1
Bustamante no boqueó más de algunos instantes. Sin embargo, en ese momento súbito capturó el motivo que había provocado en su abdomen aquel dolor profundo, muy profundo. Irreversible. El viejo había llegado a esa fría estación en la cual lo único por esperar era morirse. Él lo esperaba con ansias, y por eso su gesto fue el del agradecimiento.
Tres meses antes de morir, bajo el sol embrutecedor del mediodía el viejo pedalea en una bicicleta con la que va tirando un carro lleno de alambres y maderas. Avanza con la mirada humedecida porque el calor es una persecución que viene desde afuera hacia adentro, pero que también le invade la piel desde el interior de su cuerpo, saliéndole incluso por los ojos.
Uno al lado del otro, somos dos figuras grotescas representando el cuadro terrible de la desigualdad. El viejo me mira y me saluda. -Hola m’hijo, cómo va eso? -Cómo le va, Bustamante? Acá andamos, tirando pa no aflojar. -Así me gusta, hijo, así me gusta, no le suelte la piola. Mande saludos por su casa, dígale a su madre que uno de estos días paso y le dejo el pasto como un villar. -Gracias, le digo, saludos para los suyos también, nos vemos.
Da el verde y nos separamos. El viejo dobla a la izquierda para volver a su casa y yo sigo derecho con su cara ploteada en el parabrisas mientras me digo que la cagamos, que vivimos en la peor de las alternativas dentro del abanico de posibles realidades que constituyan el mundo. Una existencia de muerte, sólo que los que la pasamos bomba no nos enteramos de que el resto de la humanidad está en el pozo negro nadando en nuestra mierda de primera calidad. La cara de Bustamante sigue en el parabrisas como un aviso publicitario del Apocalipsis, surcada en toda su extensión por los cuchillazos del cansancio, y a mí me suben por el estómago los impulsos progres del verano. Llego a la casa de mis viejos y mientras veo a mi padre no puedo dejar de pensar en los opuestos, en cómo es que uno come lo que elige, con el aire acondicionado soplando aludes invisibles, y el otro come lo que puede sudando como testigo falso. El almuerzo transcurre y se diluye en una discusión típica de padres e hijos, típica por el encono, típica por el deporte de la antagonía, típica por el idealismo de la ingenuidad queriendo conquistar los áridos terrenos de la experiencia vital.
A la noche, ya de vuelta en mi casa, me meto en la cama a tejer las imposibles estrategias del cambio social. Al dormirme, en mi sueño encuentro otra vez al viejo, en el mismo semáforo, en la bici y cargado de basura. La calle es un campo minado de las evidencias de la desolación y nos saludamos como los últimos sobrevivientes de un colosal cataclismo. El sol nos cocina con su poderosa luz que nos cubre de oscuridad. Le digo que acá ando, tirando pa no aflojar, y el viejo me responde con compasión, sabiendo de mi insuficiente capacidad para la cortesía. Aún no lo sabemos, pero en algunas semanas, fuera de este sueño, Bustamante va a morir y tendrán que pasar varios días hasta que algún vecino note su ausencia y lo encuentre envuelto en moscas bajo una hedionda nube de humedad, acostado en su habitación.
A las ocho y media de la mañana mi despertador me arranca de los desvaríos nocturnos y me despierto con el viejo colgado de mis lagañas y es al pedo que me lave la cara, Bustamante no se va. Mientras me lavo los dientes pienso en la injusticia y en un arrebato decido proponer a mis compañeros de laburo comenzar a trabajar en un proyecto que mejore las condiciones de empleabilidad de las personas, esos tipos de más de cuarenta y cinco, cincuenta años, que andan en la mala haciendo changas por ahí, derrotados en cada intento por encontrar algo estable con el irrealizable fin de parar la olla. Cuando llego a la oficina, vomito la idea con el idealismo adolescente que nos llevó hace varios años a edificar esta organización a mí y a mis amigos, para luego darnos cuenta de que la cosa está así y es pedo empujar cuando la pija es corta. Primero la idea no convence, mi propuesta hace aguas por todos lados y es un terreno en donde no tenemos experiencia ni conocemos a nadie que lo haga, más allá del Estado, claro está, y que lo tenemos muy montado en un huevo como para ir a proponerles laburar en esto. Así y todo, les digo que movamos contactos y metamos un proyecto conjunto con alguno de los ministerios donde tenemos gente nuestra.
-Vos ya te olvidaste de la naturaleza de la relación que nosotros tenemos con el Estado, no?
Jorgito me lo dice y todos esperan que nos recuerde la naturaleza de esa relación, entonces hace una pausa y desnuda su talento.
-Con el Estado nos unen los dedos y los culos. No sé por qué insistís entonces. Nosotros les metemos un dedo en el culo, y ellos nos meten dos. Nunca te olvides. Sentate en tu oficina, pensalo mejor, y si todavía te parece viable, escribilo y presentá algo más conversable.
Jorgito es como el maestro Yoda y sus resoluciones son inapelables. Me doy vuelta y comienzo a pensar que vivo en un universo en donde todos la tienen clara menos yo. Pobre el viejo, pienso, resulta que a un tipo se le ocurre darle una mano a él y a toda su castigada generación, y ese tipo vengo a ser yo, o sea, un boludo. Mi iniciativa viaja en las efímeras y frágiles alas de la pasión sentimental, estás hasta las manos, hermano.
