martes 27 de septiembre de 2011

Naturaleza


Yo tengo las manos sucias
con la sangre de un animal
veo y puedo sentir que en mi piel está ese líquido que antes recorrió su interior el interior de un animal de ese animal
era parte de su funcionamiento de su supervivencia de su naturaleza era parte
de su mecanismo vital humeante y nauseabundo.
Sin embargo
por más extraño que parezca
yo voy a comer a ese animal.
Entiendo que puede parecerles extraño, lo entiendo
ya dejen de decirme ya paren no sigan extrañándose
yo
sería presa
del mismo estupor.
Ese animal que estaba vivo y comía pasto y caminaba y dormía por las noches
ese ser de la naturaleza que tuvo hijos que tuvo pelos que se acurrucó
con los demás
por las noches para protegerse del frío
yo lo devoraré, lo he matado
y me lo voy a comer.
Entiendo que no podemos ir comiéndonos los unos a los otros que no puedo
morder un dedo del niño con quien tropezaré hoy en la noche
pero ésta no es la carne de ese niño y aunque ustedes protesten como lo hacen
yo estoy por comerme a un ser vivo
yo hundo mis dedos entre su carne y atravieso sus partes con mis brazos y es la brutalidad de la naturaleza la que habla en mi festín.
No hay nada más propio de la naturaleza
que la brutalidad.
Ni algo más brutal que la brutalidad civilizada
este método este sistema estas actividades esta maquinaria
en la que nos apoderamos de los animales para matarlos y comerlos
en la limpieza de nuestros hermosos hogares.
Existen vastas extensiones en este planeta donde los hombres criamos seres de la naturaleza, los alimentamos con el fin de engordarlos para finalmente asesinarlos y comerlos.
La idea es escandalosa y es
real
Es un hecho que forma parte de los acontecimientos que efectivamente tienen lugar en esta existencia en donde morimos.

jueves 8 de septiembre de 2011

Un gil enamoró a la mujer de la que yo me enamoré


Había entrado a mi casa apurado, había prendido el tele en esos actos que uno lleva automatizados y me metí al baño a cagar, ansioso por conocer al tipo que enamoró a la mujer de la que yo me enamoré.
Entré al baño con mi revista recién comprada a leer la crónica del hombre del que repentinamente se ha enamorado Consuelo, la chica que yo creía que sería mi chica por el resto de mis días. No es mi chica, ya no lo es, y a esta altura del partido todos sabemos que nunca lo fue, por más suyo que yo haya sido. Me senté en el inodoro dispuesto a ver cuán bueno es este tipo que a ella le parece fabuloso, intenso, sincero, lúcido, iluminado, fachero, inteligente, sagaz, interesante, gracioso, implacable.
Aunque no lo advertí en un primer momento, un rato después de haber comenzado a descargar la mierda, sentí los gritos. (A propósito de tomarse un buen tiempo para la descarga, me pregunto cómo es que la gente se levanta tan rápido del inodoro, si es tan lindo estar ahí. No dejemos estas preciosas, sanas costumbres.) De pronto me pareció estar cagando en medio de una manifestación.
Triste error el de prender el tele y entrar al baño sin saber qué canal estaba puesto: Crónica. Al parecer la policía había matado a una nenita en una de esas ciudades podridas del conurbano bonaerense y su familia pedía justicia.
-¿Ustedes están pidiendo justicia?
La pregunta de la notera fue un chiste de mal gusto, una tomada de pelo. Por supuesto que estaban pidiendo justicia, esa justicia que no les llega nunca, esa que no ven ni por casualidad, esa justicia que les es tan lejana como las oportunidades.
Me encontré en una disyuntiva, en una horrible encrucijada: cortar mi momento de placer sentado en el inodoro con tabla de madera y seguir intentando leer a este supuesto cronista estrella, o levantarme, cortar con todo e ir a apagar el televisor para poder seguir intentando entender a mi antes amada mujer. Elegí el mal menor, seguí en el baño, leyendo en medio de la pueblada bonaerense. A medida que avanzaba la turba y rompía su propio pueblo y quemaba autos y se enguerraba con la policía exigiendo la cabeza del que había ultimado a la nena, pude comprobar que el cronista que se robó el corazón que yo quería no es gran cosa, no señor. Comprobarlo me puso de buen humor y se me comenzó a parar la pija. Por suerte esta revista tiene, además de textos verdaderamente interesantes (posta: a excepción del boludo este, son tremendos los tipos y las minas que escriben en SH), producciones de fotos de minas que están para el delito. Pintó paja, pensé. Y había pintado en serio. Luego de un rato ya tenía el pito considerablemente gomoso.
Pero me dejó a pata. Las minas estaban buenas, más vale, pero las producciones no ayudaban, las fotos necesitaban demasiado de la imaginación del sujeto que fuera a tocarse haciendo uso de ellas. Y yo ya pasé hace un rato aquella etapa. Decidí cortar por lo sano, y terminé de leer la crónica del amor de aquella que no fue mi mujer. Evidentemente eso me tiró la pija al sótano, pero me puso de buen humor comprobar que, de verdad, ese tipo me parece un gil. Y además es feo, es una patada en los huevos el hijo de puta.
A las diez de la noche va a venir a visitarme un amigo que no veo hace como diez meses y con cuya prima escandalosa e ilegalmente menor hemos comenzado a vernos desde hace algunas semanas.
Se me vuelve a parar la pija, esta vez con una actitud adolescente, porfiada, dura, inexorable.
La llamo, entonces.
Primita de amigo está trabajando y sale a la misma hora que llegará él a mi casa.
¿Será que me tengo que clavar una y listo? La chica que amo por estos días no me da ni cinco de pelota. Ni la hora. Me parece que la voy a secuestrar.
Sin hacerme la paja, salgo camino a una reunión a pocas cuadras de acá, y cuando hago media cuadra, veo una cara conocida, vos me sonás de algún lado, morocha. Mientras me acerco, mirándola, mirándome ella, la escucho, está contando no sé qué cosa en un hospital y lo recuerdo, una chica médica con la que cogí dos veces y no tengo idea de cómo se llama. Paso al lado de ella sin saludarla pero nos miramos con complicidad. Cuando me voy alejando, rumbo a mi destino, escucho risas, carcajadas de fondo. Seguro les está contando lo malísimo que soy en la cama. Sonrío, me parecés una genia, morocha, una genia. Podría haberla saludado, podría haber conversado con ella y quién te dice? Por ahí ahora, en vez de estar escribiendo esta pinchila, estaría culiando como un mono, con tristeza y desprecio, de la única forma que me sale. Pero no, acá estoy, tomándome un vino peronista que me regaló un amigo, fumando, escribiendo pijas,
y ni siquiera me clavé un guante.

jueves 18 de agosto de 2011

Dormir con vos es como vivir en un mundo donde River no se fue al descenso

Ya vamos a salir de perdedor, me digo, ya vamos a salir, ya vamos a salir de esta estúpida novela cursi, dolorosa y falaz. Ya vamos a salir, lobo, me digo, alguna vez nos va a tocar; a no apichonarse, me digo, y vos que estás hermosa, me hablás y rechazás mi abrazo que te busca, que te obliga, que quiere obligarte, que te pide, que te ruega, que te grita -No te vayas, a dónde carajo vas a irte, no te vayas, no me dejes sin tu voz de río, de paz, de siesta, de descanso, no me dejes sin esa voz con la que quiero que me cuentes indignada que al más chico le clavaron diez amonestaciones o que la pendeja nos salió puta, más puta que las arañas. No me dejes sin la voz del resto de mi vida.

Decís que todo es una exageración.

Me decís que ya me voy a enamorar de otra, y eso inexorablemente va a pasar, me decís que ya perderé mis calzoncillos por otra, pero seguís acá, sentada, hermosa, más hermosa que nunca, todos los días estás más hermosa que nunca, todos los días es el día que más linda te vi, pero vos me decís que es calentura, que es una cuenta pendiente, que no me haga la película, que no es tan grave, que ya se me va a pasar, que seguramente se me va a pasar, ¡y las ganas que vos tenés de que se me pase! Las ganas que tenés vos, tal vez, de que a mí se me pase, yo no quiero que se me pase un carajo, yo quiero que vos te quedés acá escuchando esta canción, abrazada a mí en mi cama. No te voy a decir giladas como que mi cama es inmensa desde que la dejaste, luego de cubrirla entera con tu pequeño y perfecto cuerpo, no te voy a decir esa estupidez mierdosa sacada de canción de Arjona, mi cama es igual a como era antes de acostarte vos en ella, pero es verdad y en esto no te miento, que todo es más lindo si vos estás, que mi habitación es el lugar perfecto cuando estás vos y mis dedos torpes y pendencieros constatan que tenés la piel de las publicidades esas de los jabones que te dicen que te la dejan suave, y pienso en el pelotudo de Facundo Arana, ¿vos podés creer el pelotudo de Facundo Arana? Pienso en este gil diciendo que lo que a él le gusta de una mujer es la piel. Pero qué tipo tan boludo, y me acuerdo de tu piel y ya me reconcilio con él, es verdad Facundo, es verdad pelotudo.

Es que yo me quiero hacer una remera con tu piel, quiero dormir desnudo pegado a tu cuerpo que deja a mi cama y a mis dedos desorientados, pero vos me decís que no, que basta (podés parar de decirme basta? podés cortarla con basta?), que esto se va al carajo, y más vale que se va al carajo, esto es lo más lindo que hay, pero vos insistís con que no,

y dale con que no,

que esto es cualquiera, y que qué carajo nos pasa, qué carajo es todo esto, que qué quiero yo de vos, que te abrace, que te abrace por detrás, que no te bese porque no vas a poder frenar más, nunca más, y yo estoy más nervioso que un acusado, y yo experimento los sentidos sólo a través de tu contacto, yo tengo miedo y excitación y pienso, entonces, que esto, que exactamente esto es la vida y me digo a mí mismo que a esto venimos al mundo, y cuando lo pienso ya no hay más mundo ni laburo ni amigos ni familia ni tu novio ni día de la semana ni nada que no seas vos y yo y estas sábanas negras como la puta mañana esta en la que me decís que no, que esto se acaba, que vos no querés esto ni a palos. Ya sé que las sábanas no tienen la culpa, ya sé que vos no tenés la culpa, ya sé todas esas cosas que vos me decís y que no hay chance de que te las creas, y yo no sé si decirte lo que pasa, lo que me está pasando, que me siento el Gato Gaudio, la concha de la lora, que necesito una tribuna para ir a preguntarle a ese tipo -Vos sabés? Vos sabés lo que está pasando en mi vida? No sé si decirte lo que me está pasando o tirármela de áspero, vos te das cuenta de que dudo como un pendejo, y estás sentada al frente mío y me levanto como un boludo y acomodo cosas y vuelvo a sentarme y me levanto otra vez y tiro tu etiqueta de Marlboro a la basura y me prendo un mentolado y vos seguís ahí, diciéndome que te diga si es como pensás que es o si es diferente, y qué querés que te diga? Yo no entiendo una mierda, yo quiero que te quedés acá, a ver si te queda claro, a ver si lo entendés, que quiero dormir con vos, que quiero despertarme y mirarte la cara, que quiero olvidarme de que existe un mundo y seis mil millones de personas de mierda y un montón de agua y de asfalto y de nafta, yo quiero olvidarme del medio ambiente, de los puentes, de los puestos de trabajo, de que se me abrió la costura del culo en el pantalón del laburo, del semáforo de Estrada y Buenos Aires, de la democracia y del fútbol, a ver si te cae la ficha de que yo me olvido de todo si me abrazás y me hablás en esa desesperación preciosa y feliz preguntándome qué es todo esto? Esto es lo más lindo del mundo, te respondo, esto es a lo que vinimos.

lunes 21 de marzo de 2011

El porvenir es una siesta de verano

1

Bustamante no boqueó más de algunos instantes. Sin embargo, en ese momento súbito capturó el motivo que había provocado en su abdomen aquel dolor profundo, muy profundo. Irreversible. El viejo había llegado a esa fría estación en la cual lo único por esperar era morirse. Él lo esperaba con ansias, y por eso su gesto fue el del agradecimiento.


