martes, 27 de septiembre de 2011

Naturaleza


Yo tengo las manos sucias
con la sangre de un animal
veo y puedo sentir que en mi piel está ese líquido que antes recorrió su interior el interior de un animal de ese animal
era parte de su funcionamiento de su supervivencia de su naturaleza era parte
de su mecanismo vital humeante y nauseabundo.
Sin embargo
por más extraño que parezca
yo voy a comer a ese animal.
Entiendo que puede parecerles extraño, lo entiendo
ya dejen de decirme ya paren no sigan extrañándose
yo
sería presa
del mismo estupor.
Ese animal que estaba vivo y comía pasto y caminaba y dormía por las noches
ese ser de la naturaleza que tuvo hijos que tuvo pelos que se acurrucó
con los demás
por las noches para protegerse del frío
yo lo devoraré, lo he matado
y me lo voy a comer.
Entiendo que no podemos ir comiéndonos los unos a los otros que no puedo
morder un dedo del niño con quien tropezaré hoy en la noche
pero ésta no es la carne de ese niño y aunque ustedes protesten como lo hacen
yo estoy por comerme a un ser vivo
yo hundo mis dedos entre su carne y atravieso sus partes con mis brazos y es la brutalidad de la naturaleza la que habla en mi festín.
No hay nada más propio de la naturaleza
que la brutalidad.
Ni algo más brutal que la brutalidad civilizada
este método este sistema estas actividades esta maquinaria
en la que nos apoderamos de los animales para matarlos y comerlos
en la limpieza de nuestros hermosos hogares.
Existen vastas extensiones en este planeta donde los hombres criamos seres de la naturaleza, los alimentamos con el fin de engordarlos para finalmente asesinarlos y comerlos.
La idea es escandalosa y es
real
Es un hecho que forma parte de los acontecimientos que efectivamente tienen lugar en esta existencia en donde morimos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Un gil enamoró a la mujer de la que yo me enamoré


Había entrado a mi casa apurado, había prendido el tele en esos actos que uno lleva automatizados y me metí al baño a cagar, ansioso por conocer al tipo que enamoró a la mujer de la que yo me enamoré.
Entré al baño con mi revista recién comprada a leer la crónica del hombre del que repentinamente se ha enamorado Consuelo, la chica que yo creía que sería mi chica por el resto de mis días. No es mi chica, ya no lo es, y a esta altura del partido todos sabemos que nunca lo fue, por más suyo que yo haya sido. Me senté en el inodoro dispuesto a ver cuán bueno es este tipo que a ella le parece fabuloso, intenso, sincero, lúcido, iluminado, fachero, inteligente, sagaz, interesante, gracioso, implacable.
Aunque no lo advertí en un primer momento, un rato después de haber comenzado a descargar la mierda, sentí los gritos. (A propósito de tomarse un buen tiempo para la descarga, me pregunto cómo es que la gente se levanta tan rápido del inodoro, si es tan lindo estar ahí. No dejemos estas preciosas, sanas costumbres.) De pronto me pareció estar cagando en medio de una manifestación.
Triste error el de prender el tele y entrar al baño sin saber qué canal estaba puesto: Crónica. Al parecer la policía había matado a una nenita en una de esas ciudades podridas del conurbano bonaerense y su familia pedía justicia.
-¿Ustedes están pidiendo justicia?
La pregunta de la notera fue un chiste de mal gusto, una tomada de pelo. Por supuesto que estaban pidiendo justicia, esa justicia que no les llega nunca, esa que no ven ni por casualidad, esa justicia que les es tan lejana como las oportunidades.
Me encontré en una disyuntiva, en una horrible encrucijada: cortar mi momento de placer sentado en el inodoro con tabla de madera y seguir intentando leer a este supuesto cronista estrella, o levantarme, cortar con todo e ir a apagar el televisor para poder seguir intentando entender a mi antes amada mujer. Elegí el mal menor, seguí en el baño, leyendo en medio de la pueblada bonaerense. A medida que avanzaba la turba y rompía su propio pueblo y quemaba autos y se enguerraba con la policía exigiendo la cabeza del que había ultimado a la nena, pude comprobar que el cronista que se robó el corazón que yo quería no es gran cosa, no señor. Comprobarlo me puso de buen humor y se me comenzó a parar la pija. Por suerte esta revista tiene, además de textos verdaderamente interesantes (posta: a excepción del boludo este, son tremendos los tipos y las minas que escriben en SH), producciones de fotos de minas que están para el delito. Pintó paja, pensé. Y había pintado en serio. Luego de un rato ya tenía el pito considerablemente gomoso.
Pero me dejó a pata. Las minas estaban buenas, más vale, pero las producciones no ayudaban, las fotos necesitaban demasiado de la imaginación del sujeto que fuera a tocarse haciendo uso de ellas. Y yo ya pasé hace un rato aquella etapa. Decidí cortar por lo sano, y terminé de leer la crónica del amor de aquella que no fue mi mujer. Evidentemente eso me tiró la pija al sótano, pero me puso de buen humor comprobar que, de verdad, ese tipo me parece un gil. Y además es feo, es una patada en los huevos el hijo de puta.
A las diez de la noche va a venir a visitarme un amigo que no veo hace como diez meses y con cuya prima escandalosa e ilegalmente menor hemos comenzado a vernos desde hace algunas semanas.
Se me vuelve a parar la pija, esta vez con una actitud adolescente, porfiada, dura, inexorable.
La llamo, entonces.
Primita de amigo está trabajando y sale a la misma hora que llegará él a mi casa.
¿Será que me tengo que clavar una y listo? La chica que amo por estos días no me da ni cinco de pelota. Ni la hora. Me parece que la voy a secuestrar.
Sin hacerme la paja, salgo camino a una reunión a pocas cuadras de acá, y cuando hago media cuadra, veo una cara conocida, vos me sonás de algún lado, morocha. Mientras me acerco, mirándola, mirándome ella, la escucho, está contando no sé qué cosa en un hospital y lo recuerdo, una chica médica con la que cogí dos veces y no tengo idea de cómo se llama. Paso al lado de ella sin saludarla pero nos miramos con complicidad. Cuando me voy alejando, rumbo a mi destino, escucho risas, carcajadas de fondo. Seguro les está contando lo malísimo que soy en la cama. Sonrío, me parecés una genia, morocha, una genia. Podría haberla saludado, podría haber conversado con ella y quién te dice? Por ahí ahora, en vez de estar escribiendo esta pinchila, estaría culiando como un mono, con tristeza y desprecio, de la única forma que me sale. Pero no, acá estoy, tomándome un vino peronista que me regaló un amigo, fumando, escribiendo pijas,
y ni siquiera me clavé un guante.