salida de emergencia
La noche del día en que Tomás y Josefina acabaron con la puesta en escena que significaba su noviazgo adolescente, él probó por primera vez aquella manera de solucionar su angustia que sería la única que conocería hasta los días de hoy, inclusive.
Lo que puede llamarnos la atención es que aquella noche, a primera vista, no había motivos para escapar.
Volvemos a esa noche tan sólo porque en las horas que allí tuvieron lugar tal vez podamos encontrar los motivos que transforman a un señorito inglés en un animal adicto a la piel que podría armar una orgía en los frigoríficos mismos de Estancias del Sur, amando a vacas y toros muertos con la ansiedad y excitación de una misión de la que depende la vida misma.
El noviazgo que mantenían Josefina y él no comprometió los sentimientos de ninguno de los dos, y sólo agonizó más de lo necesario porque cada uno tenía motivos personales por los cuales mantenerlo vivo. En coma, pero vivo. A sus veinte años, y a pesar de que era poderosamente atractiva, Josefina nunca había tenido un novio - nunca había siquiera besado a un hombre - y consideraba a Tomás un buen ejemplar para mostrar en sociedad, así que ella lo llevaba a cuanta fiesta era invitada, y lo presentaba a todo el mundo dando la imagen de una feliz parejita perfecta. A Tomás esto le repugnaba por dos cosas: porque detestaba el ambiente en el que su novia se movía, y más aún porque él sabía que no eran una feliz parejita perfecta, sino dos individuos cuyo vínculo estaba armado de hielo, un puente que él intentaba, sin éxito, derretir. De los dos motivos, creo que es bueno hacer una parada en el rechazo que a él le producía el ambiente a donde ella pertenecía. Josefina era la primera de las chicas bien a las que él tendría acceso (luego vamos a saber que fue ella quien sembró la semilla de lo que para Tomás se convertiría en un hobby de colección). El campo social de la clase alta le atraía como a tantos miembros de la clase media que anhelan pertenecer a un mundo que se les representa como más alto. Por supuesto que ni bien ingresó a ese planeta desconocido se deslumbró con la rutina de aquellas personas para quienes el planeta entero es un pañuelo y cuyas metas no tienen límites. Pronto vio que la relación terminaría en la nada e intentó vanamente adaptarse a una jovencita con la que tenía tantos puntos de contacto como con un norcoreano, así que cuando ella lo llamó aquella tarde de domingo para que hablasen, él sabía que se terminaría y estaba de acuerdo con que ello suceda, muy de acuerdo. Pero una hora después de salir de la casa de ella, sintió un vacío imposible de llenar, y la única manera de solucionarlo fue aquella que hasta el día de hoy mantiene como única vía de escape, y que consiste en revolcarse con cualquier mujer que esté dispuesta a hacerlo. Llamó a una de sus amigas, a quien conocía de la escuela primaria y no veía hacía algunos meses. Fueron a un bar en la zona de los estudiantes donde bebieron tantas cervezas como sus cuerpos soportaron y, asquerosamente ebrios, corrieron al hotel más cercano. Cuando salieron y la llevó a la casa, aún sentía ese vacío en los intestinos, ese vacío que le provocaba una angustia destructora como el abismo, así que llamó esta vez a Romina, con quien había pasado cinco días algunos años atrás y quien lo idolatraba como si él fuera el único hombre sobre la Tierra. Aprovechándose de ello, la buscó y se hundieron en el mismo hotel del que él había salido casi una hora antes con su amiga de la primaria. Pero ahora ya no tenía siquiera al deseo que le alivianara la faena, así que la penetró con la torpeza de una violación, como si esta vez quisiera incendiar el fracaso de su experiencia con Josefina en el cuerpo entero e indefenso de Romina. Cuando llegó al orgasmo, creyó que no podría evitar asesinarla, así que se vistió desesperadamente y salió de allí sin saludarla, dejándola sola en aquel telo inmundo, infestado de cucarachas y bichos de diversas clases que salían de todos los rincones para unirse a ella.
Despertó a la mañana siguiente y supo que su noche no había logrado quitarle el mal humor que inexplicablemente sentía, pero algo le decía que era lo único que había por hacer, que había estado bien, que no había quedado otra.
De esa noche nos separan largos años, más de diez, y Tomás aún no consigue solucionar su angustia de otro modo que no implique coger con lo primero que se le cruce por la calle o por su teléfono. Con el tiempo comprendió que las diferentes variedades de mujeres demandaban de él comportamientos diferentes luego del sexo, y por eso accedió a los abrazos que necesitaba Florencia cuando terminaron, mientras escuchaban por cuarta vez The flying club cup, uno de los discos de Beirut que ella había puesto porque a él le encanta. Acepta ese abrazo gracias a un prejuicio clasista que tiene su base en que las considera más limpias que al resto: las chicas bien se le representan como muñecas ajenas a toda putrefacción, y ello evita que sienta lo mismo que con las demás mujeres (quienes sí se le representan como putrefactas), una vez su excitación se deshace en una eyaculación torpe. Lo que experimenta es un asco desesperante, una sensación nauseabunda que parece encerrarlo en una prisión de mierda, literalmente hecha de mierda, como si el cuerpo de su ocasional compañera fuese una grotesca escultura hecha de excrementos a la cual él está obligado a abrazar. Contrariamente, las chicas bien son muñecas Barbie, y luego del sexo Tomás se siente encerrado, pero esta vez en la mansión de Barbie, donde la dueña de casa está usada pero sigue siendo atractiva.
Se levanta de la cama y cambia la música, ese disco desde ahora será para él la reminiscencia inequívoca del sexo con Florencia, y por eso ya no podrá escucharlo. Cambia el disco y voltea a mirarla, recostada, hermosa, con las sábanas recorriéndole el cuerpo y tapando intermitentemente su piel. Piensa para sí que ella es mucho más linda que él, si es que cabe la comparación entre hombres y mujeres, pero eso no le genera complejos, si no que, por lo contrario, encumbra todavía más la conquista de esta noche. Pero Tomás no sabe que él no se la cogió, ni que tampoco el cogió con ella, sino que - un disparo en su orgullo - ella se lo cogió a él, como podría haberse cogido a cualquier otro que se sentara a su lado.
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