Yo la miro indefenso, desarmado y entregado a una resplandeciente ficción que me roba unas lágrimas que van a mezclarse con el agua que todavía tengo en la cara, creyendo en mi ingenuidad que eso las disimula. Recuerdo qué era aquello de ser un cursi de cotillón y Abril me mira a los ojos y me derrite con una sonrisa que sé que no volveré a recibir. Somos la escena de dos amantes que se despiden antes de una guerra, pero ella desconoce esa clase de tragedias y me abraza por detrás, paseando sus labios por mi espalda, mis brazos, luego vuelve a mi pecho, a mis hombros, y mientras el agua confunde la piel de los dos, yo sigo llorando como un chico porque sé que hoy se acaba, que es la última vez. Y porque soy un militante de las mariconadas. Quiero decirle que no la quiero perder, que todo es muy injusto, que deje a su novio, que es la única que puede rescatarme de la espiral de violencia con que me destruyo con todas las mujeres que no son ella, en todos los lugares donde no está ella. Pero sólo suelto un insulto desorientado hacia la terrible decisión que sé que ella va a tomar. Pedirle que lo deje no es una opción, sería el cliché cinematográfico de una noche envalentonada por el alcohol. -No llores bobo, acá estoy, ya sabés que te quiero.
Abril sabe cómo consolarme y me toma la cara. -Sos más lindo cuando llorás, sabías? Y comienza un juego entre mis labios que me eleva al club del paraíso. Me besa los ojos y absorbe cada una de las lágrimas de maricón que yo pierdo como una canilla falseada.
-Guardate las lágrimas para cuando te agarre S.
Rompemos en una risa que esconde de repente toda la escena de amantes destinados a separarse y abrimos la botella de vino que trajimos para seguir olvidándonos de que ésta es la última vez. Cuatro horas después recordé sus palabras premonitorias mientras recibía esa lluvia de trompadas que buscaron equilibrar aquel placer. Seguimos en el piso y me dice que esa cama no va a ser el escenario de esta final, y que esto está mal, muy mal. Abril sabe que soy feliz cuando me dice eso y todo vuelve a empezar. Nuestros amigos están en el patio y nosotros recorremos cada espacio de la casa persiguiéndonos, olvidándonos de ellos, nunca pude imaginar que jugar un Mundial era esto. En el patio todos disimulan algo que conocen y siguen bailando como si nosotros dos nunca hubiésemos llegado ahí.
Los dos le escapamos a las horas y deseamos que no se haga de día pero la luz empieza a entrar por la ventana de la cocina, la puta madre.
-¿Y si vamos al baño?
-Ah, pero si vos no podés parar de ser un negrito! Yo nunca podría ser tu novia.
Volvemos a reír y corremos a encerrarnos una vez más en la pieza de Emi, dándole una segunda oportunidad a esa cama, ya sordos a los reclamos y a las quejas de sus ruidos.
En el camino a su casa, dejamos a tres amigos. Yo manejo con las ansias de depositar a los demás cuanto antes, pensando que nunca estimé tan poco a mis amigos. Abril me pide no ir tan rápido pero ahora ya no puedo obedecerle y los demás callan con el silencio de la diplomacia incómoda que busca esconder lo que todos ya sabemos, pero que las reglas de la etiqueta se esfuerzan por esconder.
Cuando dejamos al último, dos cuadras después no estamos dispuestos a esperar llegar a su casa y con el sol de las siete menos cuarto de la mañana, Abril me invita a pasarme a su asiento.
-Ya llegamos a tu casa, no seas ansiosa.
Hay momentos en donde soy demasiado pelotudo, momentos en los que tomo pésimas decisiones. Ése fue uno de ellos, nunca tan pelotudo, nunca tan mala decisión. Cuando llegamos a su casa, el auto de su hermana nos dijo que yo iba a irme a mi casa, así, con ganas de más, con esas ganas de más que en ese momento supe no perdería jamás.
Nos abrazamos sabiendo que se tenía que terminar, que era la última vez, que todo volvería a la normalidad y cuando me dispuse a emprender el camino a mi casa cargando con esas ganas, llegué a la esquina y vi el Fiat Uno gris que me cortó el paso, que me decía que todavía era temprano para ir a dormir y que no iba a salir impune de todo aquello.
Bajé el vidrio y pregunté qué pasaba, quién era, sabiendo ya las respuestas que iba a escuchar.
-Hola, ¿qué pasa? ¿Quién sos?
Ya nos conocíamos. El rubio me miraba con esos ojos encendidos que ya comenzaban a parecerse a los símbolos patrios italianos. Sus labios y su voz temblaban delatando las horas que pasó en la esquina acumulando una ira que le estremecía los intestinos. ¿Qué habría hecho durante esas horas? ¿Cómo las pudo llenar?
-Soy S, el novio de Abril, ella me dijo que se volvía con las chicas.
-Se volvió conmigo, la acabo de dejar en su casa, andá si querés, ahí está.