Bustamante va a morir, y cuando eso pase, con él se irá el niño que se esconde dentro de mí. Todavía no podía saberlo, pero es al pedo empujar en determinadas situaciones.
2
Conozco al viejo de hace una pila de años (desde que me acuerdo, que corta el pasto en la casa de mi familia) y nunca lo escuché quejarse de la vida de mierda que yo estaba tan seguro que debía tener. ¿Y si el viejo es feliz bajo los cuarenta grados de este enero, con el carro cargado de palos y pedazos de alambre? ¿Y si, incluso hace veinte años, no le jodía ver como yo disfrutaba de todas esas cosas que sus hijos no podrían tener ni aunque él se ganara el Prode? Me digo a mí mismo que no se trata de eso, que no es una cuestión de felicidad si no de acceso a las condiciones mínimas que te permitan sobrevivir sin cagarte de hambre.
Al día siguiente de haberlo encontrado, laburé toda la mañana y me volví a almorzar a lo de mis viejos. Cuando llegué mi madre no entendía nada, ¿dos días seguidos? Lo debe haber conversado con mi viejo antes de llegar yo porque cuando estábamos comiendo, él me pregunto: -Che, no andarás metido en alguna matufia vos, no?
Tenían razón en que algo no cerraba. Fui por segundo día consecutivo, pero no porque tuviese algún problema ni porque me haya agarrado un sorprendente ataque de amor familiar.
-Che, ma, me olvidé de decirte ayer que me lo crucé a Bustamante y me dijo que en estos días pasaba a cortar el pasto.
Mi mamá me dice que ya sabía que nos habíamos visto, que a la mañana había pasado el viejo y le había dicho que vendría a la tarde, así que después de comer me tiré a dormir la siesta y a las cuatro en punto sonó el timbre. Me desperté con la urgencia de un servicio militar y me apuré a abrir la puerta.
Era Bustamante.
Estaba parado al lado de la bicicleta y en el carro parecía traer un arsenal listo para enguerrarse en el medio de la selva contra unos yuyos alienígenas. Le abro la reja y cruzamos dos o tres palabras mientras él va enchufando la máquina ajustándose a un misterioso y metódico ritual. No pasan dos minutos y ya está liquidando pasto bajo el ruido colosal de su máquina voraz. En vano quiero ir a conversar con él y gritar más fuerte que el motor de la cortadora, Bustamante no se desconcentra por nada y no le afloja ni en medio de un bombardeo. Me quedo sentado entonces, mirándolo, investigando lo que puede llegar a estar sucediendo dentro de su cabeza, mientras él se mueve al compás de una melodía que sólo sugiere guerra, selva, destrucción, el exterminio de Bustamante sobre el pasto.
Cuando termina con el jardín, le pregunto como de pasada si tiene que hacer alguna otra changa más luego. Me dice que no, que la cosa viene dura, pero que gracias a Dios mañana a la mañana comienza las refacciones de una casa que lo va a mantener ocupado, mínimo, dos semanas. Le ofrezco una pausa entonces, aprovechando que no está apurado.
-¿No quiere tomarse unos mates?
-Y bueno, dele m’hijo, ya que ofrece.
El viejo tiene los pies tapados de verde, como si el jardín lo fuera comiendo al él mientras la máquina se traga la hierba. Nos sentamos en la puerta entonces, bajo el calor de las cinco y media de la tarde y comienzo una charla con la ansiedad de las primeras experiencias.
Bustamante me pregunta cómo ando, qué es de mi vida, si no me estoy por casar ya.
-No se lo ve mucho por acá, m’hijo. ¿Ya se ha casado?
-No, Bustamante, ni cerca. ¿Usted qué tal? ¿Cómo andan sus chicos?
El viejo me cuenta que los muchachos de él están laburando acá y allá, que ya todos tienen familia, que uno se fue a vivir a otra parte, que otro anda por ponerse un negocito con la señora, aunque no sabe bien de qué se trata la cuestión, y demás informaciones por las que voy metiendo la mirada al mundo de su vida. La conversación deriva y Bustamante me cuenta que él era un gran jugador de fútbol, que de pendejo jugó en General Paz Juniors y en Talleres, y que una vez lo vinieron a buscar de San Lorenzo luego de un partido cuando él estaba en el equipo que por esos años había en el barrio.
Los seres humanos necesitamos de testigos de nuestra existencia, por eso habla con alegría y entusiasmo, y frente a mis ojos va develando un universo desconocido, misterioso, atrapante.
-Yo no sabía que me habían venido a ver, me entiende? Cayeron a mi casa una hora después del partido y cuando mi madre me avisó mientras yo me pegaba un baño, casi me caigo seco en el agua. Me bañé quemando, en dos patadas y salí. Había dos tipos de traje, en mi casa, en el comedor, charlando con mi finado padre. Le decían que me llevaban a prueba, que me pagaban todo, que me querían ver jugar un tiempo con ellos y un montón de cosas, pero mi viejo no estaba seguro y yo no podía decir ni una palabra.
