jueves, 16 de diciembre de 2010

La Ciudad de las Monjas · 11

Genes

Es el miércoles 2 de agosto de 2006 y con mi viejo estamos apoyados en el alambrado. Él todavía conserva la esperanza de que yo me sume a su faena y que algún día voy a heredar un imperio. Y que voy a hacerlo inmenso.

Hace algunas semanas compramos este pedazo de campo que está pegado al nuestro. De a poco vamos siendo menos los que quedamos. De a poco van siendo cada vez menos los que tienen chacritas chicas, extensiones pequeñas de campo.

Mi viejo me va explicando cómo es que se viene dando todo eso, que Berto tarde o temprano también tendrá que vendernos, pero que va a ser el último en irse, y que nos va a hacer renegar, que vamos a tener que ser pacientes y esperarlo. Me habla de todo aquello y en un instante se frena y parece rescatar de su memoria un recuerdo que le obliga una sonrisa. Es el momento en que están comenzando a enterrar la casa. En este campito había dos casas, una la hemos modificado y la hemos dejado para que funcione como un silo, ahí vamos a poner la semilla que aún esté demasiado húmeda. La otra casa no nos sirve y además estorba, así que la hemos volteado y los muchachos ya comienzan a enterrarla en el pozo que hicimos precisamente para eso.

-Las veces que acá habrá saltado el alambre tu abuelo.

Se le atraganta una carcajada y lo acompaño. Pregunto que cómo, que cuándo, que con quién, que si venía acá con alguna mujer o si venía por la mujer de Rulo, el viejo que nos ha vendido el campo. Lo azuzo con mis preguntas y mi papá comienza a relatarme, una vez más, los destrozos que causaba mi abuelo en las camas ajenas.

Vemos la montaña de escombros que empuja la topadora y va cayendo en el pozo y los dos nos imaginamos esos escombros acomodados como hasta esta mañana pero hace cuarenta, cincuenta años, acomodados en forma de una casa en donde el padre de mi padre se inmiscuía por las tardes, en aquella década en la que él mismo hizo estos caminos, en la que decir Vialidad y decir su nombre era nombrar lo mismo, esos años en los que testeó a todas y cada una de las mujeres en doscientos kilómetros a la redonda, cuando era dueño de un imperio que regía con un cetro azul como sus dos ojos. Me cuenta mi viejo que en esos años su papá pasaba algunas tardes con esa mujer y que años después lo mismo hizo con su hija; y los dos nos cagamos de risa apoyados en el alambre.

De mi abuelo se dicen dos cosas.
Que era un hombre trabajador.
Que no le perdonaba la vida a ninguna.

Todavía hoy, cuando lo llevo a la neuróloga, a sus más de ochenta y cuatro años, el viejo clava sus dos ojos azules en los ojos marrones de la doctora y le pregunta - en estos días donde por ahí se olvida de los detalles más gruesos - si mañana no podrá venir a jugar al naipe, y de esa propuesta aparentemente inocente le dispara enseguida y en seco, la pregunta: si ella tiene alguna pierna para dormir por la noche, diciéndole que él ya no y que eso es cosa muy triste.

La doctora no sabe que él se lo está diciendo en serio, y se ríe y le contesta como si el viejo fuera un bebé, y yo pienso entonces en la calamidad de que algún día seré yo, inexorablemente, a quien no tomen en serio.

De mi padre y de mí se dice que heredamos cada uno, un atributo de mi abuelo.
Mi padre es un hombre trabajador.
A mí el padre de mi padre me ha predicado con el ejemplo. Y el padre de mi madre con la palabra.

-Si se le ofrece una hembra, no perdone m’hijo, que después ya no le funciona más la mandolina y se arrepiente de cuando pudo y no quiso.

Un día pregunté por la madre de mi padre, que cómo es que todos hoy saben, si todos no sabían ya en aquellos años. Nuestra familia es así, me dijeron. Las mujeres no trabajan. Los hombres sí. Y de algunas cosas simplemente no se habla.

Otro día, poco más de dos años después de aquella tarde en la que, apoyados en el alambre, mirábamos con mi viejo cómo enterraban una de las incontables casas donde mi abuelo entraba a desatar el vendaval, mi abuelo me relató la pena que le provocaba no poder hoy ser el de antes. Y me dijo ese día, como le dice hoy a su neuróloga, que es triste no tener una pierna para dormir, que eso es cosa fea, horrible. Terminó su queja diciéndome, en un gesto en donde sus palabras tomaron la forma exacta de un ruego y hacia el final de una orden, que no desperdicie estos años, que llegar a viejo es muy feo. Y que mientras pueda, le baje la caña a la que se me ponga en frente.

