Nota preliminar: A veces la gente se encuentra. A veces, no. En ocasiones una mujer y un hombre se encuentran el uno al otro, un hombre y una mujer que han estado buscando obsesivamente a una mujer y a un hombre dan milagrosamente el uno con el otro. En otras ocasiones ese milagro no se celebra. El encuentro suele darse en el cine, en las películas. El desencuentro, en la vida de todos los días, marcada por el azar y las convenciones sociales, no por el milagro. En este estado de situación, una noche no especial se encuentran Tomás y Florencia. Es posible que ninguno de los dos sea el amor de la vida del otro, pero van a coger, y con ello nos vamos a ir conformando.
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anteojos rojos
Salieron las palabras como un convenio que procuró vincularlos en la serenidad de la confianza, un código que pretendió unirlos en lo efímero de esa eternidad que se desvanecería en el aire, como el sonido de esas mismas palabras, que aparece y se va en un instante perdurable y fugaz, y los dos rieron haciéndose uno en un abrazo tan ficticio como la confianza de esas mismas palabras.
-Pero a vos qué te pasa, me querés romper el culo?
Florencia pronuncia cada una de las palabras con el entusiasmo que le provoca su excitada rebeldía. Detengámonos un pequeño instante en ello: dijo culo con una claridad parsimoniosa, saboreando cada sonido en un deleite lascivo, moviendo sus labios y manejando los gestos de su cara con gran maestría. Ante la situación es una novata, pero el momento ha sido muy esperado y desde hacía tiempo estaba preparada. Florencia es una novata que busca deslumbrar, una debutante que va a desatar el delirio en la hinchada.
***
El concierto de Coiffeur había comenzado puntual. Tomás y su amiga llegaron tarde y tuvieron que sentarse separados en las pocas sillas que quedaban en el auditorio de la facultad de Lenguas. Cuando él pudo llegar a su lugar, la oscuridad no le permitió ver a su acaso pasajera compañera de momento. Tampoco se detuvo en ella cuando las luces se prendían entre canción y canción, estaba maravillado con la fauna tribal que formaba junto a quienes habían llenado el auditorio. Parecían la tribu urbana de los anteojos cuadrados de marcos oscuros. Le pareció muy tierna la tribu y aprovechaba cualquier rayo de luz para observar a cada uno, el clan de los anteojos.
-¿Buscás a alguien?
-Estoy mirando a la gente, somos un auditorio muy simpático, no te parece?
La flaca de los marcos rojos no acusa recibo de su respuesta y suena una nueva canción en la que el artista rasga su guitarra con frenética energía y ella comienza a mover su cabeza.
En la silla de Tomás la atención se volvió del escenario y el centro de la escena se encuentra desde este instante exactamente a su lado.
Es la manera en la que construimos el momento, la acción, el movimiento. Recuerdo, ya estuve llorando por esto.
Los anteojos rojos sonríen y él pinta un cuadro en donde sólo están los dos, nadie más, una sala donde canta un flaco alto que toca la guitarra como un genio indie y tierno, pop, gitano, nómade, a oscuras, sólo para ellos. La única luz de la sala da sobre ellos, que no ven al cantante ni a su guitarra y lo escuchan claramente pero como si estuviese lejos. Están hablando y su gesto es uno y claro: son el centro mismo de cada uno.
En menos de lo que dura la canción, Tomás se da cuenta de que se le ha ido la mano. Coincidimos y no es casualidad. Qué mala suerte, no es casualidad.
Termina la canción y ella aplaude, feliz, como si en cada sonido hubiese bebido de la fuente misma de la paz espiritual.
Tomás simula mirar como hasta hace unos minutos a todos los demás pero ya no ve ninguna tribu preciosa y entrañable, ahora sólo manchas difusas que contrastan con la claridad nítida de los anteojos rojos en la silla al lado de él. Pasan tres canciones y ni una palabra entre los dos. Llega la desesperación. Comienza a pensar que se va a pasar todo el concierto y él con el pescado sin vender.
-Somos un público hermoso, no te parece?
Lo mira como preguntando qué está diciendo, a dónde va. (A tu cama voy, a dormir con vos). Ella no responde pero Tomás lee - o quiere leer - en su gesto algo parecido al interés, a que quiere saber más sobre lo que acaba de decir. Él quiere responderle pero antes de pronunciar una palabra más la chica de los anteojos rojos le dice que después, que ahora no. Tomás sonríe y su desesperación se transforma en una calma expectante, ilusionada. Vuelve a escuchar al flaco que la descose con la viola, su voz es grandiosa y todo comienza a parecerle perfecto. Pasan las canciones y el show camina hacia el final. Cuando termina, todos piden que vuelva, él también lo desea pero más quiere que se acabe para irse a cualquier lugar con los anteojos rojos. Reaparece el músico conocido como Coiffeur y todos felices nuevamente. Canta En la frontera, amándose nuevamente con sus cuerdas.
Éramos tantos, y yo no sabía quién era.
