sábado, 29 de diciembre de 2007

El aire pesado de la calle se me mete por los pulmones como si fuese una gelatina mientras camino por la peatonal. En la esquina veo a un señor haciendo burbujitas de jabón, y toda la cuadra llena de burbujitas de jabón. De repente miro fijamente una de esas burbujitas que desde lo alto baja y baja y viene hacia mí, y alzo la mano y plim la reviento y me quedo pensando en las ideas que son como burbujitas de jabón que explotan muy cerca de la cabeza. Miro alrededor pero nadie se percató de mi arranque de niñez, y ese pensar en qué dirán me distrae y me olvido de esas burbujitas que eran tan higiénicas, tan felices, como ideas que venían a mí, muy pulcras, como si no fuesen mías, mientras caminaba por la peatonal.


miércoles, 5 de diciembre de 2007

adorables turistas

Naturalmente, ellos no podían imaginar que yo les sacaba estas fotos.

Los turistas, pobrecitos de nosotros, andamos boquiabiertos, ojiabiertos, obnubilados, transpirados. No nos imaginamos que otras tantas personas nacidas en vaya uno a saber qué rincón podrido del planeta andan por detrás nuestro, ocupadas en espiarnos. Los turistas estamos a la merced de esa gente que mira. Los turistas pensamos che, qué calor, vamos a comprar una coca helada, ponete la gorra, no vaya a hacerte mal el sol. Los turistas andamos caminando, que nos rinda el día… El turista de clase media es como un amante compulsivo y veloz. Somos un manojo histérico de lugares para conocer en tres minutos. Incansables taxonomistas, no podemos escapar a la gloria de creer haber llegado al fondo profundo del ser de esa ciudad.

Naturalmente, ellos no sabían que estaban siendo fotografiados por mí. Los grupos de turistas son como tribus nómades. Andan con mapas, gorras, cámaras de foto, botellas, pañuelos, una verdadera expedición. Los turistas solitarios juegan, les da por jugar al simulador. El turista solitario habla solo, se dice mirá, mirá que lindo! El turista solitario está asombrado de las cosas que ve, y no tiene nadie a quien contarle, con quien compartir su asombro. En cambio, los grupos de turistas, esas tribus tan coloridas, andan con los índices cansados de tanto señalar, mirá esto, mirá aquello…

Se estaba sacando una foto a sí misma en el momento exacto en que la lente de mi cámara fotográfica de turista clasemedioso la congela. Frente a cada turista cámara en mano, la mía era implacable. Se iba convirtiendo en un hábito, en una costumbre, en un reflejo, en una necesidad cargada de sentido, en una actividad vital. De pronto un Mc Donald’s es la escenografía de una fuente inacabable de esos seres que comen rápido para poder visitar los cincuenta y tres lugares de ese día. De un momento a otro, el metro es una tensión que me produce una poderosa excitación que me obliga a descargar disparos sobre los más desprevenidos viandantes. Es un lugar donde se encuentran personas en uno de los dos extremos de la escala que separa a aquellos seres humanos que están desesperados por no llegar tarde al trabajo, de esos otros seres que andan ahí, gastándose los ahorros de años para poder ver por algunos días la ciudad en la que esos primeros se van muriendo un poco más cada día que se acaba. Y siempre tengo la sensación de que se va a armar una buena, de que los pasajeros que viven en esa ciudad estallan de furia en contra de nosotros, que andamos impunes, gorra en cabeza y cámara en mano, y nos dan una tremenda biaba. Nos masacran. Nos despedazan, nos patean, nos dan golpes de puño, y hasta nos escupirían desdeñosa y burlonamente, pero están demasiado enfurecidos. Nos destruyen llegando a la estación Republique, donde me bajo. No puedo dejar de pensar en los asombrados pasajeros, que miran desconfiados, que no se saben dónde va a terminar esa foto con su cara ojerosa.

Todo eso es el metro, que lleva gente a trabajar. Que lleva turistas a gastar.

El hábito, la costumbre, esta actividad vital se vuelve cada vez más peligrosa, se pierde casi toda ilusión de disimulo. Es clara la evidencia de que esta persona que tengo a treinta centímetros de distancia está recibiendo un disparo de mi cámara. Imagino que llueven insultos y agravios en las más diversas lenguas. Lo único que distingo es la velocidad de modulación y los gestos que me dicen a las claras que están todos enceguecidos. Se me está yendo la mano, pienso, debería comenzar a hacerlo con un poco más de carpa.

Naturalmente, ellos no hubiesen podido siquiera pensar que cuando apretaban el gatillo de sus cámaras, mi lente los convertía, a ellos, fotógrafos de momento, en parte de esa ciudad, que ya no se compone sólo de sus habitantes y edificios.