miércoles 1 de julio de 2009

el culo mirando al norte · 1

Es extraña la relación entre el tamaño y las demostraciones afectivas. Cuando me dicen te mando un beso grande no puedo dejar de imaginar unos labios rojos monumentales que me acechan. ¿Cómo es un beso gigante?

Ahora, cuando me dicen te mando un abrazo grande, o un abrazo inmenso, ahí me quedo pedaleando en el aire. Un abrazo inmenso! ¿Cómo mierda es un abrazo inmenso? ¿Es el que da un tipo que es normal pero tiene los brazos de un gigante, y bajo su abrazo uno es una pulga? ¿Es - directamente - un abrazo que te da un gigante? No entiendo un carajo si me dicen te mando un abrazo enorme.

jueves 25 de junio de 2009

(un amor de productora!)



esa noche, Córdoba va a ser una ciudad en donde sea divino estar,

lo vamos a pasar tan bien!

miércoles 17 de junio de 2009

Faena de turistas

No lo hubiesen imaginado.

Los turistas, pobrecitos de nosotros, andamos boquiabiertos, absortos, ojiabiertos, transpirados. No nos imaginamos que otras tantas personas nacidas en vaya uno a saber qué lugar oscuro del planeta andan por detrás nuestro, ocupadas en vigilarnos. Los turistas estamos a la merced de esa gente que mira. Los turistas pensamos che, qué calor, vamos a comprar una coca helada, ponete la gorra, no vaya a hacerte mal el sol. Los turistas andamos apurados, que nos rinda el día… El turista de clase media es como un amante compulsivo y veloz. Somos un manojo histérico de lugares para conocer en tres minutos. Incansables taxonomistas, no podemos escapar a la gloria de creer haber llegado al fondo profundo del ser de esa ciudad.

Naturalmente, ellos no sabían que estaban siendo fotografiados. Los grupos de turistas son como tribus nómades. Andan con mapas, gorras, cámaras de foto, botellas, pañuelos, viandas: una verdadera expedición. Los turistas solitarios juegan, les da por jugar al simulador. El turista solitario habla solo, se dice mirá, mirá qué lindo! El turista solitario está asombrado de las cosas que ve, y no tiene nadie a quien contarle, con quien compartir su asombro, simula que todo le es tan natural, que todo le es tan corriente, camina como quien anda por su casa. En cambio, los grupos de turistas, esas tribus tan coloridas, andan con los índices cansados de tanto señalar, mirá esto, mirá aquello, y sus gestos son las hipérboles del asombro.

Se está tomando una foto a sí misma en el momento exacto en que la lente de mi cámara de turista clasemedioso la congela. Frente a cada turista cámara en mano, la mía es implacable. Adquiero el método que me lleva al hábito, a la costumbre, es un reflejo una necesidad una actividad vital, que sin embargo se hace cada vez más peligrosa cuanto más se pierde la esperanza de disimulo. Entonces es clara la evidencia: esta persona a treinta centímetros está recibiendo un disparo de mi cámara y lo sabe y sabe que sé que lo hago como si no me importara como si tuviera su permiso como si fuese cosa de todos los días que a uno vengan y lo fotografíen así gratis nomás, entonces me suelta una camionada de puteadas que no comprendo – yo no sé de insultos, cuando era un chico me retaban si puteaba –. Lo único que percibo es la velocidad de modulación y los gestos que me dicen a las claras que está enceguecida.

De pronto un Mc Donald’s es una fuente inacabable de esos seres que comen rápido para poder visitar los cincuenta y tres lugares de ese día. Me los llevo conmigo y bajando al metro siento una tensión que me produce una poderosa excitación que me obliga a seguir descargando disparos sobre los más desprevenidos viandantes. En los vagones nos amontonamos personas de los dos extremos de la escala que separa a aquellos seres humanos que están desesperados por llegar a un determinado lugar para poder cumplir con su rutina, de esos otros seres que andamos ahí, gastándonos los ahorros de años para poder ver por algunos días la ciudad en la que esos primeros se van muriendo un poco más cada día que se acaba. Y siempre tengo la ilusión de que se va a armar una buena, de que los pasajeros que viven en esa ciudad estallan de furia contra nosotros, que andamos impunes, gorra en cabeza y cámara en mano y nos dan una tremenda biaba. Nos masacran. Nos despedazan, nos patean, nos dan golpes de puño, y hasta nos escupen desdeñosa y burlonamente, están enfurecidos, quieren su venganza. El tufo del vagón se enrarece y está claro que de ésta no pasamos. Cuando quisimos percatarnos ya era tarde, su furia se desató sobre nosotros y nos masacran llegando a la estación République, donde logro escapar: híbrido turista que niega a su especie, huyo de la matanza. Insisten en mi memoria los gestos de asombrados pasajeros que miran desconfiados, que no saben dónde va a terminar esa foto con su cara ojerosa. Mi lente se lleva la muerte de un grupo de jubilados canadienses y algunas familias asiáticas a manos de tiernos estudiantes de filosofía, los estudiantes portan tijeras, pinzas, limas, lijas, martillos, cuchillos, tridentes, encendedores; los lijan, los cortan, los liman, los levantan como vacas a la cruz, los prenden fuego, se oyen los alaridos de los viejos desconsolados y calcinados y los gritos de los chinos que son como los gritos de un chancho, agudo, muy agudo; se los oye desde la salida del metro y sus gritos de agonía inundan todo el parque. Yo camino hacia mi hostel como quien no quiere la cosa, como quien nada ha visto, quien de nada se ha enterado.

Naturalmente, ellos no hubiesen podido siquiera pensar que cuando apretaban el gatillo de sus cámaras, mi lente los convertía, a ellos, fotógrafos de momento, en parte de esa ciudad, que es tan ella misma en sus habitantes y edificios como en sus turistas masacrados.

La flaca que atiende la recepción del hostel me pregunta en un decoroso inglés que qué me ha sucedido, que por qué traigo toda la ropa cortada, que qué son esos cortes en los brazos. Le respondo que está todo bien, que no pasa nada y escondo mi cámara ensangrentada, pero ella insiste y me dice que va a llamar a un médico, que me quede ahí sentado pero la muerte se me ha metido por la nariz y se ha instalado en mi cerebro con ese olor de cuerpo en llamas y ya no logro ver más nada y entonces ella corre y grita pero es en vano ya estás lista flaca, gritá todo lo que quieras.

jueves 11 de junio de 2009

después · 10

terapia

En el transcurso de mi existencia Belén es la prueba de lo imposible, un martes a la noche repleto de interrogantes que no conocen la piedad, una caminata desorientada que me lleva al único lugar donde aquello que me enseñó no tiene cabida.

No pude comprender qué había querido decir con eso de que ya había aprendido, con aquella frase donde me dijo que podía seguir solo. No quería pero necesitaba una respuesta que nunca pedí y que nunca llegó, entonces dejé crecer el odio sólo comparable con el amor – si es que tal cosa existe, y aunque así fuera, si es que la amé alguna vez – que había podido sentir por ella.

Las parejas en la calle se multiplican y me observan y me persiguen. Yo sólo quiero ametrallarlos y gritarles su porfía, yo sólo quiero que me expliquen qué es lo que sucede dentro de esas parejas dentro del espacio de sus brazos, ese círculo que los asfixia y parece mantenerlos con vida. Camino entre ellos y los observo como un enfermo, como un obsesivo, como un criminal. Las parejas se abalanzan y están pegadas, son dos seres que caminan atados, una sola sustancia que se mueve y se reproduce y grita a viva voz esa clase de destrucción inminente que los acecha y que los carcome.

Belén fabricó ciudades sobre mi cama que yo tuve que demoler, monumentos en nombre de no puedo entender qué clase de felicidad de cuyo recuerdo busqué escapar escondiéndome en mil camas de las que huía a su vez, por miedo a convertirme en un asesino.

Cincuenta mil días con sus noches después de haberme dicho lo que tenía para decir, Belén fue una lista de e-mails que llegaron esporádicamente preguntándome cómo iba todo, e-mails cuyas respuestas fueron amables, perdidas, indefensas, mentirosas, bienbienbien, por acá todo como siempre.

Virginia me pregunta qué busco en esas respuestas, qué espero después de todo, qué busco fuera de su cama. A mí no me interesa responderle, no quiero ser el único en su cama, no pretendo exclusividad y fuera de la suya no busco nada distinto, sólo esconderme de una cursilería sentimentalista. Virginia es la evidencia de una lealtad que se parece a la de una pareja de ancianos a metros de la muerte. ¿Qué es una pareja de ancianos sino dos personas que atestiguan y acompañan la caída del otro? Le digo que somos dos viejos a los que no les queda ni lo puesto: sus hippies andan de corbata y la mujer de mi vida lleva un anillo de matrimonio. Somos una desgracia cogiendo en una cama, lo sabemos y no podemos disimularlo.

Las paredes de su habitación tapadas de fotos, de humedad y aerosol son el escenario infernal que envuelve un ritual que no da tregua, un escape desesperado.

Me olvido por fin, durante algunos minutos, de Belén.

Suena mi celular y Abril me pregunta qué hago, cómo estoy, si se me pasó el mal humor de los últimos días. Le respondo seco, frío, no es momento de conversaciones. Corto.

Ella no lo comprende pero no es noche para dejar sola a mi amiga, hay códigos. No pienso dejarte sola. Virginia me escucha y se ríe, me dice que ésta no es una noche para dejarme solo, que qué carajo voy a hacer fuera de su cama. Me abraza, me hace dar una vuelta, elabora formas con su cuerpo que logro reconocer y me vuelve a besar. En la cama ya no quedan ni las sábanas, ya no hay almohadas. Ni límites.

Yo sé que por la mañana no querré haberlo hecho, que por la mañana no podré soportar su presencia, pero Virginia insiste.

–Regalame todo ese odio, después me contás sobre tu amiga, sobre su rubio, sobre esas parejas en las que no hay lugar.

martes 26 de mayo de 2009

objetos · bonus track

golpes

Hay golpes que no te esperás, me entendés? Hay golpes que son como el odio del mundo, que te sacuden como un cataclismo. Hay golpes que llegan callados, que se acercan sigilosos y te agarran en el aire, hay golpes que llegan cuando estás elevándote en un salto y te devuelven al piso, me entendés? No pude hacer otra cosa que callar y me quedé mudo.

Hay golpes que son una burla a la ilusión, una sobredosis de realidad. Esos golpes, creo, son los peores.

Hace poco más de un año no podía imaginar que la persona que me iba a abrir la puerta de esa escuela iba a ser quien finalmente lo hizo. Y hace cinco días, tampoco me esperaba que eso volviese a suceder.

***

–La señora directora está ocupada, ya lo va a atender su hija, la espera?

Sentí cómo me llevaba puesto un poderoso alud y cómo el piso de pronto comenzó a temblar. Qué? Así me lo decís? Me podrías haber pedido que me siente!

La misma secretaria que un año antes (parecen mil) me decía que me esperaba la madre y no la hija, la misma secretaría que quise atravesar con una espada, esa misma secretaría ahora me dice no sólo que Belén está en la misma ciudad que yo, sino además que está en un radio de proximidad de no más de, no sé, cuarenta metros? Me podrías haber avisado con un poco más de tranquilidad, maldita! Me podrías haber dado tiempo a que me de un infarto al menos. Sin embargo, amé a esa secretaria, llegué a amarla y fundirme con ella en un sentimiento de fraternidad en donde pensé que los seres humanos se unen en los momentos de desgracias y de victorias. Sos una grande, secretaria gris. Mis nervios aparecieron con el estruendo de un sismo y un segundo después me tocaron el hombro desde atrás.

–Hola, te acordás de mí?

Nunca voy a entender esas preguntas. Obvio, le dije y no agregué otra palabra.

–Me dijo mi vieja que venías, tanto tiempo, cómo estás?