Bustamante habla con la tranquilidad de un arroyo y yo caigo envuelto en la fascinación dentro de la historia que me relata. Me dice que a la madre lo de que él se vaya a Buenos Aires a jugar al fútbol no le gustaba ni medio, y que desde la cocina les ponía cara de pocos amigos a los dos tipos que habían ido a buscarlo. Al final no fue, los padres no lo dejaron, y a las dos semanas empezó en la fábrica, a los quince. Me contó que trabajaba en una máquina que cortaba unas arandelas y con unos tornos que yo no tengo idea qué cosa son, y que fue haciendo lo de las arandelas que se había cortado el dedo y por eso le salía una doble uña. Cuando me mostró bien, me di cuenta de que nunca lo había notado. La uña era como una V coronándole ridículamente el dedo, con dos cosas que le crecían hacia arriba y que tenía que cortarse casi todos los días desde hacía cincuenta años. Me contaba que, como recibía el sueldo, así nomás se lo daba al padre y que ni bien la situación de la familia mejoró le pidió no trabajar más en la fábrica y se fue a laburar de otra cosa, cuando ya había cumplido dieciocho y había tenido que dejar el secundario un año y medio antes de terminarlo, a pesar de los inmensos esfuerzos.
Hasta ahí, la historia de toda su generación, pero potenciada aún por el sol de aquel mediodía bajo el que lo volví a ver, con sus palos y sus alambres. Las palabras del viejo eran caminos en donde yo viajaba a través del tiempo y creía estar sentado en esa banqueta pero medio siglo antes. Me habló de cómo eran estas calles, de los cines a los que iba cuando era pibe, de los bares que había en el barrio, del respeto absoluto por los mayores, de cómo conoció a su mujer, que ya había fallecido, y de otras cosas que me atraparon y me tuvieron en vilo como si se tratara del rito de una iniciación. Una hora después, y ya con el termo seco y mi atado de puchos vacío, se dispuso a arremeter contra el patio.
Nos saludamos y me volví a la oficina con la sensación de haber estado en un lugar desconocido, lejano, pero también íntimo, mío, cercano. Bustamante me había hablado del barrio y yo parecía un visitante de otro planeta.
3
Las dos semanas que no vi a Bustamante me las pasé tocando puertas y llamando por teléfono. Redirigí tareas en la fundación para poder hacerme tiempo y comencé a dedicarme cada día un poco más al armado y la formulación del proyecto que buscaba mejorar las condiciones de empleabilidad de los adultos. Llegué a todas las personas que teníamos en el gobierno de la provincia, en la municipalidad, en los bancos, en las empresas, en los sindicatos. De a poco fui entrelazando una red con la que aquella propuesta de quince días atrás se transformó en un plan de trabajo financiado y que daría oportunidades a mucha gente.
Ya pasados los días que se encontraría abocado a la refacción de esa casa, me subí al auto y fui a visitarlo. Estaba tomando unos mates sentado en la puerta y su gesto al verme llegar fue como si me hubiera estado esperando.
Tenía la yerbera al lado de una radio en donde pasaban los mensajes de las viejas que se han quedado solas y no tienen otra cosa que hacer que llamar. Una vez más pensé en la necesidad de testigos de nuestra vida y en el anonimato en que mueren las personas. Entonces Bustamante me miró a los ojos y me contó que uno de sus hijos había caído preso, que lo del negocito había sido puro choreo y que él no quería oír siquiera de ir a visitarlo, que para él había muerto. Sus palabras me sacudieron. Me contó los pormenores, mientras repetía -Será posible, la puta madre que lo parió.
-Una cosa así le quita a uno las ganas de vivir, hijo, me entiende?
Me decía que a través de los hijos las personas se funden con la existencia, que así comenzamos a formar parte de ese gran grupo que llamamos la humanidad, y que, a su edad, la contemplación de la caída de sus hijos era la prueba de un error que recorría cada uno de los instantes de su vida. Y que todo se podía ir bien al carajo. Bustamante guardaba detrás de sus palabras una solidez y una capacidad de discernimiento arrolladoras. Era sabio el viejo, y no fue otra cosa que su alto poder de análisis y abstracción lo que lo asfixiaba, él era consciente de todo y ese todo le producía asco.
Las paredes de su casa eran los frescos que ilustraban una vida entre tornos, máquinas de cortar pasto y brochas. El viejo esa tarde sólo pudo decirme que ya no quería vivir más, y en vano quise hablarle de lo que estábamos armando en el laburo, de las nuevas oportunidades que aparecerían, él ya no podía escucharme y me decía que tenga cuidado, que no me metiera en la mala. No hubo anécdotas de juventud ni relatos de la remota bonanza de ese país donde, en sus palabras, hoy se había vuelto todo patas para arriba.
-Me entiende, m’hijo?
Salí de su casa con la desesperación que libera la impotencia y pensé en la ecuación de una vida que se diluye entre los esfuerzos de llegar a fin de mes para acabarse deseando el final.
4
Seguí viendo a Bustamante todas las semanas hasta la tarde de su muerte. Mientras tanto, las entrevistas con los postulantes nos ocupaban mañanas y tardes, teniendo que tomar personal extra para dar abasto a la esperanzada demanda de un sinnúmero de desempleados que nos dejaban sus currículums como notas de socorro tiradas en un océano a donde irían a perderse.
A través de aquellas conversaciones, yo constataba con exactitud la putrefacción en que vivía el viejo, la pútrida existencia de esos seres sin esperanza, y cuyo porvenir ya se los había engullido. Bustamante me contaba de sus inaccesibles empleadores, de las extensas semanas en donde no conseguía una changa con la que lograr un plato de comida y siempre repetía que cuando los hijos se van, pierden aquello que podría llamarse memoria. No volvió a mencionar a aquel que se iba a poner el negocito ni a los demás, parecía como si de repente el viejo nunca hubiese dejado simiente. -La única familia con la que uno puede contar son los vecinos, m’hijo, que son los que te prestan una taza de azúcar, me decía, y era como si fuera cayendo junto al revoque de esas paredes.
