martes 27 de octubre de 2009
martes 13 de octubre de 2009
TOC, TOC, TOC!
Apago mi auto, saco la llave del tambor, bajo los seguros, agarro mis cosas y bajo. Una vez afuera cierro las puertas y chequeo una por una, entre seis y nueve veces cada una; me fijo que los vidrios estén subidos, veo que lo están pero los toco, toco que donde termina el vidrio comience la puerta; me aseguro que las puertas no sólo estén cerradas con llave, sino que también estén cerradas bien bien, que no hayan quedado cerradas a la mitad. Luego miro por las ventanas que el estéreo haya quedado apagado. Le doy una ronda al auto, otra ronda, miro que todo esté cerrado, vuelvo a chequear, entre seies y nueve veces cada puerta, algunas me toman más, pues el procedimiento está tan automatizado que pierdo conciencia del mismo y puedo tirar de la manija quince, veinte, veinticinco veces, pero no estoy siendo consciente de que efectivamente está todo cerrado. Voy hacia el costado del acompañante y hago lo mismo. Finalmente el baúl, en donde decido chequear una vez más, por las dudas, las puertas del lado del conductor, nueve, doce, veinte veces cada una, pienso que todo ello es absurdo, que alguien me puede estar viendo, que es una estupidez, que todo está cerrado y que es sólo mi cabeza, me digo todo eso y sigo tirando de las manijas de las puertas y tocando con mis dedos para asegurarme que los vidrios estén correctamente cerrados y vuelvo a dar una vuelta más al auto donde se repite todo el proceso nuevamente y tras otras repeticiones me iré dando cuenta de que el auto queda cerrado y que no tiene caso, la cuestión no pasa por las puertas pero es en vano. Pienso en ello y me alejo: finalmente puedo irme. Algunas veces, luego de caminar varios metros, yéndome de donde lo dejé, vuelvo al auto y debo repetir todo ya que no estoy seguro de que todo esté cerrado.
Por supuesto, nunca lo dejo en la calle, siempre playa de estacionamiento.
Al entrar a mi casa, la cuestión puede ponerse jodida con el portón de mi cochera. El portón es automático y tengo terror de que, por esas cosas de la electricidad y la electrónica, se abra repentinamente en la noche. Bajo de mi auto y, en mi garaje, repito el proceso de la playa, sólo que dentro de mi casa, gracias a lo cual, una o dos rondas al auto suelen ser suficientes. A lo sumo, tres, pero nunca más de eso. Lo que me genera incertidumbre verdaderamente es el portón, porque además me cuesta saber si queda bien cerrado (esto es, perfectamente pegado contra la abertura). Lo tomo de una parte que sobresale y tiro de él hacia adentro para que quede bien afirmado; finalmente lo desenchufo para que no haya sorpresas eléctricas. Miro fijamente al enchufe para darme cuenta de que lo acabo de sacar del toma corriente, que no está enchufado, pero la vista puede equivocarse, el tacto es más confiable: toco y me clavo las patas del enchufe en la palma de la mano, el dolor que me provoca hace más segura esa verdad, mi vista puede fallar pero el dolor de la palma de mi mano me recuerda que el enchufe no está en la pared, que hace un instante presionaba contra mi piel.
Haré lo mismo con la puerta del comedor, con la puerta de calle, y mi amigo dirá que es snob, que está de moda, que es cool hacerlo.
sábado 26 de septiembre de 2009
Nou títul yet
Roto el tiempo. Rota la lógica.
Teclas sobre teclas sin orden comprensible.
Salvo el azar de su sentido. Salvo el determinismo de su demencia.
Salvo la ilógica secuencia de la historia huérfana de tiempo.
Causa. Efecto. Causa. Efecto. Nulos. Nulos todos.
De las causas ningún efecto. Tal efecto de ninguna causa.
Abolidas por el azar de las teclas sin orden.
Penetradas por la vacuna del sinsentido.
Destruido el universo.
Aniquilado el deber ser.
Coronación de la casualidad.
Reino de la no necesidad.
Fábula del ratón asesino de leones.
Pestilencia de los sentimientos dirigidos.
Abolición de la cordura.
viernes 18 de septiembre de 2009
pensamientos fundamentales que aparecen cuando un ser humano se posa sobre un inodoro · 1
TODAVÍA seguís de novia? Pará un poco, fanática de la droga del planeta de la monogamia imparable, desconsiderada! Es un misil a los valores, una paliza a las convicciones, lo que significa entrar durante meses, años, al facebook de mis ex y que las traidoras sigan teniendo las mismas fotos con los mismos novios, con el mismo pelotudo de siempre. Qué bueno sería que fueran unos gatos furibundos con los que uno sabría así que podría hablar el mismo idioma, pero no, insisten las pérfidas en sus novios, todas las veces que uno entra constata que no han sacado esas fotos, que el ultraje sigue en pie, que se han olvidado de una formación que costó noches en vela y meticulosas planificaciones. Siguen las evidencias de una traición imperdonable, nada de un álbum de fotos donde están montadas a un dominicano rompehuesos, no, nada que indique un retorno a sus raíces, la nada, la negación absoluta de sus inicios.
Olvidate de un revival, de un polvo fraterno y entrañable por los viejos tiempos, uno para rememorar a aquellos que estuvimos ahí en los comienzos, cuando hacías renegar como un potro sin domar solamente para dejarte tocar un goma, para perderte una encarnizada mano clandestina debajo del pantalón apretadísimo, uno para reivindicar el sacrificio de aquellos que le allanamos el camino con dedicación y constancia a tu novio de ahora, ése que te agarró ni bien tuvimos que partir, y que te consoló mientras nos demonizaban como a siniestros criminales.
Maldita, han pasado los años, ya podrías andar sola y con sed de venganza, no? Una anda con un bizco que parece ser muy simpático, otra con un bailantero que usa camisas verdes (fosforescentes, luminosas), otra con un petiso chueco que dice que es productor de Susana Giménez, dos se casaron, se casaron! Vos podés creer? Pero si esto es una cosa de no creer, ya se empiezan a casar estas turbias… Es ahí cuando uno cae en la desesperanza, la angustia y la desazón, cuando uno dice no, se fue todo al carajo, acá hay que putanear y nada más, es ése el momento en que creemos que nuestra labor no vale nada y creemos que todo está perdido. Otra anda con un compañero del secundario que ya le hizo dos hijos, otra con un amigo del barrio cuya familia es amiga de la familia de ella, qué buen pibe, dicen. Otra con un gringo tierno con el que va todos los domingos a misa, y de ese modo crece una lista ominosa, interminable. Y uno ingenuamente creyendo que puede tomarse vacaciones, que puede disfrutar de algunos días con mujeres con valores y principios, pero no, nunca, no existe el descanso de creer que seguirán su camino y nos reencontraremos con esa lista de monjas que tuvimos que trabajar hace tanto tiempo, cuando hubo que doblegarlas con mentiras y promesas con el desinteresado y nunca lo suficientemente respetado y ponderado afán de liberarlas, porque ellas lo querían, lo anhelaban aún sin darse cuenta, aún negándose, y ahora se olvidan, se olvidan de que lo pedían a escondidas. Y en una falta absoluta de consideración, todas ellas han involucionado, todas monjas otra vez, pero ésta yo no me la como, ésta no se la hacen creer a nadie, una vez que cruzaron la línea ya es imposible volver.
Sin embargo ése no es el tema, ésa no es la cuestión, la cuestión está en la falta de memoria, en el insulto descarado, en el tipo que tengo que mirar cada vez que entro al facebook a mirarle las tetas a mi ex, esa que tanto trabajo me costó desvirgar, que tuve la decencia (!!!) de abandonar una vez hecho el trabajo, porque sabemos que lo nuestro es la generosidad, la labor abnegada, que esto no es soplar y hacer botellas y que una vez cumplido nuestro penoso deber debemos marcharnos porque no se nos permite el disfrute del logro, porque sabemos los riesgos del vicio, las estrategias con que quieren desviarnos de nuestro comprometido sacerdocio privado del reconocimiento.
Y ahí seguís bizco de mierda, con tu impunidad.
Ya te vamos a poner en tu lugar, monógamo de cuarta…
domingo 13 de septiembre de 2009
La honestidad de la violencia · 2
- En qué lengua hablabas con el gringo ese?
- Ike se llama, y hablábamos en turco.
- Existe el turco?
F me contesta en el mismo choque fonético con que se comunica con el gringo que hubiera jurado era de Suecia, de Noruega o de Islandia. Me cuenta la historia, un amigo de ella de algún viaje, de padres de otro país que no era donde nació el tipo y disfruta de lo poco que me importa todo lo que me dice y del malestar que me provoca que me hable de otro hombre.
Yo te hablaba con la distancia necesaria para que no me vieras comprometido en tus asuntos, y con la frialdad fingida con que intentaba mostrarme por encima de todo aquello planificaba una avanzada para la que no tenía coraje.
F me invita a bailar, me hace una seña que me recuerda a tanto tiempo atrás, se le dibuja una sonrisa en la que sus ojos brillan detrás de sus lentes de marco rectangular, esos anteojos violetas en donde me parece estar mareándome y finalmente me siento caer en el espiral de su pelo claro, en la profundidad de su mirada. Me invita a movernos juntos pero le digo que no, argumentando no poseer la virtud de la danza, diciéndole que mejor nos quedamos quietos, sentados, se lo digo y sé que desciendo, que retrocedo como la oca, que bajan mis acciones.