Sus ojos se inflamaron aún más con mi respuesta y bajó de su auto con la decisión inexorable de un cíclope experimentado en los puñetes. Yo ya sabía lo que iba a pasar e inmediatamente decidí que era justo y que no tenía caso escapar: el rubio se había ganado, en esa espera, el consuelo de cagarme a palos, y no iba a renunciar de ninguna manera a ese alivio.
Una vez que me tuvo al frente, no espero a que le diga lo que había pensado, que yo estaba de acuerdo con lo que iba a suceder, que estaba bien, que comience. Cuando quise mover los labios para decírselo, me reventó una de sus manos cerradas contra mi nariz y comenzó una carrera desesperada mediante la que parecía querer vengar toda una era de dominio monogámico.
Por la calle no pasaba ni un alma, nadie que viniera a quitarle su derecho a réplica, parecía como si el cosmos avalara lo que estaba comenzando y que iba a durar no menos de cuarenta minutos.
Luego de que pasó la tormenta sobre mí, y de que no me respondiera si cuando se hiciera grande sería boxeador, le dije con la boca llena de sangre que tal vez así ya estaba bien, que ahora sí podíamos irnos a dormir y en nombre de no sé qué tipo de códigos quise darle la mano, como expresando mi acuerdo con él. Ya los vasos sanguíneos se habían apoderado absolutamente de sus ojos, tapándoles el blanco.
Mientras tambaleaba entre los autos, aún con mi mano extendida, S de pronto vio en mis ojos todo lo que imaginó sentado en su auto, recorriendo esas horas impiadosas, escapando de esas imágenes que se le burlaban y que ahora lo señalaban desde mis ojos. Por supuesto que dentro de mi razonamiento había un punto en el que yo acordaba con la sentencia porque me convenía, porque - siendo consciente de ello o no - sabía que valía más mi noche con su novia que la paliza que me había dado. De alguna manera traicionera, no pude ocultarlo y el rubio se perdió.
Sin dar un paso en falso, un solo golpe le bastó esta vez para que yo caiga al piso pero ya no iba a frenar, era un caballo al que se le habían cortado los frenos galopando rumbo a un abismo. Sus manos se endurecieron aún más y todo se nubló en mi mirada, tornándose aún más difuso en cada golpe en mi cabeza. En mi boca la sangre me atragantaba y parecía que en vez de amanecer, anochecía.
Agarró un pedazo de cordón con una mano mientras con la otra le era suficiente para mantenerme quieto, en el piso. Su cara ya se había transformado en su totalidad, estaba desfigurado y lloraba llevado por un desconsuelo oscuro como la muerte. Yo sentí un frío que me incendió las venas y desesperadamente busqué quitármelo de encima, pero su fuerza era inapelable. Mientras ese pedazo de cemento recorría el espacio hacia mi cabeza vi los gestos de su novia y lamenté en un momento fugaz no haberme ido a tiempo, haberme dejado llevar por los personajes, las escenas, el honor de las palizas, los razonamientos del alcohol, el balance de una noche que termina en el viaje definitivo de un cascote hacia una cabeza.
Abril sabe cómo consolarme y me toma la cara. -Sos más lindo cuando llorás, sabías? Y comienza un juego entre mis labios que me eleva al club del paraíso. Me besa los ojos y absorbe cada una de las lágrimas de maricón que yo pierdo como una canilla falseada.
-Guardate las lágrimas para cuando te agarre S.
Rompemos en una risa que esconde de repente toda la escena de amantes destinados a separarse y abrimos la botella de vino que trajimos para seguir olvidándonos de que ésta es la última vez. Cuatro horas después recordé sus palabras premonitorias mientras recibía esa lluvia de trompadas que buscaron equilibrar aquel placer. Seguimos en el piso y me dice que esa cama no va a ser el escenario de esta final, y que esto está mal, muy mal. Abril sabe que soy feliz cuando me dice eso y todo vuelve a empezar. Nuestros amigos están en el patio y nosotros recorremos cada espacio de la casa persiguiéndonos, olvidándonos de ellos, nunca pude imaginar que jugar un Mundial era esto. En el patio todos disimulan algo que conocen y siguen bailando como si nosotros dos nunca hubiésemos llegado ahí.
Los dos le escapamos a las horas y deseamos que no se haga de día pero la luz empieza a entrar por la ventana de la cocina, la puta madre.
-¿Y si vamos al baño?
-Ah, pero si vos no podés parar de ser un negrito! Yo nunca podría ser tu novia.
Volvemos a reír y corremos a encerrarnos una vez más en la pieza de Emi, dándole una segunda oportunidad a esa cama, ya sordos a los reclamos y a las quejas de sus ruidos.
En el camino a su casa, dejamos a tres amigos. Yo manejo con las ansias de depositar a los demás cuanto antes, pensando que nunca estimé tan poco a mis amigos. Abril me pide no ir tan rápido pero ahora ya no puedo obedecerle y los demás callan con el silencio de la diplomacia incómoda que busca esconder lo que todos ya sabemos, pero que las reglas de la etiqueta se esfuerzan por esconder.
