6
Efectos colaterales
Efectos colaterales
La última semana en la ciudad de las monjas no sucedió nada distinto a lo que ya he contado. Las personas seguimos buscando lo mismo que buscamos todos los días, cada hora, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos a dormir.
Tomás llegó al boliche una hora después de lo indicado, momento en que según la invitación, el lugar colmaría su capacidad y se pondría jodido entrar. Exacto. Debió esperar casi media hora y que salieran más de diez parejas directo a los telos cercanos, para que el guardia de seguridad de la puerta le permitiera abandonar su tortura congelante e ingresar.
Lo primero que vio cuando traspasó la puerta fue la nube en sus lentes, que se empañaron de repente ante el brutal cambio de temperatura. Adentro todos están sudados o borrachos, o las dos cosas. Sus compañeros y compañeras de laburo están todos juntos, bailando debajo de uno de los aparatos de aire acondicionado, cerca de una barra donde atienden dos tetonas. Tomás rápidamente busca a Albertina que ya debería estar ahí. Mueve la cabeza hacia todos lados pero no la ve. Saluda a cada uno con desinterés, sin mirarlos, revoleando sus ojos atolondradamente.
-No vino y no va a venir, así que pará de ser tan evidente.
Milagros le cuenta que Albertina no viene. Caen las acciones de Tomás. Ya compartió centenares de noches de alcohol con la gente de la fundación, son como una gran familia en la que él ha promovido incansablemente el más alegre de los incestos. Una familia feliz, pero en la que no hay mucho nuevo para hacer. Ella no va a venir. Y va a ser una noche de mierda, otra más.
-Dale tonto, vamos a comprar algo para tomar y después nos fumamos un pucho en el patio.
Un campari y un martini y a cagarse de frío otra vez.
-La concha de la lora, hoy a la tarde me dijo que venía!
-Después de que saliste a la reunión esa de la que dijiste que volvías pero nunca volviste, bueno, después de eso la llamó el novio, discutieron, y decidió cenar con él y quedarse en su casa.
Tomás pone cara de no entender, pide más datos.
-El pibe se da cuenta de que le estás tirando con todo, boludo. Sos el jefe de la mina y la llevás a todos los eventos donde te invitan, a todas las cenas, ¿qué te pensás, que el tipo es un pelotudo?
-Es la nueva encargada de nuestras relaciones institucionales, o no? Y sí, creo que es un pelotudo, ella me dijo.
-No podés parar de ser pajero vos, no? Bueno, el pibe te odia y estaba todo mal con que ella viniera esta noche.
No tiene caso que Tomás refunfuñe, Albertina no va a llegar y a esa altura seguro ya está durmiendo en la cama de Francisco. Se terminan los puchos y los tragos y vuelven adentro, donde Juliana está absolutamente ebria y baila pornográficamente con un gringo con pinta de nórdico.
-Qué onda Ju?
Germán confirma la amenaza. Pero Juliana está estúpida y perdidamente - pongamos el énfasis en la perdición - enamorada de Tomás, que utiliza eso a su favor cada cuatro o cinco meses, cuando se harta de coger con todo lo que se cruza por delante y se olvida el sabor que tiene ella entre sus piernas.
Por un extraño código medieval, Tomás y sus compañeros de trabajo no pueden aceptar que, cuando salen con el equipo de la oficina, cualquier hombre que no sea parte de ellos venga a levantarse a una de las ellas. Los ofende, les pincha el orgullo la sola posibilidad de que una de las minas con las que laburan se vaya a coger con otro. Germán le pide entonces que arregle este quilombo, que ponga las cosas en su lugar.
-El día que una muestre le hilacha, cagamos fuego. Todas las veces que salgamos, éstas terminan poniéndola con cualquiera menos con nosotros.
Tomás asiente resignado y se entrega a su deber.
Menos de tres minutos después Juliana está desprendiéndose de la poca dignidad que pudo acumular desde la última noche que pasó con él, cuando se quedó sin nada, hasta hoy. Ella le muerde la lengua en un gesto donde le grita su necesidad de él, donde intenta provocarle que comprenda su dolor, pero Tomás no lo entiende y sólo podrá interpretarlo en términos de su excitación, como aquellas primeras veces en que ella le mordió la lengua desnudándolo. Tomás no puede comprender su dolor, no quiere comprender su dolor, y en todo caso se caga en ese dolor. Alrededor de ellos dos, las demás mujeres de la oficina hablan todas entre sí, disimulando, odiándolo, compadeciéndose.