Su abrazo me corta el aire, que cómo estoy? A punto de vomitar estoy.

–Volviste… No sabía que volvías, estás acá. Cuándo volviste? Ahora trabajás acá?

–Sí, volví hace un mes, y estoy laburando acá en el cole, soy la psicopedagoga y también doy metodología de la investigación social. Pasá, mi mamá está ocupada, podés hablar conmigo.

No, no puedo hablar con vos, claramente no puedo hablar con vos, no sé qué carajo decirte, estoy en una montaña rusa aterrorizado por el vértigo, no te puedo decir una sola palabra.

–Mirá, estoy corto de tiempo, tengo la mañana súper ocupada, paso a dejarte estos papeles, andá mirándolos y luego del finde paso así te explico bien, dale?

–Bueno, te parece bien el martes que viene a las nueve?

–A esa hora estoy acá, me tengo que ir.

***

Cinco días después mi despertador sonó a las siete de la mañana y mi habitación fue el escenario de la duda. Me di una ducha caliente, hirviendo, que me relajara cada uno de los músculos que parecían estar hechos de piedras, de pesadísimas piedras. Desayuné con la ansiedad de una terapia intensiva y volví a organizar mi estrategia, cada una de las cosas que le voy a decir, mi actitud frente a ella y el modo de dejar en suspenso un encuentro. Me probé cinco pantalones, diez camisas y cuatro sacos. Estuve cuarenta minutos frente al espejo pero mi expresión de terror no se quiso mudar de mi cara. A las nueve menos veinte me parecía estar caminando por el pasillo anterior a la sala donde se me iba a practicar la pena de muerte. Nueve menos cinco me tuve que tomar un alplax que calmara un poco mi tremenda excitación.

Frente a la puerta de la escuela soy una ensalada de nervios, miedos e ilusiones que no consigue tocar el timbre, parezco un paracaidista que duda pero de pronto alguien me empuja. Llega una mujer que toca y parece apurada, toca una vez más pero es como si nadie oyera, nadie aparece. La mujer toca, entonces, una tercera vez. Yo la miro y no le digo nada, no hay buen día, no hay comentario sobre el frío que volvió después de una semana de calor, no hay palabras de cortesía y comienzo a pensar si habré perdido la voz, si habré perdido la audacia, si no es mejor que me vaya de ese lugar pero nos abre la puerta la secretaria, la misma de hace un año, la que me hace las mismas preguntas, quién soy y a quién busco, yo no tengo la menor idea de qué contestarle. Soy un atado de nervios y busco a la única mujer que amé en mi vida, la podés ir a buscar?

–Yo vine el viernes, tengo una reunión con la psicopedagoga.

–Ah sí, ya me acuerdo. Está dando clases, espéreme un segundo que le voy a avisar que ya llegó. ¿Me recuerda su nombre?

Voy a la cantina y pregunto cuánto sale una coca, cuánto sale un yogurt y no me importan ni las cocas ni los yogurts, no me importa la cantina ni el motivo formal que me lleva al colegio, yo sólo voy porque estás vos, me entendés?

Cuando la veo me doy cuenta de que el tiempo que pasó desde que se fue sólo pudo medirse en términos de lo que faltaba para que alguna vez, sin aviso previo, volviera a verla. Me parece estar diez centímetros sobre la tierra y ella me sonríe y yo no sé si despertarme o hablar, si contarle todo lo que pasó hasta este minuto, todo lo que destruí para no encontrarla en todos lados, de pronto me quedé sin una sola palabra para decirle.

–Pasá a mi oficina. Estuve viendo los papeles, querés hablar con los chicos o me contás a mí?

Belén se dirige a mí con la diplomacia de las relaciones laborales y yo sólo puedo caminar por ese camino que me indica. La reunión es sólo eso, una reunión de carácter informativo sobre la alianza de cooperación de la organización donde yo trabajo con la escuela donde ella trabaja. Toda mi estrategia queda fuera de foco y se desdibuja, mis nervios son implacables y me equivoco en cada uno de los datos que le doy, fechas, lugares, números de teléfonos, costos operativos, todo me lo olvido en un instante. Quiero saber qué hizo durante un año, qué hizo hasta hace diez minutos, dónde estuvo, quiero que me saque de ese lugar pero ella no hace más que pedirme precisión sobre los datos y las características del trabajo conjunto.

Salgo del edificio, ciego, inexperto, asustado, impotente. Enciendo un cigarrillo, subo a mi auto y fumo con la necesidad de un condenado. Son las diez de la mañana y tengo cuatro reuniones antes de mi almuerzo. Cancelo todo, motivos de fuerza mayor. A la una y media, los alumnos se van a ir a sus casas y planeo ir a buscarla, invitarla a almorzar y esta vez, sí, volver a ella y a una realidad en donde todo gira en órbita alrededor de nosotros dos.

Cuando llego a mi casa llamo a su primo, mi amigo de toda la vida, y le pregunto –Cómo es eso de que tu prima volvió y no me dijiste nada? La vi el viernes y casi entro en paro. Recién tuvimos una reunión, la voy a invitar a almorzar.

Hay golpes que no te esperás, palizas que no tienen justificación, que te rompen y después te siguen pegando aún después de roto, no sé si me entendés. Hay objetos que no querés ver, como ese anillo que no supe qué hacía en uno de sus dedos, ese anillo que me vigilaba y se reía, que fue el único que rió dentro de esa oficina.

Hay cosas que no está bueno escuchar, que es una mierda escuchar. Mi amigo hizo silencio y luego disparó:

–No te enteraste? Hace veinte días se casó.

jueves 14 de mayo de 2009

después · 9

regalos

–Tengo ganas de escribir un relato donde un tipo que va en un Renault 12 me caga a trompadas.

–Me contaron que estás escribiendo un cuento con todo esto, y que ahí me llamo Abril, ¿cómo es eso?

–¿Puedo?

–Hacé lo que quieras, pero no hables de mi novio, me contaron que en tu cuento lo tratás como un nene bien, como un idiota.

–Es un nene bien, y el cuento es eso, un cuento. Si se me ocurre que tu novio es mormón, va a ser un mormón, y si se me ocurre que lo dejás y estás loca por mí y yo te dejo por una gitana, también.

Abril pone cara de No te entiendo un carajo, sos un pelotudo.

–Ah sí? ¿Y qué nombre le pusiste?

–Tu novio no tiene nombre, es un indocumentado. ¿Te jode que escriba un cuento con “todo esto”?

–No, no sé, creo que no, cuando lo lea te digo, ¿es parecido al otro que escribiste sobre la loca esa que conocías de chiquito?

–Es lo que sucedió después de ella, y si te jode, cosas que pasan…

Ella no se cree ni un poco de mi displicencia, sabe algo de lo que yo aún no acuso recibo, por eso se lo banca, por eso se traga esos arranques de bravuconería machista con que le pongo distancia. Abril sabe que estoy enamorándome de ella, y yo aún ni lo sospecho.

Avanzamos en mi auto, protegidos por la oscuridad del interior, y llegamos hasta el proveedor de bebidas del congreso. Está abierto y aún faltan como tres horas para que cierre, pero eso no nos va a hacer bajar, para nosotros está cerrado y nada más. El cansancio de todo el día nos obliga a suspirar constantemente mientras buscamos un lugar propicio para estacionar. Vamos a un lugar donde podamos hablar. Yo no entiendo mucho eso de ir a un lugar donde podamos hablar pero le hago caso.

Cuando llegamos a la cuadra más oscura que podemos encontrar (ya estamos a miles de kilómetros del hotel donde se hace el congreso), freno y nos ponemos en posición de diálogo pero los dos sabemos que aún no tenemos nada para decirnos. Nos abrazamos de nuevo y somos la cuenta regresiva de un desastre hormonal. Abril juega con el drama y me dice que está nerviosa. Tiembla. Yo no le digo nada y la abrazo cada vez más fuerte. De pronto nos estamos besando y de nuevo el tiempo se convierte en una velocidad sin piedad y le digo que todo me recuerda a Belén. No me importa, estás hablando giladas.

Llega un momento, lo sabemos, en que es insostenible la dinámica de los besos inofensivos y me dejo llevar por un instinto que busca debajo de su ropa, por encima de eso que llamamos sentimientos. O por encima de eso que considero que son los sentimientos y que nada tiene que ver con la dinámica animal del sexo, por eso intento frenarme, pero para eso es preciso que frenemos los dos y ella no tiene pensado hacerlo. Retomo, entonces, mi búsqueda de su piel. Pero su boca deja la mía y sus labios se divierten en mi cuello y en mis nervios y en mi excitación y Abril me dice que basta por ahora, que después. Obedezco, no sé hacer otra cosa que obedecerle y me freno, está bien, después.

Cuando volvemos, los demás me preguntan qué traje y les contesto que estaba cerrado, que no conseguimos nada. Cada uno hace la suya y la recepción se desvanece en algunas horas, luego de las que le ofrezco llevarla a su casa. Sólo si me dejás manejar. Obvio, sabe que me encanta que sea ella quien me lleve.

Yo me recuesto en el asiento del acompañante y no le doy importancia al exterior, no veo el camino y entonces, para mi sorpresa, Abril se detiene en la puerta de mi edificio. (un regalo de Navidad puede tardar años, pero qué lindo es cuando llega así, sin aviso)

***

En el espacio de mi cama, Abril sufre ataques repentinos de fidelidad. A mí me encantan, ella lo sabe y le molesta. Le digo que no hay motivo, que no se enoje, que todo eso a mí me da risa, su fidelidad y su enojo de mi encanto.

Entre un hombre y una mujer hay muy pocas cosas que no acepto. Pero la fidelidad en su pareja, y yo y ella en una misma cama, es una combinación que no se sujeta ni a ellos dos ni a mí, es algo caprichoso que a ella le encanta mientras dice que no, que está mal, que esto se tiene que acabar. Pero esto recién comienza. Abril demuele edificios, destruye ciudades debajo de mis sábanas, ciudades fuertes, sólidas, edificadas sobre cada una de aquellas felicidades. Me pregunta por qué al volver de mi viaje no recibió de mí un regalo, un recuerdo, si en Bolivia me acordé de ella. Abril no entiende que eso no me corresponde a mí, sino a su tierno rubio y se lo digo, entonces ella se enoja (una vez más) y peleamos (una vez más). Le digo si me va a traer algo del viaje que proyecta hacer con la familia de su rubio en julio, si lo va a elegir con él y volvemos a pelear, estas peleas me divierten, no puedo parar de reírme y ella, desnuda, se dispone a perseguirme en el diminuto ring que se desarma y su pelo es la evidencia de una furia frente a la que se me ocurren mil maneras de inmolarme. Abril derriba ciudades, devasta un imperio entero en mi habitación y su novio le ayuda a elegir mi regalo. La idea me embriaga. –No me digas que la idea no es divertida (la idea no le hace ni un poco de gracia pero yo estoy tentado). Cosas que pasan, ella no lo entiende, Abril es un tratado sobre la moral y las buenas costumbres, un tratado de veinte mil hojas desnudo donde me río y me olvido de cualquier ser que no sea ni ella ni yo en mi destruida cama de una plaza.

–Esto está mal, esto está muy mal…

Y todo vuelve a empezar.

lunes 4 de mayo de 2009

después · 8

avalancha

Dos mil años de propaganda monogamista nos han convertido en fervientes defensores de ella, por eso cuando Nietzsche llegó a la conclusión de que Dios había muerto, aún no podía quitarlo de su cama.

Cuando deseaba a Cosima Liszt (la esposa de Wagner), Nietzsche debía luchar contra una maquinaria aparentemente muerta pero que seguía despierta y viva en el cinturón que sujetaba sus pantalones. Ella amaba a Wagner y sólo a él, y no podemos pensar que sea posible amar a dos o más personas a la vez porque Occidente ha sido educado durante todo ese tiempo para que el objeto de su amor sea uno y sólo uno: si Nietzsche no lograba conseguir de ella aquello que ansiaba, era precisamente porque aquello que había muerto se lo impedía.