Tres meses antes de morir, bajo el sol embrutecedor del mediodía el viejo pedalea en una bicicleta con la que va tirando un carro lleno de alambres y maderas. Avanza con la mirada humedecida porque el calor es una persecución que viene desde afuera hacia adentro, pero que también le invade la piel desde el interior de su cuerpo, saliéndole incluso por los ojos.

Uno al lado del otro, somos dos figuras grotescas representando el cuadro terrible de la desigualdad. El viejo me mira y me saluda. -Hola m’hijo, cómo va eso? -Cómo le va, Bustamante? Acá andamos, tirando pa no aflojar. -Así me gusta, hijo, así me gusta, no le suelte la piola. Mande saludos por su casa, dígale a su madre que uno de estos días paso y le dejo el pasto como un villar. -Gracias, le digo, saludos para los suyos también, nos vemos.

Da el verde y nos separamos. El viejo dobla a la izquierda para volver a su casa y yo sigo derecho con su cara ploteada en el parabrisas mientras me digo que la cagamos, que vivimos en la peor de las alternativas dentro del abanico de posibles realidades que constituyan el mundo. Una existencia de muerte, sólo que los que la pasamos bomba no nos enteramos de que el resto de la humanidad está en el pozo negro nadando en nuestra mierda de primera calidad. La cara de Bustamante sigue en el parabrisas como un aviso publicitario del Apocalipsis, surcada en toda su extensión por los cuchillazos del cansancio, y a mí me suben por el estómago los impulsos progres del verano. Llego a la casa de mis viejos y mientras veo a mi padre no puedo dejar de pensar en los opuestos, en cómo es que uno come lo que elige, con el aire acondicionado soplando aludes invisibles, y el otro come lo que puede sudando como testigo falso. El almuerzo transcurre y se diluye en una discusión típica de padres e hijos, típica por el encono, típica por el deporte de la antagonía, típica por el idealismo de la ingenuidad queriendo conquistar los áridos terrenos de la experiencia vital.

A la noche, ya de vuelta en mi casa, me meto en la cama a tejer las imposibles estrategias del cambio social. Al dormirme, en mi sueño encuentro otra vez al viejo, en el mismo semáforo, en la bici y cargado de basura. La calle es un campo minado de las evidencias de la desolación y nos saludamos como los últimos sobrevivientes de un colosal cataclismo. El sol nos cocina con su poderosa luz que nos cubre de oscuridad. Le digo que acá ando, tirando pa no aflojar, y el viejo me responde con compasión, sabiendo de mi insuficiente capacidad para la cortesía. Aún no lo sabemos, pero en algunas semanas, fuera de este sueño, Bustamante va a morir y tendrán que pasar varios días hasta que algún vecino note su ausencia y lo encuentre envuelto en moscas bajo una hedionda nube de humedad, acostado en su habitación.

A las ocho y media de la mañana mi despertador me arranca de los desvaríos nocturnos y me despierto con el viejo colgado de mis lagañas y es al pedo que me lave la cara, Bustamante no se va. Mientras me lavo los dientes pienso en la injusticia y en un arrebato decido proponer a mis compañeros de laburo comenzar a trabajar en un proyecto que mejore las condiciones de empleabilidad de las personas, esos tipos de más de cuarenta y cinco, cincuenta años, que andan en la mala haciendo changas por ahí, derrotados en cada intento por encontrar algo estable con el irrealizable fin de parar la olla. Cuando llego a la oficina, vomito la idea con el idealismo adolescente que nos llevó hace varios años a edificar esta organización a mí y a mis amigos, para luego darnos cuenta de que la cosa está así y es pedo empujar cuando la pija es corta. Primero la idea no convence, mi propuesta hace aguas por todos lados y es un terreno en donde no tenemos experiencia ni conocemos a nadie que lo haga, más allá del Estado, claro está, y que lo tenemos muy montado en un huevo como para ir a proponerles laburar en esto. Así y todo, les digo que movamos contactos y metamos un proyecto conjunto con alguno de los ministerios donde tenemos gente nuestra.

-Vos ya te olvidaste de la naturaleza de la relación que nosotros tenemos con el Estado, no?

Jorgito me lo dice y todos esperan que nos recuerde la naturaleza de esa relación, entonces hace una pausa y desnuda su talento.

-Con el Estado nos unen los dedos y los culos. No sé por qué insistís entonces. Nosotros les metemos un dedo en el culo, y ellos nos meten dos. Nunca te olvides. Sentate en tu oficina, pensalo mejor, y si todavía te parece viable, escribilo y presentá algo más conversable.

Jorgito es como el maestro Yoda y sus resoluciones son inapelables. Me doy vuelta y comienzo a pensar que vivo en un universo en donde todos la tienen clara menos yo. Pobre el viejo, pienso, resulta que a un tipo se le ocurre darle una mano a él y a toda su castigada generación, y ese tipo vengo a ser yo, o sea, un boludo. Mi iniciativa viaja en las efímeras y frágiles alas de la pasión sentimental, estás hasta las manos, hermano.

Bustamante va a morir, y cuando eso pase, con él se irá el niño que se esconde dentro de mí. Todavía no podía saberlo, pero es al pedo empujar en determinadas situaciones.

2

Conozco al viejo de hace una pila de años (desde que me acuerdo, que corta el pasto en la casa de mi familia) y nunca lo escuché quejarse de la vida de mierda que yo estaba tan seguro que debía tener. ¿Y si el viejo es feliz bajo los cuarenta grados de este enero, con el carro cargado de palos y pedazos de alambre? ¿Y si, incluso hace veinte años, no le jodía ver como yo disfrutaba de todas esas cosas que sus hijos no podrían tener ni aunque él se ganara el Prode? Me digo a mí mismo que no se trata de eso, que no es una cuestión de felicidad si no de acceso a las condiciones mínimas que te permitan sobrevivir sin cagarte de hambre.

Al día siguiente de haberlo encontrado, laburé toda la mañana y me volví a almorzar a lo de mis viejos. Cuando llegué mi madre no entendía nada, ¿dos días seguidos? Lo debe haber conversado con mi viejo antes de llegar yo porque cuando estábamos comiendo, él me pregunto: -Che, no andarás metido en alguna matufia vos, no?

Tenían razón en que algo no cerraba. Fui por segundo día consecutivo, pero no porque tuviese algún problema ni porque me haya agarrado un sorprendente ataque de amor familiar.

-Che, ma, me olvidé de decirte ayer que me lo crucé a Bustamante y me dijo que en estos días pasaba a cortar el pasto.

Mi mamá me dice que ya sabía que nos habíamos visto, que a la mañana había pasado el viejo y le había dicho que vendría a la tarde, así que después de comer me tiré a dormir la siesta y a las cuatro en punto sonó el timbre. Me desperté con la urgencia de un servicio militar y me apuré a abrir la puerta.

Era Bustamante.

Estaba parado al lado de la bicicleta y en el carro parecía traer un arsenal listo para enguerrarse en el medio de la selva contra unos yuyos alienígenas. Le abro la reja y cruzamos dos o tres palabras mientras él va enchufando la máquina ajustándose a un misterioso y metódico ritual. No pasan dos minutos y ya está liquidando pasto bajo el ruido colosal de su máquina voraz. En vano quiero ir a conversar con él y gritar más fuerte que el motor de la cortadora, Bustamante no se desconcentra por nada y no le afloja ni en medio de un bombardeo. Me quedo sentado entonces, mirándolo, investigando lo que puede llegar a estar sucediendo dentro de su cabeza, mientras él se mueve al compás de una melodía que sólo sugiere guerra, selva, destrucción, el exterminio de Bustamante sobre el pasto.

Cuando termina con el jardín, le pregunto como de pasada si tiene que hacer alguna otra changa más luego. Me dice que no, que la cosa viene dura, pero que gracias a Dios mañana a la mañana comienza las refacciones de una casa que lo va a mantener ocupado, mínimo, dos semanas. Le ofrezco una pausa entonces, aprovechando que no está apurado.

-¿No quiere tomarse unos mates?

-Y bueno, dele m’hijo, ya que ofrece.

El viejo tiene los pies tapados de verde, como si el jardín lo fuera comiendo al él mientras la máquina se traga la hierba. Nos sentamos en la puerta entonces, bajo el calor de las cinco y media de la tarde y comienzo una charla con la ansiedad de las primeras experiencias.

Bustamante me pregunta cómo ando, qué es de mi vida, si no me estoy por casar ya.

-No se lo ve mucho por acá, m’hijo. ¿Ya se ha casado?

-No, Bustamante, ni cerca. ¿Usted qué tal? ¿Cómo andan sus chicos?

El viejo me cuenta que los muchachos de él están laburando acá y allá, que ya todos tienen familia, que uno se fue a vivir a otra parte, que otro anda por ponerse un negocito con la señora, aunque no sabe bien de qué se trata la cuestión, y demás informaciones por las que voy metiendo la mirada al mundo de su vida. La conversación deriva y Bustamante me cuenta que él era un gran jugador de fútbol, que de pendejo jugó en General Paz Juniors y en Talleres, y que una vez lo vinieron a buscar de San Lorenzo luego de un partido cuando él estaba en el equipo que por esos años había en el barrio.

Los seres humanos necesitamos de testigos de nuestra existencia, por eso habla con alegría y entusiasmo, y frente a mis ojos va develando un universo desconocido, misterioso, atrapante.

-Yo no sabía que me habían venido a ver, me entiende? Cayeron a mi casa una hora después del partido y cuando mi madre me avisó mientras yo me pegaba un baño, casi me caigo seco en el agua. Me bañé quemando, en dos patadas y salí. Había dos tipos de traje, en mi casa, en el comedor, charlando con mi finado padre. Le decían que me llevaban a prueba, que me pagaban todo, que me querían ver jugar un tiempo con ellos y un montón de cosas, pero mi viejo no estaba seguro y yo no podía decir ni una palabra.

Bustamante habla con la tranquilidad de un arroyo y yo caigo envuelto en la fascinación dentro de la historia que me relata. Me dice que a la madre lo de que él se vaya a Buenos Aires a jugar al fútbol no le gustaba ni medio, y que desde la cocina les ponía cara de pocos amigos a los dos tipos que habían ido a buscarlo. Al final no fue, los padres no lo dejaron, y a las dos semanas empezó en la fábrica, a los quince. Me contó que trabajaba en una máquina que cortaba unas arandelas y con unos tornos que yo no tengo idea qué cosa son, y que fue haciendo lo de las arandelas que se había cortado el dedo y por eso le salía una doble uña. Cuando me mostró bien, me di cuenta de que nunca lo había notado. La uña era como una V coronándole ridículamente el dedo, con dos cosas que le crecían hacia arriba y que tenía que cortarse casi todos los días desde hacía cincuenta años. Me contaba que, como recibía el sueldo, así nomás se lo daba al padre y que ni bien la situación de la familia mejoró le pidió no trabajar más en la fábrica y se fue a laburar de otra cosa, cuando ya había cumplido dieciocho y había tenido que dejar el secundario un año y medio antes de terminarlo, a pesar de los inmensos esfuerzos.

Hasta ahí, la historia de toda su generación, pero potenciada aún por el sol de aquel mediodía bajo el que lo volví a ver, con sus palos y sus alambres. Las palabras del viejo eran caminos en donde yo viajaba a través del tiempo y creía estar sentado en esa banqueta pero medio siglo antes. Me habló de cómo eran estas calles, de los cines a los que iba cuando era pibe, de los bares que había en el barrio, del respeto absoluto por los mayores, de cómo conoció a su mujer, que ya había fallecido, y de otras cosas que me atraparon y me tuvieron en vilo como si se tratara del rito de una iniciación. Una hora después, y ya con el termo seco y mi atado de puchos vacío, se dispuso a arremeter contra el patio.