Le digo que no y me lamento, le niego el impulso del baile y me parece que nos alejamos pero ella no sabe aceptar reveses, vos vas a venir quieras o no, levantate, para eso me quedaba con Ike. La miro sorprendido y escandalizado: me levanto sin salida. Es llamativa mi atracción por las mujeres que desconocen y desprecian lo que involucre mi voluntad. Esto lo pensé luego, en ese momento no hubo respiro, antes de poder pensar lo que fuera, F me agarra la mano fuerte y me conduce como si quien conociera a la perfección la peña fuese ella y no yo. Esta mujer juega de local en todos lados. Llegamos al final de un pasillo donde la música parece chocar de una pared a la otra llevándonos por delante. Me toma de una mano y su cuerpo se mueve anárquico y armónico, es un líquido contenido en un envase flexible que flota frente a mi excitación avergonzada, frente a mi cuerpo insuficiente para tal desafío, me aprieta as mano y me mira con severidad para luego desviar sus ojos sin dejar de moverse, aparentando no constatar mis ansias. Un año después es fácil afirmar que la música del Rio de la Plata la transforma, pero lo supe en el momento exacto en que acercó su boca a mis oídos para cantarme una letra de Fernando Cabrera en donde su destino volaba. Desde ese minuto aprendí a calcular el grado de felicidad que te provoca una canción y cómo su música se te pega a la piel y te mueve y ya no sos vos sino una sustancia que vuela y va y viene, una sustancia que se hace una con esa misma melodía y me parece estar en el centro mismo de ese sonido, de esas voces, de esas guitarras, en cada uno de esos golpes de percusión y pierdo noción del espacio y del tiempo y me parece que todo se ha caído, que todo ya no es, que todos ya se fueron, que sólo quedamos nosotros dos, vos feliz colgada de una canción y yo aprendiéndote y corriendo detrás de un impulso. F ríe y es una nube en donde se me nubla la vista y se me empañan los anteojos, entonces ella canta alto, muy alto y su voz me embriaga y me sorprende diciéndole la ingenua estupidez de quererla como timbre de despertador; F sabe que me tiene en la gatera pero no se aprovecha, no le hace falta, sabe llevarme.
El gringo, que se había quedado en la misma mesa donde lo dejamos, vuelve abriéndose paso entre los saltos y las parejas, entre los besos y las botellas que se levantan como estandartes, como botines de guerra, como objetos de veneración que brillan y reflejan la poca luz que juega entre las nubes de humo. El gringo se abre paso a fuerza de codazos y empujones y lo intenta por última vez pero ya es tarde, en el minúsculo espacio donde flotamos ya no hay lugar para foráneos, yo soy un xenófobo orgulloso y triunfalista, - Qué esperás ahora? La marcha radical? Ya estuvo, gringo, ya estuvo. Él no entiende de lo que hablo y F me dice que aprenda a ganar. - Aprendé a ganar, extraño, no le pegues en el piso, no hace falta.
Yo me maravillo por mi descubrimiento y le digo que vamos, que la sigamos en otro lado pero F intenta calmar mis ansias y me pone distancia.
- No te conozco, no sé quién sos, no me voy con vos a ninguna parte, no seas tan animalito.
De pronto ella mira hacia el gringo que emprende el camino de vuelta hacia la mesa, el mismo camino por el que pasó con la furia de una reconquista, pero ahora se limita a encontrar los lugares que le den paso, lo empujan y lo aprietan las parejas y los grupos de amigos que saltan y se tiran cerveza y vino. F lo mira y podemos ver su cabeza gacha, su mirada que sólo encuentra zapatillas y alpargatas y ojotas, entonces ella no lo puede soportar. - Esperame, no puede irse así, no es justo, no fueron leales tus maneras.
Camina decididamente hacia él y lo frena tomándolo del brazo, dándolo vuelta y sin que Ike pueda decir nada F lo besa de un modo que uno pudiera pensar que son dos enamorados que se ven después de mucho tiempo y pienso en eso y me maravillo: me encantan las puestas en escena, el guión de los sentimientos, el hacernos la película, el creernos todas esas ingenuas fantasías. Ella lo besa con los ojos abiertos, frente a los ojos grises del gringo que están cerrados tras de los que él también se construye un sentimiento desgarrador. F lo mira con una ternura indiscutible, agarrándole el rostro entristecido y despidiéndolo.
- Ya conseguiste lo que buscabas, no es cuestión de dejar en el camino un reguero de sangre.
Yo le sonreía, suficiente, inventándome un lugar por encima de todo aquello, no quise preguntarle los motivos de su piedad, de aquel comportamiento que me cegaba.
Aquella noche pegaste tu cara contra la mía para decirme que me tranquilizara, que todo estaba bien, que nos habíamos encontrado.
Me tiraste encima aquel género de novelerías con el que creías controlarme y yo no supe hacer otra que continuar con mi personaje que te sigue la corriente, que se enamora de tus besos con viajeros derrotados, que se imagina meses de camas que no den abasto.
- Te vas a enloquecer, extraño, todavía estás a tiempo de renunciar.
- Nos vamos a cagar a palos sin cuartel, F?
- No, eso implicaría una lucha entre dos y esto va a ser simplemente una aniquilación. Sos uno más que no es él.
F lo repite aún podés irte, aún estás a tiempo, regodeándose en el placer de su amenaza. Me habla de una guerra tras de la cual sólo van a quedar las cenizas de mi altanería. Yo actúo, soy el guión de una película hollywoodense jugando al galán políticamente querible. - No quiero hacerte mal, sólo voy a defenderme de tus ataques.
jueves 3 de septiembre de 2009
La honestidad de la violencia · 1
peña
- Me podés decir en qué idioma hablabas?
La tarde que te conocí le hablabas a un tipo en una lengua que sé que nunca podré descifrar. Diez minutos después de cruzar esas dos, tres palabras casuales con que empezamos aquella conversación, me convencí de que eras la amalgama perfecta de todas esas cosas que deseaba. Vos me decías que no conocías esa peña, que no habías ido nunca, que nadie te la había mencionado, y yo encontraba un refugio de seguridad, no en mi conocimiento baqueano del lugar, sino en esa amalgama que me cegaba, que me hacía creer todas esas mentiras que me invento haciéndome la película. Hace un año, esa tarde estabas perdida tras de un tipo que aseguré que no existía, mientras urdía una estrategia que demandaba un quilombo de sinapsis que me hacían sudar en frío.
Yo ya no tenía corazón – lo había perdido tiempo atrás en una cruzada desesperada – pero luego supe que para esa clase de felicidad no lo iba a necesitar. Miramos durante una hora a un flaco que tocaba la guitarra y cantaba con esa voz suave que enamoraba a las chicas, y cada tanto me mirabas y me decías con la mirada que no bastaba, que para enamorarte hacía falta más, que no alcanzaba un escenario, una voz suave, una guitarra, que para enamorarte no bastaban las tácticas a las que acudimos los varones.
F de pronto camina a donde estoy parado haciéndome el cool, me agarra la mano y me sonríe con la boca más hermosa de todo su pueblo, me invita con esa sonrisa a que me vaya detrás suyo. Me sonríe entonces y me dice –Soy F.
Y vuelve a su lugar.
Yo no entiendo qué acaba de suceder. Repasemos los hechos: estoy escuchando tocar la guitarra a un flaco que la descose; de repente cruzo miradas con una flaca que también lo escucha, absoluta casualidad; luego otra vez, y otra, en esta tercera vez que cruzamos miradas me sonríe y comienza a decirme cosas con sus ojos (esto bien podría contarse como: yo comienzo a imaginar pelotudeces, producto de mi fascinación, pero dejémoslo por ahora en la opción más digna de un cuento); luego viene, me mete la cara a centímetros de la mía, me mira fijo, me sonríe otra vez, se presenta y se va. Sólo eso, no me deja teléfono, e-mail, no me dice el apellido así salgo corriendo a un cyber y la busco en Facebook, nada, su nombre y de vuelta a su lugar, y de nuevo nos miramos a dos metros de distancia, separados por sus amigas, por mis amigos, por esa marea que salta y grita, mientras a F se le acerca un tipo.
Un gringo alto, monumental, que le habla al oído. F no opone demasiada resistencia y el gringo inmediatamente aprovecha ese lugar. En el instante exacto no lo supe, pero ése sería el inicio de mi odio por los viajeros, un inicio que me llevaría de regreso a otros odios que alimenté años atrás, en mis primeras salidas de noche, cuando había aprendido a detestar a esos tipos de veintipico de años que conquistaban a las chicas de quince, aquellas mismas chicas inaccesibles para mi inexperiencia. Pensaba que cuando yo fuese más grande dejaría de luchar contra esa pared etaria, por fin en terreno seguro. Más de quince años después supe que los extranjeros vendrían a suplir a aquellos pedófilos a quienes odié con tanto empeño. F ríe ante las ocurrencias del gringo y yo creo que ya está, que ya fue, que el flaco de la guitarra la está estirando demasiado, que ya no disfruto de la noche ni de su música; viene una flaca a comenzar una historia fatal y estos gringos hijos de puta cagan todo intento vernáculo, de repente me quiero ir a la mierda pero voy a la barra y compro más vino (esos razonamientos extraños que uno hace cuando está emperrado), a mitad de camino hacia una noche más en donde voy a salir de esta peña hecho un trapo. Mis amigos me siguen y les cuento de mi odio hacia los desgraciados que se aprovechan de su experiencia, de sus años por encima de las chicas, de mi odio hacia los extranjeros. Maldita globalización.
Los rizos de F parecen una enredadera que me ata y no me suelta, una atracción capilar que ejerce su poder sobre mí desde aquel lugar en donde trepa el gringo y en el que yo también quiero internarme. Mis amigos me dicen que no, que es sabio saber cuándo se ha sido derrotado, que luego es en vano, que F ya está perdida, que mejor otro día, otra noche, que ya estuvo. Pero yo me dirijo a ellos con una decisión inquebrantable y lo saludo. El gringo me responde en un idioma que no comprendo y en mi cara se dibuja la clara expresión de andate a la puta que te parió. Los dos ríen en una interesante comunicación que no alcanzo y luego ella me traduce, cordial, amable, mientras me acerca una silla.
- Si fueras mi amiga te diría que sos una pelotuda.
- Si fueras mi amigo, te respondería mandándote a la mierda.
Para ser nuestro primer diálogo, la cosa promete. Un montón.
Nos volvemos a mirar como antes, pero ahora más cerca y con el gringo en carrera, que constata la amenaza hacia un terreno en el que acaba de comenzar a construir un recuerdo trashumante y se decide a recuperarlo. Le habla y ella vuelve a ese terreno, F levanta su cabeza y sus ojos se dirigen al techo pero no miran hacia ninguna parte, piensa en algo y el gringo la acompaña (grafiquemos: están como conectados por un éter místico y los dos parecen meditar absortos en una contemplación), estoy muy fuera de lugar, muy (grafiquemos nuevamente: si hay un momento para utilizar la expresión “más perdido que chupete en el culo”, creo que es éste).
