Había entrado a
mi casa apurado, había prendido el tele en esos actos que uno lleva
automatizados y me metí al baño a cagar, ansioso por conocer al tipo que
enamoró a la mujer de la que yo me enamoré.
Entré al baño
con mi revista recién comprada a leer la crónica del hombre del que
repentinamente se ha enamorado Consuelo, la chica que yo creía que sería mi
chica por el resto de mis días. No es mi chica, ya no lo es, y a esta altura
del partido todos sabemos que nunca lo fue, por más suyo que yo haya sido. Me
senté en el inodoro dispuesto a ver cuán bueno es este tipo que a ella le
parece fabuloso, intenso, sincero, lúcido, iluminado, fachero, inteligente,
sagaz, interesante, gracioso, implacable.
Aunque no lo
advertí en un primer momento, un rato después de haber comenzado a descargar la
mierda, sentí los gritos. (A propósito de tomarse un buen tiempo para la
descarga, me pregunto cómo es que la gente se levanta tan rápido del inodoro,
si es tan lindo estar ahí. No dejemos estas preciosas, sanas costumbres.) De
pronto me pareció estar cagando en medio de una manifestación.
Triste error el
de prender el tele y entrar al baño sin saber qué canal estaba puesto: Crónica.
Al parecer la policía había matado a una nenita en una de esas ciudades
podridas del conurbano bonaerense y su familia pedía justicia.
-¿Ustedes están
pidiendo justicia?
La pregunta de
la notera fue un chiste de mal gusto, una tomada de pelo. Por supuesto que
estaban pidiendo justicia, esa justicia que no les llega nunca, esa que no ven
ni por casualidad, esa justicia que les es tan lejana como las oportunidades.
Me encontré en
una disyuntiva, en una horrible encrucijada: cortar mi momento de placer
sentado en el inodoro con tabla de madera y seguir intentando leer a este supuesto
cronista estrella, o levantarme, cortar con todo e ir a apagar el televisor
para poder seguir intentando entender a mi antes amada mujer. Elegí el mal
menor, seguí en el baño, leyendo en medio de la pueblada bonaerense. A medida
que avanzaba la turba y rompía su propio pueblo y quemaba autos y se enguerraba
con la policía exigiendo la cabeza del que había ultimado a la nena, pude
comprobar que el cronista que se robó el corazón que yo quería no es gran cosa,
no señor. Comprobarlo me puso de buen humor y se me comenzó a parar la pija.
Por suerte esta revista tiene, además de textos verdaderamente interesantes
(posta: a excepción del boludo este, son tremendos los tipos y las minas que
escriben en SH), producciones de fotos de minas que están para el delito. Pintó
paja, pensé. Y había pintado en serio. Luego de un rato ya tenía el pito
considerablemente gomoso.
Pero me dejó a
pata. Las minas estaban buenas, más vale, pero las producciones no ayudaban,
las fotos necesitaban demasiado de la imaginación del sujeto que fuera a
tocarse haciendo uso de ellas. Y yo ya pasé hace un rato aquella etapa. Decidí
cortar por lo sano, y terminé de leer la crónica del amor de aquella que no fue
mi mujer. Evidentemente eso me tiró la pija al sótano, pero me puso de buen
humor comprobar que, de verdad, ese tipo me parece un gil. Y además es feo, es una
patada en los huevos el hijo de puta.
A las diez de la
noche va a venir a visitarme un amigo que no veo hace como diez meses y con
cuya prima escandalosa e ilegalmente menor hemos comenzado a vernos desde
hace algunas semanas.
Se me vuelve a
parar la pija, esta vez con una actitud adolescente, porfiada, dura, inexorable.
La llamo,
entonces.
Primita de
amigo está trabajando y sale a la misma hora que llegará él a mi casa.
¿Será que me
tengo que clavar una y listo? La chica que amo por estos días no me da ni cinco
de pelota. Ni la hora. Me parece que la voy a secuestrar.
Sin hacerme la
paja, salgo camino a una reunión a pocas cuadras de acá, y cuando hago media
cuadra, veo una cara conocida, vos me sonás de algún lado, morocha. Mientras me
acerco, mirándola, mirándome ella, la escucho, está contando no sé qué cosa en
un hospital y lo recuerdo, una chica médica con la que cogí dos veces y no
tengo idea de cómo se llama. Paso al lado de ella sin saludarla pero nos
miramos con complicidad. Cuando me voy alejando, rumbo a mi destino, escucho
risas, carcajadas de fondo. Seguro les está contando lo malísimo que soy en la
cama. Sonrío, me parecés una genia, morocha, una genia. Podría haberla
saludado, podría haber conversado con ella y quién te dice? Por ahí ahora, en
vez de estar escribiendo esta pinchila, estaría culiando como un mono, con tristeza
y desprecio, de la única forma que me sale. Pero no, acá estoy, tomándome un vino
peronista que me regaló un amigo, fumando, escribiendo pijas,
y ni siquiera me
clavé un guante.