En cada visita yo carecía más de respuestas, y quizás por el mismo asco del que él me hablaba, ya ni atinaba a responder con las fórmulas de cortesía.
El martes que murió fue a la oficina a anular la solicitud de inclusión en nuestro programa de empleo. Era el primero al que le habíamos conseguido entrevistas, pero el viejo había decidido que ya era suficiente, que no había otra vuelta. Después de decírselo a nuestra secretaria, pasó por mi oficina y me agradeció, tenía en la cara marcados como nunca los azotes de su existencia pero sonreía diciéndome que gracias, pero que no había hecho falta, que después de todo ya no estaba para entrar a laburar como empleado permanente de nadie, que no soportaba a los jefes y que haciendo changas, nunca tenía que soportar más de uno o dos meses a ninguno. Una vez más intenté argumentar a favor de las oportunidades que podría conseguir, seguramente haciendo evidente mi desesperación por no perderlo, una vez más lo intenté y di mi cara contra la solidez de sus razonamientos. No hubo caso, y mi iniciativa perdía inexorablemente a quien era el motivo que le daba fundamento.
Cuando llegó a su casa en su bicicleta, le pareció que habían estado pisándole los pasos, pero sabía que no tenía ningún sentido la sensación de que alguien hubiera podido estar siguiéndolo. Comió algo y se desplomó en la cama a dormir la siesta envuelto en la humedad, que hacía del calor una tortura viscosa en toda su piel.
Aún dormía cuando el asesino entró a la habitación con el cuchillo en la mano, registrando minuciosamente la ebullición de los mosaicos, la disposición de los muebles desvencijados. Conocía los hábitos del viejo, la rutina que regía los momentos de sus días, y por eso sabía que podría obrar sin obstáculos que amenazaran su faena.
Se le acercó silencioso, mirándolo, examinándolo detenidamente para elegir el lugar exacto por donde le hundiría el cuchillo con el que le regalaría la muerte que el viejo deseaba. La ventana de la habitación estaba medio abierta pero eso no le preocupó, sabía que a esa hora ni los perros andaban por los techos. La luz que entraba le daba un aspecto indefenso al viejo y el asesino sintió una mezcla de pena y ternura, de repente Bustamante parecía un niño, y no lograba quitar de sus ojos esa imagen, preguntándose qué había sido de aquel niño, cómo había sido que moriría por sus manos en esta siesta asfixiante.
Más de media hora estuvieron en la misma habitación, el viejo dormido como un niño y el asesino sentado en una silla, soportando el calor, sintiendo cómo el sudor le ganaba el cuerpo y le pegaba la ropa, la experiencia primitiva del clima implacable sobre la carne y los huesos. El viejo respiraba como una usina silenciosa, y las gotas le rodaban por su cara. El asesino imaginó alguna lejana siesta de verano en donde Bustamante habría disfrutado de un río junto a sus hermanos, y las gotas de transpiración que rodaban por la cara del viejo se le aparecieron como las que volaban en ese río cuando de niño daba saltos y se sumergía.
Caminó dos pasos y se arrodilló al lado de la cama, quedando al frente del viejo, que dormía la última siesta de toda esa vida. Acercó su cara y sintió en la respiración, la brisa caliente del aire que el viejo soltaba por la boca. Lo miró fijamente por última vez y se dirigió al estómago, para elegir el lugar exacto en donde le avisaría que había llegado, que ya se acababa. Nunca había apuñalado a nadie, y se preguntó si la piel sería un material por donde el metal se clavaría fácilmente, o si la dureza le obligaría a ejercer mucha fuerza para lograrlo. Para no cometer errores, decidió proceder con fuerza, con mucha fuerza y toda la precisión de la que se creyó capaz. Entonces volvió a apretar el cuchillo - lo había tenido en la mano durante todo ese tiempo - y en un movimiento rápido traspasó la piel apretando firmemente, clavándolo en el medio del estómago, hasta el mango.
El recorrido del cuchillo fue un rayo, pero el asesino sintió que pasaban en ello todos los acontecimientos de la vida del viejo, y de pronto vio la fábrica, los tornos, los cines, aquellas calles, las posibilidades que hubiera dado el fútbol, las máquinas de cortar el pasto, las casas que había levantado con sus manos, toda esa vida transitada bajo los eternos mandamientos del esfuerzo humano y cuyo camino llegaba ahora a su fin. Bustamante se despertó en una inhalación trunca y los ojos de los dos se encontraron en el silencio soporífero de esa siesta. Tenía ahogada su garganta y eso le impedía gritar, y sólo el gesto desesperado de sus ojos manifestaba su estremecimiento. Tuvo el impulso de la resistencia pero cuando supo lo que estaba sucediendo, su gesto de dolor y desesperación tranquilamente se fue pareciendo a un agradecimiento. Comenzó a boquear y habló por última vez para decir -Está bien m’hijo, no le afloje. Y su sangre me recorrió la mano, caliente, quemándome. Entonces nos miramos con amor, con un respeto que yo no conocía.
Bustamante no boqueó más de algunos instantes. Sin embargo, en ese momento súbito capturó el motivo que había provocado en su abdomen aquel dolor profundo, muy profundo. Irreversible. El viejo había llegado a esa fría estación en la cual lo único por esperar era morirse. Él lo esperaba con ansias, y por eso su gesto fue el del agradecimiento.