Piden cerveza y hablan en un dialecto endemoniado que parece esconder los giros más cómicos e inteligentes, F gesticula obnubilada y él construye una escenografía envolvente, imponente. Mi desubique me lleva al punto de abrir mi celular y comienzo el rito indigno del perdedor: doy vueltas en el menú, voy al baño, vuelvo, repaso mi agenda de contactos, finjo responder mensajes, imposto mi cara más ganadora, que claramente grita que ya me voy, que ya está, que tengo mejores planes, más lindos, más oscuros, pero claro, sólo estoy leyendo mensajes guardados de mis amigos invitándome a jugar al póker, nada más lejos del asunto de mi actuación. Llego al último mensaje y paso a llamadas perdidas, cada tanto hago como que tecleo y respondo y luego me responden; me meto tanto en mi papel que no me doy cuenta de que el gringo está indecorosamente cerca de F. ¡Catástrofe! Mi cara seguramente refleja mi desesperación, determino que la situación amerita medidas extremas y haciendo uso del decreto de necesidad y urgencia de cada noche, acudo al pelotón.
La armada nacional no va a dejar que uno de sus soldados caiga tan fácilmente. No.
Nunca.
Mis amigos llegan desde otro rincón de la peña, evidente y tiernamente borrachos, saltando, empujándose unos con otros, una banda de treintañeros primerizos con los veinte saliéndoseles por entre los poros, transpirando. Comienzan a gritar la marcha peronista y en un segundo todo el mundo los sigue. Vuelvo a respirar, tomá gringo! todos unidos triunfaremos. F se prende y entre el humo y las luces del lugar nos dejamos abordar por esa ilimitada epopeya peronista. El gringo sonríe, tímido, sin saber muy bien qué hacer y F salta abrazada a mis amigos, el pelotón al mando de un rito tradicional que es simplemente otra estrategia para recuperar una mujer.
Una vez restituido el orden, te pregunté qué onda con tu gringuito, impostando una actitud cómplice, lindo el pibe que pegaste, no? Me miraste como si yo fuera tu alumno en un jardín de infantes y me dijiste que no, que vos estabas en otro lado, me hablaste de un cuento en donde habías aprendido a despreciar a cualquiera que no fuera ese tipo que inventabas para mí. Me preguntaste cómo harías para olvidarlo pero yo sólo leía las líneas de tu boca, de tus manos, era un lobo cuyos modales se definían en las fronteras de mi instinto, y vos me hablabas como si fuese tu amigo-amiga, como si no quisiera llevarte a la cama, como si no estuviese ya enamorado de vos.
Yo hacía tiempo había salido de aquel hueco en donde me suicidaba todos los días y sabía lo que involucraba una condena como la que vos estabas a punto de comenzar. Me dijiste, una semana después, que esa noche habías decidido contarle tus miserias a cualquier desconocido, y que debido a un mantra que repetís, ese desconocido hoy soy yo.
Me hablaste de tu chico del sur y de tu locura y yo no supe ser misericordioso.
- El problema no es lo de ahora, el problema es que ni siquiera te diste cuenta de los días que te esperan. La cuestión no está en que sepas renunciar, si no en que veas que ya te renunciaron.
Me miraste con ganas de mandarme a la mierda pero contenida por la intriga que te generó lo que consideraste una insolencia. Me dijiste que de dónde sacaba eso y que quién era yo para aparecer con esa clase de profecías e inmediatamente después hiciste una pausa, tomaste aire, un poco de cerveza, le diste una seca al pucho y dijiste en vos baja Qué podés saber vos, pendejo de mierda…? Un rato después de conocernos me contaste toda tu vida en media hora, y me pedías una explicación.
F me habla de su amor en el que no creo pero del que me siento obligado a opinar con la seguridad de un libro de autoayuda y con el cinismo de un corazón en el que ya se han cagado. Yo no puedo darle una explicación, sólo le digo que lo que se viene es la muerte, y que lo peor es que aún no se dio cuenta.
domingo 19 de julio de 2009
Aniversario
Se trata de la muerte y de sus garras / se trata de la muerte y sus abrazos / se trata de todas las formas de la muerte / se trataba de una enfermedad / de ésas difíciles de pronunciar / se trataba de una pelea / de ésas en las que todo se te pone en contra / el juez el rival tus propias manos / el tiempo / ese imbécil que no sabe distinguir / que no es lo mismo este país / si siguen los malos / que este país / si se le van los buenos.
Eh / tiempo ¿quién te creés que sos? / mierda.
Los niños que soñamos un futuro / estamos perdiendo las almohadas / los niños que nos meamos en la cama / nos vamos volviendo insomnes / los niños que dibujamos sonrisas / nos vamos quedando sin dientes / eh dios / no pensás hacer nada por los niños / eh dios / perdoname / la cosa no es con vos / pero siempre los buenos, dios / siempre los buenos.
La fuerza de la palabra pelotudo / está en la T / la fuerza de la palabra mierda / está en la R / por qué son malas algunas palabras? / por qué les pegan a las otras? / por qué existen las palabras / que no se pueden pronunciar? / acaso la palabra muerte / no es más mala / que la palabra estúpido? / la fuerza de la palabra estúpido / también está en la T.
¿Dónde está la fuerza de la palabra negro? ¿y de la palabra Roberto? La fuerza de la palabra Fontanarrosa / radica en toda su obra / en inodoro / en boggie / en su humor / en la mesa de los galanes / no sé si he sido claro / uno nunca sabe / los trenes matan a los autos / nada del otro mundo / y el mundo / el mundo ha vivido equivocado.
Eh negro / no seas pelotudo / no nos dejes así / no te vayas campeón / quiero verte otra vez.
viernes 10 de julio de 2009
Fucsias Bueyes
que no, le digo
que no
pero yo
pero usted nada
vaya
vaya y póngase a trabajar de una buena vez levántese de la cama no sea perezoso no me mire así ¡vamos! ¡arriba! ¡a trabajar! ... qué pendejo de mierda...
han prohibido la existencia de un buey en paz en esta seccional
donde no hay lugar para un tobogán
donde no hay lugar para un castor
un castor que cave que cave túneles y se pierda en cualquier lugar
quisiera yo cavar como el castor pero
soy buey pero
y no puedo cavar pero
porque mis cuernos no dejan que mi hocico llegue a la tierra y haga lo propio del castor pero
y mis dientes no son como los del castor así que no habría caso si mi hocico llegara pero
¡basta ya!
pero pero pero pero
sofocantes los peros que nos quieren cobrar peaje y el señor del altavoz nunca deja de vociferar que la docena de huevos está más barata que nunca y por eso señora señora jefa patrona cómpreme unos huevos que son de las gallinas del señor Poncheta ilustre ganador del primer premio del Concurso Mundial del escabeche, cómpreme que ya se acaban! (tiene repleto el vehículo de esos fantásticos huevos mentira qué se van a acabar viejo hijo de puta)
entonces
póngase a trabajar jovencito
y uno todavía
todavía
ay si no fuera por este encarnizado todavía fucsia y emponchado
ay la melancolía nos habría llorado pero
miércoles 1 de julio de 2009
el culo mirando al norte · 1
Es extraña la relación entre el tamaño y las demostraciones afectivas. Cuando me dicen te mando un beso grande no puedo dejar de imaginar unos labios rojos monumentales que me acechan. ¿Cómo es un beso gigante?
Ahora, cuando me dicen te mando un abrazo grande, o un abrazo inmenso, ahí me quedo pedaleando en el aire. Un abrazo inmenso! ¿Cómo mierda es un abrazo inmenso? ¿Es el que da un tipo que es normal pero tiene los brazos de un gigante, y bajo su abrazo uno es una pulga? ¿Es - directamente - un abrazo que te da un gigante? No entiendo un carajo si me dicen te mando un abrazo enorme.
jueves 25 de junio de 2009
miércoles 17 de junio de 2009
Faena de turistas
Los turistas, pobrecitos de nosotros, andamos boquiabiertos, absortos, ojiabiertos, transpirados. No nos imaginamos que otras tantas personas nacidas en vaya uno a saber qué lugar oscuro del planeta andan por detrás nuestro, ocupadas en vigilarnos. Los turistas estamos a la merced de esa gente que mira. Los turistas pensamos che, qué calor, vamos a comprar una coca helada, ponete la gorra, no vaya a hacerte mal el sol. Los turistas andamos apurados, que nos rinda el día… El turista de clase media es como un amante compulsivo y veloz. Somos un manojo histérico de lugares para conocer en tres minutos. Incansables taxonomistas, no podemos escapar a la gloria de creer haber llegado al fondo profundo del ser de esa ciudad.
Naturalmente, ellos no sabían que estaban siendo fotografiados. Los grupos de turistas son como tribus nómades. Andan con mapas, gorras, cámaras de foto, botellas, pañuelos, viandas: una verdadera expedición. Los turistas solitarios juegan, les da por jugar al simulador. El turista solitario habla solo, se dice mirá, mirá qué lindo! El turista solitario está asombrado de las cosas que ve, y no tiene nadie a quien contarle, con quien compartir su asombro, simula que todo le es tan natural, que todo le es tan corriente, camina como quien anda por su casa. En cambio, los grupos de turistas, esas tribus tan coloridas, andan con los índices cansados de tanto señalar, mirá esto, mirá aquello, y sus gestos son las hipérboles del asombro.
Se está tomando una foto a sí misma en el momento exacto en que la lente de mi cámara de turista clasemedioso la congela. Frente a cada turista cámara en mano, la mía es implacable. Adquiero el método que me lleva al hábito, a la costumbre, es un reflejo una necesidad una actividad vital, que sin embargo se hace cada vez más peligrosa cuanto más se pierde la esperanza de disimulo. Entonces es clara la evidencia: esta persona a treinta centímetros está recibiendo un disparo de mi cámara y lo sabe y sabe que sé que lo hago como si no me importara como si tuviera su permiso como si fuese cosa de todos los días que a uno vengan y lo fotografíen así gratis nomás, entonces me suelta una camionada de puteadas que no comprendo – yo no sé de insultos, cuando era un chico me retaban si puteaba –. Lo único que percibo es la velocidad de modulación y los gestos que me dicen a las claras que está enceguecida.