Nunca pensé con seriedad si este mandato familiar alguna vez me condicionó. Yo fui el primer varón de mi generación. Habían nacido ya, de mis otros tíos, seis Marías más mi hermana (que por no haberse llamado María a mi madre quisieron quemar como a Juana de Arco), pero no venía ningún varón. Entonces nací yo. Y después de mí siguieron naciendo Marías en las casas de mis tíos, hasta que dieciséis años más tarde nació mi hermano, el segundo y último de los hombres de nuestra generación.

Nunca pensé si aquel mandato familiar se me había metido en los huesos, en la carne, en la piel. Nunca voy a poder comprobarlo con exactitud. Pero someterme a la penosa experiencia de dormir con vos, Juliana, me recuerda con claridad las palabras de mi abuelo, que dormir solo es horrible y que los hombres de mi familia lo sufrimos más que los otros. Cada noche que llego a tu casa, sucio, hastiado, con frío, solo, siento sobre mi espalda como una carga esos dieciséis años de aquella educación que no me suelta y te miro la cara, imperfecta, derrotada, incolora, y te escucho la voz opaca, cortada y sumisa, devastada.

Hace dos horas que nos despertamos y sigo en tu cama pero vos no estás, vos ya te fuiste a trabajar y me dejaste el desayuno en el comedor. La vista desde tu ventanal me recuerda a la inmensa extensión de las chacras. Me hiciste una lágrima, tostadas, me exprimiste dos naranjas, me dejaste el yogurt que me gusta en la heladera, dulces, frutas. No voy a probar nada, Ju, voy a terminar de escribir sentado en tu cama inmensa y voy a salir por esa puerta. A la noche, cuando vuelvas, vas a ver que está todo como lo dejaste, que anoche dormiste sola, que le preparaste el desayuno a una ridícula alucinación.

martes, 14 de diciembre de 2010

La Ciudad de las Monjas · 10




Como un niño que se justifica luego de una pelea, diciendo que su adversario fue quien empezó, así me encontré una noche diciéndole a Juliana que nada podía esperar de mí. Ella escuchó mis razones con dignidad, con el decoro que aún se mataba por conservar, de frente y mirándome a los ojos. Todavía en pie.

Si me vieras, Belén, dándole las mismas razones a cada una de las mujeres en las que intento siempre en vano encontrarte. Tanto tiempo después, inevitablemente esas fueron las mismas razones que te di a vos aquella noche sobre el parquet mojado de esa habitación de alquiler. Si vos pudieses ver, Belén, lo que causaste. Y no es que intente ahora también justificar tanto daño, no es que intente salir sobreseído en el juicio que cada una de ellas me quiere realizar. No me justifico, es sólo que tal vez quisiera que me veas aún hoy cuando sé que no me importa si me ves o no, si estás bien o si te duele una pena oscura, si sos o dejaste de ser aquella cuyos ojos me sometían a voluntad. A veces pienso, Belén, lo importante que es un hogar, y te insulto, primero en voz baja, con aparente vergüenza. Después, cuando ya me tomé al menos una botella de vino, junto coraje y te puteo a los gritos, con voz de hombre, con voz de trueno, honda, profunda, con una voz que lleva consigo, en su evanescencia, todo el negro silencio de muerte que me regalaste a la fuerza durante aquella época.

Lo importante que es un hogar, Belén, te das cuenta?

Te suena? (Hija de mil puta)

Me enamoré mil veces desde aquella aniquilación, querida, y mil veces el órgano ese que nos provee de eso que es cursi se me quedó sin batería, como un celular al que se le quemó la batería. La cargo, Belén, toda la noche hasta que se llena, lo corroboro. Pero se agota enseguida.

Y salgo a buscarte entonces, una vez más como un boludo.

Me enredé con todas las jovencitas que ahora mezclo y combino bajo el nombre de Juliana. Me enamoré repentinamente de Albertina, y un año atrás de Abril, y hace unos días de Lucía, y anteayer de otra a la que no vamos a dar entidad acá, y siempre me quedo sin batería.

Mi editora me dice, y con razón, que los personajes están haciendo una ensalada indescifrable. Y las señoritas que me leían me han abandonado. Yo querría decirles, Belén, que hablen con vos, como cuando me portaba mal en la escuela, que llamaban a mi mamá y ella acudía avergonzada. Quisiera yo que vos vengas a explicarles, pero vos no entendés nada, vos estás en otra, con tu hijo que llora desde su habitación, con tu marido que juega al fútbol los sábados a la tarde mientras vos y yo cogemos como dos aburridos monótonos monos tristes y grises bajo la ducha. Vos no podrías decirles nada, Belén, porque todavía creés que te amo, y yo no te puedo amar, imbécil, a ver si te queda claro.

