jueves, 29 de abril de 2010

El porvenir es una siesta de verano [ fragmento ]

Amigos! Les pido disculpas a quienes disfrutan de este espacio tanto como yo, por la inactividad de este último tiempo. Les cuento que viene debiéndose a mi laburo en milesdecolores, y a que he comenzado a publicar en Dadá Mini y en El Vernáculo, espacios que me hacen muy feliz, y que recomiendo. Comparto entonces acá un fragmento de un cuento que sale en el último número de Dadá Mini. Los invito a comprar la revista, que está realmente buena y que pueden conseguir en estos puntos de venta.

Abrazos, Leandro

El porvenir es una siesta de verano [ fragmento ]

(...)

Conozco al viejo de hace una pila de años (desde que me acuerdo, que corta el pasto en la casa de mi familia) y nunca lo escuché quejarse de la vida de mierda que yo estaba tan seguro que debía tener. ¿Y si el viejo es feliz bajo los cuarenta grados de este enero, con el carro cargado de palos y pedazos de alambre? ¿Y si, incluso hace veinte años, no le jodía ver como yo disfrutaba de todas esas cosas que sus hijos no podrían tener ni aunque él se ganara el Prode? Me digo a mí mismo que no se trata de eso, que no es una cuestión de felicidad si no de acceso a las condiciones mínimas que te permitan sobrevivir sin cagarte de hambre.

Al día siguiente de haberlo encontrado, laburé toda la mañana y me volví a almorzar a lo de mis viejos. Cuando llegué mi madre no entendía nada, ¿dos días seguidos? Lo debe haber conversado con mi padre antes de llegar yo porque cuando estábamos comiendo, él me preguntó: -Che, no andarás metido en alguna matufia vos, no?

Tenían razón en que algo no cerraba. Fui por segundo día consecutivo, pero no porque tuviese algún problema ni porque me haya agarrado un sorprendente ataque de amor familiar.

-Ma, me olvidé de decirte ayer que me lo crucé a Bustamante y me dijo que en estos días pasaba a cortar el pasto.

Mi mamá me dice que ya sabía que nos habíamos visto, que a la mañana había pasado el viejo y le había dicho que vendría a la tarde, así que después de comer me tiré a dormir la siesta y a las cuatro en punto sonó el timbre. Me desperté con la urgencia de un servicio militar y me apuré a abrir la puerta.

Era Bustamante.

Estaba parado al lado de la bicicleta y en el carro parecía traer un arsenal listo para enguerrarse en el medio de la selva contra unos yuyos alienígenas. Le abro la reja y cruzamos dos o tres palabras mientras él va enchufando la máquina ajustándose a un misterioso y metódico ritual. No pasan dos minutos y ya está liquidando pasto bajo el ruido colosal de su máquina voraz. En vano quiero ir a conversar con él y gritar más fuerte que el motor de la cortadora, el viejo no se desconcentra por nada y no le afloja ni en medio de un bombardeo. Me quedo sentado entonces, mirándolo, investigando lo que puede llegar a estar sucediendo dentro de su cabeza, mientras él se mueve al compás de una melodía que sólo sugiere guerra, selva, destrucción, el exterminio de Bustamante sobre el pasto.

Cuando termina con el jardín, le pregunto como de pasada si tiene que hacer alguna otra changa más luego. Me dice que no, que la cosa viene dura, pero que gracias a Dios mañana a la mañana comienza las refacciones de una casa que lo va a mantener ocupado, mínimo, dos semanas. Le ofrezco una pausa entonces, aprovechando que no está apurado.

-¿No quiere tomarse unos mates?

-Y bueno, dele m’hijo, ya que ofrece.

El viejo tiene los pies tapados de verde, como si el jardín lo fuera comiendo al él mientras la máquina se traga la hierba. Nos sentamos en la puerta entonces, bajo el calor de las cinco y media de la tarde y comienzo una charla con la ansiedad de las primeras experiencias.

Bustamante me pregunta cómo ando, qué es de mi vida, si no me estoy por casar ya.

-No se lo ve mucho por acá, m’hijo. ¿Ya se ha casado?

-No, Bustamante, ni cerca. ¿Usted qué tal? ¿Cómo andan sus chicos?

El viejo me cuenta que los muchachos de él están laburando acá y allá, que ya todos tienen familia, que uno se fue a vivir a otra parte, que otro anda por ponerse un negocito con la señora, aunque no sabe bien de qué se trata la cuestión, y demás informaciones por las que voy metiendo la mirada al mundo de su vida. La conversación deriva y Bustamante me cuenta que él era un gran jugador de fútbol, que de pendejo jugó en General Paz Juniors y en Talleres, y que una vez lo vinieron a buscar de San Lorenzo luego de un partido cuando él estaba en el equipo que por esos años había en el barrio.

Los seres humanos necesitamos de testigos de nuestra existencia, por eso habla con alegría y entusiasmo y es como si aquella juvenil ilusión azul y roja volviese para darle una segunda oportunidad. Frente a mis ojos va develando un universo desconocido, misterioso, atrapante.

-Yo no sabía que me habían venido a ver, me entiende? Cayeron a mi casa una hora después del partido y cuando mi madre me avisó mientras yo me pegaba un baño, casi me caigo seco en el agua. Me bañé quemando, en dos patadas y salí. Había dos tipos de traje, en mi casa, en el comedor, charlando con mi finado padre. Le decían que me llevaban a prueba, que me pagaban todo, que me querían ver jugar un tiempo con ellos y una pila de cosas más, pero mi viejo no estaba seguro y yo no podía decir ni una palabra…


Bustamante iba a morir, y todo lo que yo haría no modificaría esa realidad inexorable. Todavía no podía saberlo, pero cuando eso pase, con él se irá el niño que se esconde dentro de mí.


(continúa…)

2 comentarios:

Ceci dijo...

Maestro, Bustamante.
Sigo leyendo, que bueno que hayas vuelto!

Hija del Rigor dijo...

que grande este blog!