De pronto un Mc Donald’s es una fuente inacabable de esos seres que comen rápido para poder visitar los cincuenta y tres lugares de ese día. Me los llevo conmigo y bajando al metro siento una tensión que me produce una poderosa excitación que me obliga a seguir descargando disparos sobre los más desprevenidos viandantes. En los vagones nos amontonamos personas de los dos extremos de la escala que separa a aquellos seres humanos que están desesperados por llegar a un determinado lugar para poder cumplir con su rutina, de esos otros seres que andamos ahí, gastándonos los ahorros de años para poder ver por algunos días la ciudad en la que esos primeros se van muriendo un poco más cada día que se acaba. Y siempre tengo la ilusión de que se va a armar una buena, de que los pasajeros que viven en esa ciudad estallan de furia contra nosotros, que andamos impunes, gorra en cabeza y cámara en mano y nos dan una tremenda biaba. Nos masacran. Nos despedazan, nos patean, nos dan golpes de puño, y hasta nos escupen desdeñosa y burlonamente, están enfurecidos, quieren su venganza. El tufo del vagón se enrarece y está claro que de ésta no pasamos. Cuando quisimos percatarnos ya era tarde, su furia se desató sobre nosotros y nos masacran llegando a la estación République, donde logro escapar: híbrido turista que niega a su especie, huyo de la matanza. Insisten en mi memoria los gestos de asombrados pasajeros que miran desconfiados, que no saben dónde va a terminar esa foto con su cara ojerosa. Mi lente se lleva la muerte de un grupo de jubilados canadienses y algunas familias asiáticas a manos de tiernos estudiantes de filosofía, los estudiantes portan tijeras, pinzas, limas, lijas, martillos, cuchillos, tridentes, encendedores; los lijan, los cortan, los liman, los levantan como vacas a la cruz, los prenden fuego, se oyen los alaridos de los viejos desconsolados y calcinados y los gritos de los chinos que son como los gritos de un chancho, agudo, muy agudo; se los oye desde la salida del metro y sus gritos de agonía inundan todo el parque. Yo camino hacia mi hostel como quien no quiere la cosa, como quien nada ha visto, quien de nada se ha enterado.
Naturalmente, ellos no hubiesen podido siquiera pensar que cuando apretaban el gatillo de sus cámaras, mi lente los convertía, a ellos, fotógrafos de momento, en parte de esa ciudad, que es tan ella misma en sus habitantes y edificios como en sus turistas masacrados.
La flaca que atiende la recepción del hostel me pregunta en un decoroso inglés que qué me ha sucedido, que por qué traigo toda la ropa cortada, que qué son esos cortes en los brazos. Le respondo que está todo bien, que no pasa nada y escondo mi cámara ensangrentada, pero ella insiste y me dice que va a llamar a un médico, que me quede ahí sentado pero la muerte se me ha metido por la nariz y se ha instalado en mi cerebro con ese olor de cuerpo en llamas y ya no logro ver más nada y entonces ella corre y grita pero es en vano ya estás lista flaca, gritá todo lo que quieras.
jueves 11 de junio de 2009
después · 10
En el transcurso de mi existencia Belén es la prueba de lo imposible, un martes a la noche repleto de interrogantes que no conocen la piedad, una caminata desorientada que me lleva al único lugar donde aquello que me enseñó no tiene cabida.
No pude comprender qué había querido decir con eso de que ya había aprendido, con aquella frase donde me dijo que podía seguir solo. No quería pero necesitaba una respuesta que nunca pedí y que nunca llegó, entonces dejé crecer el odio sólo comparable con el amor – si es que tal cosa existe, y aunque así fuera, si es que la amé alguna vez – que había podido sentir por ella.
Las parejas en la calle se multiplican y me observan y me persiguen. Yo sólo quiero ametrallarlos y gritarles su porfía, yo sólo quiero que me expliquen qué es lo que sucede dentro de esas parejas dentro del espacio de sus brazos, ese círculo que los asfixia y parece mantenerlos con vida. Camino entre ellos y los observo como un enfermo, como un obsesivo, como un criminal. Las parejas se abalanzan y están pegadas, son dos seres que caminan atados, una sola sustancia que se mueve y se reproduce y grita a viva voz esa clase de destrucción inminente que los acecha y que los carcome.
Belén fabricó ciudades sobre mi cama que yo tuve que demoler, monumentos en nombre de no puedo entender qué clase de felicidad de cuyo recuerdo busqué escapar escondiéndome en mil camas de las que huía a su vez, por miedo a convertirme en un asesino.
Cincuenta mil días con sus noches después de haberme dicho lo que tenía para decir, Belén fue una lista de e-mails que llegaron esporádicamente preguntándome cómo iba todo, e-mails cuyas respuestas fueron amables, perdidas, indefensas, mentirosas, bienbienbien, por acá todo como siempre.
Virginia me pregunta qué busco en esas respuestas, qué espero después de todo, qué busco fuera de su cama. A mí no me interesa responderle, no quiero ser el único en su cama, no pretendo exclusividad y fuera de la suya no busco nada distinto, sólo esconderme de una cursilería sentimentalista. Virginia es la evidencia de una lealtad que se parece a la de una pareja de ancianos a metros de la muerte. ¿Qué es una pareja de ancianos sino dos personas que atestiguan y acompañan la caída del otro? Le digo que somos dos viejos a los que no les queda ni lo puesto: sus hippies andan de corbata y la mujer de mi vida lleva un anillo de matrimonio. Somos una desgracia cogiendo en una cama, lo sabemos y no podemos disimularlo.
Las paredes de su habitación tapadas de fotos, de humedad y aerosol son el escenario infernal que envuelve un ritual que no da tregua, un escape desesperado.
Me olvido por fin, durante algunos minutos, de Belén.
Suena mi celular y Abril me pregunta qué hago, cómo estoy, si se me pasó el mal humor de los últimos días. Le respondo seco, frío, no es momento de conversaciones. Corto.
Ella no lo comprende pero no es noche para dejar sola a mi amiga, hay códigos. No pienso dejarte sola. Virginia me escucha y se ríe, me dice que ésta no es una noche para dejarme solo, que qué carajo voy a hacer fuera de su cama. Me abraza, me hace dar una vuelta, elabora formas con su cuerpo que logro reconocer y me vuelve a besar. En la cama ya no quedan ni las sábanas, ya no hay almohadas. Ni límites.
Yo sé que por la mañana no querré haberlo hecho, que por la mañana no podré soportar su presencia, pero Virginia insiste.
–Regalame todo ese odio, después me contás sobre tu amiga, sobre su rubio, sobre esas parejas en las que no hay lugar.
martes 26 de mayo de 2009
objetos · bonus track
Hay golpes que no te esperás, me entendés? Hay golpes que son como el odio del mundo, que te sacuden como un cataclismo. Hay golpes que llegan callados, que se acercan sigilosos y te agarran en el aire, hay golpes que llegan cuando estás elevándote en un salto y te devuelven al piso, me entendés? No pude hacer otra cosa que callar y me quedé mudo.
Hay golpes que son una burla a la ilusión, una sobredosis de realidad. Esos golpes, creo, son los peores.
Hace poco más de un año no podía imaginar que la persona que me iba a abrir la puerta de esa escuela iba a ser quien finalmente lo hizo. Y hace cinco días, tampoco me esperaba que eso volviese a suceder.
***
Sentí cómo me llevaba puesto un poderoso alud y cómo el piso de pronto comenzó a temblar. Qué? Así me lo decís? Me podrías haber pedido que me siente!
La misma secretaria que un año antes (parecen mil) me decía que me esperaba la madre y no la hija, la misma secretaría que quise atravesar con una espada, esa misma secretaría ahora me dice no sólo que Belén está en la misma ciudad que yo, sino además que está en un radio de proximidad de no más de, no sé, cuarenta metros? Me podrías haber avisado con un poco más de tranquilidad, maldita! Me podrías haber dado tiempo a que me de un infarto al menos. Sin embargo, amé a esa secretaria, llegué a amarla y fundirme con ella en un sentimiento de fraternidad en donde pensé que los seres humanos se unen en los momentos de desgracias y de victorias. Sos una grande, secretaria gris. Mis nervios aparecieron con el estruendo de un sismo y un segundo después me tocaron el hombro desde atrás.
–Hola, te acordás de mí?
Nunca voy a entender esas preguntas. Obvio, le dije y no agregué otra palabra.
–Me dijo mi vieja que venías, tanto tiempo, cómo estás?
Su abrazo me corta el aire, que cómo estoy? A punto de vomitar estoy.
–Volviste… No sabía que volvías, estás acá. Cuándo volviste? Ahora trabajás acá?
–Sí, volví hace un mes, y estoy laburando acá en el cole, soy la psicopedagoga y también doy metodología de la investigación social. Pasá, mi mamá está ocupada, podés hablar conmigo.
No, no puedo hablar con vos, claramente no puedo hablar con vos, no sé qué carajo decirte, estoy en una montaña rusa aterrorizado por el vértigo, no te puedo decir una sola palabra.
–Mirá, estoy corto de tiempo, tengo la mañana súper ocupada, paso a dejarte estos papeles, andá mirándolos y luego del finde paso así te explico bien, dale?
–Bueno, te parece bien el martes que viene a las nueve?
–A esa hora estoy acá, me tengo que ir.
***
Cinco días después mi despertador sonó a las siete de la mañana y mi habitación fue el escenario de la duda. Me di una ducha caliente, hirviendo, que me relajara cada uno de los músculos que parecían estar hechos de piedras, de pesadísimas piedras. Desayuné con la ansiedad de una terapia intensiva y volví a organizar mi estrategia, cada una de las cosas que le voy a decir, mi actitud frente a ella y el modo de dejar en suspenso un encuentro. Me probé cinco pantalones, diez camisas y cuatro sacos. Estuve cuarenta minutos frente al espejo pero mi expresión de terror no se quiso mudar de mi cara. A las nueve menos veinte me parecía estar caminando por el pasillo anterior a la sala donde se me iba a practicar la pena de muerte. Nueve menos cinco me tuve que tomar un alplax que calmara un poco mi tremenda excitación.
Frente a la puerta de la escuela soy una ensalada de nervios, miedos e ilusiones que no consigue tocar el timbre, parezco un paracaidista que duda pero de pronto alguien me empuja. Llega una mujer que toca y parece apurada, toca una vez más pero es como si nadie oyera, nadie aparece. La mujer toca, entonces, una tercera vez. Yo la miro y no le digo nada, no hay buen día, no hay comentario sobre el frío que volvió después de una semana de calor, no hay palabras de cortesía y comienzo a pensar si habré perdido la voz, si habré perdido la audacia, si no es mejor que me vaya de ese lugar pero nos abre la puerta la secretaria, la misma de hace un año, la que me hace las mismas preguntas, quién soy y a quién busco, yo no tengo la menor idea de qué contestarle. Soy un atado de nervios y busco a la única mujer que amé en mi vida, la podés ir a buscar?
