martes, 14 de diciembre de 2010

La Ciudad de las Monjas · 9

Caminata


Cuando dejó a Flor en su casa después de cenar en el cuchitril donde Edgar David Sánchez le dijo que ella no era nadie y que nada tenía que ver con él, cuando la tiró del auto después de aquello, sin haberla besado, sin haber rozado siquiera sus manos o sus tetas, sin haberle mirado el culo ni una sola fugitiva vez, intuyó que algo de aquello había, que un germen de esa pérfida y lúgubre búsqueda era lo que lo movía y lo que se escondía detrás de cada una de sus decisiones, de cada uno de sus impulsos, de cada uno de los revolcones pornográficos y torpes que constituían su única actividad parecida al amor. Y es en la incapacidad de fingir los gestos del amor en donde comienza a sospechar que está buscando aquello que aborrece. La mira entrar y comienza a manejar con destino azaroso por las cercanías de la casa de Flor sin decidirse por llamarla y volver a ella o enviar señales a otros destinos cuyo cabello puede ser más corto o más claro, cuyo abrazo puede ser más o menos desesperado, más o menos desvalido, más o menos indefenso, pero nunca refugio, nunca hogar, nunca descanso. Tomás comienza a sospechar que algo de esto que nosotros podemos llamar hogar o refugio o descanso, que algo de todo esto está dentro de su comportamiento adolescente.

Deja el auto en frente del Paseo del Buen Pastor y comienza a caminar enviando mensajes de texto a diestra y siniestra, invitando a coger con sinceridad. Camina hacia Vélez Sársfield y entre Laprida y San Luís se encuentra con un vagabundo que duerme en el frente de un negocio. Siente que están conectados e imagina golpearlo repentina y ferozmente con una herramienta, con una llave inglesa o una enorme pico de loro o un considerable martillo. No lo seduce tanto la idea del martillo como sí las otras opciones. Se queda mirándolo mientras su imaginaria víctima duerme sin sospechar ni soñar que un pequeño joven burgués sueña, él sí, con un brutal asesinato que los tiene como protagonistas. Mientras está en cuclillas en medio de esta sangrienta vacilación, por detrás suyo pasa una pareja. Han salido del bowling que está en frente. Él es alto, morocho y flaco, ella es baja, pálida y gorda. Caminan abrazados y frenan en la parada del colectivo, en donde comienzan a besarse. A Tomás le parece sumamente graciosa la forma que adquiere el cuerpo del flaco al agacharse para besarla, produciéndole algo parecido a una joroba y dándole un aspecto desgarbado, lo que podemos pensar - nosotros, testigos textuales del momento - que le provoca alguna molestia, porque decide pararse en la calle, quedando ella en la vereda y equiparando un poco las alturas. Siguen besándose y ahora Tomás advierte que lo hacen con algo más de excitación. Su mente se divide entonces en el asesinato de un vagabundo y la putrefacción de la cercana parada del colectivo, pero el colectivo llega y lo devuelve a la soledad del vagabundo. La noche es cálida y él piensa cómo se habrá cagado de frío todo el invierno, le parece entonces que sería incluso un acto de amor el romperle la cabeza con la descomunal pico de loro, pero claro, no tiene ninguna herramienta a mano, y menos los huevos para un asesinato. Y todavía menos los huevos para un asesinato en plena calle. Entonces se para y vuelve a su caminata.

En Cañada sus ojos se encuentran con los de una flaca que camina en su misma dirección, pero al frente. Cada algunos metros se miran y a Tomás le parece que ella lo mira por miedo a que él la asalte, y algo de razón tiene, pues él quiere sacarle toda su ropa, sólo que no para llevársela con él sino para cogerla y luego devolvérsela. La flaca dobla en el boulevard San Juan y sube. Tomás dobla para el otro lado.

De todos los mensajes de texto que ha enviado llega la primera respuesta. Es Abril, que lo rechaza una vez más. Piensa que esa mina se puede ir bien a la puta madre que la re mil parió y le responde que todo bien, que descanse, mandándole un beso. Mandar un beso es una mierda, piensa ahora, y entonces vuelve a escribirle.

-Mandar un beso es una mierda, Abril, lo que yo quiero es darte uno, dos, mil.

-Andá a dormir, escribile a la minita nueva esa que te gusta. Chau.

Tomás piensa entonces que Abril siente celos de Albertina y con ello recupera un poco de aliento. Todo forma parte de una ficción, por supuesto, a ella no le interesan ni él ni Albertina, pero él elige creer en sus conjeturas. En momentos como éste su cabeza elabora las teorías más estúpidas e inconsistentes, las que no serían un problema de no ser por el pequeño pero significativo detalle de que generalmente él obra en consecuencia de ellas, realizando actos cuyo fundamento se encuentra en esas teorías. Piensa entonces que un hombre que se sienta en un bar a tomar una cerveza en soledad seguramente será atractivo a los ojos de la moza (no es necesario recordar aquí el atractivo del que son poseedoras las mozas de los bares, todas, ni es necesario, tampoco, detenernos en discutir el grado de estupidez del razonamiento de nuestro protagonista), quien a su vez seguramente estará cansada de los grupos de borrachines que se juntan y le destilan ejércitos de hormonas. Esta teoría lo posee como una iluminación y lo conduce.

Cuarenta minutos después tiene una botella vacía en la mesa, un litro de cerveza en el estómago y unas impías ganas de cagar que le recorren los intestinos. No ha cruzado palabra con la moza por fuera de lo estrictamente necesario para que ella le trajese la botella, y al parecer su situación no sólo no es atractiva para ella sino que ninguna otra mujer se ha detenido a hablar con él, interesada en lo que él considera una bohemia soledad.

Tomás olvida su inocente teoría y piensa en baños, en baños diferentes al del bar en donde desearía no tener que sentarse, pero son cosas que pasan y él no puede evitar. Ninguna respuesta - obviando la negativa de Abril - llega a su reciente batería de invitaciones carnales, entonces paga y vuelve a su caminata.

Un vagabundo es brutalmente asesinado. En los noticieros del mediodía no van a hacer otra cosa que hablar de eso.

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