Las relaciones entre los hombres y las mujeres, desde los encuentros casuales hasta la constitución de una familia, están atravesadas por todos esos siglos de trabajo ideológico católico. Por eso es lindo mirar cómo, cuando cada uno de nosotros cree haberse liberado ya de todo eso y creemos evidenciar toda esa libertad en cada uno de nuestros actos, al volver a nuestras parejas que nos esperan en una cama, en esa cama no sólo espera un amante, también aguarda Dios, vigilando el atroz pecado de la infidelidad.

Abril es una luz potente dentro de ese auditorio, su presencia en la mesa principal es un reflector que me hace olvidar los trescientos universitarios que la escuchan con atención, una luz que me hace olvidar la responsabilidad de estar a la cabeza de la organización que realiza el congreso, que me hace volar en medio del sopor de la sala, imaginar que ella habla sólo para mí y que los demás son el público de un soliloquio que se dirige nada más que a mí; de repente el hotel se transforma en un inmenso parque de diversiones, donde ella practica un juego cuyas consecuencias (palabra tan amenazante) desconoce, y su drama sentimental es un camino sin desvíos ni escalas que la conduce al quebranto de esas reglas que construye cada día.

Dos horas más tarde aún me entretengo en esas insignificancias mientras ella me agarra una mano con las dos suyas, me aprieta, me suelta y se agarra la cabeza. Todas las dudas la acobardan y duda. Me abraza.

–Me ponés muy nerviosa bobo, no hagas más eso.

–Me encanta entrar a mirarte a los ojos, me encantan tus nervios, me encantan y me divierten mucho.

–Sos pendejo, eh?

Sus frases van vestidas de gestos de complicidad y ternura, van acompañadas de un juego de sus manos con las mías que decora esa delicada hostilidad.

–No sé qué hacer, no sé nada.

Hay un poderoso e intrincado sistema de culpas y consecuencias dentro de la sala de invitados – que acabo de cerrar para nosotros dos – que la sacude y la amenaza. Mientras estamos cerca y repitiendo una vez más el rito de una imposibilidad, una presencia invisible nos vigila con una sentencia preestablecida. Abril busca esconderse.

Existen numerosas clases de infidelidades, pero puedo arriesgar que se podría clasificarlas a todas en justificadas y no justificadas (mi clasificación es apresurada y seguramente falaz; con todo, voy a insistir en ella). No me detengo en las que no encuentran – ni buscan – justificación. Sólo voy a decir que las infidelidades que sí se justifican son las que acompañan a aquellos que, paradójicamente, cultivan la fidelidad: existen las que se justifican por un resentimiento (las que ingenuamente llamamos venganzas) y las que aparecen como una avalancha demoledora, éstas últimas son las que envían al martirio a sus víctimas.

Abril se ubica entre los mártires de la fidelidad. Ella quiere a su novio y no desea traicionarlo, pero parece que un poderoso sentimiento (nada más ficticio que los sentimientos) la aborda y destruye toda oposición a su paso. Piensa que se ha enamorado y toda su existencia se determina en una resistencia frente a ese deseo. Su resistencia, según sus propias palabras, es un acto de amor. El acto de amor más difícil que puede hacer por su novio y nunca podrá decírselo. Hasta que llega un momento en que ese sentimiento la vence y termina por engañarla al fin: cree estar enamorándose de otro hombre y eso la enfrenta a un pelotón de culpas que la señalan con el índice y la juzgan, entonces se siente acorralada pero al mismo tiempo sabe que está perdonada: ella no ha elegido este camino, son las circunstancias las que se desatan sobre su corazón.

No necesito decirle nada y no intervengo porque eso sería desleal para con su novio, y a mí me sientan bien mil apelativos, pero creo que no el de desleal. Ella me abraza y repite ese no sé qué hacer una y otra vez imprimiéndole un dramatismo que nos embriaga y nos ciega. Seguimos haciéndonos la película.

Estamos encerrados, abrazados, respirándonos, potenciando un deseo que grita por libertad y Abril está atrapada en una red paranoica de ficciones que la marean, la ficción de su noviazgo y la ficción de nuestro súbito enamoramiento desafortunado. Una explosión que no termina de comenzar ni de acabar la asecha y la acorrala, una explosión constante de ficciones que la persiguen por los pasillos que nos esconden. Pero los quince minutos del recreo en su sala están por terminar. –Tenés que volver, no llegues tarde que después te van a preguntar dónde estabas.

–Con vos, estaba en una reunión con vos.

Nos reímos y se va, cuando está cruzando la puerta se da vuelta y me dispara una última sonrisa. Yo me tumbo en una silla y miro el piso, esto es un delirio.

De esa manera transcurre toda la tarde del jueves, de esa manera también pasa todo el día viernes y a la noche nuestros cuerpos no soportan más el grado de sometimiento de tanto abrazo cargado de todo eso que no espera. Somos una estampida monumental que se mantiene por la fuerza de un cabello.

El agasajo a los participantes del congreso, esa noche del viernes, es como una invitación a la felicidad, los dos estamos cansados porque el día fue largo y nuestra espera aún más. Ella sale de la sala donde se dan las discusiones en torno a su ponencia y me busca, –No falta nada para la recepción?

–Son ochocientos pendejos, si faltara algo, ya estaríamos en el horno.

–Estás seguro? No tenés que ir a comprar algo de último momento?

–No, por lo menos no me dijeron nada...

–Vos sos pelotudo, no?

Es verdad que traducir las indirectas femeninas requiere de habilidad y de sabiduría. Es verdad eso, pero mi falta de práctica en esta materia me lleva a la imbecilidad consagrada.

–Seguro que algo debe faltar, vamos.

Se ríe, se ríe fuerte, a carcajadas, y en esa risa libera buena parte de las tensiones que acumuló en todo este día larguísimo, eterno, inacabable. Cada carcajada es como un descanso en donde recupera toda la determinación que las dudas le hacen perder. Yo les explico a los chicos que coordinan el congreso que me voy a asegurar de que no falte nada y ella se enamora de mis precarias estrategias de enmascarar la realidad.

Caminamos al estacionamiento y me acuerdo de todos los recovecos que tiene el hotel.

–Viste que íbamos a encontrar alguna esquinita?

–Podés ser un poquito, un poquitito menos agreste?

(Anoto en mi memoria: Hoy es la primera vez que me dicen agreste. Agreste!)

Todavía falta para llegar a los autos y en un segundo de distracción toda esa avalancha que logramos contener en un día y medio de forzosa convivencia se descontrola y nos agarramos de la espalda (me parece que el nivel de los abrazos ya pasa a ser un agarrarle la espalda al otro, es como si quisiéramos aplastar toda la humanidad del otro).

–No soporto más esto.

Nunca me gustó obtener la boca de una mujer a costa de un razonamiento, me produce una sensación horrible tener que convencer a nadie para que acceda a besarme. Un beso me parece una práctica más del reino animal donde nada está más fuera de lugar que la razón. Así y todo, Abril pide a gritos que le explique que si había una línea de no retorno, la cruzamos hace rato, que si había un punto en donde nuestra amistad pasaba a ser atracción, y la atracción pasaba a ser concreción misma del deseo, esa línea nos pisa ya a nosotros. No hay nada más por lo que pueda sentirse culpable, ya sucedió todo por más que aún no me haya besado. No se lo quiero tener que decir.

–No aguanto más, qué estamos haciendo?!

Habla y se muerde la boca y me mira y dispara sus ojos que parecen encendidos. A mí el drama me cautiva y le digo que ya está, que ya cruzamos no sé qué línea porque cuando estoy por comenzar a razonar nos quedamos a diez milímetros de sacar los pies de la tierra y me acerco y sus labios son suaves, cálidos, acogedores. No podemos coordinar ni un movimiento, nos chocamos, nos empujamos, nos mordemos. Bajo la oscuridad del pasillo que nos lleva al estacionamiento nos dejamos caer y un estallido que esperaba impotente de pronto nos posee y ya nada existe fuera de nuestros cuerpos que nos llevan. Abril sabe cómo besarme y juega con mi boca como diciéndome que la conoce, que acaba de quitármela, que ahora es suya.

Caminamos hacia el auto y vamos a buscar todo eso que la recepción del congreso ya tenía. De pronto nosotros tenemos tiempo y el hotel, mil recovecos.

domingo 26 de abril de 2009

oyom presenta objetos


La no actualización de después se debió al diseño de la tercera oyom en papel, oyom presenta objetos, el cuento que subimos acá a fines del año pasado. La van a poder conseguir (dos pesos) en el Cineclub Municipal y en otros lugares que ya les confirmaremos.

En unos días vuelve después.


(ésta es la tapa de la tres, que el lunes entra a la imprenta - Felicidad! -)

sábado 11 de abril de 2009

después · 7

Después de la partida de Belén sólo quedaron los restos de una ejecución. El camino desesperado de la huida de su recuerdo, el comienzo de un egoísmo sin compasión, en fin, la apoteosis de un egoísmo que no sólo no podía considerar un Otro (aunque esto, lógicamente, sólo se dio en las relaciones con mujeres), sino que comencé a pensar que en las ofensas a las que podría someter a cada una de ellas, yo mitigaría mi calvario. Abril es una revolución colorida en medio de la aplastante tarde gris de martes en que se habían convertido mis días. Me prendí de esa ilusión de arco iris y, del mismo modo en que el auto me trasladaba de un lugar a otro, manejado por ella, dejé que me lleve nuestra relación o lo que sea que construimos, hacia donde imaginé encontraría paz.

después

–Podés parar de mirarme?

–Sabés que no puedo.

Lo que antes de la merienda era una atracción tierna y trágica, un amor ingenuo e inofensivo, ahora es un deseo decidido e inexorable. Ella lo sabe y por eso se calla y mira hacia adelante, maneja hacia su casa pero vamos al desastre y la oscuridad del interior del auto, interrumpida por las intermitencias de las luces de la calle hace que el azul de su remera me maree, me hipnotice. Yo voy casi acostado en el asiento del acompañante, poniéndome en la piel de mujeres que se ofrecen en autos hospitalarios. Escuchamos a Aristimuño y si no acompaño la letra es sólo porque eso significaría una cursilería que me avergüenza. Abril acelera nerviosa, colmada de ansias por una decisión que no quiere tomar, que no va a tomar. Prende un cigarrillo.

Cuando llegamos a su casa yo le giro la llave y apago el motor, quiero quedarme un rato en la puerta de su casa, quiero que la merienda no termine pero la puerta de su casa y nosotros dos dentro de mi auto es una combinación que la incomoda. Lo vuelve a poner en marcha y me dice que se tiene que bajar, que no se siente tranquila ahí, que en cualquier momento llega su novio. Yo pienso en cenas familiares, en novios sentados con padres y hermanos de novias, recuerdo las innumerables mesas donde comí y sonrío con un gesto que intenta sugerir mi desdén por ello, mi aberrante asco por ello. La beso cerca de su boca pero dejando en claro que no quiero besar sus labios y me aparto rápido, prudente. Hoy no va a suceder nada más, hoy no, menos a las nueve de la noche, menos en la puerta de su casa. Un beso rompería la impotencia de esta merienda que se acaba. Ella me abraza, fuerte, muy fuerte y el espacio entre sus brazos es un lugar del que no me quiero ir jamás.

Le digo que esto no puede seguir, que deberíamos no vernos más, que no quiero hacerle daño (en situaciones de esta naturaleza suelo cometer este tipo de estupideces, minutos después nunca puedo encontrar una explicación). Ella se baja y sus ojos reflejan la tristeza de una amistad que los dos nos comprometimos en disfrazar. Sabemos que ya no podemos tomar ninguna decisión, que un algo nos está llevando hacia donde ninguno sabe pero a donde los dos queremos ir.