–Yo vine el viernes, tengo una reunión con la psicopedagoga.
–Ah sí, ya me acuerdo. Está dando clases, espéreme un segundo que le voy a avisar que ya llegó. ¿Me recuerda su nombre?
Voy a la cantina y pregunto cuánto sale una coca, cuánto sale un yogurt y no me importan ni las cocas ni los yogurts, no me importa la cantina ni el motivo formal que me lleva al colegio, yo sólo voy porque estás vos, me entendés?
Cuando la veo me doy cuenta de que el tiempo que pasó desde que se fue sólo pudo medirse en términos de lo que faltaba para que alguna vez, sin aviso previo, volviera a verla. Me parece estar diez centímetros sobre la tierra y ella me sonríe y yo no sé si despertarme o hablar, si contarle todo lo que pasó hasta este minuto, todo lo que destruí para no encontrarla en todos lados, de pronto me quedé sin una sola palabra para decirle.
–Pasá a mi oficina. Estuve viendo los papeles, querés hablar con los chicos o me contás a mí?
Belén se dirige a mí con la diplomacia de las relaciones laborales y yo sólo puedo caminar por ese camino que me indica. La reunión es sólo eso, una reunión de carácter informativo sobre la alianza de cooperación de la organización donde yo trabajo con la escuela donde ella trabaja. Toda mi estrategia queda fuera de foco y se desdibuja, mis nervios son implacables y me equivoco en cada uno de los datos que le doy, fechas, lugares, números de teléfonos, costos operativos, todo me lo olvido en un instante. Quiero saber qué hizo durante un año, qué hizo hasta hace diez minutos, dónde estuvo, quiero que me saque de ese lugar pero ella no hace más que pedirme precisión sobre los datos y las características del trabajo conjunto.
Salgo del edificio, ciego, inexperto, asustado, impotente. Enciendo un cigarrillo, subo a mi auto y fumo con la necesidad de un condenado. Son las diez de la mañana y tengo cuatro reuniones antes de mi almuerzo. Cancelo todo, motivos de fuerza mayor. A la una y media, los alumnos se van a ir a sus casas y planeo ir a buscarla, invitarla a almorzar y esta vez, sí, volver a ella y a una realidad en donde todo gira en órbita alrededor de nosotros dos.
Cuando llego a mi casa llamo a su primo, mi amigo de toda la vida, y le pregunto –Cómo es eso de que tu prima volvió y no me dijiste nada? La vi el viernes y casi entro en paro. Recién tuvimos una reunión, la voy a invitar a almorzar.
Hay golpes que no te esperás, palizas que no tienen justificación, que te rompen y después te siguen pegando aún después de roto, no sé si me entendés. Hay objetos que no querés ver, como ese anillo que no supe qué hacía en uno de sus dedos, ese anillo que me vigilaba y se reía, que fue el único que rió dentro de esa oficina.
Hay cosas que no está bueno escuchar, que es una mierda escuchar. Mi amigo hizo silencio y luego disparó:
–No te enteraste? Hace veinte días se casó.
jueves 14 de mayo de 2009
después · 9
–Tengo ganas de escribir un relato donde un tipo que va en un Renault 12 me caga a trompadas.
–Me contaron que estás escribiendo un cuento con todo esto, y que ahí me llamo Abril, ¿cómo es eso?
–¿Puedo?
–Hacé lo que quieras, pero no hables de mi novio, me contaron que en tu cuento lo tratás como un nene bien, como un idiota.
–Es un nene bien, y el cuento es eso, un cuento. Si se me ocurre que tu novio es mormón, va a ser un mormón, y si se me ocurre que lo dejás y estás loca por mí y yo te dejo por una gitana, también.
Abril pone cara de No te entiendo un carajo, sos un pelotudo.
–Ah sí? ¿Y qué nombre le pusiste?
–Tu novio no tiene nombre, es un indocumentado. ¿Te jode que escriba un cuento con “todo esto”?
–No, no sé, creo que no, cuando lo lea te digo, ¿es parecido al otro que escribiste sobre la loca esa que conocías de chiquito?
–Es lo que sucedió después de ella, y si te jode, cosas que pasan…
Ella no se cree ni un poco de mi displicencia, sabe algo de lo que yo aún no acuso recibo, por eso se lo banca, por eso se traga esos arranques de bravuconería machista con que le pongo distancia. Abril sabe que estoy enamorándome de ella, y yo aún ni lo sospecho.
Avanzamos en mi auto, protegidos por la oscuridad del interior, y llegamos hasta el proveedor de bebidas del congreso. Está abierto y aún faltan como tres horas para que cierre, pero eso no nos va a hacer bajar, para nosotros está cerrado y nada más. El cansancio de todo el día nos obliga a suspirar constantemente mientras buscamos un lugar propicio para estacionar. Vamos a un lugar donde podamos hablar. Yo no entiendo mucho eso de ir a un lugar donde podamos hablar pero le hago caso.
Cuando llegamos a la cuadra más oscura que podemos encontrar (ya estamos a miles de kilómetros del hotel donde se hace el congreso), freno y nos ponemos en posición de diálogo pero los dos sabemos que aún no tenemos nada para decirnos. Nos abrazamos de nuevo y somos la cuenta regresiva de un desastre hormonal. Abril juega con el drama y me dice que está nerviosa. Tiembla. Yo no le digo nada y la abrazo cada vez más fuerte. De pronto nos estamos besando y de nuevo el tiempo se convierte en una velocidad sin piedad y le digo que todo me recuerda a Belén. No me importa, estás hablando giladas.
Llega un momento, lo sabemos, en que es insostenible la dinámica de los besos inofensivos y me dejo llevar por un instinto que busca debajo de su ropa, por encima de eso que llamamos sentimientos. O por encima de eso que considero que son los sentimientos y que nada tiene que ver con la dinámica animal del sexo, por eso intento frenarme, pero para eso es preciso que frenemos los dos y ella no tiene pensado hacerlo. Retomo, entonces, mi búsqueda de su piel. Pero su boca deja la mía y sus labios se divierten en mi cuello y en mis nervios y en mi excitación y Abril me dice que basta por ahora, que después. Obedezco, no sé hacer otra cosa que obedecerle y me freno, está bien, después.
Cuando volvemos, los demás me preguntan qué traje y les contesto que estaba cerrado, que no conseguimos nada. Cada uno hace la suya y la recepción se desvanece en algunas horas, luego de las que le ofrezco llevarla a su casa. Sólo si me dejás manejar. Obvio, sabe que me encanta que sea ella quien me lleve.
Yo me recuesto en el asiento del acompañante y no le doy importancia al exterior, no veo el camino y entonces, para mi sorpresa, Abril se detiene en la puerta de mi edificio. (un regalo de Navidad puede tardar años, pero qué lindo es cuando llega así, sin aviso)
***
En el espacio de mi cama, Abril sufre ataques repentinos de fidelidad. A mí me encantan, ella lo sabe y le molesta. Le digo que no hay motivo, que no se enoje, que todo eso a mí me da risa, su fidelidad y su enojo de mi encanto.
Entre un hombre y una mujer hay muy pocas cosas que no acepto. Pero la fidelidad en su pareja, y yo y ella en una misma cama, es una combinación que no se sujeta ni a ellos dos ni a mí, es algo caprichoso que a ella le encanta mientras dice que no, que está mal, que esto se tiene que acabar. Pero esto recién comienza. Abril demuele edificios, destruye ciudades debajo de mis sábanas, ciudades fuertes, sólidas, edificadas sobre cada una de aquellas felicidades. Me pregunta por qué al volver de mi viaje no recibió de mí un regalo, un recuerdo, si en Bolivia me acordé de ella. Abril no entiende que eso no me corresponde a mí, sino a su tierno rubio y se lo digo, entonces ella se enoja (una vez más) y peleamos (una vez más). Le digo si me va a traer algo del viaje que proyecta hacer con la familia de su rubio en julio, si lo va a elegir con él y volvemos a pelear, estas peleas me divierten, no puedo parar de reírme y ella, desnuda, se dispone a perseguirme en el diminuto ring que se desarma y su pelo es la evidencia de una furia frente a la que se me ocurren mil maneras de inmolarme. Abril derriba ciudades, devasta un imperio entero en mi habitación y su novio le ayuda a elegir mi regalo. La idea me embriaga. –No me digas que la idea no es divertida (la idea no le hace ni un poco de gracia pero yo estoy tentado). Cosas que pasan, ella no lo entiende, Abril es un tratado sobre la moral y las buenas costumbres, un tratado de veinte mil hojas desnudo donde me río y me olvido de cualquier ser que no sea ni ella ni yo en mi destruida cama de una plaza.
–Esto está mal, esto está muy mal…
Y todo vuelve a empezar.
lunes 4 de mayo de 2009
después · 8
Dos mil años de propaganda monogamista nos han convertido en fervientes defensores de ella, por eso cuando Nietzsche llegó a la conclusión de que Dios había muerto, aún no podía quitarlo de su cama.
Cuando deseaba a Cosima Liszt (la esposa de Wagner), Nietzsche debía luchar contra una maquinaria aparentemente muerta pero que seguía despierta y viva en el cinturón que sujetaba sus pantalones. Ella amaba a Wagner y sólo a él, y no podemos pensar que sea posible amar a dos o más personas a la vez porque Occidente ha sido educado durante todo ese tiempo para que el objeto de su amor sea uno y sólo uno: si Nietzsche no lograba conseguir de ella aquello que ansiaba, era precisamente porque aquello que había muerto se lo impedía.
Las relaciones entre los hombres y las mujeres, desde los encuentros casuales hasta la constitución de una familia, están atravesadas por todos esos siglos de trabajo ideológico católico. Por eso es lindo mirar cómo, cuando cada uno de nosotros cree haberse liberado ya de todo eso y creemos evidenciar toda esa libertad en cada uno de nuestros actos, al volver a nuestras parejas que nos esperan en una cama, en esa cama no sólo espera un amante, también aguarda Dios, vigilando el atroz pecado de la infidelidad.
Abril es una luz potente dentro de ese auditorio, su presencia en la mesa principal es un reflector que me hace olvidar los trescientos universitarios que la escuchan con atención, una luz que me hace olvidar la responsabilidad de estar a la cabeza de la organización que realiza el congreso, que me hace volar en medio del sopor de la sala, imaginar que ella habla sólo para mí y que los demás son el público de un soliloquio que se dirige nada más que a mí; de repente el hotel se transforma en un inmenso parque de diversiones, donde ella practica un juego cuyas consecuencias (palabra tan amenazante) desconoce, y su drama sentimental es un camino sin desvíos ni escalas que la conduce al quebranto de esas reglas que construye cada día.