Nos saludamos y me volví a la oficina con la sensación de haber estado en un lugar desconocido, lejano, pero también íntimo, mío, cercano. Bustamante me había hablado del barrio y yo parecía un visitante de otro planeta.

3

Las dos semanas que no vi a Bustamante me las pasé tocando puertas y llamando por teléfono. Redirigí tareas en la fundación para poder hacerme tiempo y comencé a dedicarme cada día un poco más al armado y la formulación del proyecto que buscaba mejorar las condiciones de empleabilidad de los adultos. Llegué a todas las personas que teníamos en el gobierno de la provincia, en la municipalidad, en los bancos, en las empresas, en los sindicatos. De a poco fui entrelazando una red con la que aquella propuesta de quince días atrás se transformó en un plan de trabajo financiado y que daría oportunidades a mucha gente.

Ya pasados los días que se encontraría abocado a la refacción de esa casa, me subí al auto y fui a visitarlo. Estaba tomando unos mates sentado en la puerta y su gesto al verme llegar fue como si me hubiera estado esperando.

Tenía la yerbera al lado de una radio en donde pasaban los mensajes de las viejas que se han quedado solas y no tienen otra cosa que hacer que llamar. Una vez más pensé en la necesidad de testigos de nuestra vida y en el anonimato en que mueren las personas. Entonces Bustamante me miró a los ojos y me contó que uno de sus hijos había caído preso, que lo del negocito había sido puro choreo y que él no quería oír siquiera de ir a visitarlo, que para él había muerto. Sus palabras me sacudieron. Me contó los pormenores, mientras repetía -Será posible, la puta madre que lo parió.

-Una cosa así le quita a uno las ganas de vivir, hijo, me entiende?

Me decía que a través de los hijos las personas se funden con la existencia, que así comenzamos a formar parte de ese gran grupo que llamamos la humanidad, y que, a su edad, la contemplación de la caída de sus hijos era la prueba de un error que recorría cada uno de los instantes de su vida. Y que todo se podía ir bien al carajo. Bustamante guardaba detrás de sus palabras una solidez y una capacidad de discernimiento arrolladoras. Era sabio el viejo, y no fue otra cosa que su alto poder de análisis y abstracción lo que lo asfixiaba, él era consciente de todo y ese todo le producía asco.

Las paredes de su casa eran los frescos que ilustraban una vida entre tornos, máquinas de cortar pasto y brochas. El viejo esa tarde sólo pudo decirme que ya no quería vivir más, y en vano quise hablarle de lo que estábamos armando en el laburo, de las nuevas oportunidades que aparecerían, él ya no podía escucharme y me decía que tenga cuidado, que no me metiera en la mala. No hubo anécdotas de juventud ni relatos de la remota bonanza de ese país donde, en sus palabras, hoy se había vuelto todo patas para arriba.

-Me entiende, m’hijo?

Salí de su casa con la desesperación que libera la impotencia y pensé en la ecuación de una vida que se diluye entre los esfuerzos de llegar a fin de mes para acabarse deseando el final.

4

Seguí viendo a Bustamante todas las semanas hasta la tarde de su muerte. Mientras tanto, las entrevistas con los postulantes nos ocupaban mañanas y tardes, teniendo que tomar personal extra para dar abasto a la esperanzada demanda de un sinnúmero de desempleados que nos dejaban sus currículums como notas de socorro tiradas en un océano a donde irían a perderse.

A través de aquellas conversaciones, yo constataba con exactitud la putrefacción en que vivía el viejo, la pútrida existencia de esos seres sin esperanza, y cuyo porvenir ya se los había engullido. Bustamante me contaba de sus inaccesibles empleadores, de las extensas semanas en donde no conseguía una changa con la que lograr un plato de comida y siempre repetía que cuando los hijos se van, pierden aquello que podría llamarse memoria. No volvió a mencionar a aquel que se iba a poner el negocito ni a los demás, parecía como si de repente el viejo nunca hubiese dejado simiente. -La única familia con la que uno puede contar son los vecinos, m’hijo, que son los que te prestan una taza de azúcar, me decía, y era como si fuera cayendo junto al revoque de esas paredes.

En cada visita yo carecía más de respuestas, y quizás por el mismo asco del que él me hablaba, ya ni atinaba a responder con las fórmulas de cortesía.

El martes que murió fue a la oficina a anular la solicitud de inclusión en nuestro programa de empleo. Era el primero al que le habíamos conseguido entrevistas, pero el viejo había decidido que ya era suficiente, que no había otra vuelta. Después de decírselo a nuestra secretaria, pasó por mi oficina y me agradeció, tenía en la cara marcados como nunca los azotes de su existencia pero sonreía diciéndome que gracias, pero que no había hecho falta, que después de todo ya no estaba para entrar a laburar como empleado permanente de nadie, que no soportaba a los jefes y que haciendo changas, nunca tenía que soportar más de uno o dos meses a ninguno. Una vez más intenté argumentar a favor de las oportunidades que podría conseguir, seguramente haciendo evidente mi desesperación por no perderlo, una vez más lo intenté y di mi cara contra la solidez de sus razonamientos. No hubo caso, y mi iniciativa perdía inexorablemente a quien era el motivo que le daba fundamento.


Cuando llegó a su casa en su bicicleta, le pareció que habían estado pisándole los pasos, pero sabía que no tenía ningún sentido la sensación de que alguien hubiera podido estar siguiéndolo. Comió algo y se desplomó en la cama a dormir la siesta envuelto en la humedad, que hacía del calor una tortura viscosa en toda su piel.

Aún dormía cuando el asesino entró a la habitación con el cuchillo en la mano, registrando minuciosamente la ebullición de los mosaicos, la disposición de los muebles desvencijados. Conocía los hábitos del viejo, la rutina que regía los momentos de sus días, y por eso sabía que podría obrar sin obstáculos que amenazaran su faena.

Se le acercó silencioso, mirándolo, examinándolo detenidamente para elegir el lugar exacto por donde le hundiría el cuchillo con el que le regalaría la muerte que el viejo deseaba. La ventana de la habitación estaba medio abierta pero eso no le preocupó, sabía que a esa hora ni los perros andaban por los techos. La luz que entraba le daba un aspecto indefenso al viejo y el asesino sintió una mezcla de pena y ternura, de repente Bustamante parecía un niño, y no lograba quitar de sus ojos esa imagen, preguntándose qué había sido de aquel niño, cómo había sido que moriría por sus manos en esta siesta asfixiante.

Más de media hora estuvieron en la misma habitación, el viejo dormido como un niño y el asesino sentado en una silla, soportando el calor, sintiendo cómo el sudor le ganaba el cuerpo y le pegaba la ropa, la experiencia primitiva del clima implacable sobre la carne y los huesos. El viejo respiraba como una usina silenciosa, y las gotas le rodaban por su cara. El asesino imaginó alguna lejana siesta de verano en donde Bustamante habría disfrutado de un río junto a sus hermanos, y las gotas de transpiración que rodaban por la cara del viejo se le aparecieron como las que volaban en ese río cuando de niño daba saltos y se sumergía.

Caminó dos pasos y se arrodilló al lado de la cama, quedando al frente del viejo, que dormía la última siesta de toda esa vida. Acercó su cara y sintió en la respiración, la brisa caliente del aire que el viejo soltaba por la boca. Lo miró fijamente por última vez y se dirigió al estómago, para elegir el lugar exacto en donde le avisaría que había llegado, que ya se acababa. Nunca había apuñalado a nadie, y se preguntó si la piel sería un material por donde el metal se clavaría fácilmente, o si la dureza le obligaría a ejercer mucha fuerza para lograrlo. Para no cometer errores, decidió proceder con fuerza, con mucha fuerza y toda la precisión de la que se creyó capaz. Entonces volvió a apretar el cuchillo - lo había tenido en la mano durante todo ese tiempo - y en un movimiento rápido traspasó la piel apretando firmemente, clavándolo en el medio del estómago, hasta el mango.

El recorrido del cuchillo fue un rayo, pero el asesino sintió que pasaban en ello todos los acontecimientos de la vida del viejo, y de pronto vio la fábrica, los tornos, los cines, aquellas calles, las posibilidades que hubiera dado el fútbol, las máquinas de cortar el pasto, las casas que había levantado con sus manos, toda esa vida transitada bajo los eternos mandamientos del esfuerzo humano y cuyo camino llegaba ahora a su fin. Bustamante se despertó en una inhalación trunca y los ojos de los dos se encontraron en el silencio soporífero de esa siesta. Tenía ahogada su garganta y eso le impedía gritar, y sólo el gesto desesperado de sus ojos manifestaba su estremecimiento. Tuvo el impulso de la resistencia pero cuando supo lo que estaba sucediendo, su gesto de dolor y desesperación tranquilamente se fue pareciendo a un agradecimiento. Comenzó a boquear y habló por última vez para decir -Está bien m’hijo, no le afloje. Y su sangre me recorrió la mano, caliente, quemándome. Entonces nos miramos con amor, con un respeto que yo no conocía.

lunes 7 de febrero de 2011

La Ciudad de las Monjas · 15

transposición

Me decís
que ésta es la última vez
que no habrá otra
que ésta es la última vez que nos vamos a ver
me lo decís y de tus ojos grises
salen
como disparadas por un poderoso arco vengativo
las secas flechas de tu despedida
que se clavan en mis hombros indefensos
en mi cara en mis brazos en mi cuello en la pequeña superficie de mi pecho
en mi cara en mis brazos en mi cuello en la pequeña superficie de mi pecho donde antes se clavaron tus dientes tus labios
decís mi nombre y me abrazás
yo no puedo zafarme yo no quiero
librarme
de tu exterminio
me comunicás que nunca
que nunca más podré mirarte a las cinco de la mañana
cuando me despierte un sueño en el que sueño que duermo prendido de tu cuerpo
cuando me despierte de ese sueño y tu cara tranquila tu gesto de paz
estén a centímetros de mis ojos
tu paz impregnando mi pequeña mi mezquina humanidad
me informás
con la tranquilidad del torero con la exactitud del cirujano
que jamás volveré a dormir entre tus brazos
me buscás el cuerpo y me clavás los cuchillos oxidados ásperos de tu decisión.
Yo no puedo
aunque lo deseo y lo busco con los escasos recursos que poseo
torcer tu determinación
mientras de fondo escucho la aprobación de un jurado
que me dice que nos dice que afirma en público la justicia
de tu condena
yo intento sobreponerme y amarte
entonces recuerdo las estrategias con que tantas veces te doblegué
pensando que esta vez volveré a lograrlo.
Todavía no lo sé
aún
no llego a advertirlo
pero vos me estás venciendo
me besás una vez más en mi cara en mis brazos en mi cuello en la pequeña superficie de mi pecho
y me quitás la poca ropa que todavía me cubre
nos revolcamos mientras yo pienso
que hacemos el amor
y te hablo
te digo que te amo
vos me mirás con esos ojos con los mismos con que una vez miré a mi víctima
y me decís -Te voy a extrañar.
Yo no quiero que me extrañes yo no quiero que me dejes
te lo digo y te lo pido -No me dejes.
Lo repito
una
y otra vez
y otra
mientras vos hacés tu magia con mi cuerpo.
Dentro de algunas horas
voy a despertar y voy a mirarte
tu cara va a estar tranquila tus gestos suficientes perfectos tranquilos.
Cuando vos despiertes
vas a decirme
que alguien
que alguien tenía que traer el equilibrio que alguien tenía que hacer la justicia.
No me había dado cuenta, pero hacía tiempo que yo estaba
en la mira de mi propio objetivo.

viernes 28 de enero de 2011

La Ciudad de las Monjas · 14



tus treguas


-Hay una manera de relacionarse, Tomás, que no implica necesariamente estos ataques.

Consuelo me sugiere una tregua, un nuevo código para comunicarnos del que sólo conservo recuerdos borrosos de una época enterrada bajo los escombros del presente. Repentinamente ella construye una ilusión en el aire con la pedagogía de un afecto que anhelo.