–No me esperes entrar, no quiero que mi familia te vea.

Arranco y me voy. Imagino cómo es la cena, la relación de su lindo novio rubio y sus padres, la imagino en esa escena y no logro comprender cómo la más fuerte de mis amigas convive con esa farsa. Imagino todo eso y siento una necesidad terrible de destruirlo.

A las ocho de la mañana me llega un mensaje de texto. No pude dormir en toda la noche, no sé qué vamos a hacer.

Algo se nos va a ocurrir, quedate tranquila.

Intercambiamos mil mensajes donde nos declaramos un amor imposible, desesperado. No puedo dormir más y me levanto sólo para comenzar a esperar que llegue la tarde y volver a mirarle la cara. A las cuatro de la tarde mi ansiedad llega a un punto que me lleva a sentir en toda mi nuca una dureza espantosa pero la veo llegar y mi ánimo experimenta un drástico giro hacia la felicidad.

La organización donde trabajo realiza un congreso en donde ella va a presentar una ponencia, un congreso que va a tenernos juntos jueves, viernes, sábado y domingo, lejos del novio y cerca, muy cerca el uno del otro. Cuando la veo llegar, voy hacia el coordinador del evento y le doy la mano. El flaco me mira desconcertado y me doy vuelta, Abril me sonríe y me abraza. ­–Te extrañé, te extrañé demasiado. El flaco me mira como diciéndome que ahora entiende el motivo de mi insistencia para que aceptemos su ponencia. Su gesto es el de la complicidad, hablamos el mismo lenguaje. La infidelidad comienza a ser para mí un inevitable y me convierto en un promotor ferviente de ello. Abril vuelve a decirme que no pudo dormir en toda la noche, pero a mí no me convencen sus delirios de amor imposible y lo tomo con gracia.

–Será para tanto?

–Te odio cuando no me tomás en serio. Abrazame estúpido.

Sus ojos siguen tristes y nos abrazamos como si nos hubiésemos visto por última vez hace diez años y no anoche.

–Qué tal la cena? Divertida?

–No seas pelotudo, haceme el favor.

Nuestra relación se nutre de abrazos e insultos, un amor imposible que me devuelve la ilusión a fuerza de apelativos violentos. Uno de los chicos de la organización la llama y le indica dónde está el salón en donde va a presentar su ponencia.

–Nos vemos luego?

–Algún recoveco vamos a encontrar.

–Sos un negrito.

lunes 30 de marzo de 2009

después · 6

teatro

Un año y medio después de conocerla todavía jugamos al gato y al ratón y nuestro juego es una telaraña en la que su novio se debate precisamente desde el momento en que le tiró la cerveza a la cara a aquel artista enamorado de sí mismo.

Si tardamos tanto en decirnos lo que ambos ya sabíamos, fue sólo porque a los dos nos encanta ese tipo de amistad cuyos implicados saben que eso ya es cualquier cosa menos amistad. Mientras tanto nuestras compañías de telefonía celular se llenaban de oro a costa de las cantidades industriales de mensajes de texto que disparaban nuestros teléfonos. ¿Qué hacés? ¿Salís? ¿Cómo fue tu día? Qué descanses. ¿Cómo dormiste? Que tengas un lindo día. ¿Qué tal tu reunión? Espero que estés bien. Tengo ganas de verte. Te extraño. ¿Merendamos?

Merendamos.

La séptima vez que comparto la merienda con Abril soy un atado de nervios a punto de una declaración adolescente. Esta mentira no puede seguir existiendo un minuto más.

–Cortémosla con esto, a mí se me fue de las manos, y vos tenés novio. Esto no nos lleva a ninguna parte.

El café está repleto de señoras que hablan en voz alta, el reloj da las siete de la tarde y el azul de la remera de Abril me invita a romper parejas lindas, estables.

No hay muchas cosas que no acepte en una relación entre un hombre y una mujer, me alcanzan los dedos de una mano para contarlas. Me gusta pensar que las relaciones entre hombres y mujeres son un terreno en donde vale todo y en donde paulatinamente voy perdiendo la consideración por mi ocasional compañía. Sin embargo, entre las pocas – realmente pocas – cosas que detesto entre un hombre y una mujer, la única que verdaderamente me provoca asco es la infidelidad. La infidelidad está basada en la cobardía que involucra una mentira, sobre todo la mentira que el infiel se miente a sí mismo, la mentira que le dice que tarde o temprano podrá normalizar su relación, que tarde o temprano volverá a ser fiel, que su traición tiene fecha de caducidad. Si en una relación ambos comienzan a ser parte constitutiva de la vida del otro, un rapto de infidelidad le quita todo derecho a quien comete la traición de seguir siendo parte de la vida del otro. Hay pocas cosas que no puedo soportar entre un hombre y una mujer, pero ninguna me produce más nauseas que la mentira. La mentira le quita toda posibilidad al engañado de decidir por sus propios medios, de decidir con todos los elementos de juicio, es un sometimiento.

–… y vos tenés novio. Abril, yo no me meto en medio de nadie, ya se me va a pasar, ya fue.

Le explico mi aversión por la infidelidad y le expongo mis motivos para no intentar interferir en su relación sólo para que mi declaración sentimental no involucre la necesidad de una respuesta ante lo que estoy a punto de decirle, que estoy al filo de enamorarme de ella.

La seguridad de saber que Abril no siente lo mismo me da la tranquilidad de que las cosas no van a ir más allá de mi trágica declaración de amor y eso me permite desempeñar mi actuación de amante no correspondido.

Abril es parte de una tierna relación de noviazgo con un chico lindo y bien. Ella lo quiere, mucho, y él la quiere, más. Por supuesto, en que uno quiera más que el otro no hay problema alguno: siempre uno quiere más que el otro: generalmente quien más quiere es quien carga con el peso de la relación.

Quien menos quiere, en cambio, carga con el peso del otro.

En el estado de coma en que se encuentra su relación, el peso de su novio se le hace cada vez más difícil de cargar. Ella me lo dice pero no le presto demasiada importancia y le hablo intentando parecer indefenso, metido en un personaje que me posee, le estoy diciendo que la situación se me fue de las manos (cosa que efectivamente es así) y la desdicha de la situación me seduce y me cautiva. Ella me escucha con un gesto extraño y no puedo interpretar su modo de mirarme pero aún no me preocupo mucho por eso, estoy cegado por la tragedia (que no logro saber si es absolutamente impostada o si tiene algo de real) de la escena, mientras el hecho de que ella no sienta lo mismo le da gratuidad a mis palabras, la gratuidad de que no habrá consecuencia alguna, de que nada lo que diga me compromete.

Le hablo y ella está a menos de medio metro de distancia, nuestra merienda tiene sólo un motivo: terminar con esto que es inmanejable, restablecer un orden que hemos perdido. Ella me mira, sus ojos están tristes y sé que no tengo chances, le digo que la cortemos y todo bien, ya las cosas van a volver a ser como antes.

–No digas estupideces, nada va a ser como antes.

(¡!)

La hostilidad de su respuesta va a contramano de la tristeza de sus ojos, es verdad que no podemos seguir siendo amigos al menos en lo inmediato, pero quiero creer que esto no la sorprende, de repente me quedo callado y no le digo nada.

­–Las cosas no van a volver a la normalidad, a mí me pasa lo mismo, ya no quiero escucharte decirme una palabra más sobre Belén.

Diez camiones cargados de sorprendentes respuestas me llevan puesto sin ninguna delicadeza, mientras ella se levanta, pide la cuenta y camina hacia el baño. Yo no puedo decir nada, saco dos billetes con la cara de Belgrano que está más amanerado que nunca y me mira como dándome un consejo, le pregunto a la cara y ahora qué pasa, qué sigue? Me quedo hablando como un pelotudo con el billete y la moza que me viene a cobrar no sabe si pedirme la plata u ofrecerme un Rivotril. Le pago.

Cuando vuelve, sus manos me sorprenden desde atrás, quién soy?

Yo le respondo con certeza y la miro como esperando un premio. Le bastaron dos gestos para sacarme un disfraz y dejarme sin parlamento en medio de un escenario desierto.

–Llevame a casa, dale? Me dejás manejar tu auto?

No hay muchas cosas que no acepte en una relación entre un hombre y una mujer, son pocas, cada vez menos.

Mientras ella maneja, yo sigo engañándome a costa de no recuerdo qué clase de sentimientos.

Sabemos que nos gusta hacernos la película, pero nos la creemos igual.

jueves 12 de marzo de 2009

después · 5

Abril

Un joven de veintilargos es el centro de atención de un grupo de jovencitas que lo escuchan con curiosidad. La luz de la vela le da exacta en los ojos y su vestimenta pop es el contraste perfecto para el perfil rústico de la decoración del bar. Habla de la situación actual del arte en Argentina y de las posibilidades de la creación en los artistas del medio local, y hace ademanes con sus manos que se mueven caóticamente y parecen establecer un equilibrio con la seguridad de cada una de sus afirmaciones, al tiempo que las cinco señoritas que lo escuchan mueven levemente sus cabezas, todas al compás, todas como diciendo que sí, todas respaldando las rotundas aseveraciones que él realiza. Cuando es necesario, el joven levanta la voz y potencia su oratoria, cautivándolas de un modo arrollador.

A grandes rasgos, lo que está describiendo es un retraso del interior del país con respecto al desarrollo de la capital, y a su vez un retraso de la capital con respecto a Europa, de donde ha llegado hace unas semanas luego de un viaje inspirador. De las cinco chicas que forman su auditorio, dos han visitado algunos países europeos (una por vacaciones y la otra debido a un viaje de intercambio), y otra ha vuelto, también hace algunas semanas, de Oceanía y Asia a donde fue a encontrarse con su yo interior, según sus palabras. Las dos restantes no han salido del país y por lo tanto se mantienen calladas cuando los demás discuten sobre las distintas situaciones que vive el arte en cada una de las habitaciones del planeta. El joven, que luego de estudiar un semestre en España, ha pasado una temporada completa viajando por otros países de Europa occidental, trabajando en lo que fuese para poder costear su travesía, deja en claro que es su experiencia – y no la de cada una de quienes componen su femenil grupo de espectadores – la más enriquecedora a los fines de desmenuzar el tema que los convoca ya que ha podido vivir el backstage del arte europeo de la actualidad.

Cada una de ellas lo admira y siente que una poderosa fuerza los comunica. Es importante saber entonces, que si alguna de ellas lo contradice o se permite expresar una opinión distinta a la de él, sólo lo hace con el afán de demostrarle ser una interlocutora válida, pero él sólo oye su propia voz por lo que desecha esas opiniones contrarias y así logra seguir hablando desde un altar que no pueden alcanzar sus feligresas.

A estas alturas, ya cerré la revista que hojeaba mientras esperaba que llegue Germán y me acabé el café entretenido en la escena que el joven monta frente a su público. Mi amigo me llama para decirme que se retrasó pero que ya está saliendo para el bar y le digo que no sabe la que se está perdiendo.

Todos, los que han salido del país y las que no también, tienen opinión formada sobre el arte y sobre el papel que está llamado a cumplir en la sociedad. Él asegura que el arte no puede encerrarse en sí mismo, que debe estar atento a lo que sucede y que está obligado a ser vehículo de las demandas de los más desfavorecidos, frente a lo que las chicas parecen quedar fascinadas por su compromiso. Sin embargo, en un arrebato de verborrágica iluminación, el joven les dice que el arte tampoco puede dejar de ser la expresión de un genio personal y único, un campo que no debe contaminarse de la coyuntura y poder desarrollarse también de manera independiente con respecto a los procesos políticos.

–El arte no deja de ser una disciplina inalterable que se abre paso a través de la historia persiguiendo un anhelo estético. El arte es ácido, crítico, rebelde, audaz, pero también simpático, lindo, irreverente, y si tiene que ser absurdo, será absurdo.

