martes, 30 de diciembre de 2008
Como si nada
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Historias sobre ruedas · 1
El apoyabrazos
Sostengo que la manera en que cada quién se vincula con el apoyabrazos en común de dos asientos consecutivos es un gran diagnóstico de la personalidad de esos cadaquienes.
Aceptando esa premisa, llego a la conclusión de que estuve viajando unas 6 horas con una reencarnación mezcla de Julio César con Alejandro Magno. El señor en cuestión no sólo se adueñaba completamente y de manera continuada (se sabe que el apoyabrazos se puede compartir en espacio o en tiempo) sino que lo usaba como una plataforma expansionista de su corpulenta territorialidad.
Respecto a mi filosofía apoyabrazística, tengo la fuerte convicción de que es necesario respetar (e incluso ceder simpáticamente de vez en vez) a quién ocasionalmente se sitúa en mi lado. Esto no se opone con otro de mis principios: retroceder nunca, rendirse jamás! Si alguien me dijera, por ejemplo, “apuesto joven, podría dejarme apoyar el brazo que padezco brazirroideo contrauterino inguinal agudo y necesito elevar mi brazo sobre mi cintura” le cedería felizmente el privilegio… Mi máxima sólo se aplica ante ambiciones expansionistas injustificadas, irracionales y desemedidas.
Ya habrán adivinado, entonces, agudos lectores (?), que, la colisión era inevitable (Aguanten las comas!). Así fue.
Durante las 6 horas del viaje me encontré luchando contra mi adversario y compañero ocasional. Por supuesto, siempre respeté la regla no escrita que sabiamente establece “nunca se deberá pedir más lugar sobre el apoyabrazos”. Recurrir a semejante estrategia se opondría, en esencia, con mi segundo principio. Sería, sin dudarlo, una velada resignación de posición. Así recurrí a variadas técnicas con dos objetivos: enviar mi mensaje de descontento por su comportamiento y recuperar terreno sobre el apoyabrazos.
A continuación, consciente en todo momento de los fines eminentemente pedagógicos de estos escritos (?), presentaré algunas de las técnicas utilizadas:
- Generación constante de bufidos y todo tipo de sonidos demostrativos de un malestar fuerte y perceptible por algún tipo de incomodidad física durante el viaje (la sutileza de decir sin decir, como diría Guan Chan Kein)
- Movimientos azarosos del brazo derecho para chocar suficientes veces contra su brazo izquierdo como para imposibilitar una interpretación azarosa de dichas colisiones.
- Desperezamiento prolongado y aparentemente inocente, empujando el brazo izquierdo en cuestión
- Lectura amplia de diario cuadruple A4 (A2 para los entendidos) con un único objetivo molestacionista
- Contracciones aparentemente descontroladas de todo el cuerpo en un ataque nervioso con coletazos en un brazo derecho indómito.
- Babeo sutil y constante hacia el lado derecho (esta técnica puede utilizarse a posterioridad de la técnica 4 o de manera independiente. La riqueza de este arte es inconmensurable como el número π, las puestas del sol o las de tu hermana)
La lucha fue dura, encarnizada y sin cuartel. Reconozco, en estas arduamente visitadas líneas (?), la dignidad de mi rival. Tenía reacciones medidas y diestramente pensadas para cada una de mis estrategias. Sólo contaré quizás la más creativa: mientras yo babeaba sutilmente, él mantuvo firme su brazo izquierda mientras con el derecho buscaba algo cerca de la ventana. “Le acerco este vaso para que no desperdicie baba”. Formidable. “De caracol”, pensé inmediatamente (siempre pienso en “de caracol” después de la palabra baba”).
Después de arduas horas de tensión y casi sin que se notara, Julio Magno modificó la posición de su brazo izquierdo. El ángulo de 45° formado por su codo y el brazo, generando una recta que dividía en dos mitades simétrica el apoyabrazos, no fue simple azar. Era un gesto de reconocimiento. A su forma me decía “te lo has ganado. Dejá de tirar baba que el vasito no da más”. Otro gesto de grandeza de un gran rival…
Al finalizar el viaje y sin hablarnos nos fundimos en un abrazo conmovedor, por sobre la baba (de caracol) derramada, sobre horas de lucha, conscientes de haber sido partícipes de una batalla memorable.