me siguen y les cuento de mi odio hacia los desgraciados que se aprovechan de su experiencia, de sus años por encima de las chicas, de mi odio hacia los extranjeros. Maldita globalización.

Los rizos de F parecen una enredadera que me ata y no me suelta, una atracción capilar que ejerce su poder sobre mí desde aquel lugar en donde trepa el gringo y en el que yo también quiero internarme. Mis amigos me dicen que no, que es sabio saber cuándo se ha sido derrotado, que luego es en vano, que F ya está perdida, que mejor otro día, otra noche, que ya estuvo. Pero yo me dirijo a ellos con una decisión inquebrantable y lo saludo. El gringo me responde en un idioma que no comprendo y en mi cara se dibuja la clara expresión de andate a la puta que te parió. Los dos ríen en una interesante comunicación que no alcanzo y luego ella me traduce, cordial, amable, mientras me acerca una silla.

- Si fueras mi amiga te diría que sos una pelotuda.

- Si fueras mi amigo, te respondería mandándote a la mierda.

Para ser nuestro primer diálogo, la cosa promete. Un montón.

Nos volvemos a mirar como antes, pero ahora más cerca y con el gringo en carrera, que constata la amenaza hacia un terreno en el que acaba de comenzar a construir un recuerdo trashumante y se decide a recuperarlo. Le habla y ella vuelve a ese terreno, F levanta su cabeza y sus ojos se dirigen al techo pero no miran hacia ninguna parte, piensa en algo y el gringo la acompaña (grafiquemos: están como conectados por un éter místico y los dos parecen meditar absortos en una contemplación), estoy muy fuera de lugar, muy (grafiquemos nuevamente: si hay un momento para utilizar la expresión “más perdido que chupete en el culo”, creo que es éste).

Piden cerveza y hablan en un dialecto endemoniado que parece esconder los giros más cómicos e inteligentes, F gesticula obnubilada y él construye una escenografía envolvente, imponente. Mi desubique me lleva al punto de abrir mi celular y comienzo el rito indigno del perdedor: doy vueltas en el menú, voy al baño, vuelvo, repaso mi agenda de contactos, finjo responder mensajes, imposto mi cara más ganadora, que claramente grita que ya me voy, que ya está, que tengo mejores planes, más lindos, más oscuros, pero claro, sólo estoy leyendo mensajes guardados de mis amigos invitándome a jugar al póker, nada más lejos del asunto de mi actuación. Llego al último mensaje y paso a llamadas perdidas, cada tanto hago como que tecleo y respondo y luego me responden; me meto tanto en mi papel que no me doy cuenta de que el gringo está indecorosamente cerca de F. ¡Catástrofe! Mi cara seguramente refleja mi desesperación, determino que la situación amerita medidas extremas y haciendo uso del decreto de necesidad y urgencia de cada noche, acudo al pelotón.

La armada nacional no va a dejar que uno de sus soldados caiga tan fácilmente. No.

Nunca.

Mis amigos llegan desde otro rincón de la peña, evidente y tiernamente borrachos, saltando, empujándose unos con otros, una banda de treintañeros primerizos con los veinte saliéndoseles por entre los poros, transpirando. Comienzan a gritar la marcha peronista y en un segundo todo el mundo los sigue. Vuelvo a respirar, tomá gringo! todos unidos triunfaremos. F se prende y entre el humo y las luces del lugar nos dejamos abordar por esa ilimitada epopeya peronista. El gringo sonríe, tímido, sin saber muy bien qué hacer y F salta abrazada a mis amigos, el pelotón al mando de un rito tradicional que es simplemente otra estrategia para recuperar una mujer.

Una vez restituido el orden, te pregunté qué onda con tu gringuito, impostando una actitud cómplice, lindo el pibe que pegaste, no? Me miraste como si yo fuera tu alumno en un jardín de infantes y me dijiste que no, que vos estabas en otro lado, me hablaste de un cuento en donde habías aprendido a despreciar a cualquiera que no fuera ese tipo que inventabas para mí. Me preguntaste cómo harías para olvidarlo pero yo sólo leía las líneas de tu boca, de tus manos, era un lobo cuyos modales se definían en las fronteras de mi instinto, y vos me hablabas como si fuese tu amigo-amiga, como si no quisiera llevarte a la cama, como si no estuviese ya enamorado de vos.