Y finalmente, ya absolutamente enamorado de sí mismo, concluye:

(pero previamente encenderá otro cigarrillo, haciéndoles esperar lo que está por decir, maestro de la puesta en escena!)

–El arte es ajeno a lo político y visceralmente político, no puede estar ausente cuando lo que está en juego es la vida.

Ha bajado la voz en las últimas palabras de su frase, diciéndolas lentamente como exhausto por su razonamiento y las cinco han quedado en un éxtasis similar al de los fieles al finalizar el sacerdote la homilía, están conmovidas ante su abrumador compromiso con los desfavorecidos y ahora una sonrisa de satisfacción comienza a recorrerle la cara que segundos antes parecía enardecida de pasión.

Si me tomo el trabajo de relatar esta situación, es sólo porque esa misma noche de julio, en ese bar, conocí a Abril.

Cuando llegó Germán, en la mesa del arte seguían conversando y le conté del espectáculo que se estaba perdiendo. Todavía la vela le daba un aspecto fotográfico al joven que lo engrandecía y lo afirmaba como centro de la función. En ese momento comenzó a sonar una música de violines que elevó aún más su figura y parecía acompañar el movimiento de cada uno de sus gestos. Es un payaso, me dice mi amigo, ya estoy podrido de estos artistitas de cotillón. Germán los detesta, siente un odio demoledor sobre todos esos individuos que se llaman a sí mismos artistas. Cuanto más los escucha, su odio se hace más gélido y feroz. Por el contrario, a mí no me molestan demasiado, de hecho me parecen muy simpáticos. Este flaco me mantuvo entretenido y bastante divertido hasta que vos llegaste, le digo. Pide una cerveza y hace una expresión como para mandarme a la mierda.

Mientras nosotros nos acabábamos la segunda cerveza y – habiendo dejado atrás la mesa del lado – Germán oía una vez más la catarata de lamentos que se sucedió tras la despedida de Belén, una de las chicas que estaban en otra mesa cercana a la nuestra, y que también había sido testigo de lo que sucedía en la mesa del arte, se acercó a nosotros y me pidió si le convidaba un vaso.

Me ha mirado a los ojos con una decisión que atrapa toda mi atención. Sin decirle una palabra, lleno uno y se lo doy. Ella me mira una vez más, penetrante, y gira su cuerpo sin agradecerme dirigiéndose directo a la mesa donde el jovencito, envuelto en la luz que le provee la vela y en la melodía de los violines que no dejan de acompañar a sus manos, aún enamora a su público; yo dejo de hablarle a Germán y ambos nos quedamos detrás de esta joven que me ha pedido un vaso y se ha dado vuelta. Mi amigo no me dice nada pero su gesto me indica que es otra más que quedará obnubilada por nuestro ocasional vecino artista. Pero antes de que el joven pueda saborear la llegada de una admiradora más, ella le arroja toda la cerveza que yo le había puesto en el vaso a la cara y las gotas le estallan como fuegos artificiales que lo ciegan.

–Cállate de una buena vez!

Las audaces afirmaciones del joven quedan inundadas, como su cabello, su cara y su remera. La cerveza ha apagado la vela y también su voz. El artista se ha quedado petrificado y ella vuelve a girar sobre sí misma, tranquilamente, y me devuelve el vaso. Esta vez sí me agradece.

–Espero no te haya molestado, gracias.

–Estuviste genial. Cómo te llamás?

–Abril.

sábado 7 de marzo de 2009

después · 4

gritos

Recuerdo que meses antes, después de un almuerzo con Abril – en el que hablamos de su noviazgo, de mi primer encuentro con Juliana, y de mis conversaciones telefónicas con Belén, en aquel almuerzo en donde esa amistad comenzaba a ser insostenible –, caí en la cuenta de que estaba comenzando a quererla sin previo aviso. Sin embargo cuando su relación tambaleaba, yo me puse del lado de su novio que se sentía tan inseguro. Lo recuerdo porque ese mediodía creció en mí la sensación que me hizo sentir estúpido. Un poco estúpido.

Y lo recuerdo, finalmente, porque después de aceptar el plan de domingo que me propuso Juliana, esa sensación creció con más fuerza aún porque no necesitaba pensar demasiado para saber que no soportaría la compañía de Juliana más de diez minutos.

Es que una vez más, después de haberle dicho que la esperaba, me invadió un rechazo hacia ella que me hizo ver (por fin) el absurdo de mi plan de domingo por la noche y logré traer a la memoria – en ese tipo de reflexiones en donde creo estar tomando la decisión que me hará enderezar el rumbo de la vida – el recorrido desesperado de las últimas semanas. Siendo testigo de ese tránsito alienado pensé Esto no da para más.

Para que tomemos real dimensión de la naturaleza de esa convicción, es similar a cuando digo Esto no da para más, mañana empiezo el gimnasio. No tenía motivos para creer en lo que afirmaba pero me dejé llevar por esa ilusión de cambio radical. Expresiones como Desde mañana enfrento la realidad de otra manera, Tengo que aprender a resolver mis problemas ordenadamente o la aprendida siendo muy chico Ya para chorizo, es largo corrían por mi casa burlándose de mí y de mi ingenua convicción de cambio de forma de ser, de mi absoluto convencimiento de estar terminando con una época. La Lara (no encontré mejor nombre para mi perra) me miraba como con compasión, dándose cuenta ella, y no yo, de que estaba perdido como turco en la neblina.

Ahora puedo dudar de qué es lo que en ese momento había incrementado (aún más) mi estupidez, si el hecho de aceptar el plan de domingo con Juliana, o si creerme que de verdad iba a abandonar mi compulsiva necesidad de hacer planes como ése.

Sin embargo, estaba entregado. Mientras yo me ahogaba en ese torbellino de decisiones Juliana venía a paso firme con la triste ilusión de que nuestros domingos se hacían costumbre, y que la costumbre daría lugar a una relación no sólo de domingos, sino de lunes, martes, sábados, cine, viernes, cumpleaños, familias, jueves, noches, mañanas. ¿Qué iba a hacer con todo eso? Ya sabía: lograr que Juliana salga por mi puerta y no vuelva más. Sólo tenía que encontrar el cómo.

Cuando llegó yo aún no había encontrado la solución, por lo que dejé correr los minutos y suceder los acontecimientos pero fui solapando actividades, cajitas. Si Juliana tenía la iniciativa de esperar la comida conversando sobre lo que había hecho en la semana, y todavía seguir hablando de ello –como si yo tuviera un gran interés – durante la cena, pude escapar uniendo la cajita Película con la cajita Cena, y a quince minutos de haberle abierto la puerta, no tuve la obligación de oírla más.

Pero cada cinco minutos un comentario interrumpía mi disfrute cinematográfico y me daba motivos para echarla del mismo modo en que había aceptado que viniese; elegí no contestarle y al no recibir respuestas optó por rendirse y callar. Así logré, por momentos, imaginar que no estaba con ella y entonces su abrazo me resultaba más cómodo y natural, pero mi soledad, una soledad con nombres y características y una miseria sin fondo, había sido potenciada frente a la explosión de los deseos alcanzados y exhibidos en la pantalla. Mi soledad creció hasta convertirse en un líquido espeso que todo lo conquistaba y me asfixiaba más y más a medida que se sucedían sus pequeñas caricias.

Había intentado fingir que no era ella, pero el ejército que me ahogaba no admitió discusiones y me encontré enamorado pero sin tener en claro muy bien de quién. Y eso no se remedia con ninguna Juliana que venga a mirar una película tirada en mi cama.

De ninguna manera.

Eso sólo lo puede remediar Abril.

Por eso, cuando las cajitas Película y Cena quedaron vacías, el plan de Juliana quedó obsoleto y ella al filo de darse cuenta. Le expliqué con la precisión de un relojero cuál era la situación hasta el último detalle, quise ponerla en pleno conocimiento del terreno que pisaba y que conozca la realidad de la cual era parte. Le expliqué que lo hacía porque no puedo soportar desconocer la realidad en la que respiro, que eso es lo más parecido a perder la razón y que volverse loco era infinitamente peor a estar muerto y que debido a todo aquello ella merecía saber los detalles que hacían que yo la espere. Juliana estalló con una violencia inusitada acusándome de sádico, cruel y enfermo, decorando su lista de imputaciones con un rosario de insultos que me demostró todo ese enojo ante lo que ella consideró un desatino de declaración. Sus gritos se multiplicaron en el aire de la casa pero yo no los escuchaba; después de los primeros insultos sólo podía ver su cara desencajada que no tardé en dejar de reconocer.

No pude sentir por ella ninguna aflicción, Juliana había dejado de existir ya antes del primer grito.

–Por favor, no hagas que te lo pida de nuevo.

–Andate a la mierda. Pedímelo otra vez, mil veces.

Juliana perdió los estribos: no sólo no acepta mi invitación a irse, directamente quiere que la eche.

­–Ok, está bien… Te vas. Ahí está la puerta. No quería que te enojaras ni que…

Pero ella ya no pudo escuchar una palabra más y me hizo un gesto de impotencia pidiéndome callar. Alzó su dignidad, se volvió hacía mí y comenzó a besarme como para que me arrepintiese de haberle pedido que se vaya, de haberle dicho todo eso que le dije. Cuando mis manos la invitaban a quedarse, siendo tan hospitalarias como no lo habían sido mis razonamientos tres minutos antes, ella dejó mi boca y se levantó.

Sucedió tan rápido que cuando escapó de mi cama me quedé mirándola como pidiéndole una respuesta.

Se dio vuelta y se fue.

miércoles 25 de febrero de 2009

después · 3

los hombres que sí lloran

Alguna vez escuché a una madre hablar del llanto de su hijo, un hombre de veintiocho años abandonado por la esposa luego del primer año de casados. La madre relata el llanto de un hombre de un metro ochenta, corpulento, racional, acurrucado y en posición fetal, un hombre hecho y derecho, reducido a la más básica de las derrotas, cien kilos de hombría desorientados en la cama de su madre. La mujer siente dolor por su hijo, es indiscutible, pero su énfasis se dirige no hacia la expresión de su pena (no está contando que está triste por su hijo), sino hacia la patética situación de un gigante caído: su hijo es un hombre grande, y para los hombres grandes las derrotas son demasiado dolorosas. Aún más, para los hombres como su hijo el amor es una circunstancia que ha pasado, un sentimiento desencajado que ha sido reemplazado por anhelos más relevantes y trascendentes. Sin embargo, sin ninguna explicación que la satisfaga, todo el andamiaje de la existencia profesional y social exitosa de ese hombre se desmorona porque su mujer lo deja y sus metas alcanzadas caen sobre él como las piedras en un derrumbe de ladera. El hombre llora y la madre no lo puede creer, a la madre le parece que es su mismo hijo pero a la edad de doce años.

La esposa ha reducido al hijo de la señora a un pobre chico de doce años. Los hombres grandes no lloran.

Nunca.

Y menos por una mujer.

Hace algunos días, mientras miraba el techo acostado en mi cama y con la perra durmiendo bajo el brazo, recordé algunos nombres de mujeres por las que lloré. Para mi sorpresa son más de las que creí. Recordé algunos momentos en particular en los que lloré por cada una de ellas y pude comprender mi manía de escribir sobre mujeres y porqué, a la edad de diez años, muchas de las veces que rezaba (entonces rezaba mucho), lo hacía para pedirle a Dios que me ayudara a conseguir el amor de alguna señorita.