Tres meses antes de morir, bajo el sol embrutecedor del mediodía el viejo pedalea en una bicicleta con la que va tirando un carro lleno de alambres y maderas. Avanza con la mirada humedecida porque el calor es una persecución que viene desde afuera hacia adentro, pero que también le invade la piel desde el interior de su cuerpo, saliéndole incluso por los ojos.
Uno al lado del otro, somos dos figuras grotescas representando el cuadro terrible de la desigualdad. El viejo me mira y me saluda. -Hola m’hijo, cómo va eso? -Cómo le va, Bustamante? Acá andamos, tirando pa no aflojar. -Así me gusta, hijo, así me gusta, no le suelte la piola. Mande saludos por su casa, dígale a su madre que uno de estos días paso y le dejo el pasto como un villar. -Gracias, le digo, saludos para los suyos también, nos vemos.
Da el verde y nos separamos. El viejo dobla a la izquierda para volver a su casa y yo sigo derecho con su cara ploteada en el parabrisas mientras me digo que la cagamos, que vivimos en la peor de las alternativas dentro del abanico de posibles realidades que constituyan el mundo. Una existencia de muerte, sólo que los que la pasamos bomba no nos enteramos de que el resto de la humanidad está en el pozo negro nadando en nuestra mierda de primera calidad. La cara de Bustamante sigue en el parabrisas como un aviso publicitario del Apocalipsis, surcada en toda su extensión por los cuchillazos del cansancio, y a mí me suben por el estómago los impulsos progres del verano. Llego a la casa de mis viejos y mientras veo a mi padre no puedo dejar de pensar en los opuestos, en cómo es que uno come lo que elige, con el aire acondicionado soplando aludes invisibles, y el otro come lo que puede sudando como testigo falso. El almuerzo transcurre y se diluye en una discusión típica de padres e hijos, típica por el encono, típica por el deporte de la antagonía, típica por el idealismo de la ingenuidad queriendo conquistar los áridos terrenos de la experiencia vital.
A la noche, ya de vuelta en mi casa, me meto en la cama a tejer las imposibles estrategias del cambio social. Al dormirme, en mi sueño encuentro otra vez al viejo, en el mismo semáforo, en la bici y cargado de basura. La calle es un campo minado de las evidencias de la desolación y nos saludamos como los últimos sobrevivientes de un colosal cataclismo. El sol nos cocina con su poderosa luz que nos cubre de oscuridad. Le digo que acá ando, tirando pa no aflojar, y el viejo me responde con compasión, sabiendo de mi insuficiente capacidad para la cortesía. Aún no lo sabemos, pero en algunas semanas, fuera de este sueño, Bustamante va a morir y tendrán que pasar varios días hasta que algún vecino note su ausencia y lo encuentre envuelto en moscas bajo una hedionda nube de humedad, acostado en su habitación.
A las ocho y media de la mañana mi despertador me arranca de los desvaríos nocturnos y me despierto con el viejo colgado de mis lagañas y es al pedo que me lave la cara, Bustamante no se va. Mientras me lavo los dientes pienso en la injusticia y en un arrebato decido proponer a mis compañeros de laburo comenzar a trabajar en un proyecto que mejore las condiciones de empleabilidad de las personas, esos tipos de más de cuarenta y cinco, cincuenta años, que andan en la mala haciendo changas por ahí, derrotados en cada intento por encontrar algo estable con el irrealizable fin de parar la olla. Cuando llego a la oficina, vomito la idea con el idealismo adolescente que nos llevó hace varios años a edificar esta organización a mí y a mis amigos, para luego darnos cuenta de que la cosa está así y es pedo empujar cuando la pija es corta. Primero la idea no convence, mi propuesta hace aguas por todos lados y es un terreno en donde no tenemos experiencia ni conocemos a nadie que lo haga, más allá del Estado, claro está, y que lo tenemos muy montado en un huevo como para ir a proponerles laburar en esto. Así y todo, les digo que movamos contactos y metamos un proyecto conjunto con alguno de los ministerios donde tenemos gente nuestra.
-Vos ya te olvidaste de la naturaleza de la relación que nosotros tenemos con el Estado, no?
Jorgito me lo dice y todos esperan que nos recuerde la naturaleza de esa relación, entonces hace una pausa y desnuda su talento.
-Con el Estado nos unen los dedos y los culos. No sé por qué insistís entonces. Nosotros les metemos un dedo en el culo, y ellos nos meten dos. Nunca te olvides. Sentate en tu oficina, pensalo mejor, y si todavía te parece viable, escribilo y presentá algo más conversable.
Jorgito es como el maestro Yoda y sus resoluciones son inapelables. Me doy vuelta y comienzo a pensar que vivo en un universo en donde todos la tienen clara menos yo. Pobre el viejo, pienso, resulta que a un tipo se le ocurre darle una mano a él y a toda su castigada generación, y ese tipo vengo a ser yo, o sea, un boludo. Mi iniciativa viaja en las efímeras y frágiles alas de la pasión sentimental, estás hasta las manos, hermano.
Bustamante va a morir, y cuando eso pase, con él se irá el niño que se esconde dentro de mí. Todavía no podía saberlo, pero es al pedo empujar en determinadas situaciones.