Albertina está durmiendo con Francisco, que a la tarde se cansó de coger con Celina. En el boliche, después de todo el reggaeton suena la Bersuit, coger no es amor / es mucho mejor. Tomás se lo canta roñosamente al oído y Juliana finge comprar, finge subirse a un carro que odia pero del que él no le permite bajar. Se van.
Llegan a la casa de él. Cogen. Tomás termina. La odia. Siente asco por ella. Ama como nunca a Albertina. Pide un taxi. Se va al baño. Vuelve. Llega el taxi. Sale Juliana con la pintura corrida, sin alma. Tomás vomita. Llora. Quiere correr a destruir la puerta del edificio donde vive el novio de Albertina, pero no sabe dónde es. No puede escribirle a ella, entonces manda mensajes de texto a otras desgraciadas, desesperado. Vuelve a vomitar. Vuelve a llorar. Y se duerme.
7
Dedicatoria
Tomás se encerró en el baño para no verla. Para no tener que mirar las imperfecciones en el cuerpo de Juliana, para no tener que ver el gesto de la resignación en sus ojos marrones, tristes, apagados, muertos. No quiso mirarla para no tener que hacerla humana una vez más, para no sentir el asco de la pena.
Mientras espera el taxi, Juliana llora y exagera cuando se suena la nariz y cuando se le dificulta la respiración y de repente le atacan los espasmos derivados del llanto. Tomás la escucha sentado en el inodoro, jugando al bowling en su teléfono celular, pensando que es al vicio hacer ruido con el agua del bidet, que no es necesario disimular su llanto: si ella lo exagera, al menos puede concederle el derecho de ser escuchada. Sale, entonces, y la enfrenta. La mira profunda, precisa, minuciosamente, como un veterinario que examina las heridas de un animal, y de repente piensa en el poder que puede ejercer una persona sobre otra, en cómo uno se entrega a otro aún a pesar de la voluntad de los dos, en cómo un incomprensible sentimiento somete y subyuga a un ser humano y la manera en que lo reduce a una torpe mueca de sí mismo.
Ella lo mira y en sus ojos él alcanza a ver dentro de sus pupilas el abismo de todo aquello. En ese hueco infinito Tomás ve, sin quererlo, toda la desolación en la que Juliana se debate cada vez que cogen y el asco es acaso el único puente que los conecta. Cosas que pasan, piensa una vez más. Le alcanza su ropa, ella comienza a vestirse y sus movimientos muestran cabalmente que una cosa es desnudarse el uno al otro llevados por la calentura de la excitación, y otra muy distinta es vestirse, cada uno por su lado, impulsados por la necesidad vital de separarse. Mientras lo hace, le pregunta qué onda, qué carajo hace todavía perdiendo aceite con ella, hasta cuándo, cuándo se va a cansar, cuándo la va a dejar tranquila, cuándo va a terminar con todo esto.
-Coger está bueno.
Coger está bueno. El impulso animal es un mandato no necesariamente implacable, no precisamente inexorable, es un mandato al que Tomás se entrega libre, felizmente, un mandato que él elige obedecer. Detengámonos entonces en el deterioro de una jovencita.
La primera vez que durmieron juntos, hace ya más de cuatro años, Tomás le obligó no enamorarse, le comunicó que estaba enamorado irremediablemente de otra mujer, y que por eso no podría quererla jamás. Aquella noche Juliana se burló de esas palabras que intentaron ser la celebración de un contrato. Y en ese momento comenzó una dialéctica que prometió ser intensa, atrayendo la atención de ambos, que jugaban a quererse y no quererse. Dos semanas después de aquella noche dormían juntos en la casa de uno u otro los siete días de la semana. Y seis semanas después ella le comunicó que no podía seguir jugando.
-Te enganchaste, sabés que eso no es parte del contrato.
-¿De qué contrato me hablás, demente de mierda?!
Juliana se descontroló y por primera vez Tomás vio en su rostro una lágrima. Involuntariamente le dio mucha gracia el gesto triste de esa cara y tuvo que hacer un esfuerzo importante para no reírse.
