un hogar
Florencia insistió en su invitación - casi una petición, un ruego velado disfrazado de hospitalidad - para que Tomás durmiese con ella. Lentamente él comenzó a vestirse, sabiendo que no habría fuerza en el mundo que lo hiciera permanecer, la saludó simulando ternura y se fue. No cruzaron números telefónicos y no sabían del otro más que el nombre de pila y los datos superficiales que mencionaron en el bar.
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Tomás despertó a las cinco de la tarde experimentando la existencia como una gran película en donde él es el protagonista, siempre el protagonista de una historia que recorre cada uno de los reflejos verdes en los ojos de Belén, felizmente casada, madre de un hijo, e implacable ante lo que él pudiera haber sentido alguna vez. La llama pero ya sabemos lo que sucede, ella no va a contestar. Entonces Tomás insiste unos minutos más tarde, hasta cansarse. Es sábado y la tarde se le presenta como una inmensa boca hedionda acercándose para tragarlo. Dos horas tirado en la cama, vestido, esperando una llamada que nunca llega, el escenario mismo de la cursilería que abandonó en el momento mismo que ella apareció un año después de dejarlo, siendo partícipe de un matrimonio con fiesta, hijos, cuñados, suegros, vacaciones, trabajo, estabilidad. Pensó en la estupidez de no tener los datos de Flor, en la necesidad de enredarse otra vez con ella, y hurgó en su teléfono una vez más, buscando aliviar ese hueco. Escribió mensajes de socorro a distintas mujeres a la vez, odiándolas, y se vistió.
El camino hacia la casa de Belén, ese hogar que sin éxito buscó demoler cada vez que lo intentó, fue la maratón de una desesperación dura, negra, que se le incrustaba en la espalda lejos de donde sus manos pudieran hacer algo por sacársela de encima.
Golpea la puerta con discreción, intentando no llamar la atención, pero nadie sale, entonces su ansiedad lo traiciona y esta vez golpea más fuerte. Hace frío y le sudan las manos, vuelve a tocar y mientras lo hace se prende la luz del frente y se abre la puerta. Es Belén, con su hijo en brazos, la evidencia misma de una maternidad que lo mira a los ojos.
-Pasá, cómo estás?
Él no responde, está petrificado, mudo, ciego.
-Tenés frío, dale pasá.
Es la primera vez que entra a ese mundo que aborrece y que desea, esa dimensión en donde ella le pertenece a otro hombre, en donde ese hombre le pertenece a ella, y en donde ese hombre y ella son uno en ese pequeño ser que está en los brazos. Belén le pide que espere en la cocina, tiene que ir a hacer dormir a su hijo.
Mientras espera, observando la disposición de cada cosa en esa cocina, se le mezclan los nervios de no saber por dónde va a aparecer el marido con la alegría de saberse en el mismo espacio que los ojos verdes de esa mujer que cruza cada uno de sus esfuerzos. Esa misma mujer que vuelve y le cuenta que su marido está jugando al fútbol. Entonces lo mira a los ojos y se le acerca, buscando algo en su cuello, hablándole al oído, diciéndole como riendo, si viene de la casa de la otra. Tomás no se ha bañado desde el día anterior y aún huele a Florencia. Ella juega a ese papel de segunda, reprochándole en ese juego que él ha estado con la otra, con todas esas que son la otra, como si ellas fueran la elección primera de él por sobre ella. Ambos conocen a la perfección ese juego que a ella divierte y a él confunde y ciega. Podemos decir que el espectro de sensaciones de Tomás, cuando está con Belén, se reduce a una sola, que es la mezcla pesada de angustia, excitación, desilusión, bronca y nervios. Todo eso que llaman amor, en alguna parte, los que saben del tema.
-Vamos a quitarte del cuerpo ese olor.
Y lo lleva de la mano por un pasillo gris que desemboca en el baño, le abre la puerta, le prende la luz, la estufa, le indica los jabones, el shampoo, le da una toalla, y el desodorante de su marido.
Tomás la mira sin entender demasiado lo que está pasando. Es imprecisa su sensación, porque sabe lo que está sucediendo, lo está viendo, pero no puede comprender qué es todo eso. Se queda parado, mirándola, y ella pregunta si ha olvidado cómo sacarse la ropa. Él toma la toalla con sus manos, el desodorante, y los suelta, dejándolos caer al piso. La abraza y busca su boca en un intento lúgubre, pero ella desvía su cara y da un paso hacia atrás, alejándolo y cerrando la puerta, abandonándolo en el mismo baño en donde el marido de la mujer de su vida vendrá horas más tarde a quitarse la transpiración y la tierra de un partido de fútbol.
2 comentarios:
triste
Esto se pone interesante aunque raro...
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