2
Conozco al viejo de hace una pila de años (desde que me acuerdo, que corta el pasto en la casa de mi familia) y nunca lo escuché quejarse de la vida de mierda que yo estaba tan seguro que debía tener. ¿Y si el viejo es feliz bajo los cuarenta grados de este enero, con el carro cargado de palos y pedazos de alambre? ¿Y si, incluso hace veinte años, no le jodía ver como yo disfrutaba de todas esas cosas que sus hijos no podrían tener ni aunque él se ganara el Prode? Me digo a mí mismo que no se trata de eso, que no es una cuestión de felicidad si no de acceso a las condiciones mínimas que te permitan sobrevivir sin cagarte de hambre.
Al día siguiente de haberlo encontrado, laburé toda la mañana y me volví a almorzar a lo de mis viejos. Cuando llegué mi madre no entendía nada, ¿dos días seguidos? Lo debe haber conversado con mi viejo antes de llegar yo porque cuando estábamos comiendo, él me pregunto: -Che, no andarás metido en alguna matufia vos, no?
Tenían razón en que algo no cerraba. Fui por segundo día consecutivo, pero no porque tuviese algún problema ni porque me haya agarrado un sorprendente ataque de amor familiar.
-Che, ma, me olvidé de decirte ayer que me lo crucé a Bustamante y me dijo que en estos días pasaba a cortar el pasto.
Mi mamá me dice que ya sabía que nos habíamos visto, que a la mañana había pasado el viejo y le había dicho que vendría a la tarde, así que después de comer me tiré a dormir la siesta y a las cuatro en punto sonó el timbre. Me desperté con la urgencia de un servicio militar y me apuré a abrir la puerta.
Era Bustamante.
Estaba parado al lado de la bicicleta y en el carro parecía traer un arsenal listo para enguerrarse en el medio de la selva contra unos yuyos alienígenas. Le abro la reja y cruzamos dos o tres palabras mientras él va enchufando la máquina ajustándose a un misterioso y metódico ritual. No pasan dos minutos y ya está liquidando pasto bajo el ruido colosal de su máquina voraz. En vano quiero ir a conversar con él y gritar más fuerte que el motor de la cortadora, Bustamante no se desconcentra por nada y no le afloja ni en medio de un bombardeo. Me quedo sentado entonces, mirándolo, investigando lo que puede llegar a estar sucediendo dentro de su cabeza, mientras él se mueve al compás de una melodía que sólo sugiere guerra, selva, destrucción, el exterminio de Bustamante sobre el pasto.
Cuando termina con el jardín, le pregunto como de pasada si tiene que hacer alguna otra changa más luego. Me dice que no, que la cosa viene dura, pero que gracias a Dios mañana a la mañana comienza las refacciones de una casa que lo va a mantener ocupado, mínimo, dos semanas. Le ofrezco una pausa entonces, aprovechando que no está apurado.
-¿No quiere tomarse unos mates?
-Y bueno, dele m’hijo, ya que ofrece.
El viejo tiene los pies tapados de verde, como si el jardín lo fuera comiendo al él mientras la máquina se traga la hierba. Nos sentamos en la puerta entonces, bajo el calor de las cinco y media de la tarde y comienzo una charla con la ansiedad de las primeras experiencias.
Bustamante me pregunta cómo ando, qué es de mi vida, si no me estoy por casar ya.
-No se lo ve mucho por acá, m’hijo. ¿Ya se ha casado?
-No, Bustamante, ni cerca. ¿Usted qué tal? ¿Cómo andan sus chicos?
El viejo me cuenta que los muchachos de él están laburando acá y allá, que ya todos tienen familia, que uno se fue a vivir a otra parte, que otro anda por ponerse un negocito con la señora, aunque no sabe bien de qué se trata la cuestión, y demás informaciones por las que voy metiendo la mirada al mundo de su vida. La conversación deriva y Bustamante me cuenta que él era un gran jugador de fútbol, que de pendejo jugó en General Paz Juniors y en Talleres, y que una vez lo vinieron a buscar de San Lorenzo luego de un partido cuando él estaba en el equipo que por esos años había en el barrio.
Los seres humanos necesitamos de testigos de nuestra existencia, por eso habla con alegría y entusiasmo, y frente a mis ojos va develando un universo desconocido, misterioso, atrapante.
-Yo no sabía que me habían venido a ver, me entiende? Cayeron a mi casa una hora después del partido y cuando mi madre me avisó mientras yo me pegaba un baño, casi me caigo seco en el agua. Me bañé quemando, en dos patadas y salí. Había dos tipos de traje, en mi casa, en el comedor, charlando con mi finado padre. Le decían que me llevaban a prueba, que me pagaban todo, que me querían ver jugar un tiempo con ellos y un montón de cosas, pero mi viejo no estaba seguro y yo no podía decir ni una palabra.
Bustamante habla con la tranquilidad de un arroyo y yo caigo envuelto en la fascinación dentro de la historia que me relata. Me dice que a la madre lo de que él se vaya a Buenos Aires a jugar al fútbol no le gustaba ni medio, y que desde la cocina les ponía cara de pocos amigos a los dos tipos que habían ido a buscarlo. Al final no fue, los padres no lo dejaron, y a las dos semanas empezó en la fábrica, a los quince. Me contó que trabajaba en una máquina que cortaba unas arandelas y con unos tornos que yo no tengo idea qué cosa son, y que fue haciendo lo de las arandelas que se había cortado el dedo y por eso le salía una doble uña. Cuando me mostró bien, me di cuenta de que nunca lo había notado. La uña era como una V coronándole ridículamente el dedo, con dos cosas que le crecían hacia arriba y que tenía que cortarse casi todos los días desde hacía cincuenta años. Me contaba que, como recibía el sueldo, así nomás se lo daba al padre y que ni bien la situación de la familia mejoró le pidió no trabajar más en la fábrica y se fue a laburar de otra cosa, cuando ya había cumplido dieciocho y había tenido que dejar el secundario un año y medio antes de terminarlo, a pesar de los inmensos esfuerzos.