Hace tres horas que estamos sentados en su balcón, son las cuatro de la mañana y ella ya tomó una decisión.

-Me voy a dormir. Te quedás?

***

Toda la felicidad que los hombres buscan está en tu espalda, Consuelo, en el diminuto espacio entre tus hombros que yo intento conquistar con mis ansias. Vos me pedís que no moleste, que te querés dormir, que estás cansada. Que dentro de algunas horas tendrás que despertarte, que hay que trabajar.

Yo no quiero ir a trabajar, vos lo sabés pero insistís en tu personaje, ése que me conduce y me enseña. Me quiero quedar entre tus piernas toda la mañana, yo me quiero quedar a vivir en tu pecho hasta que pasen las dos semanas que - según dicen - duran mis enamoramientos más feroces.

Me decís que no te moleste, que me saque la remera, que te abrace por detrás. Me hablás con tu voz que llena el aire y te dormís. Yo quiero acatar tus pautas pero vos todavía no conocés mi enorme incapacidad por respetar tu voluntad. Me debato entonces en mi interior, diciéndome que debo obedecerte, pero la ficción que me construyo a veces toma una magnitud colosal e imposible de controlar. Esta vez parece adquirir la forma de una ensoñación y sin darme cuenta me he olvidado de todos tus pedidos y estás frente a mí, resistiéndote a mi boca, recordándome que sólo íbamos a dormir.

-Yo te voy a enseñar a dormir.

Tu voz me confirma aquel desvarío en el que pensé alguna vez encontrar la paz en tu existencia.

-No importa si no podés dormir con nadie más. Conmigo vas a aprender.

Entonces neutralizás mis intentos animales y te das a tu labor educadora, dándome vuelta, abrázándome, durmiéndome.

Soñé toda la noche con vos, soné toda la noche que dormía con vos, soné toda la noche que dormía con vos soñando precisamente que dormía con vos y me despertaba al lado tuyo, adentro de tu abrazo. Pero me desperté solo, en tu cama, mirando el cielo que entraba enorme por tu ventana, por tu balcón. Pensé que te habías ido y me levanté nervioso y desorientado como un perro que se ha perdido y busca a sus dueños. Me vestí con la rapidez de los amantes que quieren escapar y vos desde el baño me saludaste, preguntándome cómo había dormido.

Yo corrí a vos para besarte, pero cuando te vi no pude verme, no pude verme a mí mismo en cada mañana en la que me despierto con cualquier desgraciada, no pude ver el rechazo, la realidad, el fin de la ficción, yo seguía en la película. Quise saludarte con las formas del amor pero vos tenías apuro y terminaste de vestirte.

-Estoy llegando tardísimo a trabajar, alzá tus cosas que tenemos que volar.

No pude escuchar en tus palabras mi propia voz, con la que tantas veces repetí ese discurso diplomático para escapar de esas realidades irreales, de esas nauseas que me encierran y me enferman. Te pedí un beso con la indefensión propia de mi víctima y me lo diste con mi gesto de escape. No pude advertir, en ese momento, el cambio en los roles, la transposición que me ubicaba en la mira de mi propio objetivo.

***

-¿Cómo va tu mañana? ¿Estás muy cansada?

-No me molestes.


Una tregua es necesaria, una tregua donde descansar de tanta devastación.

viernes 14 de enero de 2011

La Ciudad de las Monjas · 13



tus ataques


Mi amigo me dice que se ha pasado con vos todo el sábado, que lo ha pasado tan bien, y yo quiero tanto a mi amigo y tantas son las ganas que me mueven hacia a tu humanidad, que luego de prometerle no llamarte, sabía que me estabas generando un dilema.

Me dice que sos linda y que sos maravillosa, que sos inteligente, ácida, que sos aguda. Yo no había hablado nunca con vos y a eso ya lo sabía, pero no te voy a pedir que seas inteligente ni aguda ni maravillosa ni brillante.
Y menos te voy a pedir
la descarada imbecilidad, la machista necesidad
de ser hermosa.

Lo que yo busco es un alivio a toda esta incansable sangría. Lo que yo quiero de vos, espero lo entiendas, no es tu risa ni tus gritos ni tus gestos animados. Ésos se los dejo a tus amantes, a tus amigos, a mi amigo, a los que te desean y a los demás que te poseen y que son poseídos por vos. Yo no quiero tu explosión maravillosa, no me importa, no necesito
que vos
me seduzcas.

A ver si ponemos las cosas en claro, Consuelo. Que lo que yo quiero de vos es que apagues un incendio. No que prendas otro.

Podés condenar - con toda razón - el egoísmo de mi impulso hacia vos, podés decirme que acudo a vos como a quien deba, por algún motivo que desconocés, curarme. Si es que hay algo aún que curar. Si es que hay algo enfermo. Si es que hay algo.

Mientras tanto yo voy a ingeniármelas para devorarte de a poco como un parásito, para desangelarte y comerte y vomitarte. Y dejarte tirada en alguna cuneta. Mientras tanto voy a buscar quitar de vos todo aquello que pensás te hace única y convertirte en una muñeca en serie más, en una más de las evidencias de un estándar. Vos vas a tener que estar con las antenas atentas porque no voy a tenerte piedad ni pienso descansar un momento. Y es que el mismo motivo que me hace no tenerte compasión es el motivo que me impulsa a buscar en vos una paz que me resulta esquiva. Por eso en dos semanas te voy a quitar el saludo y vamos a comenzar un triste período en donde te voy a llamar cada algunos meses sólo para coger. Si las cosas salen como planeo, vas a acceder, y cuando me vaya te vas a quedar hueca, fría, pálida, sin siquiera poder tiritar. Yo voy a salir de tu casa saciado y vacío, con más hambre, con más angustia, con más odio, con más asco,
sin detenerme ni un instante
en vos.

Me vas a escuchar decir las imbecilidades de siempre, vas a reírte a carcajadas y me vas a seguir la corriente. Vamos a tomar más vino, nos vamos a romper y luego vamos a esperar para ver qué pasa.

-¿No entendés, cabeza, que lo que yo quiero es sentarme?

Consuelo está esperando que yo diga algo más pero yo ya estoy, entonces se levanta y se va al baño, se lava la cara, las manos. Yo sigo sentado, hace más de dos horas que estamos sentados en su cocina y la mina me mira escarbándome, por momentos inquisidora, por momentos parece drogada y haberse olvidado acá su cuerpo porque su mente, lo aseguro, no está en esta cocina ni a palos. Es posible que se esté preguntando, en esos momentos, qué hace con este gil. Yo sí estoy acá, sentado, sin decir ni una palabra, creyendo que con esta conducta no le miento, comiéndome el viaje de que estoy siendo yo mismo ahí sentado nomás, creyéndome que no sé qué carajo nos une y que, no sé cómo mierda, ella me está dando una paz cuya magnitud se mide en los términos de nuestra vitalidad, sólo por estar sentada a unos metros de donde yo estoy, también sentado en una silla frágil como los delirios.

Vibra mi celular. Belén. No se banca los domingos cuando el marido no está.

-Andate a la mierda.

Mi respuesta sale como un tiro, empapada en indiferencia. Ella me responde, a su vez, tratándome de pajero y de negro. Ok, no es la primera que me lo dice (pareciera que todas las imbéciles con las que me cruzo no tienen otra manera de insultarme). No va a ser la última. Y está bien, porque me parece una caracterización honesta y precisa. Las chicas bien dicen negro, y es al vicio entrar en la discusión, ellas ya saben todo.

-Qué negro pajero sos, no?

No le vuelvo a contestar: si insisto con mi sinceridad, dentro de algunas semanas, cuando ande en la mala, no me va a atender el teléfono.

Consuelo me pregunta quién es y yo le acerco mi teléfono sin decir palabra, pero ella se queda mirándome como si nada. No me lo recibe y me quedo con el brazo estirado, con el celular en la mano, como esos chicos que reparten estampitas y se quedan esperando que alguien les de una moneda. Igual que a los chicos, a mí no me dieron nada. Quisiera hablarle de Albertina, y de cómo, desde que la conozco (a Albertina, no a Consuelo) me enamoro una vez por semana de distintas mujeres. No hace falta encamarme para enamorarme. Y a vos, Consuelo, no te había hecho falta conocerme. Yo ya estaba entregado. A veces me pregunto si el hecho de que me hayas gustado por Twitter me hace más alzado. Tal vez si me hubiese comido la ficción a través del Facebook hubiese sido más digno, no? Me levantaste con dos tweets, todo lo demás estuvo de más, fue al pedo.

Te llegan mensajes de texto de todos tus chongos y vos pensás que eso provoca en mí algún género de incomodidad, pero lo que vos no entendés es que yo no quiero de vos la propiedad, y en todo caso me aburre tu intento por interesarme, cuando no te das cuenta todavía de que ya me tenés con vos, entregado como un perro. Me río de costado y te lo digo, tonta, que eso no te hace falta, que les contestes lo que se te ocurra, lo que quieras, que cada uno de esos tipos quiere cogerte porque sos perfecta, que cada uno de ellos si pudiese se pincharía el forro para embarazarte y así no despegarse jamás de vos (o intentarlo de esa pobre manera). Entonces te digo que yo no quiero cogerte porque seas perfecta, que lo que me tiene sentado en tu cocina todas estas horas es tu abrazo, que no tiene nada que ver con vos. De vos, desde que te conocí hace cuatro horas, sólo sé que no te das cuenta cuando tenés a un tipo en bandeja. Sólo te das cuenta con todos los que te escriben, porque es evidente, y los que te pajerean por las redes sociales, porque son más evidentes aún. Te digo que seguro cuando te dejan mensajes, te están dedicando alguna paja clandestina. Te cagás de risa y yo no me doy cuenta si en verdad te causa gracia o si lo hacés para seguirme el paso. Yo no me quedo porque seas perfecta, estúpida, me quedo por tu humanidad. Estás gritando lo mismo que yo, pero tus seguidores sólo piensan en lo genial que sos, en lo cool que sos, en todos los polvos impiadosos que te clavarían.

No es que no quiera revolcarme con vos, con gusto lo voy a hacer, pero no es el caso.

El caso es
que de vos no me atraen tus atracciones
si no
el río tranquilo en el que das cauce a tus ataques
cuando aún no te das cuenta de que ya ganaste.

martes 11 de enero de 2011

La Ciudad de las Monjas · 12


Carnicería

Me decís que si me levanto de esta silla, nunca, nunca, NUNCA MÁS me vas a atender el teléfono. Qué pena, no? Me lo decís amenazándome, poniéndome tus ojos sobre algo que a vos te parece que deba ser un corazón o ese tipo de ocurrencias en las que creen las personas como vos. Hablás y en tu casa suena de fondo el doblaje del personaje de Hugh Grant en la película que vos pensabas daría comienzo a nuestro plan de domingo. Sandra Bullock está tremenda, nena, vos no. Te digo que me voy, que no soporto un domingo a la tarde con vos, y que es extraño que quieras montar una escenografía que sabés nos sienta ajena.

Me decís que si me levanto de esta silla, nunca, nunca, NUNCA MÁS me vas a atender el teléfono. Yo comienzo a pensar que cuando vuelva a mi oficina voy a utilizar toda tu miseria para llenar de caracteres mi columna de los martes que hace tres semanas no envío a mi editora, que ya desistió de recordármelo.

Sólo me quedo un rato más para verte y grabarte en mi memoria de corto plazo, para recordar cada línea de furia y derrota y sed de venganza y desasosiego e impotencia que cruza por tu cara, para recordar el rojo de tus ojos que comienza a invadirte hasta pintarte los cachetes y la frente. Recorro con mi scanner cada gesto de tu estúpido sufrimiento sólo para llenar dos páginas y registro tu voz como un sonidista en un concierto y voy identificando aquello que me irrita tanto cuando hablás: tu voz es una mierda, flaca, una mierda. Deberían venir cirugías para la voz, vos la necesitás como el aire, flaca.