Te cuento que en este preciso momento Flor está sentada a unos metros de mi humanidad que te escribe esta bruta carta. Flor es más linda, mucho más linda que vos, coge diez mil veces mejor que vos, y ahora me mira con una ternura que tus ojos no son capaces de irradiar, y me pregunta sobre qué carajo estoy escribiendo. Yo le digo que un cuento, que un cuento que voy a mandar a la otra revista donde también me aceptan las barbaridades que se me ocurren, le digo que estoy escribiendo sobre un viejo que va en una bicicleta tirando de un carro lleno de alambres y basura. Esa respuesta la satisface y vuelve a la lectura. No le quiero mentir, Belén, pero a vos qué te parece? No hace falta que le diga esta verdad, tenés razón cuando me decís que a veces es mejor callarse.

Anoche dormí con ella, sabés? Y no soñé con vos. Soné con todas las jovencitas que son Juliana, soñé que cogía con cada una de ellas, y en otro momento del sueño estaban todas juntas en una cama inmensa y desvencijada donde corríamos una interminable carrera desesperada. Podría mentirte y decirte que vos estabas ahí, fuera de la cama, mirando desde afuera, histérica, impotente, comprobando que me perdiste. Pero ni eso, ni ahí estabas. El sueño hizo que me despertara con una excitación impostergable y tuvimos que desayunar como a las tres de la tarde, sabés? A las tres, cuando ya no podíamos seguir si no ingeríamos algo que nos permitiese continuar. Ahora estamos tirados en los sillones del living, esos donde a vos te gustaba tirarte a decirme tus desvaríos más delirantes. Yo le presté un libro así se entretiene mientras yo te digo esta verdad, y parecemos cada uno el hogar del otro, pero ni a palos, porque yo soy un triste nómada primitivo y sin paz, un pajero, un animal.

Te preguntaría cómo estás pero no me interesa. Por mi parte, esta noche me voy a internar en un telo de los de la Trejo con alguna de mis compañeras, con cualquiera que se banque que yo mire el porno mientras conversamos en la cama, o que mire Sportcenter después de coger. Espero que no te moleste, pero le voy a contar que vos no te bancabas mirar Venus ni ESPN en los telos, que vos no me dejabas prender la tele, pero que una vez te colgaste mirando un documental sobre la dictadura mientras yo tenía unas ganas de ponerla que no podía respirar.

Culpa tuya mi editora me va a cagar a puteadas, Belén. Y ya te lo dije, la flaca tiene razón, estoy escribiendo como el culo. Y qué le vamos a hacer? Si en vez de leer cuentos o novelas, lo único que hago en mis horarios libres del laburo es perder aceite y ponerla con la que se prenda. Algunas de ellas dicen cualquiera, que todo tipo de relación está cagada de antemano por tu culpa. Yo me río y les digo que nada que ver, que se vayan a la mierda, que vos ya fuiste, y realmente me parece que es así, pero por ahí se me ocurre que algo tenés que ver. Y me entran unas ganas bárbaras de denunciarte.

Un hogar es importante, Belén, un hogar que absorba toda esta condenada presión sobre los hombros.

La Ciudad de las Monjas · 9

Caminata


Cuando dejó a Flor en su casa después de cenar en el cuchitril donde Edgar David Sánchez le dijo que ella no era nadie y que nada tenía que ver con él, cuando la tiró del auto después de aquello, sin haberla besado, sin haber rozado siquiera sus manos o sus tetas, sin haberle mirado el culo ni una sola fugitiva vez, intuyó que algo de aquello había, que un germen de esa pérfida y lúgubre búsqueda era lo que lo movía y lo que se escondía detrás de cada una de sus decisiones, de cada uno de sus impulsos, de cada uno de los revolcones pornográficos y torpes que constituían su única actividad parecida al amor. Y es en la incapacidad de fingir los gestos del amor en donde comienza a sospechar que está buscando aquello que aborrece. La mira entrar y comienza a manejar con destino azaroso por las cercanías de la casa de Flor sin decidirse por llamarla y volver a ella o enviar señales a otros destinos cuyo cabello puede ser más corto o más claro, cuyo abrazo puede ser más o menos desesperado, más o menos desvalido, más o menos indefenso, pero nunca refugio, nunca hogar, nunca descanso. Tomás comienza a sospechar que algo de esto que nosotros podemos llamar hogar o refugio o descanso, que algo de todo esto está dentro de su comportamiento adolescente.