Todavía llevo esos recuerdos colgando de mis pantalones mientras limpio la mierda que la bola de pelos más tierna del planeta deja en cualquier rincón de mi casa todos los días, religiosamente. Hay mierda por doquier, esta perra cagaría hasta adentro de una pastilla de carbón, pienso. No levanté dos o tres regalos cuando suena el teléfono fijo, ése que no suena nunca pero que por alguna extraña razón que asocio con mi pasado no puedo dar de baja. El teléfono fijo me mantiene a raya, me recuerda que hace diez años no tenía un aparatito diminuto que hoy me suena todo el día y con el que de noche mando y recibo señales de socorro. Me recuerda cuando llamaba a la casa de un amigo y preguntaba por él, y que así las familias sabían con quién andaban sus hijos. No se podía llamar muy tarde, es casa de familia. El teléfono fijo me recuerda el año en que mi vieja dejó de fumar porque yo se lo pedía con la misma insistencia con que le pedía a Dios que esa chica que ya iba haciéndose señorita se fijara en mí. Casi todas ellas ya tienen hijos, y algunos de esos hijos, padre.

A ver si nos entendemos, pocas personas tienen mi número de teléfono fijo. No sale en mi tarjeta, no aparece en la guía de teléfonos.

Del otro lado la voz de Abril cumple la función de informarme que todo lo que ha pasado y sigue pasando entre nosotros dos no quiere terminar en el armario efímero de las relaciones sostenidas a fuerza de teléfonos celulares. Abril deja de ser sólo parte de estos años de la vida, esta vida que vino después de que dejé de rezar seguido, después de que odiara el humo de los cigarrillos, después de que el planeta terminara del otro lado de la avenida Las Malvinas.

Le hablo de todo eso a Abril que simplemente había llamado para saber cómo estoy, le hablo de todo aquello y le suelto las palabras con una incontinencia verbal que la ametralla sin preguntarle. Le digo que ya no es sólo parte de mi vida después del barrio, que ahora la conozco hace veinte años y que la extraño como un condenado. Abril cortó nuevamente con su novio y ya perdí la cuenta de las veces que han matado y resucitado su relación desde que entre nosotros comenzó a suceder lo que sucede, y que en otro momento me voy a tomar el tiempo de contar. Le pregunto y vos cómo estás, si está triste, si está angustiada por haber terminado una vez más con su novio. Yo estoy contento y me siento egoísta pero igual se lo digo, estoy orgulloso de mi egoísmo. Esa relación es un edificio fuerte y yo un talibán con un avión como único fusil. Me dice que no es fácil, que hace mucho que están juntos, que el flaco es un novio divino, que la quiere, que compartieron no sé cuántas cosas, que hace cuatro años, que me extraña, que me quiere ver, que esto está muy mal. Yo le pregunto entonces qué piensa sobre los talibanes.

Cuando me quiero acordar, la perra más linda del mundo (digo la perra porque todavía no tiene nombre) ya se almorzó la parte de abajo de una cortina, los cordones de una zapatilla, el capuchón de una bic y la visera de mi gorra de John Deere.

–La perra se está comiendo la gorra.

–Qué perra? Con quién estás?

(risas)

–Tengo una perra. No te había dicho? Me la regalaron hace unos días no sé porqué. Es una bola de pelos genial.

Hablamos algunas cosas más y se tiene que ir a bañar.

–Pará, antes de que te vayas a la ducha… Hace cuánto lloraste por última vez por un tipo?

–Un tipo??? (más risas) Qué expresión tan primitiva! No no, nunca lloré por nadie, no me sale, por?

Le cuento del hijo de la señora, un hombre grande, hecho y derecho, llorando como un chico. Me dice que somos todos maricones y que ella no sabe si las mujeres son más fuertes, que esa clase de generalizaciones no le interesan, ella no llora y punto. Se va a bañar, yo me quedo con el tubo en la oreja y con la mierda de la perra.

Después de limpiar todo el vaciamiento canino vuelvo a mi habitación y me desplomo sobre la cama sin lograr que deje de retumbarme en la cabeza y en todo el cuerpo una sola idea. Nunca lloré por nadie, no me sale. ¿Cómo que no te sale? Eso no es algo que te sale o no te sale, te sale o no te sale hacer jueguitos con un fútbol, los cambios de marcha, pero llorar por otro es algo que viene o viene. Abril pertenece a ese extraño grupo de seres humanos que no lloran en esas circunstancias y cuyos caprichos son tan irresistibles como implacables. Yo comienzo a creer que nuestra relación (si es que puedo tomarme el brutal atrevimiento de llamar a lo que hay entre los dos de ese modo) toma una forma atemporal, una naturaleza nutrida de dos teléfonos fijos.

Pienso en esas cosas y la perra, que aún no puede subir sola a la cama, viene y salta y hace no puedo describir qué clase de sonidos para que la suba. Su estómago me cabe en la palma de la mano. Cuando se cansa de los infructuosos esfuerzos por comerse mi mentón, se rinde y vuelve a meterse debajo del brazo con el que sostengo el libro que me compré hace algunas horas y que es mi única defensa contra la tarde del domingo. Voy a pedir comida, alquilar una de Hugh Grant y meterme en la cama a esperar que pase lo que tenga que pasar. Estoy firmando el acta de rendición cuando suena mi celular, ése del que escapa mi relación con Abril, ése que encierra todas las demás relaciones.

Qué hacés? Tenés planes?

Nada, en mi casa, con mi perra nueva.

Voy para allá, querés pedir comida china en el mismo lugar que la otra vez? Yo alquilo una de Hugh Grant, dale?

Soy honesto, nunca pensé matar los domingos de esta manera, se me ocurría que compartir un domingo era una señal clara hacia donde no quiero ir. Pero Juliana no entiende de reglas, es una revolucionaria arriba de una 4x4 que se convierte en mi plan de domingo, y yo voy a jugar a que la quiero.

Ok, Te espero.

viernes 20 de febrero de 2009

El Gato de la gente

(Haciendo una excepción al claro corte editorial de esta periódica publicación, se ha autorizado la publicación del siguiente texto, cuyo único justificativo se encuentra en la vuelta del Gato Gaudio a los courts…
Eso, y el fanatismo de uno de los oyomes, no?)

El Gato de la gente

Sin pretender analizar científicamente un hecho que aceptará tantas explicaciones como explicadores haya (puf, qué filósofo), en las siguientes líneas pretendo analizar, científicamente claro está, las reacciones que el gato Gaudio genera en la gente. (Aclaración al margen: esta es la figura literaria conocida como hiprobandel o también estupidez. Negar lo que posteriormente se afirma, por las mismas razones por las que se lo afirma).

Volviendo al fondo de la cuestión (?). El Gato Gaudio genera, por ejemplo, 759 comentarios en el blog de La Legión jugando en un Challenger de 35.000 USD. Genera puteadas al por mayor en la cancha de Boca mientras pelotea con Moyá. Genera ovaciones en Buenos Aires, olas en el court central de Roland Garros, silbidos en la misma Buenos Aires, carcajadas en la sala de prensa, admiración en rivales, sorpresa en espectadores, enojos en umpires y así se podría seguir mucho más.

La primer variable (?) que viene en mente al pensar en el Gato es sin dudas su revés. No sólo es hermoso y cautivante, sino también efectivo. Tenísticamente, tiene también una gran capacidad para tirar drops (algunos increíbles, otros muy malos, ja!), un excelente contragolpe y una extraordinaria habilidad para defenderse. De todos modos, seguramente lo que más se destaca en su amplio repertorio tenístico es su innata virtud para tirar, de un momento a otro y sin que nadie lo espere, sutiles foot faults. Esa especial combinación de condiciones y habilidades ya lo acerca a la gente.

Escucharlo es siempre especial… No es un cassete como varios deportistas (“Esto es un trabajo de mucha gente. Lo quiero dedicar a mi familia. Con esfuerzo se logran las cosas. Hay que luchar y seguir para adelante” y muchos etcéteras más). El Gato puede sentarse en una sala de conferencia y decir “jugué para el orto. No me salió una. Acaso a ustedes siempre les salen las cosas bien en el trabajo?” que suena del corazón y no ofende… De todos modos, quizás la alocución más elocuente de este elucubrador verbalizado (?) será, ahora y para siempre, la recordada dedicatoria tras la final de Roland Garros: “se lo dedico a mi novia y a mi ex!”. Chapeau!

Por otra parte, uno de los factores clave en la generación de tanta atracción en la comunidad tenística, es probablemente su creatividad para descargarse emocionalmente en la cancha. Intentar seguir un partido con el short destruido por un enojo, destrozar la raqueta contra el suelo y regalarla al público o gritar al cielo “que mierda hago acá por 5000 dólares mugrosos!?” son algunas de las perlas con la que inconscientemente el Gato busca conquistar a su público.

Y parece que lo logra.

Volvió el Gato de los gritos, de la magia, de los enojos, del revés paralelo magistral, del celular en chile, de la vuelta olímpica en París, de la “gran gato” (el contradrop entre las piernas. La hizo varias veces pero no encontré videos en youtube). Volvió hace unos días en la Telmex y es para disfrutar… Vuelve el fervor gatuno, así juegue un partido, un game o un punto.

viernes 13 de febrero de 2009

después · 2

supervivencia


Juliana asiente con un gesto tímido de sorpresa y conversamos estupideces hasta que suena el timbre. Bajamos en el ascensor, lento muy lento, y luego ella desaparece detrás de la puerta del edificio y huye a tiempo en un taxi. Su salida es como la llegada desesperada de un respirador artificial, una inyección vital en el último aliento; su compañía, una enfermedad que ya no podía soportar un minuto más.

Me doy una ducha que me ayude a sacarme esta noche de encima, cambio las sábanas de mi cama y por fin me acuesto a dormir las pocas horas que me separan de la mañana de un lunes del que no espero nada después de una noche de domingo de supervivencia. Le pido a toda clase de dioses y providencias unas horas de sueño en donde no ver a Belén, dormir horas (pocas esta vez) de no encontrarla en las circunstancias menos pensadas, una mañana en la que despertarme sin querer seguir soñando.

Pero es en vano, todo lo que pueda desear y pedir es en vano, Belén es una terca pesadilla que no descansa.

El lunes comienza como cualquier lunes, tarde, a las patadas, con sueño, con llamados telefónicos, con reuniones. Las reuniones se suceden con relativa tranquilidad y mi semana tiene una tregua de paz en su comienzo. A las once Abril me escribe, me pregunta cómo va mi mañana, la suya aburrida en la facultad, me invita a almorzar. Es lindo almorzar con una amiga, es más lindo si esa amiga es Abril.

–Anoche estuve con Juliana, salimos, fue divertido.

(mueca de No te lo puedo creer, estás perdido)

–No te lo puedo creer, sos cualquiera!

–No me digas eso, fue divertido, la pasamos bien, pero se quedó en casa.

Abril se burla de mis manotazos, de mis insostenibles estrategias para escapar del recuerdo de Belén, se compadece de Juliana, me reta como si fuera un chico y me tilda de egoísta. Le digo que son cosas que pasan, que qué quiere que haga, que qué le vamos a hacer, y automáticamente le pregunto por su linda pareja. Ésa es una pareja fuerte, sólida, pero en el medio de una turbulencia en la que su rubio siente celos de los amigos de ella. Abril es una colección de amigos que la quieren, es una colección de amigos que ya no saben cómo hacer para dejar de ser sus amigos. El novio lo sabe y eso a ella simplemente no le importa. Mientras Abril hace causa común con Juliana, yo me pongo del lado de su buen chico, le explico porqué su novio no es un demente que la persigue, le digo que lo lleve a las fiestas, que lo presente en sociedad, que lo haga sentir seguro, y ella vuelve a quererlo, me dice que tal vez sea así, que quizás él no sea el verdugo. Yo aplico el manual barato de Cosmopolitan y eso a mi amiga le parece muy razonable. Las flacas de Cosmopolitan van a conquistar el mundo, pienso. Hablamos un rato largo de ella y él mientras esperamos que nos traigan lo que pedimos, que llega.

–El viernes me llamó Belén, hablamos como dos horas.