Hasta ahí, la historia de toda su generación, pero potenciada aún por el sol de aquel mediodía bajo el que lo volví a ver, con sus palos y sus alambres. Las palabras del viejo eran caminos en donde yo viajaba a través del tiempo y creía estar sentado en esa banqueta pero medio siglo antes. Me habló de cómo eran estas calles, de los cines a los que iba cuando era pibe, de los bares que había en el barrio, del respeto absoluto por los mayores, de cómo conoció a su mujer, que ya había fallecido, y de otras cosas que me atraparon y me tuvieron en vilo como si se tratara del rito de una iniciación. Una hora después, y ya con el termo seco y mi atado de puchos vacío, se dispuso a arremeter contra el patio.
Nos saludamos y me volví a la oficina con la sensación de haber estado en un lugar desconocido, lejano, pero también íntimo, mío, cercano. Bustamante me había hablado del barrio y yo parecía un visitante de otro planeta.
3
Las dos semanas que no vi a Bustamante me las pasé tocando puertas y llamando por teléfono. Redirigí tareas en la fundación para poder hacerme tiempo y comencé a dedicarme cada día un poco más al armado y la formulación del proyecto que buscaba mejorar las condiciones de empleabilidad de los adultos. Llegué a todas las personas que teníamos en el gobierno de la provincia, en la municipalidad, en los bancos, en las empresas, en los sindicatos. De a poco fui entrelazando una red con la que aquella propuesta de quince días atrás se transformó en un plan de trabajo financiado y que daría oportunidades a mucha gente.
Ya pasados los días que se encontraría abocado a la refacción de esa casa, me subí al auto y fui a visitarlo. Estaba tomando unos mates sentado en la puerta y su gesto al verme llegar fue como si me hubiera estado esperando.
Tenía la yerbera al lado de una radio en donde pasaban los mensajes de las viejas que se han quedado solas y no tienen otra cosa que hacer que llamar. Una vez más pensé en la necesidad de testigos de nuestra vida y en el anonimato en que mueren las personas. Entonces Bustamante me miró a los ojos y me contó que uno de sus hijos había caído preso, que lo del negocito había sido puro choreo y que él no quería oír siquiera de ir a visitarlo, que para él había muerto. Sus palabras me sacudieron. Me contó los pormenores, mientras repetía -Será posible, la puta madre que lo parió.
-Una cosa así le quita a uno las ganas de vivir, hijo, me entiende?
Me decía que a través de los hijos las personas se funden con la existencia, que así comenzamos a formar parte de ese gran grupo que llamamos la humanidad, y que, a su edad, la contemplación de la caída de sus hijos era la prueba de un error que recorría cada uno de los instantes de su vida. Y que todo se podía ir bien al carajo. Bustamante guardaba detrás de sus palabras una solidez y una capacidad de discernimiento arrolladoras. Era sabio el viejo, y no fue otra cosa que su alto poder de análisis y abstracción lo que lo asfixiaba, él era consciente de todo y ese todo le producía asco.
Las paredes de su casa eran los frescos que ilustraban una vida entre tornos, máquinas de cortar pasto y brochas. El viejo esa tarde sólo pudo decirme que ya no quería vivir más, y en vano quise hablarle de lo que estábamos armando en el laburo, de las nuevas oportunidades que aparecerían, él ya no podía escucharme y me decía que tenga cuidado, que no me metiera en la mala. No hubo anécdotas de juventud ni relatos de la remota bonanza de ese país donde, en sus palabras, hoy se había vuelto todo patas para arriba.
-Me entiende, m’hijo?
Salí de su casa con la desesperación que libera la impotencia y pensé en la ecuación de una vida que se diluye entre los esfuerzos de llegar a fin de mes para acabarse deseando el final.
4
Seguí viendo a Bustamante todas las semanas hasta la tarde de su muerte. Mientras tanto, las entrevistas con los postulantes nos ocupaban mañanas y tardes, teniendo que tomar personal extra para dar abasto a la esperanzada demanda de un sinnúmero de desempleados que nos dejaban sus currículums como notas de socorro tiradas en un océano a donde irían a perderse.
A través de aquellas conversaciones, yo constataba con exactitud la putrefacción en que vivía el viejo, la pútrida existencia de esos seres sin esperanza, y cuyo porvenir ya se los había engullido. Bustamante me contaba de sus inaccesibles empleadores, de las extensas semanas en donde no conseguía una changa con la que lograr un plato de comida y siempre repetía que cuando los hijos se van, pierden aquello que podría llamarse memoria. No volvió a mencionar a aquel que se iba a poner el negocito ni a los demás, parecía como si de repente el viejo nunca hubiese dejado simiente. -La única familia con la que uno puede contar son los vecinos, m’hijo, que son los que te prestan una taza de azúcar, me decía, y era como si fuera cayendo junto al revoque de esas paredes.