Yo hacía tiempo había salido de aquel hueco en donde me suicidaba todos los días y sabía lo que involucraba una condena como la que vos estabas a punto de comenzar. Me dijiste, una semana después, que esa noche habías decidido contarle tus miserias a cualquier desconocido, y que debido a un mantra que repetís, ese desconocido hoy soy yo.

Me hablaste de tu chico del sur y de tu locura y yo no supe ser misericordioso.

- El problema no es lo de ahora, el problema es que ni siquiera te diste cuenta de los días que te esperan. La cuestión no está en que sepas renunciar, si no en que veas que ya te renunciaron.

Me miraste con ganas de mandarme a la mierda pero contenida por la intriga que te generó lo que consideraste una insolencia. Me dijiste que de dónde sacaba eso y que quién era yo para aparecer con esa clase de profecías e inmediatamente después hiciste una pausa, tomaste aire, un poco de cerveza, le diste una seca al pucho y dijiste en vos baja Qué podés saber vos, pendejo de mierda…? Un rato después de conocernos me contaste toda tu vida en media hora, y me pedías una explicación.

F me habla de su amor en el que no creo pero del que me siento obligado a opinar con la seguridad de un libro de autoayuda y con el cinismo de un corazón en el que ya se han cagado. Yo no puedo darle una explicación, sólo le digo que lo que se viene es la muerte, y que lo peor es que aún no se dio cuenta.

13 comentarios:

Ceci dijo...

Volvieron las sagas!!!
Me encanta este comienzo. Vaticino una gran historia de amor, de esas que tienen de todo :)
Besos!

Gab dijo...

Me encantó

ain dijo...
El autor ha eliminado esta entrada.
Anónimo dijo...

Gracias OYOM!...
Siempre tan dificiles y dolorosas estas historias.. que comienzo!!..
brul!

Anónimo dijo...

Gracias OYOM!...
Siempre tan dificiles y dolorosas estas historias.. que comienzo!!..
brul!

Ine y cande dijo...

EXCELENCIA



Lo tomé prestado para un humilde blog.
Saludos

Coti salazar ( potter) dijo...

simplemente excelente...
sin palabras,
vuelve a empezar una nueva historia y esta vez creo que se viene una muy buena.. =)

Anónimo dijo...

este sera el principio de otra bella historia?
acaso habra enamoramientos compulsivos? desiluciones?
ya veo qe si :)

lo sabremos en el proximo oyomes :)

un BESO GRANDE! gigante!

Jeki!

Anónimo dijo...

che muy bueno leandro, gustó.

Anónimo dijo...

me matoo la parte de fingo responder mensajess y solo leo los guardados jajaja es lo tipicoooooooo
muyy buenno cheee!

Anónimo dijo...

"banda de treintañeros primerizos con los veinte saliéndoseles por entre los poros"

"yo no supe ser misericordioso"

Venís bastante bien milanga. Se nota que te han punteado la quinta.

Contar con Letras dijo...

Pater Oyom ha vuelto a las andanzas!!!

me gustó bastante... pero como con todo, quiero leer MÁS...

Ahora viene el garrón: soy fiel seguidora de este blog y quiero contarte(les) que soy una parte integrante de un grupo de locos de Letras que estamos haciendo cosas interesantes a nivel cultural... como será que ya nos presentamos por tercera vez en la Feria del Libro! (y lo decía la negra con orgullo, hinchándose como pavo real...)
El garrón es que nos agregues a favoritoooooooooos!! y que te pases por nuestro blog... y todos! todos! PASEN A VER!! estamos recién poniéndonos en onda con la tecnología...

gracias gracias gracielas!!!

LOS ESPERAMOS!


(y espero seguír leyendo más honestidades...)



Anónima Patricia -Contar con Letras-

oyomepongoloco! dijo...

Patricia, espero que haya salido todo de diez en la feria!

besos y mucha suerte!

Leandro · oyomepongoloco!