Te miro mientras la caspa de tu pelo parece llenarte de una sucia nieve triste los hombros de tu estridente remera y permito que sigas hablando como si yo fuera un periodista esperando por una primicia, por una palabra para la tapa del diario. Vos pensás que estoy reconsiderando tus palabras, que estoy pensándolo dos veces, que tu amenaza me hace dudar, pero yo voy tomando nota en mi memoria de tus movimientos, digiriéndote, sintiendo cómo recorrés mi organismo, cómo toda tu vencida carne es desintegrada por mis órganos y advierto que me vas llenando de un pesado hedor inmundo que parece querer quedarse en mi interior, pero yo te voy a cagar, idiota, te voy a vomitar y volverás a ser los deshechos que sos ahora pero en una forma más propia, más acabada y real.

Me dispongo, entonces, a descomponerte.

***

Una vieja. Una imbécil. Una cheta. Una enferma mental.

Imaginemos la voz de cada una de ellas. Rastreemos en nuestra reserva mental de representaciones hasta encontrar el tipo perfecto, la representación acabada de cada una de estas mujeres que acabamos de enumerar. Cuando hayamos logrado escuchar la voz de cada una de ellas por separado, juntémoslas. Se va a formar una espesa masa sonora cuyo producto no será una voz distinta que amalgame a las cuatro. No, será más bien una voz cuyo escandaloso timbre representará fielmente a una imbécil, a una enferma mental, a una vieja y a una cheta.

-Dale, sacame el pantalón… dale…

Encima se la tira de porno la pelotuda esta, por lo menos estamos a oscuras, piensa Tomás mientras las palabras salen de esa boca cual un líquido viscoso como el esperma, como la diarrea. Pero tiene que escucharla. La infeliz con la que dará un triste final a esta noche tiene, en su voz, la representación indiscutida de esas cuatro mujeres. ¿Es que una imbécil tiene una voz, un timbre, una entonación distintos a las demás mujeres? Podría ser, supongamos que sí, encontremos una representación típica de cada una de ellas.

Tomás, obediente, le saca el pantalón. Y, obsecuente, se lo saca bajo los mismos códigos en los que ella le habla, le sugiere, le susurra, le ruega que se lo saque. Le va sacando el pantalón en una grotesca actuación donde quiere mentirle que la desea, pero que no se los puede quitar tan fácil por el violento atolondramiento que le provoca la excitación. Su actuación es pobre, pero la chica de la voz espantosa compra, ilusionada de que al fin un hombre la desea, de que finalmente alguien está perdiendo los estribos bajo el yugo de su atracción. Una película, todos nos comemos una ficción.

Por fin están desnudos y ella comienza con que sí, con que no, con que no puedo, con que qué onda, con que recién nos conocemos.

Están en el piso del único ambiente del departamento de ella y Tomás no soporta una vuelta más. Insiste en su actuación pero la jovencita no ayuda ni un poco, pretendiendo torpemente un adolescente histeriqueo que torna aún más grotesca y ajena la terrible puesta en escena. Se levanta, entonces, con una excitación que de tanto impostar se le ha vuelto real, metiéndosele por dentro de su piel, pero aún con ello no alcanza para motivarlo frente a las estrategias misteriosas de su ocasional compañera. Se viste con tranquilidad, con una paz que los arranca en todo de la reciente agitación, dejando en evidencia su intención de salir de ese espacio opaco, pleno de aburrimiento, incapaz de interesarlo. Termina de vestirse y para cuando lo hace, se acerca a saludarla y ella parece, ahora sí, dispuesta.

Pero hay excitaciones que duran lo que un pedo en un canasto.

Se sienta para ponerse sus zapatillas que tanto adora y se queda mirándola como un forense que analiza el espectáculo atroz del cuerpo ultrajado de una pobre chica que fue asesinada luego de que la violaran.

La muchacha gris sabe que esta noche, al igual que todas las otras, nadie va a acostarse con ella, que una vez más se va a despertar sola y encerrada en una existencia que pareciera no atraer la atención de nadie. La impotencia de pensar que si muriese, nadie advertiría su ausencia, retorna a su panorama y, desesperada, dispara su voz de espanto.

-Si te levantás de esa silla, nunca, nunca, NUNCA MÁS te voy a atender el teléfono, pajero de mierda hijo de mil puta.

Todos sabemos que un insulto de ese calibre no lograría motivar a nadie a quedarse a coger ni a dormir con ella, pero acá no se trata de sexo ni de la necesidad de dormir junto a una mujer. El canibalismo puede practicarse de diversas maneras, y Tomás sabe cuál es su adicción. Entonces, como un asesino incurable que acepta que es en vano luchar contra su instinto, vuelve a quitarse toda la ropa y se le echa encima con violencia.

De lo que pasó en ese momento sólo vamos a decir que si cogieron fue sólo porque ella soportó el desquite de Tomás sobre su imposibilidad de defenderse. Y que cuando Tomás sintió que se aproximaba al momento del orgasmo, supo que era momento de terminar con la carnicería y no lo demoró ni un segundo. Luego de ello, sí, se vistió con tranquilidad y caminó hacia la puerta.

Detrás quedó un cuerpo sobre un colchón, y Tomás recordó al vagabundo a quien vio dormir algún tiempo atrás mientras caminaba sin rumbo y perdiendo aceite.

jueves 16 de diciembre de 2010

La Ciudad de las Monjas · 11

Genes

Es el miércoles 2 de agosto de 2006 y con mi viejo estamos apoyados en el alambrado. Él todavía conserva la esperanza de que yo me sume a su faena y que algún día voy a heredar un imperio. Y que voy a hacerlo inmenso.

Hace algunas semanas compramos este pedazo de campo que está pegado al nuestro. De a poco vamos siendo menos los que quedamos. De a poco van siendo cada vez menos los que tienen chacritas chicas, extensiones pequeñas de campo.

Mi viejo me va explicando cómo es que se viene dando todo eso, que Berto tarde o temprano también tendrá que vendernos, pero que va a ser el último en irse, y que nos va a hacer renegar, que vamos a tener que ser pacientes y esperarlo. Me habla de todo aquello y en un instante se frena y parece rescatar de su memoria un recuerdo que le obliga una sonrisa. Es el momento en que están comenzando a enterrar la casa. En este campito había dos casas, una la hemos modificado y la hemos dejado para que funcione como un silo, ahí vamos a poner la semilla que aún esté demasiado húmeda. La otra casa no nos sirve y además estorba, así que la hemos volteado y los muchachos ya comienzan a enterrarla en el pozo que hicimos precisamente para eso.

-Las veces que acá habrá saltado el alambre tu abuelo.

Se le atraganta una carcajada y lo acompaño. Pregunto que cómo, que cuándo, que con quién, que si venía acá con alguna mujer o si venía por la mujer de Rulo, el viejo que nos ha vendido el campo. Lo azuzo con mis preguntas y mi papá comienza a relatarme, una vez más, los destrozos que causaba mi abuelo en las camas ajenas.

Vemos la montaña de escombros que empuja la topadora y va cayendo en el pozo y los dos nos imaginamos esos escombros acomodados como hasta esta mañana pero hace cuarenta, cincuenta años, acomodados en forma de una casa en donde el padre de mi padre se inmiscuía por las tardes, en aquella década en la que él mismo hizo estos caminos, en la que decir Vialidad y decir su nombre era nombrar lo mismo, esos años en los que testeó a todas y cada una de las mujeres en doscientos kilómetros a la redonda, cuando era dueño de un imperio que regía con un cetro azul como sus dos ojos. Me cuenta mi viejo que en esos años su papá pasaba algunas tardes con esa mujer y que años después lo mismo hizo con su hija; y los dos nos cagamos de risa apoyados en el alambre.

De mi abuelo se dicen dos cosas.
Que era un hombre trabajador.
Que no le perdonaba la vida a ninguna.

Todavía hoy, cuando lo llevo a la neuróloga, a sus más de ochenta y cuatro años, el viejo clava sus dos ojos azules en los ojos marrones de la doctora y le pregunta - en estos días donde por ahí se olvida de los detalles más gruesos - si mañana no podrá venir a jugar al naipe, y de esa propuesta aparentemente inocente le dispara enseguida y en seco, la pregunta: si ella tiene alguna pierna para dormir por la noche, diciéndole que él ya no y que eso es cosa muy triste.

La doctora no sabe que él se lo está diciendo en serio, y se ríe y le contesta como si el viejo fuera un bebé, y yo pienso entonces en la calamidad de que algún día seré yo, inexorablemente, a quien no tomen en serio.

De mi padre y de mí se dice que heredamos cada uno, un atributo de mi abuelo.
Mi padre es un hombre trabajador.
A mí el padre de mi padre me ha predicado con el ejemplo. Y el padre de mi madre con la palabra.

-Si se le ofrece una hembra, no perdone m’hijo, que después ya no le funciona más la mandolina y se arrepiente de cuando pudo y no quiso.

Un día pregunté por la madre de mi padre, que cómo es que todos hoy saben, si todos no sabían ya en aquellos años. Nuestra familia es así, me dijeron. Las mujeres no trabajan. Los hombres sí. Y de algunas cosas simplemente no se habla.

Otro día, poco más de dos años después de aquella tarde en la que, apoyados en el alambre, mirábamos con mi viejo cómo enterraban una de las incontables casas donde mi abuelo entraba a desatar el vendaval, mi abuelo me relató la pena que le provocaba no poder hoy ser el de antes. Y me dijo ese día, como le dice hoy a su neuróloga, que es triste no tener una pierna para dormir, que eso es cosa fea, horrible. Terminó su queja diciéndome, en un gesto en donde sus palabras tomaron la forma exacta de un ruego y hacia el final de una orden, que no desperdicie estos años, que llegar a viejo es muy feo. Y que mientras pueda, le baje la caña a la que se me ponga en frente.

Nunca pensé con seriedad si este mandato familiar alguna vez me condicionó. Yo fui el primer varón de mi generación. Habían nacido ya, de mis otros tíos, seis Marías más mi hermana (que por no haberse llamado María a mi madre quisieron quemar como a Juana de Arco), pero no venía ningún varón. Entonces nací yo. Y después de mí siguieron naciendo Marías en las casas de mis tíos, hasta que dieciséis años más tarde nació mi hermano, el segundo y último de los hombres de nuestra generación.

Nunca pensé si aquel mandato familiar se me había metido en los huesos, en la carne, en la piel. Nunca voy a poder comprobarlo con exactitud. Pero someterme a la penosa experiencia de dormir con vos, Juliana, me recuerda con claridad las palabras de mi abuelo, que dormir solo es horrible y que los hombres de mi familia lo sufrimos más que los otros. Cada noche que llego a tu casa, sucio, hastiado, con frío, solo, siento sobre mi espalda como una carga esos dieciséis años de aquella educación que no me suelta y te miro la cara, imperfecta, derrotada, incolora, y te escucho la voz opaca, cortada y sumisa, devastada.

Hace dos horas que nos despertamos y sigo en tu cama pero vos no estás, vos ya te fuiste a trabajar y me dejaste el desayuno en el comedor. La vista desde tu ventanal me recuerda a la inmensa extensión de las chacras. Me hiciste una lágrima, tostadas, me exprimiste dos naranjas, me dejaste el yogurt que me gusta en la heladera, dulces, frutas. No voy a probar nada, Ju, voy a terminar de escribir sentado en tu cama inmensa y voy a salir por esa puerta. A la noche, cuando vuelvas, vas a ver que está todo como lo dejaste, que anoche dormiste sola, que le preparaste el desayuno a una ridícula alucinación.

martes 14 de diciembre de 2010

La Ciudad de las Monjas · 10




Como un niño que se justifica luego de una pelea, diciendo que su adversario fue quien empezó, así me encontré una noche diciéndole a Juliana que nada podía esperar de mí. Ella escuchó mis razones con dignidad, con el decoro que aún se mataba por conservar, de frente y mirándome a los ojos. Todavía en pie.