Dos horas más tarde aún me entretengo en esas insignificancias mientras ella me agarra una mano con las dos suyas, me aprieta, me suelta y se agarra la cabeza. Todas las dudas la acobardan y duda. Me abraza.
–Me ponés muy nerviosa bobo, no hagas más eso.
–Me encanta entrar a mirarte a los ojos, me encantan tus nervios, me encantan y me divierten mucho.
–Sos pendejo, eh?
Sus frases van vestidas de gestos de complicidad y ternura, van acompañadas de un juego de sus manos con las mías que decora esa delicada hostilidad.
–No sé qué hacer, no sé nada.
Hay un poderoso e intrincado sistema de culpas y consecuencias dentro de la sala de invitados – que acabo de cerrar para nosotros dos – que la sacude y la amenaza. Mientras estamos cerca y repitiendo una vez más el rito de una imposibilidad, una presencia invisible nos vigila con una sentencia preestablecida. Abril busca esconderse.
Existen numerosas clases de infidelidades, pero puedo arriesgar que se podría clasificarlas a todas en justificadas y no justificadas (mi clasificación es apresurada y seguramente falaz; con todo, voy a insistir en ella). No me detengo en las que no encuentran – ni buscan – justificación. Sólo voy a decir que las infidelidades que sí se justifican son las que acompañan a aquellos que, paradójicamente, cultivan la fidelidad: existen las que se justifican por un resentimiento (las que ingenuamente llamamos venganzas) y las que aparecen como una avalancha demoledora, éstas últimas son las que envían al martirio a sus víctimas.
Abril se ubica entre los mártires de la fidelidad. Ella quiere a su novio y no desea traicionarlo, pero parece que un poderoso sentimiento (nada más ficticio que los sentimientos) la aborda y destruye toda oposición a su paso. Piensa que se ha enamorado y toda su existencia se determina en una resistencia frente a ese deseo. Su resistencia, según sus propias palabras, es un acto de amor. El acto de amor más difícil que puede hacer por su novio y nunca podrá decírselo. Hasta que llega un momento en que ese sentimiento la vence y termina por engañarla al fin: cree estar enamorándose de otro hombre y eso la enfrenta a un pelotón de culpas que la señalan con el índice y la juzgan, entonces se siente acorralada pero al mismo tiempo sabe que está perdonada: ella no ha elegido este camino, son las circunstancias las que se desatan sobre su corazón.
No necesito decirle nada y no intervengo porque eso sería desleal para con su novio, y a mí me sientan bien mil apelativos, pero creo que no el de desleal. Ella me abraza y repite ese no sé qué hacer una y otra vez imprimiéndole un dramatismo que nos embriaga y nos ciega. Seguimos haciéndonos la película.
Estamos encerrados, abrazados, respirándonos, potenciando un deseo que grita por libertad y Abril está atrapada en una red paranoica de ficciones que la marean, la ficción de su noviazgo y la ficción de nuestro súbito enamoramiento desafortunado. Una explosión que no termina de comenzar ni de acabar la asecha y la acorrala, una explosión constante de ficciones que la persiguen por los pasillos que nos esconden. Pero los quince minutos del recreo en su sala están por terminar. –Tenés que volver, no llegues tarde que después te van a preguntar dónde estabas.
–Con vos, estaba en una reunión con vos.
Nos reímos y se va, cuando está cruzando la puerta se da vuelta y me dispara una última sonrisa. Yo me tumbo en una silla y miro el piso, esto es un delirio.
De esa manera transcurre toda la tarde del jueves, de esa manera también pasa todo el día viernes y a la noche nuestros cuerpos no soportan más el grado de sometimiento de tanto abrazo cargado de todo eso que no espera. Somos una estampida monumental que se mantiene por la fuerza de un cabello.
El agasajo a los participantes del congreso, esa noche del viernes, es como una invitación a la felicidad, los dos estamos cansados porque el día fue largo y nuestra espera aún más. Ella sale de la sala donde se dan las discusiones en torno a su ponencia y me busca, –No falta nada para la recepción?
–Son ochocientos pendejos, si faltara algo, ya estaríamos en el horno.
–Estás seguro? No tenés que ir a comprar algo de último momento?
–No, por lo menos no me dijeron nada...
–Vos sos pelotudo, no?
Es verdad que traducir las indirectas femeninas requiere de habilidad y de sabiduría. Es verdad eso, pero mi falta de práctica en esta materia me lleva a la imbecilidad consagrada.
–Seguro que algo debe faltar, vamos.
Se ríe, se ríe fuerte, a carcajadas, y en esa risa libera buena parte de las tensiones que acumuló en todo este día larguísimo, eterno, inacabable. Cada carcajada es como un descanso en donde recupera toda la determinación que las dudas le hacen perder. Yo les explico a los chicos que coordinan el congreso que me voy a asegurar de que no falte nada y ella se enamora de mis precarias estrategias de enmascarar la realidad.
Caminamos al estacionamiento y me acuerdo de todos los recovecos que tiene el hotel.
–Viste que íbamos a encontrar alguna esquinita?
–Podés ser un poquito, un poquitito menos agreste?
(Anoto en mi memoria: Hoy es la primera vez que me dicen agreste. Agreste!)
Todavía falta para llegar a los autos y en un segundo de distracción toda esa avalancha que logramos contener en un día y medio de forzosa convivencia se descontrola y nos agarramos de la espalda (me parece que el nivel de los abrazos ya pasa a ser un agarrarle la espalda al otro, es como si quisiéramos aplastar toda la humanidad del otro).
–No soporto más esto.
Nunca me gustó obtener la boca de una mujer a costa de un razonamiento, me produce una sensación horrible tener que convencer a nadie para que acceda a besarme. Un beso me parece una práctica más del reino animal donde nada está más fuera de lugar que la razón. Así y todo, Abril pide a gritos que le explique que si había una línea de no retorno, la cruzamos hace rato, que si había un punto en donde nuestra amistad pasaba a ser atracción, y la atracción pasaba a ser concreción misma del deseo, esa línea nos pisa ya a nosotros. No hay nada más por lo que pueda sentirse culpable, ya sucedió todo por más que aún no me haya besado. No se lo quiero tener que decir.
–No aguanto más, qué estamos haciendo?!
Habla y se muerde la boca y me mira y dispara sus ojos que parecen encendidos. A mí el drama me cautiva y le digo que ya está, que ya cruzamos no sé qué línea porque cuando estoy por comenzar a razonar nos quedamos a diez milímetros de sacar los pies de la tierra y me acerco y sus labios son suaves, cálidos, acogedores. No podemos coordinar ni un movimiento, nos chocamos, nos empujamos, nos mordemos. Bajo la oscuridad del pasillo que nos lleva al estacionamiento nos dejamos caer y un estallido que esperaba impotente de pronto nos posee y ya nada existe fuera de nuestros cuerpos que nos llevan. Abril sabe cómo besarme y juega con mi boca como diciéndome que la conoce, que acaba de quitármela, que ahora es suya.
Caminamos hacia el auto y vamos a buscar todo eso que la recepción del congreso ya tenía. De pronto nosotros tenemos tiempo y el hotel, mil recovecos.
domingo 26 de abril de 2009
oyom presenta objetos
En unos días vuelve después.
(ésta es la tapa de la tres, que el lunes entra a la imprenta - Felicidad! -)
sábado 11 de abril de 2009
después · 7
después
–Podés parar de mirarme?
–Sabés que no puedo.
Lo que antes de la merienda era una atracción tierna y trágica, un amor ingenuo e inofensivo, ahora es un deseo decidido e inexorable. Ella lo sabe y por eso se calla y mira hacia adelante, maneja hacia su casa pero vamos al desastre y la oscuridad del interior del auto, interrumpida por las intermitencias de las luces de la calle hace que el azul de su remera me maree, me hipnotice. Yo voy casi acostado en el asiento del acompañante, poniéndome en la piel de mujeres que se ofrecen en autos hospitalarios. Escuchamos a Aristimuño y si no acompaño la letra es sólo porque eso significaría una cursilería que me avergüenza. Abril acelera nerviosa, colmada de ansias por una decisión que no quiere tomar, que no va a tomar. Prende un cigarrillo.
Cuando llegamos a su casa yo le giro la llave y apago el motor, quiero quedarme un rato en la puerta de su casa, quiero que la merienda no termine pero la puerta de su casa y nosotros dos dentro de mi auto es una combinación que la incomoda. Lo vuelve a poner en marcha y me dice que se tiene que bajar, que no se siente tranquila ahí, que en cualquier momento llega su novio. Yo pienso en cenas familiares, en novios sentados con padres y hermanos de novias, recuerdo las innumerables mesas donde comí y sonrío con un gesto que intenta sugerir mi desdén por ello, mi aberrante asco por ello. La beso cerca de su boca pero dejando en claro que no quiero besar sus labios y me aparto rápido, prudente. Hoy no va a suceder nada más, hoy no, menos a las nueve de la noche, menos en la puerta de su casa. Un beso rompería la impotencia de esta merienda que se acaba. Ella me abraza, fuerte, muy fuerte y el espacio entre sus brazos es un lugar del que no me quiero ir jamás.
Le digo que esto no puede seguir, que deberíamos no vernos más, que no quiero hacerle daño (en situaciones de esta naturaleza suelo cometer este tipo de estupideces, minutos después nunca puedo encontrar una explicación). Ella se baja y sus ojos reflejan la tristeza de una amistad que los dos nos comprometimos en disfrazar. Sabemos que ya no podemos tomar ninguna decisión, que un algo nos está llevando hacia donde ninguno sabe pero a donde los dos queremos ir.
–No me esperes entrar, no quiero que mi familia te vea.
Arranco y me voy. Imagino cómo es la cena, la relación de su lindo novio rubio y sus padres, la imagino en esa escena y no logro comprender cómo la más fuerte de mis amigas convive con esa farsa. Imagino todo eso y siento una necesidad terrible de destruirlo.
A las ocho de la mañana me llega un mensaje de texto. No pude dormir en toda la noche, no sé qué vamos a hacer.
Algo se nos va a ocurrir, quedate tranquila.
