martes, 30 de diciembre de 2008

Como si nada

Creo que todo comenzó cuando, teniendo la bolsita bien agarrada en mi mano, la suela de mi zapato se posó sobre esa baldosa. 
Poco tengo para decir de la suela, de mis zapatos y de la baldosa, y en cambio mucho daría que hablar el contenido de la bolsita. Sin embargo, y por esa misma razón, me veo en la obligación de hacer un esfuerzo por desviar la atención. 
La suela de mi zapato izquierdo quizás ya se encontraba muy gastada, especialmente por el uso que le doy caminando sobre ella y su compañera derecha, ambas bajo ese par de zapatos que, al día de hoy, ya fue reemplazado. Sólo por sumar un elemento más, sobre el lubricante que facilitó tan íntimo encuentro entre suela y baldosa puedo decir que estimo habrá sido de origen humano y seguramente masculino. Y finalmente, respecto de la baldosa, he de aclarar que sí presentaba ciertas características particulares que la diferenciaban de sus pares y cuya descripción creo importante referir.
Se trataba, en efecto, de una de esas baldosas que tomando como base la horizontalidad del suelo, o de la calle, se recuestan en ángulos que generalmente no superan el 15% de inclinación por metro, configurando de tal modo una pendiente que permite que un artefacto rodante evite la violenta rectitud angular de los cordones y circule con mayor facilidad y autogobierno conectando las esquinas del entramado urbano. Por si no se entendió, me refiero a esas bajadas diseñadas para que una persona con silla de ruedas pueda transportar su personalidad desde la calle hacia la vereda, o viceversa, y que también son ampliamente utilizadas por madres con cochecitos y señoras que salen del mercado. Estas rampas, que así se las llama técnicamente, se confeccionan con baldosas colocadas en plano inclinado, y en algunos de sus modelos (particularmente en el que se produjo el encuentro con la suela) presentan contornos laterales con baldosas colocadas en planos aún más inclinados. De allí que un corte transversal de estos dispositivos urbanos (mirado desde la calle) se traduciría en una imagen como la siguiente: \___/ 

Allí fue a pisar la suela de mi zapato. En la barra invertida de la izquierda, para ser más gráfico y dar uso a ese dibujito del que estoy tan orgulloso. 

El resultado de ese encuentro, el de la suela y la baldosa, fue (en términos linierezcos) una especie de: "¡resbaladd!".

He de aclarar también que tengo cierta habilidad motriz. Se trata de una habilidad poco admirada en escritores, pero que sumada a buenos reflejos me ha puesto a salvo de contingencias urbanas varias. Eso me permitió equilibrar rápidamente el cuerpo elevando mi pierna derecha, mientras la izquierda (la que termina en el pie que se enfundaba en el zapato portador de esa suela) se flexionaba en su rodilla para facilitar la torsión de cintura adecuada a esas circunstancias, todo ello no sin la ayuda de mis brazos, que dibujaron en el aire un par de círculos de cuya órbita, y como resultado de la fuerza centrífuga generada, salió despedida la bolsita que llevaba en la mano.

Todo terminó rápido. El semáforo ya titilaba y no había tiempo, salvo para mirar alrededor y comprobar que toda mi peripecia había pasado lo suficientemente desapercibida como para dejar incólume mi imagen ante peatones, taxistas y colectiveros. Es crucial en esos casos hacer ostensibles muestras de que uno apenas se ha inmutado, y en cumplimiento de tal premisa seguí avanzando sobre las sendas peatonales como si nada. 
Dos pasos más adelante me incliné a recoger la bolsita.
Como si nada.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Historias sobre ruedas · 1

El apoyabrazos


Sostengo que la manera en que cada quién se vincula con el apoyabrazos en común de dos asientos consecutivos es un gran diagnóstico de la personalidad de esos cadaquienes.