Si me vieras, Belén, dándole las mismas razones a cada una de las mujeres en las que intento siempre en vano encontrarte. Tanto tiempo después, inevitablemente esas fueron las mismas razones que te di a vos aquella noche sobre el parquet mojado de esa habitación de alquiler. Si vos pudieses ver, Belén, lo que causaste. Y no es que intente ahora también justificar tanto daño, no es que intente salir sobreseído en el juicio que cada una de ellas me quiere realizar. No me justifico, es sólo que tal vez quisiera que me veas aún hoy cuando sé que no me importa si me ves o no, si estás bien o si te duele una pena oscura, si sos o dejaste de ser aquella cuyos ojos me sometían a voluntad. A veces pienso, Belén, lo importante que es un hogar, y te insulto, primero en voz baja, con aparente vergüenza. Después, cuando ya me tomé al menos una botella de vino, junto coraje y te puteo a los gritos, con voz de hombre, con voz de trueno, honda, profunda, con una voz que lleva consigo, en su evanescencia, todo el negro silencio de muerte que me regalaste a la fuerza durante aquella época.

Lo importante que es un hogar, Belén, te das cuenta?

Te suena? (Hija de mil puta)

Me enamoré mil veces desde aquella aniquilación, querida, y mil veces el órgano ese que nos provee de eso que es cursi se me quedó sin batería, como un celular al que se le quemó la batería. La cargo, Belén, toda la noche hasta que se llena, lo corroboro. Pero se agota enseguida.

Y salgo a buscarte entonces, una vez más como un boludo.

Me enredé con todas las jovencitas que ahora mezclo y combino bajo el nombre de Juliana. Me enamoré repentinamente de Albertina, y un año atrás de Abril, y hace unos días de Lucía, y anteayer de otra a la que no vamos a dar entidad acá, y siempre me quedo sin batería.

Mi editora me dice, y con razón, que los personajes están haciendo una ensalada indescifrable. Y las señoritas que me leían me han abandonado. Yo querría decirles, Belén, que hablen con vos, como cuando me portaba mal en la escuela, que llamaban a mi mamá y ella acudía avergonzada. Quisiera yo que vos vengas a explicarles, pero vos no entendés nada, vos estás en otra, con tu hijo que llora desde su habitación, con tu marido que juega al fútbol los sábados a la tarde mientras vos y yo cogemos como dos aburridos monótonos monos tristes y grises bajo la ducha. Vos no podrías decirles nada, Belén, porque todavía creés que te amo, y yo no te puedo amar, imbécil, a ver si te queda claro.

Te cuento que en este preciso momento Flor está sentada a unos metros de mi humanidad que te escribe esta bruta carta. Flor es más linda, mucho más linda que vos, coge diez mil veces mejor que vos, y ahora me mira con una ternura que tus ojos no son capaces de irradiar, y me pregunta sobre qué carajo estoy escribiendo. Yo le digo que un cuento, que un cuento que voy a mandar a la otra revista donde también me aceptan las barbaridades que se me ocurren, le digo que estoy escribiendo sobre un viejo que va en una bicicleta tirando de un carro lleno de alambres y basura. Esa respuesta la satisface y vuelve a la lectura. No le quiero mentir, Belén, pero a vos qué te parece? No hace falta que le diga esta verdad, tenés razón cuando me decís que a veces es mejor callarse.

Anoche dormí con ella, sabés? Y no soñé con vos. Soné con todas las jovencitas que son Juliana, soñé que cogía con cada una de ellas, y en otro momento del sueño estaban todas juntas en una cama inmensa y desvencijada donde corríamos una interminable carrera desesperada. Podría mentirte y decirte que vos estabas ahí, fuera de la cama, mirando desde afuera, histérica, impotente, comprobando que me perdiste. Pero ni eso, ni ahí estabas. El sueño hizo que me despertara con una excitación impostergable y tuvimos que desayunar como a las tres de la tarde, sabés? A las tres, cuando ya no podíamos seguir si no ingeríamos algo que nos permitiese continuar. Ahora estamos tirados en los sillones del living, esos donde a vos te gustaba tirarte a decirme tus desvaríos más delirantes. Yo le presté un libro así se entretiene mientras yo te digo esta verdad, y parecemos cada uno el hogar del otro, pero ni a palos, porque yo soy un triste nómada primitivo y sin paz, un pajero, un animal.

Te preguntaría cómo estás pero no me interesa. Por mi parte, esta noche me voy a internar en un telo de los de la Trejo con alguna de mis compañeras, con cualquiera que se banque que yo mire el porno mientras conversamos en la cama, o que mire Sportcenter después de coger. Espero que no te moleste, pero le voy a contar que vos no te bancabas mirar Venus ni ESPN en los telos, que vos no me dejabas prender la tele, pero que una vez te colgaste mirando un documental sobre la dictadura mientras yo tenía unas ganas de ponerla que no podía respirar.

Culpa tuya mi editora me va a cagar a puteadas, Belén. Y ya te lo dije, la flaca tiene razón, estoy escribiendo como el culo. Y qué le vamos a hacer? Si en vez de leer cuentos o novelas, lo único que hago en mis horarios libres del laburo es perder aceite y ponerla con la que se prenda. Algunas de ellas dicen cualquiera, que todo tipo de relación está cagada de antemano por tu culpa. Yo me río y les digo que nada que ver, que se vayan a la mierda, que vos ya fuiste, y realmente me parece que es así, pero por ahí se me ocurre que algo tenés que ver. Y me entran unas ganas bárbaras de denunciarte.

Un hogar es importante, Belén, un hogar que absorba toda esta condenada presión sobre los hombros.

La Ciudad de las Monjas · 9

Caminata


Cuando dejó a Flor en su casa después de cenar en el cuchitril donde Edgar David Sánchez le dijo que ella no era nadie y que nada tenía que ver con él, cuando la tiró del auto después de aquello, sin haberla besado, sin haber rozado siquiera sus manos o sus tetas, sin haberle mirado el culo ni una sola fugitiva vez, intuyó que algo de aquello había, que un germen de esa pérfida y lúgubre búsqueda era lo que lo movía y lo que se escondía detrás de cada una de sus decisiones, de cada uno de sus impulsos, de cada uno de los revolcones pornográficos y torpes que constituían su única actividad parecida al amor. Y es en la incapacidad de fingir los gestos del amor en donde comienza a sospechar que está buscando aquello que aborrece. La mira entrar y comienza a manejar con destino azaroso por las cercanías de la casa de Flor sin decidirse por llamarla y volver a ella o enviar señales a otros destinos cuyo cabello puede ser más corto o más claro, cuyo abrazo puede ser más o menos desesperado, más o menos desvalido, más o menos indefenso, pero nunca refugio, nunca hogar, nunca descanso. Tomás comienza a sospechar que algo de esto que nosotros podemos llamar hogar o refugio o descanso, que algo de todo esto está dentro de su comportamiento adolescente.

Deja el auto en frente del Paseo del Buen Pastor y comienza a caminar enviando mensajes de texto a diestra y siniestra, invitando a coger con sinceridad. Camina hacia Vélez Sársfield y entre Laprida y San Luís se encuentra con un vagabundo que duerme en el frente de un negocio. Siente que están conectados e imagina golpearlo repentina y ferozmente con una herramienta, con una llave inglesa o una enorme pico de loro o un considerable martillo. No lo seduce tanto la idea del martillo como sí las otras opciones. Se queda mirándolo mientras su imaginaria víctima duerme sin sospechar ni soñar que un pequeño joven burgués sueña, él sí, con un brutal asesinato que los tiene como protagonistas. Mientras está en cuclillas en medio de esta sangrienta vacilación, por detrás suyo pasa una pareja. Han salido del bowling que está en frente. Él es alto, morocho y flaco, ella es baja, pálida y gorda. Caminan abrazados y frenan en la parada del colectivo, en donde comienzan a besarse. A Tomás le parece sumamente graciosa la forma que adquiere el cuerpo del flaco al agacharse para besarla, produciéndole algo parecido a una joroba y dándole un aspecto desgarbado, lo que podemos pensar - nosotros, testigos textuales del momento - que le provoca alguna molestia, porque decide pararse en la calle, quedando ella en la vereda y equiparando un poco las alturas. Siguen besándose y ahora Tomás advierte que lo hacen con algo más de excitación. Su mente se divide entonces en el asesinato de un vagabundo y la putrefacción de la cercana parada del colectivo, pero el colectivo llega y lo devuelve a la soledad del vagabundo. La noche es cálida y él piensa cómo se habrá cagado de frío todo el invierno, le parece entonces que sería incluso un acto de amor el romperle la cabeza con la descomunal pico de loro, pero claro, no tiene ninguna herramienta a mano, y menos los huevos para un asesinato. Y todavía menos los huevos para un asesinato en plena calle. Entonces se para y vuelve a su caminata.

En Cañada sus ojos se encuentran con los de una flaca que camina en su misma dirección, pero al frente. Cada algunos metros se miran y a Tomás le parece que ella lo mira por miedo a que él la asalte, y algo de razón tiene, pues él quiere sacarle toda su ropa, sólo que no para llevársela con él sino para cogerla y luego devolvérsela. La flaca dobla en el boulevard San Juan y sube. Tomás dobla para el otro lado.

De todos los mensajes de texto que ha enviado llega la primera respuesta. Es Abril, que lo rechaza una vez más. Piensa que esa mina se puede ir bien a la puta madre que la re mil parió y le responde que todo bien, que descanse, mandándole un beso. Mandar un beso es una mierda, piensa ahora, y entonces vuelve a escribirle.

-Mandar un beso es una mierda, Abril, lo que yo quiero es darte uno, dos, mil.

-Andá a dormir, escribile a la minita nueva esa que te gusta. Chau.

Tomás piensa entonces que Abril siente celos de Albertina y con ello recupera un poco de aliento. Todo forma parte de una ficción, por supuesto, a ella no le interesan ni él ni Albertina, pero él elige creer en sus conjeturas. En momentos como éste su cabeza elabora las teorías más estúpidas e inconsistentes, las que no serían un problema de no ser por el pequeño pero significativo detalle de que generalmente él obra en consecuencia de ellas, realizando actos cuyo fundamento se encuentra en esas teorías. Piensa entonces que un hombre que se sienta en un bar a tomar una cerveza en soledad seguramente será atractivo a los ojos de la moza (no es necesario recordar aquí el atractivo del que son poseedoras las mozas de los bares, todas, ni es necesario, tampoco, detenernos en discutir el grado de estupidez del razonamiento de nuestro protagonista), quien a su vez seguramente estará cansada de los grupos de borrachines que se juntan y le destilan ejércitos de hormonas. Esta teoría lo posee como una iluminación y lo conduce.

Cuarenta minutos después tiene una botella vacía en la mesa, un litro de cerveza en el estómago y unas impías ganas de cagar que le recorren los intestinos. No ha cruzado palabra con la moza por fuera de lo estrictamente necesario para que ella le trajese la botella, y al parecer su situación no sólo no es atractiva para ella sino que ninguna otra mujer se ha detenido a hablar con él, interesada en lo que él considera una bohemia soledad.

Tomás olvida su inocente teoría y piensa en baños, en baños diferentes al del bar en donde desearía no tener que sentarse, pero son cosas que pasan y él no puede evitar. Ninguna respuesta - obviando la negativa de Abril - llega a su reciente batería de invitaciones carnales, entonces paga y vuelve a su caminata.

Un vagabundo es brutalmente asesinado. En los noticieros del mediodía no van a hacer otra cosa que hablar de eso.

martes 9 de noviembre de 2010

La Ciudad de las Monjas · 6, 7 y 8

6

Efectos colaterales


La última semana en la ciudad de las monjas no sucedió nada distinto a lo que ya he contado. Las personas seguimos buscando lo mismo que buscamos todos los días, cada hora, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos a dormir.

Tomás llegó al boliche una hora después de lo indicado, momento en que según la invitación, el lugar colmaría su capacidad y se pondría jodido entrar. Exacto. Debió esperar casi media hora y que salieran más de diez parejas directo a los telos cercanos, para que el guardia de seguridad de la puerta le permitiera abandonar su tortura congelante e ingresar.