La mira y esta vez se ríe. Ella se lo repite -Después.
Y devuelve su mirada al escenario. Otra canción más y esta vez sí, se prenden las luces y el genial cantautor agradece la amabilidad de su auditorio, tímido ante el aplauso que no termina. Entonces todos comienzan a levantarse.
-Florencia, vos?
Tomás se presenta y ella le dice que ahora, como burlándose de su evidente ímpetu reciente por conversar con ella, como si con ese ahora le diera permiso.
-¿Viniste solo?
-No, vine con una amiga, pero tuvimos que separarnos porque llegamos tarde.
-Qué suerte la tuya. Yo sí vine sola. Un gusto, nos vemos la próxima.
Tomás piensa en catástrofes. La próxima qué? La próxima, nada. Y se decide a ser hombre, al menos esos veinte segundos.
-La próxima es dentro de cinco minutos, no?
Detrás de sus lentes, sus ojos le dicen que sí. Él se despide de su amiga, que todo lo entiende a la perfección, y salen caminando sin saber a dónde ir. A ver, pongamos las cosas en claro, Tomás no sabe dónde van, ella sí. Lo lleva entonces a un bar a donde parece que la misma tribu linda y graciosa fuera siempre después de conciertos como ese. Tras la cena, en la que han conversado muy entretenidos, las dos botellas de vino les provocan una confianza en la que él comienza a decir idioteces que a ella le parecen muy interesantes. Se terminan la última copa y Tomás toma definitivamente la iniciativa, llama a la moza y pide otra, pero antes de que les tome el pedido, Florencia lo cancela bruscamente.
Él no entiende nada.
-No te hace falta, nene, no entendés? Vamos.
Tres horas después Tomás piensa que las chicas bien son así, geniales, impredecibles. Flor es una de ellas, y tal vez una de las tres o cuatro exponentes más puras de esa raza que a él tanto le encanta y que por eso colecciona. Flor esta noche salió en plan alternativo, y el menú incluía dos cosas nuevas: una, ir a ver un músico indie; y dos, conocer un pibe de ese palo. Tomás se ha ganado el quini 6, esta noche es la única en la que Florencia se podría haber fijado en él.
Para las chicas bien la cama es un espacio tan exótico como una bailanta, y por eso su excitación puede llegar a vivirse cinematográficamente. Los dos están desnudos y se divierten en la corta pausa que se dan en lo que va camino a convertirse en una noche de horas extra. En este punto de las cosas, ya podemos saber, si retrocedemos en la biografía de Flor, sobre las noches en vela que pasó en el patio de su colegio secundario en cada vigilia que las monjas organizaban. Esta noche podrá parecer en todo diferente a aquellas noches en las vigilias escolares, pero sólo esa diferencia es tal en la superficie. En el fondo del asunto, los motivos que la mantienen despierta son los mismos, y ella se desquita, toma revancha y se entrega de lleno a cada uno de esos motivos antes vetados, prohibidos.
Las vigilias que organizaban las monjas de su escuela tenían un motivo religioso, pero lo que arrastraba a las alumnas y a los demás chicos y chicas de los colegios de la zona era otra fuerza. Vamos a llamar a esta fuerza, en un esfuerzo polite, un evento social. Frente a ello las monjas de la escuela ya se escandalizarían con cierto encono. Sin embargo, la claridad de esas noches nos revela que aquellos adolescentes asistían a un evento carnal, sexual, pleno de voluptuosidad. En efecto, si miráramos con atención el patio de esa escuela veríamos ejércitos de hormonas galopantes que chocan contra escudos magnéticos (?) colosales como esos de las películas de marcianos que vienen a fusilarnos sin piedad.
Diez años después de aquellas vigilias, y con algunos kilómetros recorridos, Florencia todavía disfruta del sexo con el sabor de la rebeldía, y si se muestra alborotada por los intentos de Tomás de ir por colectora, no es porque no quiera, de hecho eso ni se lo pregunta, para ella simplemente la posibilidad real de que tamaña atrocidad suceda no forma parte de los hechos de la vida real. Si se muestra alborotada entonces, es solamente para jugar a una existencia en donde revolucionariamente un hombre quiere practicar con ella algo tan macabro e impensable como el sexo anal. Es esto último lo que la embriaga, la sensación de haberse liberado de aquel caparazón frente al que ninguno de los pocos compañeros de cama que tuvo pudo siquiera proponerle desviarse de los caminos convencionales del placer.
Entonces le pregunta
-Pero a vos qué te pasa, me querés romper el culo?
Y la risa de ambos los encuentra abrazados, divertidos, cómplices, con el cursi impulso de pensar que algún día volverán a verse.
1 comentarios:
Tomás es un boludo, no puede hacer eso la 1º vez que ve a una chica que conoció en un recital indie...al que le faltan kms por recorrer es a Tomás, no a la Flopy esta. Es mi humilde opinión.
El texto está muy ágilmente escrito y se lee de un tirón!
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