Aceptando esa premisa, llego a la conclusión de que estuve viajando unas 6 horas con una reencarnación mezcla de Julio César con Alejandro Magno. El señor en cuestión no sólo se adueñaba completamente y de manera continuada (se sabe que el apoyabrazos se puede compartir en espacio o en tiempo) sino que lo usaba como una plataforma expansionista de su corpulenta territorialidad.


Respecto a mi filosofía apoyabrazística, tengo la fuerte convicción de que es necesario respetar (e incluso ceder simpáticamente de vez en vez) a quién ocasionalmente se sitúa en mi lado. Esto no se opone con otro de mis principios: retroceder nunca, rendirse jamás! Si alguien me dijera, por ejemplo, “apuesto joven, podría dejarme apoyar el brazo que padezco brazirroideo contrauterino inguinal agudo y necesito elevar mi brazo sobre mi cintura” le cedería felizmente el privilegio… Mi máxima sólo se aplica ante ambiciones expansionistas injustificadas, irracionales y desemedidas.


Ya habrán adivinado, entonces, agudos lectores (?), que, la colisión era inevitable (Aguanten las comas!). Así fue.

Durante las 6 horas del viaje me encontré luchando contra mi adversario y compañero ocasional. Por supuesto, siempre respeté la regla no escrita que sabiamente establece “nunca se deberá pedir más lugar sobre el apoyabrazos”. Recurrir a semejante estrategia se opondría, en esencia, con mi segundo principio. Sería, sin dudarlo, una velada resignación de posición. Así recurrí a variadas técnicas con dos objetivos: enviar mi mensaje de descontento por su comportamiento y recuperar terreno sobre el apoyabrazos.


A continuación, consciente en todo momento de los fines eminentemente pedagógicos de estos escritos (?), presentaré algunas de las técnicas utilizadas:


  1. Generación constante de bufidos y todo tipo de sonidos demostrativos de un malestar fuerte y perceptible por algún tipo de incomodidad física durante el viaje (la sutileza de decir sin decir, como diría Guan Chan Kein)
  2. Movimientos azarosos del brazo derecho para chocar suficientes veces contra su brazo izquierdo como para imposibilitar una interpretación azarosa de dichas colisiones.
  3. Desperezamiento prolongado y aparentemente inocente, empujando el brazo izquierdo en cuestión
  4. Lectura amplia de diario cuadruple A4 (A2 para los entendidos) con un único objetivo molestacionista
  5. Contracciones aparentemente descontroladas de todo el cuerpo en un ataque nervioso con coletazos en un brazo derecho indómito.
  6. Babeo sutil y constante hacia el lado derecho (esta técnica puede utilizarse a posterioridad de la técnica 4 o de manera independiente. La riqueza de este arte es inconmensurable como el número π, las puestas del sol o las de tu hermana)


La lucha fue dura, encarnizada y sin cuartel. Reconozco, en estas arduamente visitadas líneas (?), la dignidad de mi rival. Tenía reacciones medidas y diestramente pensadas para cada una de mis estrategias. Sólo contaré quizás la más creativa: mientras yo babeaba sutilmente, él mantuvo firme su brazo izquierda mientras con el derecho buscaba algo cerca de la ventana. “Le acerco este vaso para que no desperdicie baba”. Formidable. “De caracol”, pensé inmediatamente (siempre pienso en “de caracol” después de la palabra baba”).


Después de arduas horas de tensión y casi sin que se notara, Julio Magno modificó la posición de su brazo izquierdo. El ángulo de 45° formado por su codo y el brazo, generando una recta que dividía en dos mitades simétrica el apoyabrazos, no fue simple azar. Era un gesto de reconocimiento. A su forma me decía “te lo has ganado. Dejá de tirar baba que el vasito no da más”. Otro gesto de grandeza de un gran rival…


Al finalizar el viaje y sin hablarnos nos fundimos en un abrazo conmovedor, por sobre la baba (de caracol) derramada, sobre horas de lucha, conscientes de haber sido partícipes de una batalla memorable.