Intercambiamos mil mensajes donde nos declaramos un amor imposible, desesperado. No puedo dormir más y me levanto sólo para comenzar a esperar que llegue la tarde y volver a mirarle la cara. A las cuatro de la tarde mi ansiedad llega a un punto que me lleva a sentir en toda mi nuca una dureza espantosa pero la veo llegar y mi ánimo experimenta un drástico giro hacia la felicidad.
La organización donde trabajo realiza un congreso en donde ella va a presentar una ponencia, un congreso que va a tenernos juntos jueves, viernes, sábado y domingo, lejos del novio y cerca, muy cerca el uno del otro. Cuando la veo llegar, voy hacia el coordinador del evento y le doy la mano. El flaco me mira desconcertado y me doy vuelta, Abril me sonríe y me abraza. –Te extrañé, te extrañé demasiado. El flaco me mira como diciéndome que ahora entiende el motivo de mi insistencia para que aceptemos su ponencia. Su gesto es el de la complicidad, hablamos el mismo lenguaje. La infidelidad comienza a ser para mí un inevitable y me convierto en un promotor ferviente de ello. Abril vuelve a decirme que no pudo dormir en toda la noche, pero a mí no me convencen sus delirios de amor imposible y lo tomo con gracia.
–Será para tanto?
–Te odio cuando no me tomás en serio. Abrazame estúpido.
Sus ojos siguen tristes y nos abrazamos como si nos hubiésemos visto por última vez hace diez años y no anoche.
–Qué tal la cena? Divertida?
–No seas pelotudo, haceme el favor.
Nuestra relación se nutre de abrazos e insultos, un amor imposible que me devuelve la ilusión a fuerza de apelativos violentos. Uno de los chicos de la organización la llama y le indica dónde está el salón en donde va a presentar su ponencia.
–Nos vemos luego?
–Algún recoveco vamos a encontrar.
–Sos un negrito.
lunes 30 de marzo de 2009
después · 6
Un año y medio después de conocerla todavía jugamos al gato y al ratón y nuestro juego es una telaraña en la que su novio se debate precisamente desde el momento en que le tiró la cerveza a la cara a aquel artista enamorado de sí mismo.
Si tardamos tanto en decirnos lo que ambos ya sabíamos, fue sólo porque a los dos nos encanta ese tipo de amistad cuyos implicados saben que eso ya es cualquier cosa menos amistad. Mientras tanto nuestras compañías de telefonía celular se llenaban de oro a costa de las cantidades industriales de mensajes de texto que disparaban nuestros teléfonos. ¿Qué hacés? ¿Salís? ¿Cómo fue tu día? Qué descanses. ¿Cómo dormiste? Que tengas un lindo día. ¿Qué tal tu reunión? Espero que estés bien. Tengo ganas de verte. Te extraño. ¿Merendamos?
Merendamos.
La séptima vez que comparto la merienda con Abril soy un atado de nervios a punto de una declaración adolescente. Esta mentira no puede seguir existiendo un minuto más.
–Cortémosla con esto, a mí se me fue de las manos, y vos tenés novio. Esto no nos lleva a ninguna parte.
El café está repleto de señoras que hablan en voz alta, el reloj da las siete de la tarde y el azul de la remera de Abril me invita a romper parejas lindas, estables.
No hay muchas cosas que no acepte en una relación entre un hombre y una mujer, me alcanzan los dedos de una mano para contarlas. Me gusta pensar que las relaciones entre hombres y mujeres son un terreno en donde vale todo y en donde paulatinamente voy perdiendo la consideración por mi ocasional compañía. Sin embargo, entre las pocas – realmente pocas – cosas que detesto entre un hombre y una mujer, la única que verdaderamente me provoca asco es la infidelidad. La infidelidad está basada en la cobardía que involucra una mentira, sobre todo la mentira que el infiel se miente a sí mismo, la mentira que le dice que tarde o temprano podrá normalizar su relación, que tarde o temprano volverá a ser fiel, que su traición tiene fecha de caducidad. Si en una relación ambos comienzan a ser parte constitutiva de la vida del otro, un rapto de infidelidad le quita todo derecho a quien comete la traición de seguir siendo parte de la vida del otro. Hay pocas cosas que no puedo soportar entre un hombre y una mujer, pero ninguna me produce más nauseas que la mentira. La mentira le quita toda posibilidad al engañado de decidir por sus propios medios, de decidir con todos los elementos de juicio, es un sometimiento.
–… y vos tenés novio. Abril, yo no me meto en medio de nadie, ya se me va a pasar, ya fue.
Le explico mi aversión por la infidelidad y le expongo mis motivos para no intentar interferir en su relación sólo para que mi declaración sentimental no involucre la necesidad de una respuesta ante lo que estoy a punto de decirle, que estoy al filo de enamorarme de ella.
La seguridad de saber que Abril no siente lo mismo me da la tranquilidad de que las cosas no van a ir más allá de mi trágica declaración de amor y eso me permite desempeñar mi actuación de amante no correspondido.
Abril es parte de una tierna relación de noviazgo con un chico lindo y bien. Ella lo quiere, mucho, y él la quiere, más. Por supuesto, en que uno quiera más que el otro no hay problema alguno: siempre uno quiere más que el otro: generalmente quien más quiere es quien carga con el peso de la relación.
Quien menos quiere, en cambio, carga con el peso del otro.
En el estado de coma en que se encuentra su relación, el peso de su novio se le hace cada vez más difícil de cargar. Ella me lo dice pero no le presto demasiada importancia y le hablo intentando parecer indefenso, metido en un personaje que me posee, le estoy diciendo que la situación se me fue de las manos (cosa que efectivamente es así) y la desdicha de la situación me seduce y me cautiva. Ella me escucha con un gesto extraño y no puedo interpretar su modo de mirarme pero aún no me preocupo mucho por eso, estoy cegado por la tragedia (que no logro saber si es absolutamente impostada o si tiene algo de real) de la escena, mientras el hecho de que ella no sienta lo mismo le da gratuidad a mis palabras, la gratuidad de que no habrá consecuencia alguna, de que nada lo que diga me compromete.
Le hablo y ella está a menos de medio metro de distancia, nuestra merienda tiene sólo un motivo: terminar con esto que es inmanejable, restablecer un orden que hemos perdido. Ella me mira, sus ojos están tristes y sé que no tengo chances, le digo que la cortemos y todo bien, ya las cosas van a volver a ser como antes.
–No digas estupideces, nada va a ser como antes.
(¡!)
La hostilidad de su respuesta va a contramano de la tristeza de sus ojos, es verdad que no podemos seguir siendo amigos al menos en lo inmediato, pero quiero creer que esto no la sorprende, de repente me quedo callado y no le digo nada.
–Las cosas no van a volver a la normalidad, a mí me pasa lo mismo, ya no quiero escucharte decirme una palabra más sobre Belén.
Diez camiones cargados de sorprendentes respuestas me llevan puesto sin ninguna delicadeza, mientras ella se levanta, pide la cuenta y camina hacia el baño. Yo no puedo decir nada, saco dos billetes con la cara de Belgrano que está más amanerado que nunca y me mira como dándome un consejo, le pregunto a la cara y ahora qué pasa, qué sigue? Me quedo hablando como un pelotudo con el billete y la moza que me viene a cobrar no sabe si pedirme la plata u ofrecerme un Rivotril. Le pago.
Cuando vuelve, sus manos me sorprenden desde atrás, quién soy?
Yo le respondo con certeza y la miro como esperando un premio. Le bastaron dos gestos para sacarme un disfraz y dejarme sin parlamento en medio de un escenario desierto.
–Llevame a casa, dale? Me dejás manejar tu auto?
No hay muchas cosas que no acepte en una relación entre un hombre y una mujer, son pocas, cada vez menos.
Mientras ella maneja, yo sigo engañándome a costa de no recuerdo qué clase de sentimientos.
Sabemos que nos gusta hacernos la película, pero nos la creemos igual.
jueves 12 de marzo de 2009
después · 5
Un joven de veintilargos es el centro de atención de un grupo de jovencitas que lo escuchan con curiosidad. La luz de la vela le da exacta en los ojos y su vestimenta pop es el contraste perfecto para el perfil rústico de la decoración del bar. Habla de la situación actual del arte en Argentina y de las posibilidades de la creación en los artistas del medio local, y hace ademanes con sus manos que se mueven caóticamente y parecen establecer un equilibrio con la seguridad de cada una de sus afirmaciones, al tiempo que las cinco señoritas que lo escuchan mueven levemente sus cabezas, todas al compás, todas como diciendo que sí, todas respaldando las rotundas aseveraciones que él realiza. Cuando es necesario, el joven levanta la voz y potencia su oratoria, cautivándolas de un modo arrollador.
A grandes rasgos, lo que está describiendo es un retraso del interior del país con respecto al desarrollo de la capital, y a su vez un retraso de la capital con respecto a Europa, de donde ha llegado hace unas semanas luego de un viaje inspirador. De las cinco chicas que forman su auditorio, dos han visitado algunos países europeos (una por vacaciones y la otra debido a un viaje de intercambio), y otra ha vuelto, también hace algunas semanas, de Oceanía y Asia a donde fue a encontrarse con su yo interior, según sus palabras. Las dos restantes no han salido del país y por lo tanto se mantienen calladas cuando los demás discuten sobre las distintas situaciones que vive el arte en cada una de las habitaciones del planeta. El joven, que luego de estudiar un semestre en España, ha pasado una temporada completa viajando por otros países de Europa occidental, trabajando en lo que fuese para poder costear su travesía, deja en claro que es su experiencia – y no la de cada una de quienes componen su femenil grupo de espectadores – la más enriquecedora a los fines de desmenuzar el tema que los convoca ya que ha podido vivir el backstage del arte europeo de la actualidad.
Cada una de ellas lo admira y siente que una poderosa fuerza los comunica. Es importante saber entonces, que si alguna de ellas lo contradice o se permite expresar una opinión distinta a la de él, sólo lo hace con el afán de demostrarle ser una interlocutora válida, pero él sólo oye su propia voz por lo que desecha esas opiniones contrarias y así logra seguir hablando desde un altar que no pueden alcanzar sus feligresas.
A estas alturas, ya cerré la revista que hojeaba mientras esperaba que llegue Germán y me acabé el café entretenido en la escena que el joven monta frente a su público. Mi amigo me llama para decirme que se retrasó pero que ya está saliendo para el bar y le digo que no sabe la que se está perdiendo.