Abril no opina, no me pregunta, ya me dijo cuarenta y seis veces que esa historia la cansó, que soy un estúpido y que me gusta serlo. No me mira, no me da ni un indicio de estar interesada en lo que digo o de darme pie para contarle más acerca de la conversación. La miro como pidiéndome que me lo pregunte.

–Y de qué hablaron? Qué te dijo esta vez? No entiendo para qué siguen hablando por teléfono después de mil años.

Es verdad que volver a repasar una conversación más en donde siempre pierdo no me simpatiza. Necesito contárselo pero sin tener yo que recordarlo, necesito que me diga una vez más qué hacer. Le cuento, en fin, un poco de lo que hablamos, mientras hace gestos de desaprobación a cada una de las conclusiones que saco. La única conclusión es que llevo todas las de perder, o para no ser iluso, que ya perdí hace rato.

No quiero volver a tener una conversación sobre los casi veinte días con Belén, Abril me habla como a un chico de cuatro años, me pega una buena cagada a pedos y se levanta. Esta flaca no puede estar un segundo quieta y encima a mí se me hace tarde, tengo que estar en la oficina en quince minutos. Pido la cuenta. Ella vuelve del baño, lindísima, y le digo que me tengo que ir.

Parecemos dos mejores amigas contándose sus desventuras, dos solteronas. Le recuerdo que no sea tan dura con su novio, que es un buen flaco, que intente mirar las cosas desde su lugar.

Nos despedimos y le digo que le mande saludos y la cuenta, que ese pibe me debe su relación.

Camino de nuevo por la vereda de Achával Rodríguez y voy repitiendo una idea, soy el mártir de los buenos amigos. Creo que Abril me gusta, pero toda mi estrategia se basa en el apoyo a su pareja, en un martirio. Mi sensación de ser un poco pelotudo cobra cada vez más solidez y comienzo a pensar en una amistad que se me va de las manos, en que tengo ganas de verla otra vez.

Vibra mi celular, la pasé muy bien, que termines lindo tu día. ¿Qué no daría por recibir ese deseo más seguido, muy muy seguido? Le respondo en la misma línea, y pienso en relaciones establecidas, consolidadas, en noviazgos prometedores. Soy los escombros que dejó la partida de Belén, unos escombros que de repente se interesan en un edificio militar, en un edificio hermético, en un edificio construido día a día, con esfuerzo, desde hace más de cuatro años.

Yo también lo pasé muy bien, tres besos para vos.

Gracias flaco, tu relación me está por salvar el corazón.

viernes 30 de enero de 2009

después · 1

taxi


-Dale, sí. Buscame tipo diez y media. Beso!



Creo que fue medio minuto después. O menos.

Antes de invitar a salir a Juliana, la idea de salir con ella, la idea de lo que podría suceder luego de la conversación de rigor y todo ese tedio que envuelve a una salida de cartón como era esa, como son la mayoría, la posibilidad de romper ese tedio de cristal barato y ver la sorpresa de Juliana y su gesto de carmelita descalza escandalizada, todo eso hacía que la posibilidad me genere un interés animal.

Creo que fueron no más de treinta segundos el tiempo que tardé, una vez me llegó su respuesta, para desanimarme y desear haber hecho de mi noche cualquier otro plan. Es cierto que me hubiese puesto verdaderamente de mal humor si ella no hubiese podido o no hubiese querido ir a tomar algo conmigo, pero una vez que me respondió diciéndome que sí, que la busque a determinada hora, la imagen que se me figuró de nosotros dos sentados en un mesa como cualquiera de esas parejas que andan por ahí y que yo odio tanto, esa imagen plagada de aburrimiento hizo que me arrepintiese de haberla invitado. Por respeto a todas mis oscuras intenciones dejé que las cosas siguieran el camino que les había trazado.

Recuerdo en un instante que este tipo de salidas son interpretadas por ella como el camino que busco recorrer a los fines de construir una relación. Nada más lejano. Recordando esa sensación, recuerdo también que no tengo ningún interés en construir una relación con ella, y que por causa de una desesperación que tiene el color de los ojos de Belén me someto al ritual social de rigor.

Juliana, por suerte, no es de esas que para ir a tomar algo se tiran el ropero encima. Nada apretado, nada que indique que ha estado mil horas frente al espejo, nada brilloso. Las chicas bien son así, pienso, y tal vez sea lo único que no me disgusta de las chicas bien, más allá de su cara encendida cuando sienten una ofensa, eso sí lo disfruto con un placer inmenso. Mis placeres textiles encuentran asilo en ellas y en el quebranto de sus principios.

–Hace un montón no me llamabas, en qué andabas? Estabas desaparecido…

No vale la pena decirle que no lo hice porque no tenía ganas, que sólo la he llamado para matar este domingo a la noche que me miraba y se me acercaba para molerme a palos. No entiendo por qué me dice eso y no le contesto, hace un calor de mil demonios y Juliana me pregunta por qué no la llamé, quisiera tirarla con el auto en movimiento, pero le pregunto dónde prefiere ir, le digo que la noche es genial y demás imbecilidades de esa calaña. No tiene sentido decirle que no tengo interés en contarle en qué ando, y que tampoco tengo interés en saber los hechos que determinan su vida, profunda o superficialmente.

Llegamos a donde ella me sugiere que la lleve, nos sentamos en un rincón del bar más oscuro de Nueva Córdoba, al cual no entiendo por qué me ha sugerido que vayamos y le pide un vino a la moza (obvio, está muy fuerte). Me ilusiono con el giro que esto le puede imprimir a mi noche de domingo y pienso que Juliana se está metiendo en la boca del lobo y que se va a tener que tomar un taxi para volver a su casa. Suenan los redondos y a cinco metros de donde estamos un grupo de pelilargos ensayan el rito de una devoción. Es más de lo que hubiese deseado, estoy hecho, no pido más. Nos acabamos la botella y Juliana me mira, cómplice, finge divinamente una sorpresa y me dice Oh, se nos acabó.

No sé qué responderle.

–Flaca, nos traes otra?

Juliana me mira con esa cara cómplice que pareciera que la aprendió ayer y le está sacando todo el rédito. Funciona. Funciona a la perfección. Soy consciente de que tampoco yo soy una instancia de consagración de métodos de seducción femeninos. En este momento, conmigo funciona casi cualquier cosa. Más allá de eso, su gesto es una invitación a seguir. Me llena la copa, llena la suya, la conversación sigue tan entretenida como antes y yo – no podía ser de otro modo – comienzo a ver todo en otra perspectiva, una cuyo centro es Juliana y sus ideas ingenuas de cambio social. Tal vez lo sepa, que me enloquece la conciencia social de las nenas ricas.

Seguimos conversando, pagamos, nos vamos. Ella quiere caminar, quiere andar por cualquier lado, el vino hizo un trabajo admirable y caminamos por Independencia. Cuando llegamos a Derqui, dobla a la derecha, yo la sigo y seguimos conversando sobre las organizaciones sociales, ella habla y yo la escucho, de vez en cuando le digo algo, pero dejo la conversación en sus manos, mi domingo ya está terminado y me puedo ir a dormir, mañana hay que levantarse temprano, seguimos por Achával Rodríguez y llegamos a la Cañada, ella cruza la calle, se sienta, estoy parado al frente de su cara de nena bien que es una invitación al infierno y las convenciones sociales han sido religiosamente respetadas.

Sus labios conservan el gusto de los dos vinos que nos acabamos de tomar, me puedo quedar en tu casa?

Tres horas más tarde, recuerdo que amar es una capacidad, que elegir es una capacidad. Belén me ha enseñado, desde que se fue, que perder el interés por las personas es una capacidad.

­–Te pido un taxi, me tengo que levantar en unas horas.

domingo 18 de enero de 2009

Historias sobre ruedas · 2


Feliz ante la noticia de que un ejemplar de OYOM acompaña las visitas escatológicas de un gran amigo y literato de la misma vida, emprendo una nueva reflexión sobre ruedas, ahora desde la hermana nación de Bolivia, donde derrapa el 75% del equipo de redacción de la revista.


La ausencia. El apoyabrazos

Las mismas reflexiones de la vida cotidiana, así como los diferentes viajes posteriores al primer post han traído vívidos recuerdos de aquella épica batalla por el rígido separador de espacios personales. Debo reconocer que le he tomado cierto cariño. Un cariño simpático que nunca mezclé con conciencia de su clave utilidad. Al menos nunca hasta antenoche en el viaje que une Potosí con Sucre.

Compré un pasaje desde Uyuni a Sucre… Me dijeron: "hay una espera de media hora en la terminal de Potosí y parte directo a Sucre". Parece que mis estadías en Bolivia no lograron alertarme de ese tipo de acuerdos, je. A la 130 am de la mañana llegamos a Potosí, donde la terminal estaba cerrada. Le dije al chofer que tenía pasaje hasta sucre y me dijo "Ah, bueno, le devuelvo la diferencia y con eso paga un remis". Ja! Así que tuve que pagar un remis en la madrugada potosina. (Ajap, muy barato no me habían cobrado el supuesto directo).

El remis iba coleccionando gente que iba para Sucre (lo cual a la 130 am no es algo demasiado común). La colecta de gente la hacía al mejor estilo taxi comunitaria de Carlín en amigos son los amigos (para los neófitos en la serie, Carlín juntaba cliente en su taxi y los repartía y los pasajeros compartían los gastos. El negocio iba bien hasta que los demás taxistas le partieron el parabrisas por acaparamiento de clientes). La cuestión es que cuando entré al remis ya éramos tres y me sentía bastante cómodo. Mi compañero en el asiento de atrás pesaba unos 130 kilos pero entrábamos bien. El viaje se empezó a complicar cuando el colector de pasajeros encontró una mujer… Cuando se acercó, confirmé la complicación al escucharle decir que no podía ir al medio. Resultado: viaje de dos horas y media con un señor de 130 kilos encamperado al mejor estilo muñeco Michelin pegado al lado mío.

A los 7 minutos (posta) el muchachote comenzó a dormir. Tenía un estilo de dormir que podría ser catalogado como tirabuzón somalí. Giraba sobre su propio eje unas 7 veces por minuto, sin aparentar recuperar la conciencia en ningún momento. En un momento lanzó un ronquido estilo oso del champaquí (?) que gracias a la Divina Providencia (la de las rifas de Aureliano II) (Gabo es mi compañía para el viaje así que aunque no tenga un pomo que ver, le rindo este humilde homenaje) sólo quedó en una amenaza. Pensé en la inexistencia del espacio de batalla que significaba el apoyabrazos y su ausencia caló hondo en mi ánimo. Las estrategias confrontativas para hacer respetar mi espacio eran demasiado agresivas. La idea de mantener el codo en paralelo para aguijonear el riñón de mi compañero de mi viaje me parecía un poco mucho, más teniendo en cuenta el tamaño del susodicho. De todos modos, después de una hora de viaje y de una infructuosa búsqueda de conciliar el sueño tuve que hacerlo. Por supuesto que lo hice simulando un pesado sueño, que matizaba con sonidos guturales que aprentemente confirmaban mi estado de transitoria inconciencia. Mi compañero no amedrentó ante esta estrategia. Hizo adelantar el asiento del acompañante y se puso en diagonal con las rodillas por delante del asiento contrario, dejando caer su peso sobre mi hombro. Nada pude hacer. Mi intento de hacer palanca con mi cabeza contra la ventanilla para empujarlo hacia el centro apenas logro perturbarlo… Además, ante semejante movimiento, las apariencias de actuar en medio del sueño eran ciertamente menos verosímiles. Mis repetidos intentos y esfuerzos mentales por corporizar un apoyabrazos divisor en el asiento trasero fueron igualmente infructíferos.