-Sabías que acá no había lugar para que ninguno de los dos se domesticara. Nos divertimos, la pasamos bien, y yo estoy enamorado de otra.
-Estás loco, sos un hijo de puta, pendejito de mierda, quién carajo me manda a meterme con un pajero como vos…
Tomás no le respondió, se dio vuelta y se durmió.
Luego de todos esos años, en la misma cama ella le pregunta hasta cuándo. Hasta cuando, las pelotas.
-Estoy enamorado de Albertina. Y necesitaba olvidarme de eso por lo menos diez minutos.
-Sos cualquiera, pendejo. Cualquiera. ¿Qué mierda tengo yo que ver con que ahora vos estés caliente con la minita nueva? ¿Para qué carajo me seguís cagando la vida, infeliz de cuarta?
La pintura corrida en su cara le da un leve aire a carapintada.
-En qué andará Aldo Rico?
-Sos un idiota, nene.
Y llega el taxi. Aún retumba el idiota cuando ella da un portazo y Tomás piensa que acaba de cogerse un carapintada, y se imaginó a Aldo Rico chupándole la pija. (sacar el último Y)
Todo esto le provoca un ataque de risa. Pero es horrible reírse en soledad, es espantoso el sonido de las carcajadas de alquien que ríe solo, y Tomás no puede evitar advertir esto y en un instante toda su alegría se muda en un vacío que comienza a abrir sus entrañas y estremece su respiración. Siente que se ahoga y que las paredes de su casa van a aplastarlo. Vomita. Le escribe entonces a Abril.
-Estoy enamorado de mi compañera de trabajo. Y necesito dormir con vos.
-Andá a clavarte una. La concha de tu hermana.
-Te jode si te la dedico?
8
Sánchez
El bar es un campamento de refugiados. Mesas de ajedrez, de naipes, de dados, para hombres solitarios que van a terminar cada uno de sus días a ese cuchitril ahogándose en cerveza, en vino, en juegos, en conversaciones interminables sobre problemas que los afectan y sobre los que nada pueden hacer. Una fraternidad de despojados que se hermanan en esa jodida y pestilente enfermedad que es no tener una compañía con la que compartir la miseria que significa precisamente su vida.
A mil vidas de distancia pasamos al frente buscando un lugar donde comer, un sitio diferente a todos los sitios en donde caemos todos los días. Le digo a Flor que ése es el lugar, que ahí nos vamos a meter, que seguramente ese bar tiene todavía la cocina abierta. Flor asiente, no porque esté de acuerdo. A ella le da igual.
Dejamos el auto al frente y nos abrimos paso entre las mesas de afuera, donde los hombres ríen y se entretienen en los juegos. Sólo una mesa alberga a un hombre en soledad, que al pasar a su lado me invita una cerveza. Lo miro y advierto que para él ya es suficiente. Le agradezco, pero le digo que no, que ya fue suficiente, que vuelva a su casa, que gracias. Su mirada tiene el aspecto de complacerme pero al mismo tiempo me dice que no, que nunca es suficiente, que los motivos que lo tienen enterrado en ese lugar no se ahogan con nada, que no hay bastante alcohol, que seguirá ahí. Flor ya se ha sentado y me dice que sí, que esa cocina no cierra nunca. Pedimos entonces unas milanesas con una tortilla de papa mientras me fumo un pucho. En esa pequeña mesa ella sabe que me tiene, que yo necesitaba esa mesa de manera sedienta. Hablamos de lo que nos deparó el día que se acaba, de cómo hemos vivido los días que pasaron desde la última vez que nos vimos, de cómo ha sido que ella me ha encontrado. En pocos movimientos Flor comprende cómo manejarme. Me pregunta entonces cómo están saliendo las cosas, cómo va mi trabajo, qué tal aquella minita que íbamos a sumar en la oficina y que había mencionado yo la noche en que nos conocimos, qué tal van esos cuentos que le contaba la última vez. Yo no sé si es porque a ella le interesa la naturaleza de mis cosas o si Flor lo hace porque esas cosas son mías. La escena barata me enternece y le cuento.