En cada visita yo carecía más de respuestas, y quizás por el mismo asco del que él me hablaba, ya ni atinaba a responder con las fórmulas de cortesía.
El martes que murió fue a la oficina a anular la solicitud de inclusión en nuestro programa de empleo. Era el primero al que le habíamos conseguido entrevistas, pero el viejo había decidido que ya era suficiente, que no había otra vuelta. Después de decírselo a nuestra secretaria, pasó por mi oficina y me agradeció, tenía en la cara marcados como nunca los azotes de su existencia pero sonreía diciéndome que gracias, pero que no había hecho falta, que después de todo ya no estaba para entrar a laburar como empleado permanente de nadie, que no soportaba a los jefes y que haciendo changas, nunca tenía que soportar más de uno o dos meses a ninguno. Una vez más intenté argumentar a favor de las oportunidades que podría conseguir, seguramente haciendo evidente mi desesperación por no perderlo, una vez más lo intenté y di mi cara contra la solidez de sus razonamientos. No hubo caso, y mi iniciativa perdía inexorablemente a quien era el motivo que le daba fundamento.
Cuando llegó a su casa en su bicicleta, le pareció que habían estado pisándole los pasos, pero sabía que no tenía ningún sentido la sensación de que alguien hubiera podido estar siguiéndolo. Comió algo y se desplomó en la cama a dormir la siesta envuelto en la humedad, que hacía del calor una tortura viscosa en toda su piel.
Aún dormía cuando el asesino entró a la habitación con el cuchillo en la mano, registrando minuciosamente la ebullición de los mosaicos, la disposición de los muebles desvencijados. Conocía los hábitos del viejo, la rutina que regía los momentos de sus días, y por eso sabía que podría obrar sin obstáculos que amenazaran su faena.
Se le acercó silencioso, mirándolo, examinándolo detenidamente para elegir el lugar exacto por donde le hundiría el cuchillo con el que le regalaría la muerte que el viejo deseaba. La ventana de la habitación estaba medio abierta pero eso no le preocupó, sabía que a esa hora ni los perros andaban por los techos. La luz que entraba le daba un aspecto indefenso al viejo y el asesino sintió una mezcla de pena y ternura, de repente Bustamante parecía un niño, y no lograba quitar de sus ojos esa imagen, preguntándose qué había sido de aquel niño, cómo había sido que moriría por sus manos en esta siesta asfixiante.
Más de media hora estuvieron en la misma habitación, el viejo dormido como un niño y el asesino sentado en una silla, soportando el calor, sintiendo cómo el sudor le ganaba el cuerpo y le pegaba la ropa, la experiencia primitiva del clima implacable sobre la carne y los huesos. El viejo respiraba como una usina silenciosa, y las gotas le rodaban por su cara. El asesino imaginó alguna lejana siesta de verano en donde Bustamante habría disfrutado de un río junto a sus hermanos, y las gotas de transpiración que rodaban por la cara del viejo se le aparecieron como las que volaban en ese río cuando de niño daba saltos y se sumergía.
Caminó dos pasos y se arrodilló al lado de la cama, quedando al frente del viejo, que dormía la última siesta de toda esa vida. Acercó su cara y sintió en la respiración, la brisa caliente del aire que el viejo soltaba por la boca. Lo miró fijamente por última vez y se dirigió al estómago, para elegir el lugar exacto en donde le avisaría que había llegado, que ya se acababa. Nunca había apuñalado a nadie, y se preguntó si la piel sería un material por donde el metal se clavaría fácilmente, o si la dureza le obligaría a ejercer mucha fuerza para lograrlo. Para no cometer errores, decidió proceder con fuerza, con mucha fuerza y toda la precisión de la que se creyó capaz. Entonces volvió a apretar el cuchillo - lo había tenido en la mano durante todo ese tiempo - y en un movimiento rápido traspasó la piel apretando firmemente, clavándolo en el medio del estómago, hasta el mango.
El recorrido del cuchillo fue un rayo, pero el asesino sintió que pasaban en ello todos los acontecimientos de la vida del viejo, y de pronto vio la fábrica, los tornos, los cines, aquellas calles, las posibilidades que hubiera dado el fútbol, las máquinas de cortar el pasto, las casas que había levantado con sus manos, toda esa vida transitada bajo los eternos mandamientos del esfuerzo humano y cuyo camino llegaba ahora a su fin. Bustamante se despertó en una inhalación trunca y los ojos de los dos se encontraron en el silencio soporífero de esa siesta. Tenía ahogada su garganta y eso le impedía gritar, y sólo el gesto desesperado de sus ojos manifestaba su estremecimiento. Tuvo el impulso de la resistencia pero cuando supo lo que estaba sucediendo, su gesto de dolor y desesperación tranquilamente se fue pareciendo a un agradecimiento. Comenzó a boquear y habló por última vez para decir -Está bien m’hijo, no le afloje. Y su sangre me recorrió la mano, caliente, quemándome. Entonces nos miramos con amor, con un respeto que yo no conocía.
1 comentarios:
Hoy venía en el colectivo leyendo la DADA MINI y leí "Nadie nos dice perras".
GUSTÓME tanto que busque al autor en facebook y luego en BLOGSPOT. HEME aqui.
Cuando tenga la visión recuperada (me quedó herida luego de lectura en colectivo de revista MUY linda pero que usa fondo Verde agua y letras blancas) paso por acá y leo un poco más.
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