Lo primero que vio cuando traspasó la puerta fue la nube en sus lentes, que se empañaron de repente ante el brutal cambio de temperatura. Adentro todos están sudados o borrachos, o las dos cosas. Sus compañeros y compañeras de laburo están todos juntos, bailando debajo de uno de los aparatos de aire acondicionado, cerca de una barra donde atienden dos tetonas. Tomás rápidamente busca a Albertina que ya debería estar ahí. Mueve la cabeza hacia todos lados pero no la ve. Saluda a cada uno con desinterés, sin mirarlos, revoleando sus ojos atolondradamente.

-No vino y no va a venir, así que pará de ser tan evidente.

Milagros le cuenta que Albertina no viene. Caen las acciones de Tomás. Ya compartió centenares de noches de alcohol con la gente de la fundación, son como una gran familia en la que él ha promovido incansablemente el más alegre de los incestos. Una familia feliz, pero en la que no hay mucho nuevo para hacer. Ella no va a venir. Y va a ser una noche de mierda, otra más.

-Dale tonto, vamos a comprar algo para tomar y después nos fumamos un pucho en el patio.

Un campari y un martini y a cagarse de frío otra vez.

-La concha de la lora, hoy a la tarde me dijo que venía!

-Después de que saliste a la reunión esa de la que dijiste que volvías pero nunca volviste, bueno, después de eso la llamó el novio, discutieron, y decidió cenar con él y quedarse en su casa.

Tomás pone cara de no entender, pide más datos.

-El pibe se da cuenta de que le estás tirando con todo, boludo. Sos el jefe de la mina y la llevás a todos los eventos donde te invitan, a todas las cenas, ¿qué te pensás, que el tipo es un pelotudo?

-Es la nueva encargada de nuestras relaciones institucionales, o no? Y sí, creo que es un pelotudo, ella me dijo.

-No podés parar de ser pajero vos, no? Bueno, el pibe te odia y estaba todo mal con que ella viniera esta noche.

No tiene caso que Tomás refunfuñe, Albertina no va a llegar y a esa altura seguro ya está durmiendo en la cama de Francisco. Se terminan los puchos y los tragos y vuelven adentro, donde Juliana está absolutamente ebria y baila pornográficamente con un gringo con pinta de nórdico.

-Qué onda Ju?

Germán confirma la amenaza. Pero Juliana está estúpida y perdidamente - pongamos el énfasis en la perdición - enamorada de Tomás, que utiliza eso a su favor cada cuatro o cinco meses, cuando se harta de coger con todo lo que se cruza por delante y se olvida el sabor que tiene ella entre sus piernas.

Por un extraño código medieval, Tomás y sus compañeros de trabajo no pueden aceptar que, cuando salen con el equipo de la oficina, cualquier hombre que no sea parte de ellos venga a levantarse a una de las ellas. Los ofende, les pincha el orgullo la sola posibilidad de que una de las minas con las que laburan se vaya a coger con otro. Germán le pide entonces que arregle este quilombo, que ponga las cosas en su lugar.

-El día que una muestre le hilacha, cagamos fuego. Todas las veces que salgamos, éstas terminan poniéndola con cualquiera menos con nosotros.

Tomás asiente resignado y se entrega a su deber.

Menos de tres minutos después Juliana está desprendiéndose de la poca dignidad que pudo acumular desde la última noche que pasó con él, cuando se quedó sin nada, hasta hoy. Ella le muerde la lengua en un gesto donde le grita su necesidad de él, donde intenta provocarle que comprenda su dolor, pero Tomás no lo entiende y sólo podrá interpretarlo en términos de su excitación, como aquellas primeras veces en que ella le mordió la lengua desnudándolo. Tomás no puede comprender su dolor, no quiere comprender su dolor, y en todo caso se caga en ese dolor. Alrededor de ellos dos, las demás mujeres de la oficina hablan todas entre sí, disimulando, odiándolo, compadeciéndose.

Albertina está durmiendo con Francisco, que a la tarde se cansó de coger con Celina. En el boliche, después de todo el reggaeton suena la Bersuit, coger no es amor / es mucho mejor. Tomás se lo canta roñosamente al oído y Juliana finge comprar, finge subirse a un carro que odia pero del que él no le permite bajar. Se van.

Llegan a la casa de él. Cogen. Tomás termina. La odia. Siente asco por ella. Ama como nunca a Albertina. Pide un taxi. Se va al baño. Vuelve. Llega el taxi. Sale Juliana con la pintura corrida, sin alma. Tomás vomita. Llora. Quiere correr a destruir la puerta del edificio donde vive el novio de Albertina, pero no sabe dónde es. No puede escribirle a ella, entonces manda mensajes de texto a otras desgraciadas, desesperado. Vuelve a vomitar. Vuelve a llorar. Y se duerme.

7

Dedicatoria


Tomás se encerró en el baño para no verla. Para no tener que mirar las imperfecciones en el cuerpo de Juliana, para no tener que ver el gesto de la resignación en sus ojos marrones, tristes, apagados, muertos. No quiso mirarla para no tener que hacerla humana una vez más, para no sentir el asco de la pena.

Mientras espera el taxi, Juliana llora y exagera cuando se suena la nariz y cuando se le dificulta la respiración y de repente le atacan los espasmos derivados del llanto. Tomás la escucha sentado en el inodoro, jugando al bowling en su teléfono celular, pensando que es al vicio hacer ruido con el agua del bidet, que no es necesario disimular su llanto: si ella lo exagera, al menos puede concederle el derecho de ser escuchada. Sale, entonces, y la enfrenta. La mira profunda, precisa, minuciosamente, como un veterinario que examina las heridas de un animal, y de repente piensa en el poder que puede ejercer una persona sobre otra, en cómo uno se entrega a otro aún a pesar de la voluntad de los dos, en cómo un incomprensible sentimiento somete y subyuga a un ser humano y la manera en que lo reduce a una torpe mueca de sí mismo.

Ella lo mira y en sus ojos él alcanza a ver dentro de sus pupilas el abismo de todo aquello. En ese hueco infinito Tomás ve, sin quererlo, toda la desolación en la que Juliana se debate cada vez que cogen y el asco es acaso el único puente que los conecta. Cosas que pasan, piensa una vez más. Le alcanza su ropa, ella comienza a vestirse y sus movimientos muestran cabalmente que una cosa es desnudarse el uno al otro llevados por la calentura de la excitación, y otra muy distinta es vestirse, cada uno por su lado, impulsados por la necesidad vital de separarse. Mientras lo hace, le pregunta qué onda, qué carajo hace todavía perdiendo aceite con ella, hasta cuándo, cuándo se va a cansar, cuándo la va a dejar tranquila, cuándo va a terminar con todo esto.

-Coger está bueno.

Coger está bueno. El impulso animal es un mandato no necesariamente implacable, no precisamente inexorable, es un mandato al que Tomás se entrega libre, felizmente, un mandato que él elige obedecer. Detengámonos entonces en el deterioro de una jovencita.

La primera vez que durmieron juntos, hace ya más de cuatro años, Tomás le obligó no enamorarse, le comunicó que estaba enamorado irremediablemente de otra mujer, y que por eso no podría quererla jamás. Aquella noche Juliana se burló de esas palabras que intentaron ser la celebración de un contrato. Y en ese momento comenzó una dialéctica que prometió ser intensa, atrayendo la atención de ambos, que jugaban a quererse y no quererse. Dos semanas después de aquella noche dormían juntos en la casa de uno u otro los siete días de la semana. Y seis semanas después ella le comunicó que no podía seguir jugando.

-Te enganchaste, sabés que eso no es parte del contrato.

-¿De qué contrato me hablás, demente de mierda?!

Juliana se descontroló y por primera vez Tomás vio en su rostro una lágrima. Involuntariamente le dio mucha gracia el gesto triste de esa cara y tuvo que hacer un esfuerzo importante para no reírse.

-Sabías que acá no había lugar para que ninguno de los dos se domesticara. Nos divertimos, la pasamos bien, y yo estoy enamorado de otra.

-Estás loco, sos un hijo de puta, pendejito de mierda, quién carajo me manda a meterme con un pajero como vos…

Tomás no le respondió, se dio vuelta y se durmió.

Luego de todos esos años, en la misma cama ella le pregunta hasta cuándo. Hasta cuando, las pelotas.

-Estoy enamorado de Albertina. Y necesitaba olvidarme de eso por lo menos diez minutos.

-Sos cualquiera, pendejo. Cualquiera. ¿Qué mierda tengo yo que ver con que ahora vos estés caliente con la minita nueva? ¿Para qué carajo me seguís cagando la vida, infeliz de cuarta?

La pintura corrida en su cara le da un leve aire a carapintada.

-En qué andará Aldo Rico?

-Sos un idiota, nene.

Y llega el taxi. Aún retumba el idiota cuando ella da un portazo y Tomás piensa que acaba de cogerse un carapintada, y se imaginó a Aldo Rico chupándole la pija. (sacar el último Y)

Todo esto le provoca un ataque de risa. Pero es horrible reírse en soledad, es espantoso el sonido de las carcajadas de alquien que ríe solo, y Tomás no puede evitar advertir esto y en un instante toda su alegría se muda en un vacío que comienza a abrir sus entrañas y estremece su respiración. Siente que se ahoga y que las paredes de su casa van a aplastarlo. Vomita. Le escribe entonces a Abril.

-Estoy enamorado de mi compañera de trabajo. Y necesito dormir con vos.

-Andá a clavarte una. La concha de tu hermana.

-Te jode si te la dedico?

8

Sánchez


El bar es un campamento de refugiados. Mesas de ajedrez, de naipes, de dados, para hombres solitarios que van a terminar cada uno de sus días a ese cuchitril ahogándose en cerveza, en vino, en juegos, en conversaciones interminables sobre problemas que los afectan y sobre los que nada pueden hacer. Una fraternidad de despojados que se hermanan en esa jodida y pestilente enfermedad que es no tener una compañía con la que compartir la miseria que significa precisamente su vida.

A mil vidas de distancia pasamos al frente buscando un lugar donde comer, un sitio diferente a todos los sitios en donde caemos todos los días. Le digo a Flor que ése es el lugar, que ahí nos vamos a meter, que seguramente ese bar tiene todavía la cocina abierta. Flor asiente, no porque esté de acuerdo. A ella le da igual.

Dejamos el auto al frente y nos abrimos paso entre las mesas de afuera, donde los hombres ríen y se entretienen en los juegos. Sólo una mesa alberga a un hombre en soledad, que al pasar a su lado me invita una cerveza. Lo miro y advierto que para él ya es suficiente. Le agradezco, pero le digo que no, que ya fue suficiente, que vuelva a su casa, que gracias. Su mirada tiene el aspecto de complacerme pero al mismo tiempo me dice que no, que nunca es suficiente, que los motivos que lo tienen enterrado en ese lugar no se ahogan con nada, que no hay bastante alcohol, que seguirá ahí. Flor ya se ha sentado y me dice que sí, que esa cocina no cierra nunca. Pedimos entonces unas milanesas con una tortilla de papa mientras me fumo un pucho. En esa pequeña mesa ella sabe que me tiene, que yo necesitaba esa mesa de manera sedienta. Hablamos de lo que nos deparó el día que se acaba, de cómo hemos vivido los días que pasaron desde la última vez que nos vimos, de cómo ha sido que ella me ha encontrado. En pocos movimientos Flor comprende cómo manejarme. Me pregunta entonces cómo están saliendo las cosas, cómo va mi trabajo, qué tal aquella minita que íbamos a sumar en la oficina y que había mencionado yo la noche en que nos conocimos, qué tal van esos cuentos que le contaba la última vez. Yo no sé si es porque a ella le interesa la naturaleza de mis cosas o si Flor lo hace porque esas cosas son mías. La escena barata me enternece y le cuento.