*****
Falta poco para terminar con la cena y el único hombre que no tenía compañía se acerca pero yo todavía no lo veo. Se levanta de su mesa con la botella en la mano, ya vacía, y camina en dirección a nosotros. Se sienta en la mesa que está detrás de mí y escucha lo que estamos conversando. Sé que ha venido hasta nosotros porque me toca el hombro. Me doy vuelta como un látigo. Sánchez tiene su cara exactamente pegada a mi cabeza, entonces quedamos frente a frente, con nuestros ojos clavados el par del uno en el par del otro, muy cerca, respirándonos. Me pregunta si quisiera yo conocer mi futuro, diciéndome que conoce el pasado, el presente y el futuro de todas las personas, y me pregunta de nuevo si quiero saber algo de mi futuro o de mi pasado. Yo amago con despreciar su invitación con cortesía, pero él me hipnotiza y le pregunto por su nombre.
-Édgar David Sánchez. Mi abuelo era brujo y me pasó el don, yo lo recibí de él. Por eso puedo saber todo de tu vida.
Me agarra el antebrazo con firmeza y siento en mi piel la aspereza de sus manos. Sus ojos me penetran filosa, ardientemente, como un hierro muy fino que se me clava, quemándome el pasado y todo mi presente.
Detrás de mí Flor juega con el tenedor y se pregunta qué es lo que pasa entre este borracho y yo. Flor no existe más, ha perdido entidad y lo sabe. No se molesta, sabe manejar los tiempos, sabe que ahora ella ya no es y sabe también que volverá a ser.
Sánchez me dice entonces, bajando el tono de su voz y acercándose todavía más a mi cara (puedo sentir el calor que sale de su boca, el calor y el olor del alcohol), que esta chica en mi mesa no será la mujer de mi vida. Le devuelvo un gesto que le dice que no ha descubierto nada inesperado, que el circo es demasiado para semejante obviedad.
-Vos estás buscando, sos como un animal que viaja porque donde vivía ya no hay más que comer, pero nunca encontrás de nuevo un lugar con comida, entonces viajás de lugar en lugar, creyendo que lo vas a encontrar en cualquiera de estas miserables, y no lo podés encontrar.
Se queda en silencio, yo estoy duro, absorto, conmovido, confundido.
-Sos como un mandril, como un puma, como un caníbal, querés comer todo el tiempo pero mientras más comés, más hambre tenés.
No digo nada. En sus rasgos aborígenes me pierdo y creo estar volando sobre imperios colosales que han sido brutalmente destruidos. Es como si a través de Sánchez me conectara con parte de todo aquello, o como si esa parte de aquel imperio me hablase a través de este hombre.
-Y eso te desespera.
Los huesos de sus pómulos parecen estar cortando su piel y los ojos rojos me auscultan, distinguiendo las capas que me constituyen como ser social de aquellas donde están los cimientos más primitivos, dejándolos al descubierto.
-Y esta chica que está ahí atrás tuyo no es nadie, no es nada, esta chica no tiene nada que ver con vos.
Se da vuelta y pide otra cerveza pero ya en el bar no quieren venderle. Me pide que le compre, pero es suficiente, Sánchez, hay que ir a dormir.
-Édgar David Sánchez. A su órdenes.
Entonces me aprieta la mano sin dejar de penetrarme con sus ojos y se vuelve a su mesa. Yo vuelvo a Flor.
-Qué quería?
-Decirme que vos no sos la mujer de mi vida, que vos no sos nadie, y que yo soy una especie de caníbal que mientras más como, más hambre tengo.
-Y a vos te encanta que te digan ese tipo de pelotudeces, no?
4 comentarios:
"Un gran remedio para un gran mal,
amores como flechas van
cruzando el sueño
y te acribillarán."
'La parabellum del buen psicópata', de Los Redondos.
No sé por qué, pero terminé de leer y el tema empezó a sonar en mi cabeza...
Pato
Hola, muy interesante el articulo, saludos desde Mexico!
Buen post, estoy de acuerdo contigo aunque no al 100%:)
Pato, que esto te recuerde a los Redondos hace que valga la pena, salud!
Anónimo 1: Gracias, saludos desde Córdoba, la tierra de Carlitos Mona Jiménez.
Anónimo 2: Había que estar de acuerdo? Esto es una dictadura.
Saludos!
Leandro
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