Deja el auto en frente del Paseo del Buen Pastor y comienza a caminar enviando mensajes de texto a diestra y siniestra, invitando a coger con sinceridad. Camina hacia Vélez Sársfield y entre Laprida y San Luís se encuentra con un vagabundo que duerme en el frente de un negocio. Siente que están conectados e imagina golpearlo repentina y ferozmente con una herramienta, con una llave inglesa o una enorme pico de loro o un considerable martillo. No lo seduce tanto la idea del martillo como sí las otras opciones. Se queda mirándolo mientras su imaginaria víctima duerme sin sospechar ni soñar que un pequeño joven burgués sueña, él sí, con un brutal asesinato que los tiene como protagonistas. Mientras está en cuclillas en medio de esta sangrienta vacilación, por detrás suyo pasa una pareja. Han salido del bowling que está en frente. Él es alto, morocho y flaco, ella es baja, pálida y gorda. Caminan abrazados y frenan en la parada del colectivo, en donde comienzan a besarse. A Tomás le parece sumamente graciosa la forma que adquiere el cuerpo del flaco al agacharse para besarla, produciéndole algo parecido a una joroba y dándole un aspecto desgarbado, lo que podemos pensar - nosotros, testigos textuales del momento - que le provoca alguna molestia, porque decide pararse en la calle, quedando ella en la vereda y equiparando un poco las alturas. Siguen besándose y ahora Tomás advierte que lo hacen con algo más de excitación. Su mente se divide entonces en el asesinato de un vagabundo y la putrefacción de la cercana parada del colectivo, pero el colectivo llega y lo devuelve a la soledad del vagabundo. La noche es cálida y él piensa cómo se habrá cagado de frío todo el invierno, le parece entonces que sería incluso un acto de amor el romperle la cabeza con la descomunal pico de loro, pero claro, no tiene ninguna herramienta a mano, y menos los huevos para un asesinato. Y todavía menos los huevos para un asesinato en plena calle. Entonces se para y vuelve a su caminata.

En Cañada sus ojos se encuentran con los de una flaca que camina en su misma dirección, pero al frente. Cada algunos metros se miran y a Tomás le parece que ella lo mira por miedo a que él la asalte, y algo de razón tiene, pues él quiere sacarle toda su ropa, sólo que no para llevársela con él sino para cogerla y luego devolvérsela. La flaca dobla en el boulevard San Juan y sube. Tomás dobla para el otro lado.

De todos los mensajes de texto que ha enviado llega la primera respuesta. Es Abril, que lo rechaza una vez más. Piensa que esa mina se puede ir bien a la puta madre que la re mil parió y le responde que todo bien, que descanse, mandándole un beso. Mandar un beso es una mierda, piensa ahora, y entonces vuelve a escribirle.

-Mandar un beso es una mierda, Abril, lo que yo quiero es darte uno, dos, mil.

-Andá a dormir, escribile a la minita nueva esa que te gusta. Chau.

Tomás piensa entonces que Abril siente celos de Albertina y con ello recupera un poco de aliento. Todo forma parte de una ficción, por supuesto, a ella no le interesan ni él ni Albertina, pero él elige creer en sus conjeturas. En momentos como éste su cabeza elabora las teorías más estúpidas e inconsistentes, las que no serían un problema de no ser por el pequeño pero significativo detalle de que generalmente él obra en consecuencia de ellas, realizando actos cuyo fundamento se encuentra en esas teorías. Piensa entonces que un hombre que se sienta en un bar a tomar una cerveza en soledad seguramente será atractivo a los ojos de la moza (no es necesario recordar aquí el atractivo del que son poseedoras las mozas de los bares, todas, ni es necesario, tampoco, detenernos en discutir el grado de estupidez del razonamiento de nuestro protagonista), quien a su vez seguramente estará cansada de los grupos de borrachines que se juntan y le destilan ejércitos de hormonas. Esta teoría lo posee como una iluminación y lo conduce.

Cuarenta minutos después tiene una botella vacía en la mesa, un litro de cerveza en el estómago y unas impías ganas de cagar que le recorren los intestinos. No ha cruzado palabra con la moza por fuera de lo estrictamente necesario para que ella le trajese la botella, y al parecer su situación no sólo no es atractiva para ella sino que ninguna otra mujer se ha detenido a hablar con él, interesada en lo que él considera una bohemia soledad.

Tomás olvida su inocente teoría y piensa en baños, en baños diferentes al del bar en donde desearía no tener que sentarse, pero son cosas que pasan y él no puede evitar. Ninguna respuesta - obviando la negativa de Abril - llega a su reciente batería de invitaciones carnales, entonces paga y vuelve a su caminata.

Un vagabundo es brutalmente asesinado. En los noticieros del mediodía no van a hacer otra cosa que hablar de eso.