Rendido ante la gran actitud (y tamaño) de mi compañero me limité a observar el camino en medio de la oscuridad, la lluvia y la ausencia de anteojos (es decir, no pude pegar un ojo e igualmente no vi un carajo durante el viaje). La llegada de madrugada a Sucre me reconfortó un poco porque la ciudad se me mostró realmente hermosa…

La travesía terminó golpeando puertas, armarios y ventanas de un alojamiento en medio de un mercado campesino totalmente desolado a las 5 am. Después de 30 minutos de golpes y ruidos de todo tipo apareció un niño que me llevó a mi habitación. La habitación en cuestión era una pieza con una cama a la que se le salían los hierros de la cabecera que terminaban en puntas móviles que giraban azarosamente (lo cual interpreté como un ingenioso mecanismo anti estilo tirabuzón somalí). El fuerte olor a coca parecía venir de la bolsita de plástico con resto de hojas masticadas que adornaba el piso, debajo de mi cama. Lindo gesto, pensé.

Recién después de taparme bajo las colchas de esa cama logré comenzar a compensar el viaje en remis en el que tanto extrañé el apoyabrazos.

martes 30 de diciembre de 2008

Como si nada

Creo que todo comenzó cuando, teniendo la bolsita bien agarrada en mi mano, la suela de mi zapato se posó sobre esa baldosa. 
Poco tengo para decir de la suela, de mis zapatos y de la baldosa, y en cambio mucho daría que hablar el contenido de la bolsita. Sin embargo, y por esa misma razón, me veo en la obligación de hacer un esfuerzo por desviar la atención. 
La suela de mi zapato izquierdo quizás ya se encontraba muy gastada, especialmente por el uso que le doy caminando sobre ella y su compañera derecha, ambas bajo ese par de zapatos que, al día de hoy, ya fue reemplazado. Sólo por sumar un elemento más, sobre el lubricante que facilitó tan íntimo encuentro entre suela y baldosa puedo decir que estimo habrá sido de origen humano y seguramente masculino. Y finalmente, respecto de la baldosa, he de aclarar que sí presentaba ciertas características particulares que la diferenciaban de sus pares y cuya descripción creo importante referir.
Se trataba, en efecto, de una de esas baldosas que tomando como base la horizontalidad del suelo, o de la calle, se recuestan en ángulos que generalmente no superan el 15% de inclinación por metro, configurando de tal modo una pendiente que permite que un artefacto rodante evite la violenta rectitud angular de los cordones y circule con mayor facilidad y autogobierno conectando las esquinas del entramado urbano. Por si no se entendió, me refiero a esas bajadas diseñadas para que una persona con silla de ruedas pueda transportar su personalidad desde la calle hacia la vereda, o viceversa, y que también son ampliamente utilizadas por madres con cochecitos y señoras que salen del mercado. Estas rampas, que así se las llama técnicamente, se confeccionan con baldosas colocadas en plano inclinado, y en algunos de sus modelos (particularmente en el que se produjo el encuentro con la suela) presentan contornos laterales con baldosas colocadas en planos aún más inclinados. De allí que un corte transversal de estos dispositivos urbanos (mirado desde la calle) se traduciría en una imagen como la siguiente: \___/ 

Allí fue a pisar la suela de mi zapato. En la barra invertida de la izquierda, para ser más gráfico y dar uso a ese dibujito del que estoy tan orgulloso. 

El resultado de ese encuentro, el de la suela y la baldosa, fue (en términos linierezcos) una especie de: "¡resbaladd!".

He de aclarar también que tengo cierta habilidad motriz. Se trata de una habilidad poco admirada en escritores, pero que sumada a buenos reflejos me ha puesto a salvo de contingencias urbanas varias. Eso me permitió equilibrar rápidamente el cuerpo elevando mi pierna derecha, mientras la izquierda (la que termina en el pie que se enfundaba en el zapato portador de esa suela) se flexionaba en su rodilla para facilitar la torsión de cintura adecuada a esas circunstancias, todo ello no sin la ayuda de mis brazos, que dibujaron en el aire un par de círculos de cuya órbita, y como resultado de la fuerza centrífuga generada, salió despedida la bolsita que llevaba en la mano.

Todo terminó rápido. El semáforo ya titilaba y no había tiempo, salvo para mirar alrededor y comprobar que toda mi peripecia había pasado lo suficientemente desapercibida como para dejar incólume mi imagen ante peatones, taxistas y colectiveros. Es crucial en esos casos hacer ostensibles muestras de que uno apenas se ha inmutado, y en cumplimiento de tal premisa seguí avanzando sobre las sendas peatonales como si nada. 
Dos pasos más adelante me incliné a recoger la bolsita.
Como si nada.

miércoles 10 de diciembre de 2008

Historias sobre ruedas · 1

El apoyabrazos


Sostengo que la manera en que cada quién se vincula con el apoyabrazos en común de dos asientos consecutivos es un gran diagnóstico de la personalidad de esos cadaquienes.


Aceptando esa premisa, llego a la conclusión de que estuve viajando unas 6 horas con una reencarnación mezcla de Julio César con Alejandro Magno. El señor en cuestión no sólo se adueñaba completamente y de manera continuada (se sabe que el apoyabrazos se puede compartir en espacio o en tiempo) sino que lo usaba como una plataforma expansionista de su corpulenta territorialidad.


Respecto a mi filosofía apoyabrazística, tengo la fuerte convicción de que es necesario respetar (e incluso ceder simpáticamente de vez en vez) a quién ocasionalmente se sitúa en mi lado. Esto no se opone con otro de mis principios: retroceder nunca, rendirse jamás! Si alguien me dijera, por ejemplo, “apuesto joven, podría dejarme apoyar el brazo que padezco brazirroideo contrauterino inguinal agudo y necesito elevar mi brazo sobre mi cintura” le cedería felizmente el privilegio… Mi máxima sólo se aplica ante ambiciones expansionistas injustificadas, irracionales y desemedidas.


Ya habrán adivinado, entonces, agudos lectores (?), que, la colisión era inevitable (Aguanten las comas!). Así fue.

Durante las 6 horas del viaje me encontré luchando contra mi adversario y compañero ocasional. Por supuesto, siempre respeté la regla no escrita que sabiamente establece “nunca se deberá pedir más lugar sobre el apoyabrazos”. Recurrir a semejante estrategia se opondría, en esencia, con mi segundo principio. Sería, sin dudarlo, una velada resignación de posición. Así recurrí a variadas técnicas con dos objetivos: enviar mi mensaje de descontento por su comportamiento y recuperar terreno sobre el apoyabrazos.


A continuación, consciente en todo momento de los fines eminentemente pedagógicos de estos escritos (?), presentaré algunas de las técnicas utilizadas:


  1. Generación constante de bufidos y todo tipo de sonidos demostrativos de un malestar fuerte y perceptible por algún tipo de incomodidad física durante el viaje (la sutileza de decir sin decir, como diría Guan Chan Kein)
  2. Movimientos azarosos del brazo derecho para chocar suficientes veces contra su brazo izquierdo como para imposibilitar una interpretación azarosa de dichas colisiones.
  3. Desperezamiento prolongado y aparentemente inocente, empujando el brazo izquierdo en cuestión
  4. Lectura amplia de diario cuadruple A4 (A2 para los entendidos) con un único objetivo molestacionista
  5. Contracciones aparentemente descontroladas de todo el cuerpo en un ataque nervioso con coletazos en un brazo derecho indómito.
  6. Babeo sutil y constante hacia el lado derecho (esta técnica puede utilizarse a posterioridad de la técnica 4 o de manera independiente. La riqueza de este arte es inconmensurable como el número π, las puestas del sol o las de tu hermana)


La lucha fue dura, encarnizada y sin cuartel. Reconozco, en estas arduamente visitadas líneas (?), la dignidad de mi rival. Tenía reacciones medidas y diestramente pensadas para cada una de mis estrategias. Sólo contaré quizás la más creativa: mientras yo babeaba sutilmente, él mantuvo firme su brazo izquierda mientras con el derecho buscaba algo cerca de la ventana. “Le acerco este vaso para que no desperdicie baba”. Formidable. “De caracol”, pensé inmediatamente (siempre pienso en “de caracol” después de la palabra baba”).


Después de arduas horas de tensión y casi sin que se notara, Julio Magno modificó la posición de su brazo izquierdo. El ángulo de 45° formado por su codo y el brazo, generando una recta que dividía en dos mitades simétrica el apoyabrazos, no fue simple azar. Era un gesto de reconocimiento. A su forma me decía “te lo has ganado. Dejá de tirar baba que el vasito no da más”. Otro gesto de grandeza de un gran rival…


Al finalizar el viaje y sin hablarnos nos fundimos en un abrazo conmovedor, por sobre la baba (de caracol) derramada, sobre horas de lucha, conscientes de haber sido partícipes de una batalla memorable.

miércoles 19 de noviembre de 2008

jet set

Córdoba necesita un jet set. Lo pide a gritos! Clama por un jet set… Todos queremos ser parte de ese jet set. Estamos suplicando por ver a Paris Hilton caminar por la Yrigoyen, a Robbie Williams…

O no... En realidad nos bastaría con alguno de los de Gran Hermano pasándonos al lado en Carreras, uno de Bailando por un Sueño! Marcelo Tinelli comprando en el mismo súper, Susana Giménez haciendo footing en el Parque Sarmiento. Si hasta nos estremecemos si en el auto de adelante va el Lagarto Guizardi, o si en el mismo bar está Pablo Tamagnini (mmm… alguien se acuerda de este chico??? No?).

Córdoba ruega a los dioses todos, sin olvidarse de ninguno, por un jet set (y todos oramos por pertenecer a él). A costa de lo que sea. Le agradecemos a Dios (?) por Nalbandián, por Meolans. Y el día en que se les ocurre ir a bailar a tal o cual lugar, si tenemos la ultradivina suerte de ir esa misma noche a ese mismo lugar, volvemos a casa chochos de contentos! Estuve al lado de Nalbandián, lo saludé, creo que me miró… le ofrecí de mi trago, casi toma. Nalbandián, famoso en todo el mundo, y yo estuve a dos (sí! dos!) centímetros de él…

Quiere un jet set, pero no lo tiene. Quiere a Carolina de Mónaco, a Flavio Briatore, a Karl Lagerfeld vistiéndolo a uno… Y no los tiene. Y no sabe qué hacer. Y piensa. Qué me queda mejor? Qué se usa? A ver… esta remera que dice Attacante, o esta que dice Vaffunculo. No, ya no se usan más, voy a ser un quemo, mejor ahora me pongo otra remera y un saco. Sí, eso sí se usa, qué ondón! Y ahí lo ves! Feliz! Acodado en la barra, es un bon vivant! Tomando un Chandon 187, un Gancia o un fernecito, da igual... Y ahí viene el fotógrafo, boludo! Que nos saque una foto, es el de Las Rosas, ponete al lado, a ver si nos dice que nos saca una... No! Se va, se va! Puta madre! Puta puta puta madre!

Y qué más? No hay jet set, el fotógrafo lo crea, y ahí está… Fulano de Tal con Mengana y amigos en Mitre, y todos ponemos diferentes tipos de cara, ensayamos diversas poses, la pose Terminator que es como enojada y por eso la más matadora de todas, la cara de divertido que es la que nos hace parecer súper divertidos, o la que ponen las chicas, muy sonriente… Hola! Soy una chica bien, se nota, no? Fulanita La-De-Diez-Apellidos, Sultanita Nueva-Rica y Nadiecita Que-No-Anda-En-La-Pomada-Pero-La-Aceptan-Porque-Es-Entretenida se divierten en Club f...

Oyom los adora! A oyom le parecen absoluta e indiscutiblemente tiernos los chicos de la pose Terminator, las chicas que se tiraron el ropero y el neceser encima… le cae simpático cómo se mueren de felicidad cuando el fotógrafo les dice Hola chicos, les puedo sacar una? (como si fueran a decirle que no!!), o que desde hace unos años estemos fanatizados con la música electrónica.







Oyom rinde homenaje a estos valientes mártires que se inmolan por la tan loable causa de darle a esta ciudad un jet set! Adelante!