*****

Falta poco para terminar con la cena y el único hombre que no tenía compañía se acerca pero yo todavía no lo veo. Se levanta de su mesa con la botella en la mano, ya vacía, y camina en dirección a nosotros. Se sienta en la mesa que está detrás de mí y escucha lo que estamos conversando. Sé que ha venido hasta nosotros porque me toca el hombro. Me doy vuelta como un látigo. Sánchez tiene su cara exactamente pegada a mi cabeza, entonces quedamos frente a frente, con nuestros ojos clavados el par del uno en el par del otro, muy cerca, respirándonos. Me pregunta si quisiera yo conocer mi futuro, diciéndome que conoce el pasado, el presente y el futuro de todas las personas, y me pregunta de nuevo si quiero saber algo de mi futuro o de mi pasado. Yo amago con despreciar su invitación con cortesía, pero él me hipnotiza y le pregunto por su nombre.

-Édgar David Sánchez. Mi abuelo era brujo y me pasó el don, yo lo recibí de él. Por eso puedo saber todo de tu vida.

Me agarra el antebrazo con firmeza y siento en mi piel la aspereza de sus manos. Sus ojos me penetran filosa, ardientemente, como un hierro muy fino que se me clava, quemándome el pasado y todo mi presente.

Detrás de mí Flor juega con el tenedor y se pregunta qué es lo que pasa entre este borracho y yo. Flor no existe más, ha perdido entidad y lo sabe. No se molesta, sabe manejar los tiempos, sabe que ahora ella ya no es y sabe también que volverá a ser.

Sánchez me dice entonces, bajando el tono de su voz y acercándose todavía más a mi cara (puedo sentir el calor que sale de su boca, el calor y el olor del alcohol), que esta chica en mi mesa no será la mujer de mi vida. Le devuelvo un gesto que le dice que no ha descubierto nada inesperado, que el circo es demasiado para semejante obviedad.

-Vos estás buscando, sos como un animal que viaja porque donde vivía ya no hay más que comer, pero nunca encontrás de nuevo un lugar con comida, entonces viajás de lugar en lugar, creyendo que lo vas a encontrar en cualquiera de estas miserables, y no lo podés encontrar.

Se queda en silencio, yo estoy duro, absorto, conmovido, confundido.

-Sos como un mandril, como un puma, como un caníbal, querés comer todo el tiempo pero mientras más comés, más hambre tenés.

No digo nada. En sus rasgos aborígenes me pierdo y creo estar volando sobre imperios colosales que han sido brutalmente destruidos. Es como si a través de Sánchez me conectara con parte de todo aquello, o como si esa parte de aquel imperio me hablase a través de este hombre.

-Y eso te desespera.

Los huesos de sus pómulos parecen estar cortando su piel y los ojos rojos me auscultan, distinguiendo las capas que me constituyen como ser social de aquellas donde están los cimientos más primitivos, dejándolos al descubierto.

-Y esta chica que está ahí atrás tuyo no es nadie, no es nada, esta chica no tiene nada que ver con vos.

Se da vuelta y pide otra cerveza pero ya en el bar no quieren venderle. Me pide que le compre, pero es suficiente, Sánchez, hay que ir a dormir.

-Édgar David Sánchez. A su órdenes.

Entonces me aprieta la mano sin dejar de penetrarme con sus ojos y se vuelve a su mesa. Yo vuelvo a Flor.

-Qué quería?

-Decirme que vos no sos la mujer de mi vida, que vos no sos nadie, y que yo soy una especie de caníbal que mientras más como, más hambre tengo.

-Y a vos te encanta que te digan ese tipo de pelotudeces, no?

miércoles 6 de octubre de 2010

La Ciudad de las Monjas · 5



Coincidencia


A las nueve en punto sonó el despertador como un alarido histérico, cargado de realidad, y Francisco despertó enredado entre los brazos y las piernas de Celina.

No entiende bien qué es lo que le atrae de ella, pero sabe que un año y medio de relación es suficiente para aburrirlo. Se permite cinco minutos de fiaca mientras se va desenredando y camina al baño a lavarse la cara y los dientes, a mear y peinarse un poco. El piso está demasiado frío y piensa para sí que esta hija de puta podría tener aunque sea una estufa.

Se escucha a sí mismo murmurar

-A estos hippies de mierda les encanta vivir como el culo…

Nadie lo escucha. Se caga de frío y, ya vestido, se hace un café mirando a Celina, cuyo sueño se termina en medio de los ruidos que él hace con la tasa contra la mesa. Prende la radio, un tipo se acaba de ganar un par de entradas para el cine. Francisco la observa y siente aversión, piensa para sí que la flaca está muy para atrás, que se la cogió para cambiar el sabor nada más. Así las cosas, la mira y la primera sensación del día es, además del frío, una poderosa repugnancia. Una repugnancia que le va ganando el olfato y el gusto, la saliva, su piel, todo va haciéndose espeso y viscoso. Se termina el café e intenta salir apurado, a las diez entra a clases y en la facultad lo espera un día vital: el viernes fue elegido presidente del centro de estudiantes y todos lo esperan para felicitarlo. Tiene ansias por llegar a clases y recibir los aplausos y los abrazos de quienes lo apoyan, pero Celina se levanta decidida a provocar un faltazo.

A las once y media los vidrios empañados de la ventana del monoambiente delatan la cogida que se están pegando. Los abrazos pueden esperar, la adulación puede esperar, el sabor de la victoria puede esperar. El culo de Celina no, Francisco lo sabe y por eso lo recorre y lo liquida.

El reloj le marca las doce y diez y él apura el paso para no llegar tan tarde a otra de las clases de ese lunes. Imagina el recibimiento de sus compañeros, de sus amigos, y sonríe para sí justo en el preciso momento en que pasa por la puerta de una casona antigua donde todavía se desarrolla una reunión que comenzó a las nueve y media y cuya duración no debía tomar más de veinticinco o treinta minutos.

Pero todavía no termina. En esa casona, Tomás y Albertina aún conversan sobre lo difícil que se ha puesto conseguir financiación internacional desde que la crisis en Estados Unidos salpicó a todo el mundo y la cooperación para el desarrollo se fue a la mismísima mierda. La conversación no aporta muchos datos que desconozcan, pero cada uno de ellos continúa porque le conviene. Ella tiene que seguirle el impulso a él para ser contratada. Él tiene un solo impulso, y ese impulso lo mantiene conversando con ella.

A las cuatro de la tarde Francisco recibe un mensaje de texto que lo excita.

¿Vas a venir a terminar el laburito de esta mañana?

Qué mierda más quiere la flaca esta, se pregunta y su orgullo de haberla satisfecho hace su día completamente placentero. Está tomando cerveza con sus amigos en el bar de la facultad, festejando la gloria de haber ganado una elección, recibiendo los abrazos y las congratulaciones de los que pasan a su alrededor, incluso del pibe que vende La Luciérnaga en la facultad, que se acerca y se le echa encima compartiendo su alegría. Se siente un rockstar! Que venga a sentarse el que quiera, el sexo y el culo de Celina pueden esperar, la gloria de la victoria no se vive todos los días. Le responde entonces que más tarde, que ahora está ocupado.

A pocas cuadras de esa gloria, Albertina y Tomás siguen conversando en un laberinto donde él comienza a recordar que siempre hay una trampa. Y una sospecha nace entre los dos y se expande hasta apoderarse de todo el aire de la oficina.

-Dónde vivías vos?

-Vivo con mis viejos, un poco lejos de acá, pero casi siempre me quedo en lo de mi novio, que vive acá en Nueva Córdoba.

-Ah, mirá vos ¿hace mucho que están, qué hace él?

-Estamos juntos hace poco más de un año y medio. Estudia arquitectura, es el presidente del centro de estudiantes. Lo eligieron el viernes.

miércoles 22 de septiembre de 2010

La Ciudad de las Monjas · 4


Cataclismo

Insistir es inútil y Tomás lo sabe, por eso acepta las condiciones que la mujer de los ojos verdes le impone y abre la ducha.

Mientras espera que comience a caer el agua caliente, va desvistiéndose y pensando en el tiempo incontable que pasó desde la última vez que compartió una ducha con Belén. Demasiado, piensa y se mete debajo del agua.

El agua sale realmente caliente y empieza el juego de quemarse y morirse de frío hasta encontrar el punto justo en este baño que le es ajeno, extraño. Se lava la cabeza, los brazos, el abdomen y continúa hacia abajo, quitándose todo lo que aún queda de la noche anterior con Florencia. Piensa en ella y se calienta. Sigue sin entender nada, todo lo que está pasando continúa obnubilándolo, y ahora le agrega la calentura por Flor en el baño de Belén, ese mismo baño donde su marido vendrá a ducharse algunas horas más tarde.

Ya limpio, cuando está por cerrar el agua, siente una corriente de aire que lo paraliza. Belén. Desnuda. La aparición cruel de una diosa a cuyos exterminios él rinde homenaje.

Corre la cortina y lo observa.

-Ok! Siempre listo vos, no?

Tomás no podrá explicarle que la impúdica erección que ella está viendo es producto de su recuerdo de la noche anterior y no de lo que va a suceder en un instante, pero sigue el juego, todo aquel tiempo en que tuvo que olvidarse de ella lo instruyó en el arte de fingir sensaciones remotas.

-Ya no tenés olor a ninguna putita, ahora las cosas van a volver a la normalidad.

Y se metió en la ducha.

Belén reestablece un orden riguroso en el que lo somete y lo subyuga, vuelve a demarcar su territorio a lo largo del cuerpo de Tomás, haciéndolo suyo una vez más, transformando la excitación que provocó el recuerdo de Florencia en el vínculo que une dos cuerpos destinados a estar separados, cruzados por un marido, una familia, un hogar, y el llanto de un niño que se oye a lo lejos.

La cotidianidad del matrimonio le ha provocado el olvido de las técnicas que la hacían imparable, poderosa en el cuerpo a cuerpo, pero Tomás tiene todo un baño por delante para recordárselas, y de a poco va elaborando formas con los cuerpos como un coreógrafo de baile. Entre los primeros gemidos, ella le musita si todavía la quiere, si todavía sueña con ella, si aún es la mujer de su vida, y la respuesta es siempre la misma, pero suena disímil, otra. La respuesta es siempre , pero él ya no la espera, ya no la quiere, ha perdido aquella capacidad de amar, de elegir. No tiene con qué quererla, y al comprobarlo, una fuerza desconocida se apodera de sus instintos y repentinamente los papeles parecen intercambiarse. En la unión de los dos cuerpos Tomás ya no puede entregar nada, es que nada le ha quedado para dar, hace tiempo que perdió todo eso que involucraba la esperanza en esos ojos verdes, y le miente, sabiendo que en cada respuesta cargada de falsedad podrá recuperar los pedazos de sí mismo que perdió en aquel atormentado proceso.

Cuando salen del baño ya no se oye más el llanto del niño.

Belén prepara dos tasas de café, y le pregunta a qué vino esta vez, qué le pasa ahora. Ya lo sabe, pero quiere escucharlo una vez más.

Entonces Tomás le relata la historia de la noche anterior, que el concierto fue genial, que Coiffeur es demasiado bueno, que ahora ya es fanático, y que Florencia estaba hermosa, y que cogieron como si se hubiesen querido.

-Eso es lo que pasó anoche. Ahora contame por qué viniste hoy tan desesperadito.

-Voy a coger con vos hasta el día en que ya no te quiera más, ni un poco, hasta que te coja sin amor, sin calentura, sin ganas.

-Ay chiquito… Hacés mal. Siempre hacés mal. Vamos a coger entonces, hasta que te mueras.

Termina el café y la besa, sin poder advertir ahora si una vez más ella lo ha derribado, o si es la puesta de una escena.

Se va. Afuera el frío vuelve a inyectarle los huesos.

*****

Dos días después, el lunes será un cataclismo que modificará radicalmente el curso de esta historia.

A las nueve y media de la mañana se abrió la puerta de su oficina.

-Hola, soy Albertina.

Y todo - todo - se fue inmediatamente a la mierda.