Cuando dejamos al último, dos cuadras después no estamos dispuestos a esperar llegar a su casa y con el sol de las siete menos cuarto de la mañana, Abril me invita a pasarme a su asiento.
-Ya llegamos a tu casa, no seas ansiosa.
Hay momentos en donde soy demasiado pelotudo, momentos en los que tomo pésimas decisiones. Ése fue uno de ellos, nunca tan pelotudo, nunca tan mala decisión. Cuando llegamos a su casa, el auto de su hermana nos dijo que yo iba a irme a mi casa, así, con ganas de más, con esas ganas de más que en ese momento supe no perdería jamás.
Nos abrazamos sabiendo que se tenía que terminar, que era la última vez, que todo volvería a la normalidad y cuando me dispuse a emprender el camino a mi casa cargando con esas ganas, llegué a la esquina y vi el Fiat Uno gris que me cortó el paso, que me decía que todavía era temprano para ir a dormir y que no iba a salir impune de todo aquello.
Bajé el vidrio y pregunté qué pasaba, quién era, sabiendo ya las respuestas que iba a escuchar.
-Hola, ¿qué pasa? ¿Quién sos?
Ya nos conocíamos. El rubio me miraba con esos ojos encendidos que ya comenzaban a parecerse a los símbolos patrios italianos. Sus labios y su voz temblaban delatando las horas que pasó en la esquina acumulando una ira que le estremecía los intestinos. ¿Qué habría hecho durante esas horas? ¿Cómo las pudo llenar?
-Soy S, el novio de Abril, ella me dijo que se volvía con las chicas.
-Se volvió conmigo, la acabo de dejar en su casa, andá si querés, ahí está.
Sus ojos se inflamaron aún más con mi respuesta y bajó de su auto con la decisión inexorable de un cíclope experimentado en los puñetes. Yo ya sabía lo que iba a pasar e inmediatamente decidí que era justo y que no tenía caso escapar: el rubio se había ganado, en esa espera, el consuelo de cagarme a palos, y no iba a renunciar de ninguna manera a ese alivio.
Una vez que me tuvo al frente, no espero a que le diga lo que había pensado, que yo estaba de acuerdo con lo que iba a suceder, que estaba bien, que comience. Cuando quise mover los labios para decírselo, me reventó una de sus manos cerradas contra mi nariz y comenzó una carrera desesperada mediante la que parecía querer vengar toda una era de dominio monogámico.
Por la calle no pasaba ni un alma, nadie que viniera a quitarle su derecho a réplica, parecía como si el cosmos avalara lo que estaba comenzando y que iba a durar no menos de cuarenta minutos.
Luego de que pasó la tormenta sobre mí, y de que no me respondiera si cuando se hiciera grande sería boxeador, le dije con la boca llena de sangre que tal vez así ya estaba bien, que ahora sí podíamos irnos a dormir y en nombre de no sé qué tipo de códigos quise darle la mano, como expresando mi acuerdo con él. Ya los vasos sanguíneos se habían apoderado absolutamente de sus ojos, tapándoles el blanco.
Mientras tambaleaba entre los autos, aún con mi mano extendida, S de pronto vio en mis ojos todo lo que imaginó sentado en su auto, recorriendo esas horas impiadosas, escapando de esas imágenes que se le burlaban y que ahora lo señalaban desde mis ojos. Por supuesto que dentro de mi razonamiento había un punto en el que yo acordaba con la sentencia porque me convenía, porque - siendo consciente de ello o no - sabía que valía más mi noche con su novia que la paliza que me había dado. De alguna manera traicionera, no pude ocultarlo y el rubio se perdió.
Sin dar un paso en falso, un solo golpe le bastó esta vez para que yo caiga al piso pero ya no iba a frenar, era un caballo al que se le habían cortado los frenos galopando rumbo a un abismo. Sus manos se endurecieron aún más y todo se nubló en mi mirada, tornándose aún más difuso en cada golpe en mi cabeza. En mi boca la sangre me atragantaba y parecía que en vez de amanecer, anochecía.
Agarró un pedazo de cordón con una mano mientras con la otra le era suficiente para mantenerme quieto, en el piso. Su cara ya se había transformado en su totalidad, estaba desfigurado y lloraba llevado por un desconsuelo oscuro como la muerte. Yo sentí un frío que me incendió las venas y desesperadamente busqué quitármelo de encima, pero su fuerza era inapelable. Mientras ese pedazo de cemento recorría el espacio hacia mi cabeza vi los gestos de su novia y lamenté en un momento fugaz no haberme ido a tiempo, haberme dejado llevar por los personajes, las escenas, el honor de las palizas, los razonamientos del alcohol, el balance de una noche que termina en el viaje definitivo de un cascote hacia una cabeza.
5 comentarios:
Wow! Hacía años que no pasaba por acá...
Antes era chevere.
Intentaré leer algo de lo que me perdí.
sos un groso mosca... segui asiii !!!!!
excelentemente adictivo es esto!!!! no puedo parar de leer...mar col!!!
Muy bueno che.
saludos,
Lucia
esoooooooooooooooo!
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