Todos, los que han salido del país y las que no también, tienen opinión formada sobre el arte y sobre el papel que está llamado a cumplir en la sociedad. Él asegura que el arte no puede encerrarse en sí mismo, que debe estar atento a lo que sucede y que está obligado a ser vehículo de las demandas de los más desfavorecidos, frente a lo que las chicas parecen quedar fascinadas por su compromiso. Sin embargo, en un arrebato de verborrágica iluminación, el joven les dice que el arte tampoco puede dejar de ser la expresión de un genio personal y único, un campo que no debe contaminarse de la coyuntura y poder desarrollarse también de manera independiente con respecto a los procesos políticos.
–El arte no deja de ser una disciplina inalterable que se abre paso a través de la historia persiguiendo un anhelo estético. El arte es ácido, crítico, rebelde, audaz, pero también simpático, lindo, irreverente, y si tiene que ser absurdo, será absurdo.
Y finalmente, ya absolutamente enamorado de sí mismo, concluye:
(pero previamente encenderá otro cigarrillo, haciéndoles esperar lo que está por decir, maestro de la puesta en escena!)
–El arte es ajeno a lo político y visceralmente político, no puede estar ausente cuando lo que está en juego es la vida.
Ha bajado la voz en las últimas palabras de su frase, diciéndolas lentamente como exhausto por su razonamiento y las cinco han quedado en un éxtasis similar al de los fieles al finalizar el sacerdote la homilía, están conmovidas ante su abrumador compromiso con los desfavorecidos y ahora una sonrisa de satisfacción comienza a recorrerle la cara que segundos antes parecía enardecida de pasión.
Si me tomo el trabajo de relatar esta situación, es sólo porque esa misma noche de julio, en ese bar, conocí a Abril.
Cuando llegó Germán, en la mesa del arte seguían conversando y le conté del espectáculo que se estaba perdiendo. Todavía la vela le daba un aspecto fotográfico al joven que lo engrandecía y lo afirmaba como centro de la función. En ese momento comenzó a sonar una música de violines que elevó aún más su figura y parecía acompañar el movimiento de cada uno de sus gestos. Es un payaso, me dice mi amigo, ya estoy podrido de estos artistitas de cotillón. Germán los detesta, siente un odio demoledor sobre todos esos individuos que se llaman a sí mismos artistas. Cuanto más los escucha, su odio se hace más gélido y feroz. Por el contrario, a mí no me molestan demasiado, de hecho me parecen muy simpáticos. Este flaco me mantuvo entretenido y bastante divertido hasta que vos llegaste, le digo. Pide una cerveza y hace una expresión como para mandarme a la mierda.
Mientras nosotros nos acabábamos la segunda cerveza y – habiendo dejado atrás la mesa del lado – Germán oía una vez más la catarata de lamentos que se sucedió tras la despedida de Belén, una de las chicas que estaban en otra mesa cercana a la nuestra, y que también había sido testigo de lo que sucedía en la mesa del arte, se acercó a nosotros y me pidió si le convidaba un vaso.
Me ha mirado a los ojos con una decisión que atrapa toda mi atención. Sin decirle una palabra, lleno uno y se lo doy. Ella me mira una vez más, penetrante, y gira su cuerpo sin agradecerme dirigiéndose directo a la mesa donde el jovencito, envuelto en la luz que le provee la vela y en la melodía de los violines que no dejan de acompañar a sus manos, aún enamora a su público; yo dejo de hablarle a Germán y ambos nos quedamos detrás de esta joven que me ha pedido un vaso y se ha dado vuelta. Mi amigo no me dice nada pero su gesto me indica que es otra más que quedará obnubilada por nuestro ocasional vecino artista. Pero antes de que el joven pueda saborear la llegada de una admiradora más, ella le arroja toda la cerveza que yo le había puesto en el vaso a la cara y las gotas le estallan como fuegos artificiales que lo ciegan.
–Cállate de una buena vez!
Las audaces afirmaciones del joven quedan inundadas, como su cabello, su cara y su remera. La cerveza ha apagado la vela y también su voz. El artista se ha quedado petrificado y ella vuelve a girar sobre sí misma, tranquilamente, y me devuelve el vaso. Esta vez sí me agradece.
–Espero no te haya molestado, gracias.
–Estuviste genial. Cómo te llamás?
–Abril.
sábado 7 de marzo de 2009
después · 4
Recuerdo que meses antes, después de un almuerzo con Abril – en el que hablamos de su noviazgo, de mi primer encuentro con Juliana, y de mis conversaciones telefónicas con Belén, en aquel almuerzo en donde esa amistad comenzaba a ser insostenible –, caí en la cuenta de que estaba comenzando a quererla sin previo aviso. Sin embargo cuando su relación tambaleaba, yo me puse del lado de su novio que se sentía tan inseguro. Lo recuerdo porque ese mediodía creció en mí la sensación que me hizo sentir estúpido. Un poco estúpido.
Y lo recuerdo, finalmente, porque después de aceptar el plan de domingo que me propuso Juliana, esa sensación creció con más fuerza aún porque no necesitaba pensar demasiado para saber que no soportaría la compañía de Juliana más de diez minutos.
Es que una vez más, después de haberle dicho que la esperaba, me invadió un rechazo hacia ella que me hizo ver (por fin) el absurdo de mi plan de domingo por la noche y logré traer a la memoria – en ese tipo de reflexiones en donde creo estar tomando la decisión que me hará enderezar el rumbo de la vida – el recorrido desesperado de las últimas semanas. Siendo testigo de ese tránsito alienado pensé Esto no da para más.
Para que tomemos real dimensión de la naturaleza de esa convicción, es similar a cuando digo Esto no da para más, mañana empiezo el gimnasio. No tenía motivos para creer en lo que afirmaba pero me dejé llevar por esa ilusión de cambio radical. Expresiones como Desde mañana enfrento la realidad de otra manera, Tengo que aprender a resolver mis problemas ordenadamente o la aprendida siendo muy chico Ya para chorizo, es largo corrían por mi casa burlándose de mí y de mi ingenua convicción de cambio de forma de ser, de mi absoluto convencimiento de estar terminando con una época. La Lara (no encontré mejor nombre para mi perra) me miraba como con compasión, dándose cuenta ella, y no yo, de que estaba perdido como turco en la neblina.
Ahora puedo dudar de qué es lo que en ese momento había incrementado (aún más) mi estupidez, si el hecho de aceptar el plan de domingo con Juliana, o si creerme que de verdad iba a abandonar mi compulsiva necesidad de hacer planes como ése.
Sin embargo, estaba entregado. Mientras yo me ahogaba en ese torbellino de decisiones Juliana venía a paso firme con la triste ilusión de que nuestros domingos se hacían costumbre, y que la costumbre daría lugar a una relación no sólo de domingos, sino de lunes, martes, sábados, cine, viernes, cumpleaños, familias, jueves, noches, mañanas. ¿Qué iba a hacer con todo eso? Ya sabía: lograr que Juliana salga por mi puerta y no vuelva más. Sólo tenía que encontrar el cómo.
Cuando llegó yo aún no había encontrado la solución, por lo que dejé correr los minutos y suceder los acontecimientos pero fui solapando actividades, cajitas. Si Juliana tenía la iniciativa de esperar la comida conversando sobre lo que había hecho en la semana, y todavía seguir hablando de ello –como si yo tuviera un gran interés – durante la cena, pude escapar uniendo la cajita Película con la cajita Cena, y a quince minutos de haberle abierto la puerta, no tuve la obligación de oírla más.
Pero cada cinco minutos un comentario interrumpía mi disfrute cinematográfico y me daba motivos para echarla del mismo modo en que había aceptado que viniese; elegí no contestarle y al no recibir respuestas optó por rendirse y callar. Así logré, por momentos, imaginar que no estaba con ella y entonces su abrazo me resultaba más cómodo y natural, pero mi soledad, una soledad con nombres y características y una miseria sin fondo, había sido potenciada frente a la explosión de los deseos alcanzados y exhibidos en la pantalla. Mi soledad creció hasta convertirse en un líquido espeso que todo lo conquistaba y me asfixiaba más y más a medida que se sucedían sus pequeñas caricias.
Había intentado fingir que no era ella, pero el ejército que me ahogaba no admitió discusiones y me encontré enamorado pero sin tener en claro muy bien de quién. Y eso no se remedia con ninguna Juliana que venga a mirar una película tirada en mi cama.
De ninguna manera.
Eso sólo lo puede remediar Abril.
Por eso, cuando las cajitas Película y Cena quedaron vacías, el plan de Juliana quedó obsoleto y ella al filo de darse cuenta. Le expliqué con la precisión de un relojero cuál era la situación hasta el último detalle, quise ponerla en pleno conocimiento del terreno que pisaba y que conozca la realidad de la cual era parte. Le expliqué que lo hacía porque no puedo soportar desconocer la realidad en la que respiro, que eso es lo más parecido a perder la razón y que volverse loco era infinitamente peor a estar muerto y que debido a todo aquello ella merecía saber los detalles que hacían que yo la espere. Juliana estalló con una violencia inusitada acusándome de sádico, cruel y enfermo, decorando su lista de imputaciones con un rosario de insultos que me demostró todo ese enojo ante lo que ella consideró un desatino de declaración. Sus gritos se multiplicaron en el aire de la casa pero yo no los escuchaba; después de los primeros insultos sólo podía ver su cara desencajada que no tardé en dejar de reconocer.
No pude sentir por ella ninguna aflicción, Juliana había dejado de existir ya antes del primer grito.
–Por favor, no hagas que te lo pida de nuevo.
–Andate a la mierda. Pedímelo otra vez, mil veces.
Juliana perdió los estribos: no sólo no acepta mi invitación a irse, directamente quiere que la eche.
–Ok, está bien… Te vas. Ahí está la puerta. No quería que te enojaras ni que…
Pero ella ya no pudo escuchar una palabra más y me hizo un gesto de impotencia pidiéndome callar. Alzó su dignidad, se volvió hacía mí y comenzó a besarme como para que me arrepintiese de haberle pedido que se vaya, de haberle dicho todo eso que le dije. Cuando mis manos la invitaban a quedarse, siendo tan hospitalarias como no lo habían sido mis razonamientos tres minutos antes, ella dejó mi boca y se levantó.
Sucedió tan rápido que cuando escapó de mi cama me quedé mirándola como pidiéndole una respuesta.
Se dio vuelta y se fue.




